El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 19 de 48

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El duelo

Capítulo 19

 

Los días se convirtieron en vibrantes semanas cargadas de noticias sobre el duelo del siglo que se estaba celebrando en el palacio de deportes Laugardalshöll. La prensa no tenía ni un segundo de descanso. Tras haber sido aplazada, Spassky se alzó con la victoria de la primera partida. Desde el comienzo del duelo, Fischer había mostrado una ansiedad cada vez más mayor, y se lo veía siempre malhumorado. Una vez reanudada la partida, el estadounidense desapareció del escenario durante media hora mientras el reloj corría en su contra, y se quejó del ruido que hacían las cámaras instaladas en las paredes cercanas. La iluminación tampoco era buena. Finalmente se rindió en la jugada número 56 y pretendía invalidar el lance, alegando que se trataba de una partida de calentamiento y que había estado jugando en contra de su voluntad. Los medios extranjeros criticaban su comportamiento con creciente ferocidad. Spassky también ganó la segunda partida, una victoria que Fischer le puso en bandeja al no presentarse. Tuvieron que contratar a un técnico de sonido para que midiera el ruido emitido por las cámaras, que al final resultó ser inexistente. Temían que Fischer terminara por abandonar el torneo y se volviera a Nueva York. Al final se alcanzó un acuerdo: la tercera partida no se jugaría en el escenario del Laugardalshöll sino a puerta cerrada, en una sala apartada que solía emplearse en las competiciones de tenis de mesa. La partida se proyectó en la enorme pantalla de la sala principal. Fischer se había salido con la suya. Sin cámaras ni espectadores que lo molestaran, consiguió su primera victoria del duelo. Era la primera vez en la historia que se jugaba una partida de ajedrez en una mesa de ping-pong. Spassky había exigido que el duelo se trasladara de nuevo al escenario principal y no cejó en su empeño hasta conseguirlo.

Marion aparcó cerca del café Napóleon y esperó la llegada de Konni. Sus amigos, los de la chapa, le habían indicado que estaría en el Pólinn, pero de momento no había hecho acto de presencia. Marion no sabía dónde vivía, pues cambiaba constantemente de domicilio. Apenas había tráfico, solo pasaba algún que otro coche solitario. Era a última hora de la tarde, y en las casas cercanas el sol estival se reflejaba en las ventanas orientadas al oeste. Marion bajó el parasol para evitar el reflejo y se puso las gafas de sol. La radio del coche estaba apagada. La popular canción sobre la madre de Sylvia había comenzado a sonar y Marion la quitó al instante.

El sol se hallaba ya al este del volcán Snæfellsjökull. Mientras proseguía su camino hacia las montañas Helgrindur y Ljósfjöll, tres hombres salieron del Pólinn. Uno de ellos era Konni.

—¿Pero es que ese cuchitril tiene puerta trasera? —murmuró Marion mientras bajaba del coche y se dirigía rápidamente hacia el grupo de hombres. Konni se estaba encendiendo un cigarrillo y protegía la llama de la cerilla con la palma de la mano. Los otros dos hombres vieron acercarse a Marion.

—¿No hablabas justo de…? —preguntó uno de ellos.

Konni alzó la mirada.

—¿Qué…?

—Se te da muy bien hablar con la prensa —le espetó Marion mientras lo agarraba del brazo—. ¿Os importa si os lo robo un momento?

Los tipos asintieron, como si tuvieran autoridad sobre su amigo. Konni emitió un gemido al quemarse el dedo y tiró la cerilla al suelo. El cigarrillo aún colgaba de su boca, sin encender.

—¿A qué viene este numerito? —preguntó mientras seguía a Marion hasta el coche—. ¿Es que uno ya no puede ni fumarse un pitillo?

—Me gustaría invitarte a dar un paseo —anunció Marion al tiempo que abría la puerta del pasajero.

Konni se subió al coche y Marion condujo hacia el este, en dirección a Barónsstígur y al cine Hafnarbíó. Indignado, Konni se encendió el cigarrillo, fulminó a Marion con la mirada y mantuvo la boca cerrada hasta que ya no pudo contenerse:

—No puedes coger y secuestrarme así, por las buenas.

—No, perdona, pero necesito tu ayuda y sé que me la puedes prestar.

—Pues que te quede bien claro —dijo Konni, como si eso fuera a servirle para restaurar parte de su dignidad mancillada—. ¡A mí no te me llevas así otra vez!

El acomodador del Hafnarbíó estaba limpiando antes de cerrar. El pase de las once había terminado y solo quedaba él. Marion llamó a la puerta de cristal del vestíbulo y el hombre les abrió.

—¿Te importaría si entramos un momento en la sala? —preguntó Marion e hizo que Konni avanzara unos pasos.

—Faltaría más —respondió.

—No estaremos mucho tiempo, si fueras tan amable de esperarnos…

El acomodador asintió y abrió la sala, disculpándose por la suciedad del suelo. No limpiarían hasta la mañana siguiente. Marion le preguntó a Konni dónde se había sentado exactamente en la sesión de las cinco, y él, sin estar seguro del todo, bajó hasta el lugar que consideraba más probable. Marion se sentó a su lado y el acomodador regresó al vestíbulo.

—Vuélveme a hablar de la mujer —le pidió Marion.

—¿Qué mujer? —preguntó Konni.

—La que viste en la sesión de las cinco. ¿A cuántas filas estaba de tu asiento?

—Estaba sentada ahí —respondió Konni, señalando al frente—. Unas tres filas más adelante. Luego me llevarás al centro, ¿verdad?

—Sí, claro. Dijiste que estaba «buenísima». ¿Cómo estás tan seguro?

—Porque me fijé desde aquí, desde el asiento.

—Vas a tener que ser más preciso —le indicó Marion, que antes ya había tratado de arrancarle información a Konni y no lo había conseguido. La mujer y su acompañante eran los dos únicos espectadores que quedaban por interrogar, a excepción de los dos que, según Marion, habían agredido a Ragnar.

—No puedo ser más preciso —replicó Konni—. Estaba todo a oscuras.

—¿Era más bien gorda o más bien delgada?

—Delgada. La vi de perfil. Era rubia, me fijé al salir. Estaban sentados junto al pasillo, como yo. Se estaban levantando y pasé por delante de ellos.

—¿Había un hombre sentado con ella cuando empezó la película?

—Sí.

—¿Ocupaba ella el asiento interior?

—Sí.

—¿Y le había guardado al hombre la butaca del pasillo?

—Digo yo, no tengo ni idea. No hacían más que cuchichear. Luego él se puso a besarla y ella le correspondió. Se tiraron toda la peli dándose el lote.

—¿Y saliste nada más acabar la sesión?

—Sí.

—¿Viste a algún hombre con una mochila? ¿Alguien merodeando cerca del Cortina? ¿Un extranjero, quizás?

—No, solo vi al borrachín ese que se subió al coche y se fue —respondió Konni, como si él no hubiera probado en la vida una gota de alcohol.

—¿No advertiste la presencia de alguien que pudiera ser de Estados Unidos, de algún país escandinavo, Gran Bretaña, Rusia o cualquier otra parte del mundo?

Marion no quería hacer preguntas demasiado concretas sobre extranjeros. Era probable que Konni fuera la «fuente fiable» del periódico vespertino, aunque el periodista no hubiera revelado su nombre. Un día después de que Marion hubiera hablado con él, el diario había publicado un extenso artículo donde se informaba de que la policía estaba buscando un Cortina azul.

—No, no vi nada parecido. Pero…

Konni se quedó pensativo.

—¿Sí?

—Esa mujer… ¿Por qué preguntas tanto por ella? ¿Qué ha hecho? ¿Fue ella la que mató al chico?

—Bueno —respondió Marion—, ahí está la cosa. Aún no ha contactado con la policía. Y el hombre tampoco. Así que…

—Parecía un escarceo amoroso.

—Puedes decir lo que quieras, Konni, yo no sé nada de ningún escarceo amoroso. Yo no estaba en la sala.

—Pero pensaba que lo habían matado unos extranjeros. Lo leí en el periódico.

—Sí, no, fue un malentendido. A decir verdad, lo más probable es que haya sido la mujer. Por eso preguntamos tanto por ella. Te lo estoy contando en confianza, Konni. Por lo tanto, es fundamental que trates de recordar lo que viste. Cualquier detalle es importante. Hasta el más pequeño.

Konni se levantó de su asiento.

—¿Puede que ocurriera mientras estaba dormido? —preguntó.

—¿Te quedaste dormido?

—Sí, una media hora.

—Eso no me lo habías dicho antes.

—No, me pareció que daba igual.

—Entonces quizás ocurrió en ese momento —dijo Marion.

—Yo es que…, simplemente pasé por delante de ellos. Solo me acuerdo de que la mujer era rubia y guapa de narices.

—Y el hombre, Konni, ¿qué aspecto tenía?

—¿Era su cómplice?

—Estamos barajando esa posibilidad —respondió Marion.

—Pues de él vi todavía menos. Me parece que tenían la misma edad, unos treinta como mucho. Tenía un aire…

—¿Sí?

—La mujer tenía un aire como de azafata —dijo Konni.

—¿De azafata?

—Sí, bueno, no sé. Por la pinta.

—¿Has cogido muchos aviones en tu vida, Konni?

—Tengo dos primas azafatas. Una vino en el avión donde viajaba Bobby Fischer, ahí queda eso. Esa mujer me las recordó. O, en todo caso, me vinieron a la cabeza.

—¿Con Bobby Fischer?

—Sí, le tocaba trabajar.

—Bien. ¿Y el hombre?

—Un tipo elegante. Por la ropa, quiero decir.

—¿Llevaba traje?

—Sí, supongo.

—Konni, o lo llevaba o no lo llevaba.

—Llevaba una gabardina oscura. Pero seguro que también llevaba un traje debajo.

—¿Reconocerías a la mujer si volvieras a verla? ¿O al hombre?

—Seguramente. Estaba tremenda. La reconocía, fijo. ¿Me vais a dar algo por haber venido aquí?

—¿Por haber venido?

—Sí, ¿no me vais a dar pasta?

—Me da que no, Konni. ¿Hay alguien por ahí que te pague por dar información?

Konni dirigió la mirada hacia Marion.

—Era un decir —respondió desanimado al ver que Marion no tenía ninguna intención de sacar la billetera—. Pero estáis haciendo uso de mi tiempo.

Terminada la tarea, Marion acompañó a Konni hasta el vestíbulo y le pidió que esperara un momento. Habló con el acomodador y regresó a la sala con una linterna. Habían limpiado la sangre del lugar donde Ragnar había fallecido, pero, en realidad, a Marion le interesaban más las filas de los asientos cercanos. La Científica había examinado minuciosamente esa zona, pero siempre se podía haber escapado algún detalle.

Ese resultó ser el caso. Dos filas más adelante, cerca de la pantalla, Marion encontró una pequeña mancha negra debajo de una de las butacas centrales y otra en el reposabrazos. Las manchas eran minúsculas y podrían ser de chocolate, caramelo o de algún dulce, pero Marion sabía que se trataba de otra cosa.

—Se cambiaron de asiento —murmuró mientras iluminaba la mancha bajo el asiento—. ¡Desgraciados!

 

Al día siguiente, el periódico vespertino publicaba en portada, como siempre, una noticia obtenida a partir de fuentes fiables: LA MUJER, PRESUNTA ASESINA DE RAGNAR.