La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 8 de 54

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La señal

Capítulo 7

Estado de Vermont.

31 de diciembre, 02.21 horas.

Era increíble que pudiera condensarse tanta humedad en el cielo como para desatar un temporal semejante. Los copos de nieve eran del tamaño de pelotas de golf y el viento aullaba. Entre el barullo de la tormenta, el frío, la poca visibilidad y las cadenas inadecuadas, Ian conducía agarrado al volante del Firebird igual que un novato. Si continuaba nevando de esa manera, no podría proseguir su camino hacia Canadá. Tenía que cambiar de carretera cuanto antes y confiar en que estuviera en mejores condiciones que ésta.

De improviso, al tomar una curva, las luces traseras de un coche aparecieron frente a él. Estaba atravesado en la estrecha carretera, con el morro humeante y aplastado contra un árbol, Ian pisó el freno con todas sus fuerzas, pero el asfalto estaba helado y las ruedas empezaron a patinar. El corazón le dio un vuelco cuando una figura oscura emergió por detrás del otro vehículo. Se movía con dificultad y, sin darse cuenta, se puso en la trayectoria de Ian. Éste dio un volantazo, y faltó muy poco para que se llevara por delante la fantasmal figura.

El Firebird se detuvo a un par de metros del vehículo accidentado y su conductor. Ian se apresuró a salir para ver qué había ocurrido. Fue hasta la figura, que ahora estaba apoyada en el suelo, contra uno de los laterales de su propio coche. Los faros del de Ian proyectaban su haz hacia aquella persona que se retorcía de dolor. Cuando se aproximó pudo ver que se trataba de una mujer. Sus ojos verdes brillaron bajo la macilenta iluminación. Eran intensamente verdes. Tan hermosos como los de Gloria. Iguales que los de Gloria. Gloria…

—¿Está usted bien?

La joven no pudo contestar de inmediato. Sólo emitió un quejido, al que por fin siguieron unas palabras vacilantes:

—Necesito… que me lleve a… Brownton.

Después de eso, se desmayó. Ian la examinó torpemente para comprobar sus lesiones. Vio que tenía una herida y una fuerte contusión en la mano izquierda, donde varios dedos daban la impresión de haberse roto. No mostraba otros cortes en su cuerpo ni parecía tener nada más, pero él no era médico. Muchas lesiones graves que se producen en accidentes son internas.

No sabía qué hacer. Se dijo que no podía permitirse perder más tiempo, ni meterse en un pueblo de mala muerte a esperar que lo cogieran como a una rata en su madriguera. Pero tampoco era capaz de dejar allí abandonada a esa joven y marcharse sin más. Ian evocó el verde de sus ojos. Sí, eran iguales que los de su amada Gloria. Se obligó a apartar ese recuerdo y miró a su alrededor, como si esperara encontrar una respuesta entre las sombras. Aunque por supuesto no la había. Él era el único que podía ayudar a esa mujer.

Se le había ocurrido una idea, pero antes de nada debía sacar a la joven de la carretera. El frío era muy intenso y cada vez nevaba más. Allí tendida podía entrar en hipotermia y morir en cuestión de minutos. A Ian ya casi no le dolían las rodillas, y la leve herida de su costado había empezado a cerrarse. La cogió en sus brazos y la metió dentro del Firebird, que tenía el motor encendido y la calefacción a tope. Le sorprendió la ligereza de su cuerpo, a pesar de su altura. Debía de medir más de un metro setenta. Y era realmente guapa, aunque llevaba el pelo muy corto y sus ropas eran casi masculinas.

Luego, ya dentro del coche, hurgó en la cazadora de la mujer en busca de un móvil —el suyo lo había abandonado en Harvard—. Lo que encontró en un bolsillo interior no era un móvil común, sino un teléfono vía satélite. Ian lo cogió y trató de marcar el número de emergencias, pero el teléfono estaba protegido por una clave y no dejaba siquiera realizar ese tipo de llamadas sin teclearla.

—¡Maldita sea! —exclamó con impotencia.

A ésta le siguió la curiosidad y un cierto temor aún por definir. Se preguntó quién sería esa mujer y por qué llevaba un teléfono tan inusual como aquél. Ella seguía inconsciente, e Ian decidió averiguarlo. Rebuscando de nuevo entre sus ropas encontró también una bolsa, con lo que parecían ser anfetaminas, y una cartera. Dentro había algo de dinero, unas cuantas tarjetas y un carné que le dejó sin aliento.

Aquella mujer se llamaba Maia Kensington y era agente del FBI.

Ian se lanzó fuera del coche, al frío nocturno, sintiendo de repente que el cuerpo le ardía. Estaba tan alterado que no podía pensar. Pero logró calmarse un poco y se dio cuenta de que aquella agente no podía estar persiguiéndolo, por la sencilla razón de que había sido él quien la había encontrado a ella y no al revés. Además, antes de perder el conocimiento le había dicho que quería ir a Brownton. Tomar el desvío hacia ese pueblo, cuando vio el coche accidentado en el arcén de la carretera principal, había sido una simple casualidad.

No, decididamente no lo buscaba a él. No podía ser. Y él, por su parte, tampoco podía abandonarla a su suerte. Ian regresó al interior del Firebird y puso el teléfono, las anfetaminas y la cartera donde los había encontrado. La llevaría a Brownton, pero, antes de seguir, Ian fue al coche de la agente para ver si había allí otras cosas suyas. Encontró una pequeña mochila en la parte delantera, tirada en el suelo junto a una carpeta de tapas marrones. Ésta contenía un informe del FBI. Lo ojeó con prisa y lo que leyó en él lo dejó muy intrigado. Era mejor que ella no supiera que había visto el informe, aunque no comprendía muy bien su contenido.

Ian volvió a su coche con la mochila y la carpeta. Luego fue avanzando con cuidado hasta sobrepasar el vehículo de ella. Lo empujó, marcha atrás, hasta dejarlo a un lado de la calzada y siguió hacia Brownton con sumo cuidado. Las placas de hielo lo cubrían todo.

Qué extraño era el destino, pensó; de qué incomprensible modo tejía sus hilos. Mientras conducía a paso de tortuga bajo la feroz nevada, Ian trató de recordar y comprender los acontecimientos que lo habían llevado hasta allí. No los últimos e inmediatos, sino los que precisamente el destino había entretejido sin que él, pobre marioneta en sus manos, hubiera tenido la menor oportunidad de zafarse.