El duelo
Capítulo 25
Marion le expuso el caso a Jósef y le habló de Ragnar, de su familia recién mudada a Breiðholt, de sus hermanas, de su madre y de la grabadora que utilizaba para registrar el audio de las películas que iba a ver al cine y que luego guardaba en su colección de casetes. Su afición le había causado problemas en, al menos, una ocasión. Marion le hizo un resumen de las personas que habían asistido al pase de las cinco, desde Konni, el indigente, hasta el hombre del tiempo y el borracho de la botella de ron, a quien ya habían sacado del centro de detención preventiva. También le mencionó a la mujer infiel y a los dos pilotos de su vida; la joven se fijó en un espectador al que, según ella, había visto en el hotel Loftleiðir, su lugar de trabajo. Jósef reaccionó inmediatamente en cuanto oyó el nombre del hotel.
—¿El Loftleiðir? ¿Donde se aloja Bobby Fischer?
—Eso es —respondió Marion—. De hecho, tanto Albert, a quien ya conoces, como yo pensamos que no tiene por qué haber sido un islandés, o islandeses, quienes agredieron a Ragnar, sino extranjeros. Hay ciertos indicios que apoyan nuestra teoría.
Marion le habló del paquete de cigarrillos rusos Belomorkanal que habían hallado cerca del cine y del hombre al que habían oído pedir disculpas en inglés con acento estadounidense.
—Creemos que eran dos porque el chico debió de grabar una conversación de carácter confidencial. No cabe otra posibilidad. Por eso no hay rastro ni del aparato ni de las grabaciones. También se llevaron la mochila donde estaban las cintas. Tenemos motivos para pensar que uno de ellos se cambió de asiento después de cometer el crimen con la idea de alejarse y aparentar que no se habían sentado juntos.
—¿Estaríamos hablando de un ruso y un yanqui? —preguntó Jósef.
Marion se encogió de hombros.
—Probablemente, aunque no lo podemos asegurar. Las pruebas no son decisivas, pero debemos avanzar con lo poco que tengamos.
Jósef observaba en silencio un osado fulmar que se había posado en la cabina del timón. El pájaro miraba a su alrededor, pero el panorama no le parecía muy suculento. La calma matutina solo era interrumpida por el leve rumor del motor. En el aire, el olor a combustible se mezclaba con el del aceite de pescado que había impregnado la cubierta a lo largo de los años. Marion hizo visera con la mano para poder mirar el sol, que se elevaba sobre las montañas del este. El nuevo barrio de Breiðholt trepaba por las colinas que despuntaban alzándose por encima de la ciudad y se expandía hacia la inmensidad. Se adentraba en el futuro, en otra Islandia.
—Está claro que los rusos quieren que gane Spassky de todas todas — señaló Jósef—. Quedar relegados al segundo puesto dañaría enormemente la imagen del paraíso soviético. Y sobra decir que Bobby está convencido de que están empleando todo tipo de vilezas y de estrategias psicológicas. El Sóviet Supremo opina que Fischer le está haciendo un flaco favor al ajedrez con su comportamiento y que el estadounidense no parece ser capaz de enfrentarse a Spassky sin generar desasosiego cada vez que se encuentran.
—Desde luego, lo ocurrido durante los preparativos fue desquiciante — afirmó Marion.
—Por decir algo. Todo resulta bastante sospechoso. Pero ¿qué sabemos los que vemos las cosas desde fuera? ¿Qué sabemos realmente de ese duelo? ¿Y de todo ese jaleo montado alrededor de Bobby? ¿O de las buenas formas de Spassky? ¿Está acordado ya el resultado? ¿Es que acaso sabemos algo?
—¿Te has enterado de algo parecido a partir de escuchas clandestinas? — le preguntó Marion.
—¿Sabemos realmente qué hay detrás de ese duelo?
—¿Qué quieres decir?
—Pongamos como ejemplo la tercera partida —respondió Jósef—. Cuando el entusiasmo alcanzó su punto álgido.
—¿Te refieres a la partida que jugaron en la mesa de ping-pong?
—Sí.
—¿Qué tiene de particular?
—¿No te parece extraño jugar en un campeonato mundial de ajedrez una partida entera a puerta cerrada? ¿Se jugó realmente esa tercera partida?
—¿Qué insinúas? La proyectaron en la sala y la vieron miles de espectadores.
—Sí, pero ¿dónde estaban Fischer y Spassky? ¿Alguien los vio? ¿No pudo ser un montaje realizado a partir de imágenes suyas frente al tablero y de primeros planos de una mano moviendo las piezas para hacer jugadas que ya estaban acordadas previamente? ¿Estaban ese día Bobby y Spassky en el palacio de deportes?
—Fue la primera partida que ganó Bobby —señaló Marion.
—¿Le regalaron la partida? ¿Por qué no podían jugar al descubierto? ¿Por qué cedieron los rusos? ¿Por qué no se ponen nunca firmes? ¿Obtienen algo a cambio de su sumisión?
—Pero haría falta la participación de decenas de personas en semejante fraude, ¿no? Es imposible que algo así no termine saliendo a la luz.
Jósef sonrió.
—No estoy afirmando nada. Solo reflexiono sobre las circunstancias que rodean este duelo. El evento se ha convertido en una locura incomprensible. Parece haber indicios de conspiración por todas partes: que si el ruido de las cámaras, las luces de los focos, gases tóxicos procedentes de las sillas, hipnotizadores rusos sentados en las primeras filas. Y las escuchas.
—Ah, ¿sí? —dijo Marion, que todavía reflexionaba sobre lo que había comentado Jósef acerca de la tercera partida.
—Debes hablar con ese tal Viðar. Trabaja en un despacho de la compañía eléctrica de Reikiavik. También era uno de los dos interventores del antiguo Partido Socialista. Tienes que hablar con él sin que sospeche que lo han estado escuchando. Obviamente, lo ideal sería que llegara a decirte quién lo llamó.
—Entiendo.
—Tienes que saber otra cosa más de la que me enteré ayer. Por eso ha sido tan revelador que hayas mencionado el hotel Loftleiðir —continuó Jósef —. Mis contactos piensan que los rusos emplean parte de sus dispositivos de espionaje para realizar escuchas ilegales en el Loftleiðir.
—¿Como en la habitación 470, por ejemplo?
—Podrían hacerlo si quisieran. Cuentan con los aparatos necesarios. La pregunta es si pueden acercarse lo suficiente como para poder utilizarlos. Los hombres de Bobby buscan regularmente micrófonos dentro de su suite, pero también es posible escuchar desde fuera si se dispone del equipamiento necesario. Bastaría con aparcar un coche en el lugar adecuado y escuchar desde allí.
—¿Para qué? ¿Para averiguar cuáles van a ser sus siguientes movimientos? ¿Saber qué estrategia sigue?
—No tengo ni la menor idea.
—Deja que me aclare —le rogó Marion—. ¿Cabe la posibilidad de que el hombre del Hafnarbíó trabaje para los rusos escuchando todo lo que se dice en la habitación de Bobby Fischer?
—No lo sé —respondió Jósef—. Tú eres quien investiga el caso. No sé si es posible relacionar ambas cosas. Solo te cuento lo que ha llegado a mis oídos. Como ya te he dicho, ¿qué narices sabemos de ese duelo? No somos más que una isla perdida en medio del océano que, de repente, está en el punto de mira del planeta.
Sin ninguna esperanza de echarse algo al buche, el fulmar alzó el vuelo desde la cabina del timón y planeó a ras del mar en dirección a la costa. A unos cien metros de la proa, la foca volvió a asomar la cabeza y observó un instante a Marion y a Jósef con su mirada húmeda antes de tomar impulso y sumergirse de nuevo. Al zambullirse, el sol de la mañana hizo brillar su pelaje.
Jósef consultó su reloj y comenzó a recoger la red con ayuda de Marion. Enseguida vieron aparecer los lumpos forcejeando en el interior de la malla. Habían capturado un buen número de piezas. Mientras Marion se ocupaba de las redes, Jósef destripaba el pescado bajo los graznidos de las gaviotas, extraía las huevas y las guardaba en un recipiente. Cuando terminó se metió en la cabina y puso rumbo a la costa. Dirigió la barca hacia la rampa, la situó sobre el trineo y fijó el cable del cabestrante para subir la embarcación hasta la caseta. A continuación, colgó los lumpos en los secaderos y los tapó con redes para impedir que las aves pudieran acceder al manjar. Su hermano los vendería más tarde a los pescaderos de la ciudad. Las huevas alcanzaban un precio considerable.
Mientras Marion observaba a Jósef colgar los peces, se preguntaba cuánto tiempo más seguirían los islandeses consumiendo lumpo fermentado. Los tiempos que corrían no propiciaban la continuidad de actividades tan ancestrales. El pescado fermentado no tenía cabida en un presente que se zafaba de todas las viejas costumbres, desplazadas por nuevos estímulos: la moda, la música, el cine, la prosperidad en general. Se vivía bajo una invasión de bienes materiales, aparatos electrónicos, vehículos, nuevos barrios de moda.
—¿De verdad piensas que ya está acordado el resultado del duelo? — preguntó Marion mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba de nuevo en la caseta.
—No lo sé —respondió Jósef—. Solo sé que ya han sucedido cosas parecidas durante la Guerra Fría.
—¿Y lo de las escuchas en Islandia? ¿No es de locos pensar que los cuatro gatos que viven en esta isla podrían estar espiándose unos a otros?
—¿Acaso sería alguna novedad? Aquí hablar por teléfono es un deporte nacional.
Jósef sonrió.
—Estaba dándole vueltas a lo del Hafnarbíó, a esos dos hombres tuyos — siguió diciendo.
—¿Sí?
—¿Crees que fueron dos los que mataron al chico?
—Sí.
—¿Y dices que encontraste un paquete de tabaco ruso fuera del cine?
—Sí.
—¿Te has planteado la posibilidad de que hubiera un tercer hombre?
—Apenas hemos considerado esa hipótesis.
—Dos en la sala. Y uno en la calle, el del paquete.
—¿Vigilando a los otros dos?
—Probablemente —respondió Jósef.
—O sea, ¿que dos hombres se reúnen en el cine mientras un tercero los vigila?
—Puede que solo siga a uno. Puede que a los dos. Quizás fue él quien llamó al teléfono interceptado.
—¿Y fuma cigarrillos rusos?
—No sería un disparate pensarlo.
—¿Qué razones existen para interceptar el teléfono de Viðar? —preguntó Marion.
—No estoy seguro.
—¿Algo que ver con el Partido Socialista? ¿Con la compañía eléctrica? ¿Qué clase de hombre es?
—No tengo ni idea de qué relación guarda él con todo esto —respondió Jósef.
—¿Viðar Eyjólfsson? ¿Podrías contactar conmigo si se obtienen nuevas escuchas?
—Por supuesto. Lo del tercer hombre es una hipótesis interesante, ¿no te parece? Ya sé que Reikiavik no es Viena, pero parece una idea más que cabría considerar.
—Sin duda lo complicaría todo —comentó Marion con la mirada perdida en los destellos de la superficie del mar. Como tantas otras veces cuando veía el mundo resplandecer bajo la luz del sol, le vinieron a la memoria unas palabras lejanas que procedían de Vífilsstaðir: «Qué día más bonito».
Albert levantó la mirada del periódico vespertino cuando vio a Marion entrar en su despacho de Borgartún pasado el mediodía y tumbarse directamente en el sofá al tiempo que dejaba escapar un profundo suspiro.
—¿Dónde has estado? —preguntó Albert.
La respuesta que obtuvo fue tan desconcertante como escueta.
—Pescando lumpos.