El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 38 de 48

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El duelo

Capítulo 38

 

 

Cuando Marion llegó por fin al trabajo aquella tarde, el especialista en huellas dactilares le estaba explicando a Albert las conclusiones de sus análisis. Los resultados indicaban claramente que la huella del paquete de tabaco coincidía con las del coche de Viðar.

—Estoy seguro al noventa por ciento —afirmó el experto, alternando la mirada entre Albert y Marion—. La huella del paquete no está completa del todo, pero en realidad no importa. Así pues, ¿ya tenéis al asesino?

—No lo sé —respondió Albert—. Está por ver. ¿Tú qué piensas, Marion?

Marion no le respondió inmediatamente. Con la mente en otra parte, guardaba silencio junto al experto. Albert le había hablado de su visita a la embajada británica, de su reunión con Gordon Harris y de lo que el diplomático le había contado sobre Yuri Vigotski.

—¿Marion?

—¿Qué?

—¿Viðar? ¿Crees que es nuestro hombre?

—No lo sabemos todavía —respondió Marion, volviendo a la realidad. En su rostro se apreciaban claros signos de cansancio—. Es demasiado pronto. Tenemos que interrogarlo. Viðar aún tiene mucho que contarnos, y cuanto antes lo haga mejor. Me imagino que ahora estará trabajando.

—Vayamos a por él —sugirió Albert—. Lo traemos aquí y solicitamos una resolución judicial para meterlo en prisión preventiva. Digo yo que no supondrá ningún problema.

—En cualquier caso, hay que tomarle las huellas como es debido en lugar de escamotearlas de su coche —concluyó el especialista antes de marcharse.

—¿Qué has averiguado de ese tal Vigotski? —preguntó Marion—. ¿No es uno de los principales hombres del servicio de espionaje soviético?

—Creen que es el número tres en la jerarquía de poder.

—Y como es tan raro verlo fuera de la Unión Soviética, piensan que se está cociendo algo importante o fuera de lo habitual, ¿no?

—Harris cree que su presencia aquí guarda relación con el duelo — respondió Albert—. La verdad es que parecía muy tranquilo. Le he contado que la Federación de Ajedrez quería recabar más información sobre él. Harris piensa que Vigotski se ocupa de supervisar las operaciones del servicio de espionaje en Islandia durante el torneo.

—O sea, que no ha venido simplemente para asistir al duelo, ¿no?

—Es una posibilidad. No podemos descartar nada. Pero te falta oír lo último. Han visto a algunos individuos de la embajada soviética en la parte trasera del Laugardalshöll. Estaban sentados en el interior de un vehículo con matrícula diplomática y llevaban algún tipo de aparato.

—¿Qué hacían allí?

—No lo sabemos. Se han esfumado al ver que se acercaba la policía. No podemos tocar a los diplomáticos que trabajan en las embajadas. Uno de los asesores del campeón del mundo ha acusado a los estadounidenses de emplear dispositivos electrónicos instalados en el Laugardalshöll y cócteles químicos que podrían ejercer algún tipo de influencia en Spassky. También se ha quejado de la presencia de personal ajeno al duelo en las salas reservadas a los jugadores.

—¿Y piensas que la visita de ese hombre del KGB tiene algo que ver con todo esto?

—Lo veo probable. La pregunta es qué pinta Viðar ahí.

—Vigotski era uno de los mejor amigos de Viðar en Moscú, según me contó una mujer que vivió allí en la misma época que él. ¿Es posible que esté utilizando a Viðar? ¿O que Viðar esté trabajando para él?

—Más tarde o más temprano tendremos que ponernos en contacto con la embajada soviética y preguntar por ese tal Vigotski —observó Albert.

Con la mente todavía en otra parte, Marion no pareció haber escuchado a Albert.

—Marion, ¿todo bien?

—Sí —respondió con cierta demora, y pensó en la reunión con su jefe, que le había ordenado dejar tranquilo a Viðar—. No hay tiempo que perder. Tenemos que ir a por Viðar.

De camino, Albert le explicó que habían llamado a tres científicos islandeses para que acudieran al Laugardalshöll con el fin de revisar la iluminación y el entorno de los ajedrecistas en el escenario. Uno de ellos era experto en luminotecnia. Los científicos examinaron las sillas de los contrincantes y tomaron muestras de su superficie. Desmontaron el asiento de Spassky tras detectar en su interior una «masa» inidentificable que finalmente resultó ser material de relleno.

—Esto supera los límites del sentido común —concluyó Albert.

Marion guardó silencio.

Alberto notó que, por alguna razón, Marion no se encontraba bien.

—¿No quieres hablar de ello? —le preguntó tras un largo silencio.

—¿De qué?

—De lo que te pasa.

—¿Por qué crees que me pasa algo? —le preguntó.

—Estás en las nubes. Me preguntaba si te habría pasado algo de lo que quisieras hablar.

—No te preocupes por mí —respondió Marion con sequedad, y Albert no volvió a abrir la boca.

Marion no había tenido más tiempo para seguir hablando con Katrín. Su relación siempre había sido frágil y Katrín siempre se había resistido a sus intentos de afianzar los lazos. Con los años, se había apoderado de Marion una sensación extraña, un sentimiento de soledad propio de quienes saben que envejecerán sin una persona al lado. En una ocasión, Katrín le confesó que no compartía esa necesidad de compañía, que no tenía tiempo para pensar en esas cosas, y le dio a entender que estaba satisfecha con el modo en que funcionaba su relación, y que prefería dejarla como estaba. Sin embargo, la noticia de que no iba a volver a Islandia le cayó como un jarro de agua fría.

—¿Estás manteniendo otra relación? —le preguntó Marion.

Katrín negó con la cabeza.

—Quiero que tengas una relación normal —le respondió—. Mientras haya tiempo.

—¿Una relación normal? ¿Qué entiendes por normal?

—No voy a volver a Islandia —le repitió Katrín—. Muy a mi pesar, pero lo hago por ti. Islandia es tu sitio. Esta relación a distancia ya ha durado mucho, ¿no te parece? Piénsalo bien. ¿No estás de acuerdo conmigo?

 

Viðar se encontraba en su despacho de la compañía eléctrica de Reikiavik. Reconoció inmediatamente a Marion, la inesperada visita que había tenido la noche anterior.

—¡¿Qué haces aquí?! —exclamó atónito.

—¿Qué fue lo que oyó el chico? —le preguntó Marion.

Viðar se levantó y se apresuró a cerrar la puerta.

—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿No podías haber esperado hasta esta tarde? ¿Es necesario presentarse aquí en plena jornada laboral?

—¿Qué era lo que el chico no podía oír? —insistió Marion sin obtener respuesta.

—¿Qué quieres decir?

—Nos gustaría hacerte un par de preguntas sobre el homicidio del Hafnarbíó —le aclaró Albert.

—No sé nada al respecto —aseguró Viðar.

—¿Es verdad que estabas en el Hafnarbíó, o en las proximidades del edificio, cuando apuñalaron al joven? —intervino Albert de nuevo.

—¿Y tú quién eres?

—Me llamo Albert, soy el compañero de Marion.

—¿Por qué me preguntáis a mí por ese caso? ¿Quién está difundiendo mentiras sobre mí? ¿Quién os ha dado mi referencia?

—¿Lo niegas, entonces? —presionó Marion.

—¿Que si lo niego? Quiero saber por qué me acosáis de esta manera. ¿De dónde vienen esas acusaciones falsas? ¿Es que no tengo derecho a saberlo?

Marion dudó un instante y miró a Albert. Viðar esperó.

—Nos han dado una pista y la estamos siguiendo —respondió Marion.

—¿Una pista? ¿Qué pista?

—¿Estabas en el Hafnarbíó sí o no? —insistió Albert.

—¿Acaso me vio alguien? —replicó Viðar—. ¿Tenéis testigos? ¿Por qué me hacéis esa pregunta?

El contable miró a Albert con la expresión indiferente de quien quiere pasar lo más desapercibido posible, sin llamar la atención.

—Contesta la pregunta —le ordenó Albert.

—No, no estaba.

Marion sacó la fotografía de Yuri Vigotski.

—¿Conoces a este hombre?

—No sé quién es, ya te lo dije ayer —respondió Viðar sin siquiera mirar la imagen.

—Pues nos resulta bastante curioso —discrepó Marion mientras se sentaba frente al escritorio de Viðar—. Hemos hablado con una mujer que estuvo en Moscú en los años treinta, cuando tú vivías allí, no sé si te acordarás de ella. Hrefna. ¿Sabes quién es? ¿La recuerdas de aquellos tiempos?

—¿Es Hrefna quien os ha dado esa pista?

—No. Pero ella se acuerda bien de ti y de ese hombre, ese ruso a quien veías con más frecuencia que a otras personas. ¿Te importaría decirme cómo se llama?

Viðar guardó silencio.

—¿Se llama Yuri Vigotski? ¿Te dice algo ese nombre?

Viðar siguió guardando silencio.

—¿Te suena?

Albert se sentó en la otra silla que quedaba libre. Impertérrito, Viðar mantenía el semblante rígido junto a la puerta, y no parecía tener la menor intención de responder la pregunta.

—Bueno, es igual —prosiguió Marion—. Erais amigos en Moscú. Lo sabemos. No lo puedes negar. Presumimos que habéis permanecido en contacto todo este tiempo.

Viðar seguía sin inmutarse.

—¿No deberíamos continuar hablando en Borgartún? —sugirió Albert.

—Ahora mismo iremos —respondió Marion—. Ignoramos de qué forma os habéis mantenido en contacto todos estos años. Seguramente a través de unas cartas que tendrás que enseñarnos. Y haciéndole alguna visita de vez en cuando. Está claro que eras tú quien iba a verlo a él, puesto que, al parecer, sale poco de la Unión Soviética, por no decir casi nunca. Habéis coincidido en toda clase de actos y congresos. Unas veces en Sochi, y puede que incluso en Odessa. ¿No os solían invitar los rusos a pasar unos días soleados en sus costas? Los años pasan. ¿De qué habláis? ¿Qué tenéis en común? Sabemos que pertenece al servicio de espionaje soviético y que ha llegado muy alto. Incluso puede que se haya convertido en el número tres y que aspire a escalar más todavía. Quién sabe si no le has enviado cartas y más cartas sobre las fuerzas militares en Miðnesheiði, el ejército estadounidense en el aeropuerto de Keflavík, los favores de ciertos ministros, la disposición de algunos funcionarios. ¿Qué sé yo? Y, un día, de repente, tu amigo aparece en Islandia. ¿Por qué? ¿Porque los soviéticos tienen que ganar una partida de ajedrez?

Viðar negó con la cabeza.

—¿Fumas? —le preguntó Albert.

Viðar miró a Marion.

—Te estás equivocando —aseguró—. No sé de qué me hablas.

—¿Podría ver qué marca fumas? —preguntó Albert—. ¿Llevas algún paquete encima?

—No, no llevo ningún paquete —respondió Viðar.

—El problema con tu amigo Yuri —continuó Marion— es que sabemos que estaba en el Hafnarbíó en la sesión de las cinco, cuando el chico perdió la vida. Tenemos un testigo que lo vio y que lo ha reconocido en la fotografía que te acabo de mostrar. El testigo declara que Yuri Vigotski se sentó detrás de él en el cine. Le bastó con mirar la foto una sola vez para identificarlo.

Albert se acercó a un enorme cenicero lleno de colillas situado en una esquina del escritorio y hurgó con el dedo.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Viðar.

Albert extrajo una colilla.

—¿Es esto lo que fumas? —preguntó sosteniendo una papiroska.

—¿Qué era lo que no podía oír el chico? —preguntó Marion de nuevo—. ¿Dónde están sus cintas y su grabadora?

Viðar no respondió. Estaba alterado y su rostro comenzaba a enrojecer.

—¿Y a qué vino lo de la tercera partida? —preguntó Marion sin dejar de observar la colilla que Albert había sacado del cenicero—. ¿Por qué se jugó en la sala de ping-pong?

—¿La tercera partida?

—¿Qué nos puedes decir de eso? ¿Guarda alguna relación con tu amigo? ¿Están tratando de amañar la final? ¿Por eso ha venido Yuri a Islandia?