El duelo
Capítulo 46
Preparaba su grabadora ocultándose tras el respaldo de los asientos. El acomodador ya había apagado las luces. El aparato se atascaba, pero había conseguido arreglarlo. Cuando se enderezó, se llevó una desilusión al ver que dos hombres ocupaban las butacas delanteras. Por si no bastara con perturbar su tranquilidad, uno de ellos le tapaba parcialmente la pantalla y tenía que estirar el cuello para poder ver. Le parecía una absoluta falta de educación que llegaran con la película empezada y se sentaran justo delante de él. Se imaginó que, al estar inclinado sobre su grabadora, no lo habrían visto mientras buscaban sus asientos en la oscuridad.
Nada más comenzar a grabar, se llevó una segunda desilusión: la película empezó inmediatamente, sin proyectarse primero el tráiler de Pequeño Gran Hombre. No se sentía a gusto en aquella butaca. Importunado por aquellos aguafiestas, consideró la idea de cambiarse de sitio.
Finalmente optó por permanecer en su asiento. No quería arriesgarse a recibir una reprimenda como las del otro día en el Gamla Bíó. No quería que los hombres se quejaran, llamaran al acomodador y montaran algún escándalo que pudiera derivar en la interrupción de la película. Seguro que hasta le confiscaban la grabadora. No pretendía infringir la ley, aun así, no quería que nadie supiera lo que estaba haciendo. Solo lo hacía por pura afición. No creía que estuviera haciéndole daño a nadie.
Tenía miedo de encontrarse con otro hombre de cazadora azul, como el que lo persiguió hasta la calle Bankastræti con sus extrañas amenazas. Era la primera vez que le ocurría algo parecido y no supo ni qué responder ni cómo defenderse. Fue incapaz de deshacerse de aquel hombre.
Los dos individuos que se habían sentado justo delante no estaban allí precisamente para ver la película. No hacían más que cuchichear. No entendía lo que decían, pero le daba la impresión de que hablaban en inglés. Parecían extranjeros. Lo cual no sería de extrañar: el duelo del siglo los había atraído en masa.
Prefirió proteger su grabadora. La retiró del reposabrazos y la colocó encima de la mochila que sostenía sobre las rodillas. Se permitió la broma de acercar el micrófono hacia los dos hombres, fingiendo que grababa la conversación. En ese momento, la cara A de la cinta llegó a su fin y el botón rojo saltó emitiendo un pequeño chasquido. Se dio un susto de muerte.
Al escuchar el sonido detrás de ellos, los hombres se giraron inmediatamente. Él se hundió en la butaca y decidió dejar de grabar cuando vio que el hombre sentado justo delante se levantaba en silencio de su asiento, como un felino.
La banda sonora aumentó de volumen y la sala quedó sumida en la oscuridad.