El duelo
Capítulo 22
Se escuchaba un tintineo de vajilla en la cocina. El local comenzó a llenarse con la clientela habitual de la tarde. Conductores de camiones y obreros hacían un descanso para tomarse un café recién hecho acompañado de una kleina, la rosquilla típica islandesa, o de un hojaldre casero de crema y almendras mientras hojeaban revistas y periódicos viejos. En la radio leían la novela Kröpp kjör, de Arnþór Christiansen, aunque la voz del narrador no parecía poder abrirse paso entre el barullo para llegar a los oídos de los presentes.
—¿Quieres decir que el hombre que viste en el cine se aloja en el Loftleiðir, donde también se aloja Bobby Fischer? —preguntó Marion.
—Eso me parece. No sé si se aloja en el hotel, pero allí lo vi.
—¿Podrías darnos más detalles?
Viktoría hizo memoria ante la mirada expectante de Marion y Albert.
—Me daba la impresión de que alguien nos estaba mirando —respondió. Marion pensó inmediatamente en Konni, que estaba sentado detrás de ella y, al parecer, no le había quitado el ojo de encima—. Me volví dos veces. Primero no había nadie, pero luego, de repente, estaba ese hombre. Me pareció haberlo visto antes en el hotel.
—¿Crees que se había cambiado de asiento? ¿O más bien que había llegado tarde?
—Eso no lo sé. Lo único que sé es que, de pronto, estaba allí sentado. Digo yo que se habría cambiado de sitio. Ya hacía una hora que había empezado la película.
—¿Viste a alguien más atrás, hacia la derecha, en la zona donde se sentaba el chico?
—No. Estaba todo muy oscuro.
—Sabemos de un hombre que estaba sentado unas tres filas por detrás de vosotros. ¿Puede que fuera él?
—No. El que yo digo estaba sentado más bien hacia el centro de la sala.
—El que conocemos nosotros tiene aspecto de vagabundo: enclenque y con los ojos desorbitados, bastante desaliñado. Se llama Konni.
—No, ese no es el hombre al que me refiero. El que decís vosotros ya sé quién es. Pasó a nuestro lado al salir y no dejaba de mirarme la delantera. ¿Es un vagabundo?
—¿Qué aspecto tenía el hombre que viste sentado detrás de ti? —preguntó Albert.
—¿Es él quien lo hizo? —preguntó Viktoría.
—No lo sabemos —respondió Marion.
—No lo vi más que un segundo, pero estoy segura de que es el mismo hombre. ¿Cómo podría describirlo? Tendrá más de sesenta, de cara ancha, canoso, con el pelo bastante corto y patillas, ni muy alto ni muy bajo. Lo reconocería inmediatamente si lo viera otra vez. En el hotel llevaba un chaquetón beis, pero no sé cómo iba vestido en el cine. Me suelo fijar en esas cosas.
—¿Lo viste salir de la sala al terminar la película?
—No. Tampoco es que lo hubiera estado observando.
—¿Qué hace en el hotel? —preguntó Marion.
—No lo sé. Solamente lo vi.
—¿Una sola vez o más? ¿Es un cliente?
—Solo lo vi una vez —respondió Viktoría.
—¿Tenía alguna peculiaridad? ¿Cómo es que te acuerdas tan bien de él?
—Soy muy buena fisonomista —reconoció Viktoría mientras miraba a su alrededor, como temiéndose lo peor—. Me parecía…, era un hombre atractivo, eso es lo único que puedo decir. ¿Por qué se fija una en ese tipo de hombres? Era guapo. Un maduro atractivo.
—¿Por qué no viniste antes a darnos esta información? —preguntó Albert.
—No sabía…, no quería hacer pública mi infidelidad. ¿Por qué importa tanto lo que os he contado? ¿Es él quien apuñaló al chico?
—¿Te fijaste en si estaba solo o acompañado? —preguntó Marion.
—Me parece que estaba solo. Tanto en el hotel como en el cine.
—¿Cuándo viste a ese hombre y dónde exactamente?
—Lo vi cruzar el vestíbulo —explicó Viktoría—. Trabajo en las oficinas. Yo estaba haciendo algo en la entrada y entonces lo vi pasar.
—¿Y luego lo viste en el cine?
—Sí. ¿Vamos a estar aquí mucho más tiempo? Debería irme pronto.
—¿Lo volviste a ver en el hotel?
—No. Pero os lo haré saber si lo veo una segunda vez. De inmediato.
—¿Sabrías decirnos algo de su nacionalidad? ¿Era islandés o extranjero?
—Extranjero —respondió Viktoría sin el menor atisbo de duda.
—¿Cómo estás tan segura?
—Saltaba a la vista. Piel morena, ojos oscuros. Extranjero. Seguro.
—¿Se te ocurre de dónde?
—No, ni idea.
—Si te preguntara si era ruso o estadounidense, ¿por cuál te decantarías?
—Pues no sé… Iba muy bien vestido. ¿Yanqui, tal vez? Llevaba un traje muy elegante. Los rusos nunca van así. En todo caso, no los que se alojan en el Loftleiðir. Son más de pueblo. Como nosotros.
Viktoría sonrió.
—¿Hemos acabado ya? Debería irme. Mi marido está en casa. Le han cancelado el vuelo. Seguro que ya está con la mosca detrás de la oreja. Es muy…, como ya os he dicho…, muy celoso. Tremendamente celoso.
—Bueno, ese es el objetivo, ¿no? —dijo Marion—. ¿No querías vengarte de él?
—Sí —respondió Viktoría, que se levantó—. Se lo tiene merecido.
—Una cosa más: acuérdate de ponerte en contacto con nosotros si vuelves a ver a ese hombre en el Loftleiðir.
—Sí, os llamaré. Y, por favor, ¿queréis hacer que esa mierda de periódico deje de hablar de mí como si fuera una fulana? Dejadles claro que todo lo que están diciendo no son más que un puñado de mentiras y estupideces. Tenéis que pararles los pies.
Dicho lo cual, se levantó.
—Haremos lo que podamos —señaló Albert, escarmentado tras sus malas experiencias con la prensa amarilla—. Pero ya sabes cómo son esos periódicos, lo tergiversan todo con tal de publicar un bombazo sensacionalista.
Marion se puso en pie.
—Una última cosa antes de terminar, Viktoría. ¿Crees que él te vio a ti?
—¿A mí? ¿Quién?
—El hombre. ¿Crees que te vio?
—No.
—¿Ni en el Loftleiðir ni en el cine?
—No. Creo que no. ¿Por qué? No me vio. Vamos, lo dudo mucho. Solo me volví y lo vi. Pero él estaba mirando la pantalla y no me vio a mí. Después ya no me fijé en él al salir. No, no me vio. Estoy bastante segura.
Por la noche, incapaz de conciliar el sueño, Marion volvió a hojear el dosier sobre el caso de Ragnar y releyó las declaraciones de sus padres. Explicaban que su hijo pasó mucho tiempo ingresado en un hospital infantil debido al golpe que se había dado en la cabeza. Marion podía ponerse fácilmente en su lugar. De pronto, se agolparon en su mente los recuerdos de los niños de los sanatorios por los que había pasado, el sufrimiento padecido por Anton, el desolador suplicio de Katrín, la incomprensible crueldad con que aquella dura enfermedad había tratado a los más pequeños. Como en el caso de los niños que Marion había conocido a lo largo de su infancia, unos durante más tiempo que otros, Ragnar no tuvo la oportunidad de hacer nada por cambiar su destino. Para Marion, todo se reducía a un mismo sinsentido.
Una tragedia grotesca.
Una terrible agonía.