El duelo

Arnaldur Indridason · Capítulo 33 de 48

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El duelo

Capítulo 33

 

 

Viðar se sentó de nuevo junto a su escritorio, en un rincón del salón. La radio seguía encendida, pero se sentía demasiado intranquilo como para seguir escuchándola. Por un lado, sabía que no había podido disimular su asombro ante aquella visita inesperada y, por otro, no lograba entender cómo la policía había llegado hasta él. No había dejado ningún rastro, y estaba convencido de que su amigo tampoco. Ni tampoco Bríet. La única explicación que se le ocurría era que alguien del otro bando se había ido de la lengua, pero le parecía muy improbable.

Aquella visita repentina había acrecentado sus dudas. La incertidumbre disparaba aún más sus temores y su malestar ante lo ocurrido. Nada deseaba más que no haberse visto involucrado nunca en aquella historia; la situación lo había superado. ¿Qué debía hacer ahora? No podía dejar a su viejo amigo en la estacada.

Se conocieron en la Escuela Lenin, en circunstancias particulares, cuando en Moscú la manía persecutoria alcanzó su punto culminante y se sucedían las detenciones y las expulsiones del país. Algunas personas desaparecían sin dejar rastro. La más mínima desviación de las directrices del partido implicaba meterse en problemas. Sabía que la misión de Yuri consistía en vigilar a los estudiantes y guiarlos por la senda correcta dentro del paraíso comunista. Bríet y Viðar se hicieron íntimos amigos de Yuri, y aquella relación se fortaleció con el tiempo y la distancia. Yuri siempre había sido especialmente ambicioso, y ambos fueron testigos de cómo ascendía y se ganaba el respeto dentro del sistema soviético. A lo largo de los años, Viðar y él coincidieron en numerosas reuniones convocadas por las asociaciones y el partido, pero sobre todo se reencontraban en congresos multitudinarios que rendían tributo a las glorias del Sóviet. En cuanto se enteró de que Yuri necesitaba su ayuda, no se lo pensó dos veces. Pero cuando descubrió de qué se trataba, comenzaron a asaltarlo las dudas.

Viðar se sobresaltó al oír el teléfono del escritorio. Indeciso, extendió el brazo hacia el auricular. No sabía quién podría llamarlo justo después de aquella visita. Era Bríet. Le explicó que la policía había ido a verlo y que le había preguntado acerca del suceso del Hafnarbíó.

—¿Qué saben? —le preguntó. Viðar percibió inmediatamente su agitación.

—Pues…, no sabría decir.

No quería asustarla más.

—¿Qué…? ¿Cómo…?

—La policía me ha enseñado una foto de Yuri y me ha preguntado si lo conocía.

—¡¿Saben de Yuri?! ¿Pero cómo demonios…?

—No lo sé. He podido escabullirme, pero no tardarán en volver.

Ambos guardaron silencio.

—No debiste hacerlo nunca —le recriminó Bríet—. Nunca.

—Está claro que no —convino Viðar—, pero ahora no sirve de nada darle vueltas.

—Pobre chico…

—Bríet, no llores.

—¿Qué vas a hacer?

—Nada. Seguiremos como hasta ahora mientras no sepamos nada más.

—¿Y Yuri?

—Nos atendremos al plan, Bríet. Tienes razón, es la única alternativa. Nuestra única alternativa.

La conversación parecía haber llegado a su fin y se despidieron. Viðar se levantó y se acercó a la ventana para mirar el jardín. Las cosas se habían torcido de la peor manera y se arrepentía de haberse metido en aquel complot. Nada deseaba más que hablar con la policía, pero no podía hacerlo bajo ningún concepto. No era una opción. En todo caso, no en ese momento. No antes de que Bríet y él estuvieran fuera de peligro. Bríet quería justicia y había puesto a Viðar de su lado. La pregunta era si lo conseguirían y cómo.

Sabía que ambos terminarían implicados en el espeluznante suceso del Hafnarbíó. Se sentía mal por lo que había ocurrido. Se sentía mal por haber participado. Viðar contempló el jardín, donde estaba enterrado su secreto, bajo un enorme pino, y se le hizo un nudo en la garganta al pensar en el chico del cine. Sentía un dolor tan profundo en el pecho que creyó que le iba a explotar el corazón.

Pensó en el palacio de deportes Laugardalshöll y en todo lo que se avecinaba. Yuri había establecido el plan de acción y dirigía la operación. Ya lo había hecho en Moscú, y nada había cambiado desde entonces.

Viðar escuchó las noticias en la radio: la decimotercera partida se había aplazado y se jugaría al día siguiente. Reinaba la controversia respecto a quién se hallaba en mejor posición, si Fischer o Spassky, pero todo el mundo coincidía en que jamás se había visto un juego de tan alto nivel, y se auguraba una partida histórica. Si Fischer ganaba, obtendría tal ventaja que ya nada podría impedir que se proclamara un nuevo campeón mundial en Islandia.