El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 37 de 48

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El duelo

Capítulo 37

 

 

Marion dormía junto a Katrín cuando el estridente teléfono comenzó a sonar en el salón. Katrín se despertó primero y empujó levemente a Marion, que lo oyó por fin.

—El trabajo —dijo Marion apresurándose a contestar. Era Albert.

—¿Todo en orden? —le preguntó.

—Sí —respondió Marion—. Voy para allá.

—¿Estabas durmiendo?

—He estado trabajando esta noche. ¿Alguna novedad?

—Nada, salvo lo del ruso.

—¿Qué ruso?

—El de la foto. El hombre del chaquetón, el que acompaña al ministro de Deportes, Ivanov.

—¿Qué sucede con él?

—Se me ocurrió la idea de hablar con la embajada británica y un empleado islandés me concertó una cita con uno de los altos cargos, un tal Gordon Harris. Le he mostrado la foto hace un momento, pasado el mediodía. Acabo de llegar al despacho. El tipo me ha ayudado bastante. Los británicos estaban muy bien informados de la presencia del ruso en Islandia y…

—Luego me lo cuentas, Albert —lo interrumpió Marion—. No me fío del teléfono. Y tú tampoco deberías hacerlo. Hablamos ahora. Voy para allá.

Marion colgó y entró en la cocina. Katrín había empezado a preparar el café.

—Ese caso no te da ni un respiro, por lo que oigo —dijo sonriendo.

—Me tengo que ir. No sé cuándo volveré.

Katrín besó a Marion en la frente.

—Deja de preocuparte tanto por mí —le pidió.

—No te vayas —dijo Marion—. Tengo que hablar contigo.

Un viejo deseo había vuelto a resurgir en Marion. Lo habían verbalizado anteriormente en sus cartas y en sus encuentros, pero nunca se había materializado. Katrín siempre evadía la cuestión y nunca sacaba el tema. El tiempo había pasado, año tras año, década tras década, pero nunca habían dado ningún paso. Su relación estaba marcada por un pasado fragmentado y un futuro sumido en la incertidumbre. Estaban envejeciendo, y puede que hubieran alcanzado un punto de inflexión. Marion nunca había querido insistir, pero se negaba a dejar de intentarlo.

—¿Has considerado la idea de trasladarte a Islandia y vivir aquí? —le preguntó Marion—. No nos hacemos más jóvenes con los años.

Katrín dudó unos segundos y negó con la cabeza.

—No hace falta que respondas —añadió Marion—. No quería presionarte. Ni siquiera tenía intención de preguntártelo.

—¿Qué diría la gente?

—¿La gente? ¿Qué gente? ¿A quién le importa?

—Hablamos mejor cuando vuelvas —dijo Katrín.

—¿Por qué no ahora?

—No quiero hacerte daño, Marion.

—No me lo vas a hacer.

—¿Seguro?

—¿Qué ocurre, Katrín?

—No sé cómo decírtelo.

—¿Qué te preocupa?

—Este es mi último viaje a Islandia —confesó Katrín con tristeza—. No voy a volver, Marion.

Marion la miró fijamente.

—He sido egoísta —añadió Katrín—. Lo sé.

—En absoluto —replicó Marion—. Eso no es verdad.

—Ya te has compadecido de mí mucho tiempo.

Marion recibió como un hachazo su inesperado comentario.

—¡¿Katrín?!

—Sé que no lo haces. Pero, aun así, me lo parece. ¿Entiendes lo que quiero decir? No puedo evitar pensarlo. Quiero dejar esto. Dejarlo todo. Es ahora o nunca.

Katrín desvió la mirada hacia el suelo. El teléfono sonó de nuevo. Marion se quedó mirando el aparato sin responder a la llamada. Sus estruendos rasgaban el silencio del salón y sentía que cada timbrazo le perforaba los oídos. El teléfono dejó de sonar y Marion alzó la mirada hacia Katrín.

—No ha habido nunca otra persona, ¿es eso lo que te da miedo?

—Al contrario —replicó Katrín—. Lo que me da miedo es que no haya nunca más otra persona. Tienes que hacer tu vida. Te he mantenido demasiado tiempo en la incertidumbre.

Katrín permanecía inmóvil en medio de la cocina.

—Estás totalmente confundida —discrepó Marion—. Pensaba que lo sabías. Que lo habías sabido todo el tiempo.

—¿Qué había de saber?

—Soy yo quien siempre te ha necesitado a ti, Katrín. Nunca he tenido a nadie. Llevo toda mi vida en la más terrible soledad.