El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 12 de 48

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El duelo

Capítulo 12

 

Albert pensaba a menudo en la suerte que había tenido al conocer a Guðný, y esa certeza volvió a invadir su mente mientras veía a su mujer caminar por delante de él hacia el restaurante Naustið. Al entrar, un camarero se ocupó de los abrigos y les indicó la mesa. Guðný se había encargado de llamar y había reservado mesa en uno de los compartimentos centrales de la izquierda, donde ya se habían sentado en las escasas ocasiones en que habían cenado allí. Pocas veces se podían permitir el lujo de ir a un lugar tan caro, pero siempre merecía la pena. De ambiente agradable, el local tenía algo exótico y hogareño al mismo tiempo. Guðný lucía un sencillo vestido negro que se ajustaba a su esbelta figura y resaltaba la belleza de su piel morena. Risueña e independiente, compartía con Albert una constante tendencia a ver las cosas por el lado positivo.

Sentado al piano, en un pequeño escenario instalado al fondo de la sala, Carl Billich les dirigió un gesto con la cabeza al verlos bajar los escalones. Con la suavidad de sus dedos interpretaba Moon River mientras los clientes pedían un aperitivo. Albert y Guðný sabían que más tarde se uniría Haukur Morthens para entonar canciones sobre los muchachos de Capri y unas semillas que nunca florecieron. Si se atrevían, al final de la velada le pedirían la canción de Raggi Bjarna sobre el chico de la playa.

Su aperitivo de siempre era un alexander, un combinado de coñac, licor de chocolate, nata y hielo con una pizca de nuez moscada espolvoreada por encima. Al no saber nada de cócteles, la primera vez que cenaron en el Naustið habían escogido aquel por azar y ahora no podían imaginarse una velada en el restaurante sin brindar con uno. Como entrante escogieron una ensalada de gambas. Albert pidió una cesta de pollo con patatas, la especialidad del Nautið, cuyo peculiar nombre figuraba en inglés en la carta: Chicken in a Basket. Guðný optó por un entrecot de ternera con salsa bearnesa y patatas asadas. Decidieron acompañar la cena con una botella de tinto. No conocían ninguno de los excelentes vinos de la carta, pero les gustaba la sonoridad de «Chateauneuf-du-Pape», cuyo precio era bastante elevado. El camarero parecía satisfecho con su decisión. Dejaron la elección del postre para después.

—¿Y cómo es? —preguntó Guðný antes de dar un sorbo al aperitivo.

—Bueno, solo lo he visto —respondió Albert—. No he hablado con él ni nada. Parece una persona muy activa. Siempre anda con prisas. Pero es muy simpático con los policías que van con él. Como Sæmundur.

—¿Sæmi Rokk? ¿Escolta a Bobby Fischer?

—Sí, es casi su guardaespaldas.

—¿Y ya lo han trasladado a un hotel?

—Sí, al Loftleiðir. Le han dado una suite. No se veía en la casa de loterías DAS. Se pasa toda la noche despierto y no come más que skyr con nata. Esto no puedes contárselo a nadie. Hemos firmado un compromiso de confidencialidad.

—¡Cómo lo entiendo! —exclamó Guðný, que había vivido toda su vida en el barrio oeste—. ¿Quién quiere vivir en Fossvogur?

Arropados por la dulce música de Billich, alzaron las copas y brindaron con sus alexander. Albert observó a un hombre mayor deleitándose con las piezas de pollo frito de su cesta en una mesa vecina. La comida iba acompañada de una servilleta y un pequeño recipiente con agua y una rodaja de limón para limpiarse los dedos, ya que a veces los clientes se comían el pollo con las manos. Albert estuvo fijándose en el hombre y notó que miraba el recipiente con cierta inquietud, como preguntándose para qué serviría.

—¿Qué tal está Marion? —preguntó Guðný.

—¿Marion? Bien, supongo.

—Pienso muchas veces en lo que me contaste sobre la tuberculosis. No debe de ser fácil tener que vivir con la tisis en la infancia.

—Aún no le he preguntado personalmente a Marion. Fueron los chicos quienes me lo contaron cuando empecé.

—Yo lo dejaría estar —le aconsejó Guðný—. Tiene que ser una cuestión delicada para mucha gente.

—Sí, puede ser.

—Ahora ya casi no se dan casos de tuberculosis.

—No, al menos en Islandia.

—A tu hija mayor le van a hacer la primera prueba de tuberculosis en el colegio. Le pondrán una de esas bonitas tiritas en el pecho.

La comida llegó a la mesa: la cesta de pollo, con el pequeño recipiente, y el entrecot, acompañado de una jarrita de salsa bearnesa. Disfrutaron de sus platos mientras escuchaban las melodías de Billich. Repasaron todos los temas de conversación: sus tres hijas y sus caprichos, sus amigos, la familia y los dos o tres cotilleos que corrían por la ciudad. De pronto, los asistentes comenzaron a aplaudir: Haukur Morthens se situaba junto al piano. Hizo una reverencia y dio las gracias al público antes de presentar a Carl Billich.

—Está hecho un verdadero gentleman —murmuró Guðný mientras miraba al cantante con ojos de admiración.

La voz de Haukur resonó en la sala. Nada más arrancar con Mambo Italiano, entraron en el restaurante cuatro hombres acompañados del maître.

—¡Es Spassky! —susurró Guðný dándole a Albert un leve codazo.

Se levantó un murmullo en toda la sala mientras los cuatro hombres tomaban asiento en uno de los compartimentos. Spassky saludó a los asistentes haciendo un gesto con la cabeza. Ni Albert ni Guðný conocían a los otros tres hombres, unos tipos trajeados, de rostro serio. Parecían rusos.

—Serán sus asesores. O sus entrenadores, no sé —respondió Albert cuando su mujer preguntó quiénes eran.

—¿Serán sus guardaespaldas? —preguntó Guðný en voz baja, evitando mirar todo el rato hacia el campeón mundial.

—Seguramente.

—Pues vaya tontería, ¿quién necesita guardaespaldas en Islandia?

—Tendrías que ver la que se ha montado en torno a los dos —replicó Albert—. Es como si hubieran vuelto los Beatles.

—Son personas muy interesantes. No se habla de otra cosa: los adversarios, el ajedrez, el duelo del siglo, los rusos, los estadounidenses, la Guerra Fría… Tienes toda la razón, ni que fueran estrellas del rock. En serio. El otro día, mi amiga Jóka se encontró a Bobby comiendo no sé dónde y parecía que hubiera visto a Mick Jagger. Lo acompañaban unos hombres que no hablaban con él. Se pasó el rato sentado en un rincón con un tablero de bolsillo, metido en su propio mundo.

Dos hombres de la edad de Albert se levantaron de sus mesas casi a la vez y caminaron hacia Spassky con una servilleta y un bolígrafo en la mano mientras le daban a entender que les gustaría tener un autógrafo suyo. Spassky reaccionó amablemente y les hizo un gesto con la mano para que se acercaran. Les firmó las servilletas y se las dio a los dos jóvenes, que le dieron las gracias. El resto de los comensales no se atrevió a molestar al campeón mundial. Guðný animó a su marido a pedirle un autógrafo, pero Albert se abstuvo de hacerlo argumentando que, si Spassky podía estar tranquilo en algún lugar del mundo, era precisamente ahí, en una isla perdida en los confines del planeta.

El piano de Billich continuaba acompañando la voz de Haukur. Albert y Guðný terminaron de comer y, en lugar de pedir postre, se tomaron otro alexander. Como los demás clientes, procuraban no mirar demasiado al ajedrecista y su séquito.

Con el rabillo del ojo, Albert vio que el hombre de la mesa vecina había llegado a la conclusión de que el recipiente servía para refrescar la boca y se bebió el contenido con cuidado.

—Mamá mencionaba a veces a un primo suyo —dijo Guðný—. Tenía tuberculosis pulmonar y se sometió a una operación espantosa que mamá llamaba toracoplastia. Le amputaron algunas costillas para que el pulmón colapsara mediante un procedimiento que nunca entendí. Es horrible la de cosas por las que algunos enfermos tuvieron que pasar.

Bebió un sorbo de su cóctel.

—Para más inri, finalmente no se curó. Murió en el sanatorio de Vífilsstaðir. Mamá decía que llegó un punto en que a su primo le daba igual todo. Sabía que no tenía salvación.

—Marion también pasó un tiempo en Vífilsstaðir.

—Supongo que ocurría lo mismo con todos los que habían perdido la esperanza. Dejaban de cuidarse y no atendían a nada ni a nadie.

Albert desvió la mirada hacia Spassky y comprobó que había terminado su plato. El grupo de hombres se preparó para marcharse. Sobre el escenario, Haukur susurró unas palabras al oído de Billich y el pianista comenzó a tocar. Entonces el cantante empezó a entonar Noches de Moscú y Albert vio que Spassky sonreía al reconocer la melancólica melodía de la canción rusa. El jugador escuchó con atención. Haukur comenzó interpretando la versión islandesa de Jónas Árnason, pero luego continuó en ruso.

Né slychny v sadou dajé chorokhi

Vsio zdes zamerlo do outra.

Iesli b znali vy, kak mné dorogui

Podmoskovnyé vetchéra.

—Ha cantado en Moscú —susurró Guðný sin apartar la mirada de Haukur. Albert observó cómo Spassky le estrechaba la mano al maître y le daba las gracias educadamente antes de abandonar la sala acompañado de sus hombres.

—«… invadido por una extraña tristeza» —tarareaba Albert al tiempo que se cerraba la puerta del Nautið.