La señal
Capítulo 34
Vietnam.
Noviembre de 1969.
Les costó casi media hora ganar la costa, pero los dos tenientes americanos y el muchacho vietnamita lo consiguieron por fin. Llegaron exhaustos, y Henry casi muerto. Su segunda herida era muy grave. Un tiro en el estómago es casi siempre mortal. Allí no había ningún médico que pudiera atenderlo, y eso convertía la probabilidad en seguridad. Henry lo sabía, y Paul también.
Este último arrastró a su amigo por la arena, arrastrándose él mismo y soportando el intenso dolor de su pierna, hasta un lugar donde no llegaban las olas. Dejó el maletín con la droga a un lado y comprobó sus heridas. Eran tan graves como había temido. El muchacho vietnamita se quedó sentado mirando al mar. Henry habló en un hilo de voz.
—Paul, ese chico ha dicho la verdad… Me ha dicho cosas que no podía saber. No podía saberlas…
—Tranquilo amigo. Lo que ha dicho de tu padre no es más que una tontería para confundirte.
—No me refiero a eso, sino a lo que me ha dicho después, en la lancha.
Paul frunció el ceño con gesto de extrañeza. Había visto al chico hablando con su amigo antes del incendio.
—No hagas caso de…
—Sí, Paul —le cortó el moribundo—. Te equivocas. Me ha descrito el hospital al que va mi padre a hacerse los chequeos. Incluso el color de los pasillos y el aspecto de su médico. ¡Mi padre ha muerto! Lo sé. Sólo me alegro porque así no se enterará de mi muerte en esta maldita guerra.
—Tú no vas a morir —respondió Paul con cada vez menos convicción.
Henry tosió ásperamente.
—¿Has recuperado la droga?
—Sí. Hemos cumplido la misión, no te preocupes.
—No lo digo por eso.
—Entonces ¿por qué…?
—Quiero probarla yo mismo. Necesito saber. Lo necesito.
—No, Henry, no. No voy a permitir que lo hagas.
—¿Por qué? Voy a morir de todos modos. No me va a perjudicar más.
—No digas eso, Henry. No vas a morir. Al menos hasta dentro de muchos años.
—¿Cuidarás de Christine?
—No hará falta que la cuide. Tú estarás con ella muy pronto.
—Necesito saber, Paul. Dame la droga.
La mirada de Henry era tan triste que el corazón de Paul se encogió como una ciruela seca. Reflexionó un instante y se dio cuenta de que el deber no valía lo que la última voluntad de su mejor amigo. Porque eso es lo que era: la última voluntad de un moribundo.
—Está bien. Voy a prepararla.
Henry emitió un largo suspiro. Había soportado una tensión extrema que ahora liberaba. Pronto, bajo los efectos de la droga, conocería la verdad.
El maletín no tenía cerradura. Paul abrió los dos pasadores laterales y levantó la tapa. Dentro había un juego de cuatro jeringuillas cargadas con una dosis cada una. Cogió la primera y retiró el capuchón de plástico de la aguja. Comprobó que no había aire en el depósito dando unos golpecitos con el dedo y echando afuera un poco de líquido. Nunca había puesto una inyección, pero lo había visto hacer decenas de veces. Cogió el brazo de Henry y lo apretó por encima del codo. Cuando logró distinguir la vena, clavó la aguja en ella y vació el contenido en el torrente sanguíneo de su amigo.
Al principio no pasó nada. Pero al cabo de un par de minutos, o quizá menos, Henry abrió los párpados y sufrió una especie de estremecimiento que sacudió todo su cuerpo. Los ojos estaban vidriosos y miraban a ningún sitio, como los de un sonámbulo. Levantó uno de sus brazos y empezó a decir:
—Eres tú. ¿No lo ves? Está delante de ti. Está ahí. No puedes hacer nada. Eso es lo que tiene que ser.
Paul lo escuchaba sin entender una palabra. Pero un ruido, proveniente de la densa vegetación, lo alertó. Ajeno a todo lo externo, Henry siguió hablando con frases inconexas y sin aparente sentido.
—Sube y sube. Se desborda. Luz y oscuridad. Es el signo.
Paul no sabía si eran los suyos quienes se aproximaban, o el enemigo. Cogió en sus manos el AK-47, que se había echado previsoramente a la espalda cuando abandonaron la lancha, y apuntó hacia la espesura.
Los soldados que aparecieron no habían notado su presencia. Sólo cuando los vieron allí en medio se pusieron en guardia. No eran americanos. Se trataba de una patrulla norvietnamita. Su sorpresa fue enorme, lo que dio tiempo a Paul de disparar primero. Los soldados se echaron cuerpo a tierra, gritando, y respondieron con varias ráfagas y una granada.
La explosión alcanzó de lleno a Paul y a M-019, que había ido hasta él y Henry cuando éste se hizo inyectar la droga. El muchacho murió en el acto y Paul quedó gravemente herido en el rostro, en el pecho y en la mano y el brazo izquierdos. Su cuerpo se interpuso entre la granada y Henry, y evitó que la explosión le afectara. Aunque poco importaba ya. Su mirada perdida y apagada denotaba que la vida había prácticamente escapado de su cuerpo.
Ahora Paul yacía a su lado, con el cuerpo destrozado. Tres de sus dedos habían sido seccionados y uno de sus ojos estaba colgando fuera de la órbita. Sangraba abundantemente y era incapaz de moverse.
Aun así, pudo oír la voz de Henry, que le susurró al oído algunas frases antes de expirar, antes de que los soldados norvietnamitas llegaran hasta ellos. Fueron sus últimas palabras, bajo los efectos de la droga. Después bajó los párpados, emitió un largo suspiro y murió.
La dorada luz del sol bañaba desde hacía rato el rostro de Paul, aunque él sólo pudo notarlo con el único ojo que le quedaba. Al abrirlo, tuvo una sensación placentera que se rompió bruscamente al asaltarle los recuerdos.
La imagen borrosa de una sala blanca fue dando paso a una visión más nítida. No sentía dolor alguno. ¿Habría muerto y ese lugar era alguna clase de antesala del más allá? Giró la cabeza y una guapa enfermera apareció a un lado. Al darse cuenta de que la miraba, ella le devolvió la mirada con gesto maternal. Se aproximó a su cama y dijo:
—Ya era hora de que despertaras. Llevas durmiendo casi dos días.
Paul estaba entre los suyos. No tenía la cabeza para pensar cómo había sucedido, aunque no tardaría mucho en saberlo.
El coronel Reiter fue avisado enseguida de que el teniente había recobrado la consciencia, y se presentó sin demora. Lo primero que hizo fue felicitar a Paul por la misión, aunque él quiso saber qué había pasado con Henry. Sabía que había muerto, pero trataba de aferrarse a una última esperanza. Si consiguieron salvarlo a él, puede que con su amigo también llegaran a tiempo.
Desgraciadamente no había sido así. Henry estaba muerto, con su cuerpo a punto de ser repatriado a Estados Unidos en un avión de la Fuerza Aérea, dentro de un sencillo féretro de madera como el de tantos otros soldados americanos. También murió M-019, pero su pérdida era secundaria para las altas esferas. Al menos no cayó en manos de los norvietnamitas, ni tampoco la droga, destruida en la explosión de la granada.
Cuando los soldados enemigos atacaron, ignoraban que un helicóptero Bell Huey americano acababa de divisar los restos de la explosión de la lancha en el mar. Las referencias coincidían con las que Paul dio por radio, de modo que el aparato siguió perpendicularmente hacia la costa y no tardó en localizar a los hombres. Desde el aire abatieron a los norvietnamitas y rescataron al malherido Paul y los cuerpos sin vida de Henry y M-019.
—Ha cumplido bien con su deber, teniente Humpsey. Ahora debe reposar y recuperarse. Cuando esté bien, volverá a casa. Le he recomendado para una medalla. Y también a McGrath, por supuesto, aunque en su caso deberá ser póstuma. Qué triste, la verdad… Acabo de enterarme de que su padre, el honorable juez, ha muerto de un infarto de miocardio. No ha podido resistir la pérdida de su hijo…
—¿Cómo…?
La ahogada voz de Paul apenas emergió de su garganta. Las palabras del coronel fueron como el golpe de un mazo. M-019 había pronosticado con acierto la muerte del juez McGrath.
Pero había sido el efecto de la noticia recibida desde Vietnam. La visión fue certera, aunque del futuro, no del presente.
Paul ya no podía mantenerse al margen de aquel misterio. La mente humana es capaz de escapar de la cárcel que le impone la materia. Lo había vivido él mismo a través del joven norvietnamita y de su propio amigo. Ahora creía. Ahora tenía que creer. Lo que Henry le dijo antes de morir se había grabado en su mente como la escritura de un cincel sobre la dura piedra. Aquellas palabras de su amigo no se le olvidarían nunca, por mucho que viviera:
«El mundo está oscuro… en silencio. Te veo como un viejo… Luchas por
vencer lo invencible… ¡Una piedra cae en el agua! ¡Joshua, Joshua… en él
está el signo! ¡Él es el signo! ¡Joshua!».
Si esas palabras eran ciertas, le asaltarían algún día y se convertirían en una realidad tan sólida como una roca. Ya siempre le acompañarían, día y noche. No habría tiempo ni espacio capaz de borrarlas.
Porque nadie puede borrar su destino.