La señal
Capítulo 22
Londres.
Julio.
El cielo se cubrió súbitamente. Un minuto antes, Londres resplandecía bajo el sol veraniego y hacía calor. Ahora, por el contrario, empezaba a lloviznar y el ambiente se había vuelto frío. Así era la ciudad británica, capital de la nación más poderosa del mundo hasta que le llegó el turno a Estados Unidos.
Contento por la reconciliación con Gloria, Ian caminaba bordeando Hyde Park con un fino chubasquero cuya cremallera cerró. Un poco más adelante cruzó la calzada y torció hacia el norte. La entrada a la sala de conferencias a la que se dirigía se mostró ante él como era habitual en Londres: un edificio majestuoso encajonado en una calle estrecha y sin árboles. Llegaba con un par de minutos de retraso, y no sabía si la proverbial puntualidad británica se haría valer y la conferencia habría empezado ya.
No era así. El profesor Graham Hammill se disponía a iniciar su charla mientras se afanaba en ajustar el proyector del ordenador portátil. Nunca le habían gustado las computadoras, a pesar de que sus investigaciones se centraban en la criptografía. Si del físico teórico Wolfgang Pauli se decía que los experimentos fallaban cuando él llegaba a una ciudad, quizá Hammill era el Pauli de la ciencia criptográfica.
Ian lo tuvo como profesor en Harvard cuando estudió la carrera. Fue su profesor favorito, inspirador y lleno de energía y deseos de enseñar; uno de esos profesores a los que parece que se defrauda si no se cursa con devoción su asignatura. Hammill fue quien impulsó a Ian a seguir sus investigaciones cuando otros poco menos que se reían de él, y ambos habían mantenido una relación de amistad muy cordial hasta que Hammill regresó a su Inglaterra natal hacía seis o siete años. El grave accidente de escalada que lo dejó hemipléjico, y una oferta como catedrático en Oxford, le hicieron cambiar el Nuevo Mundo por la vieja Aíbión.
Recíprocamente, Ian había sido el alumno predilecto de Hammill, pero, tras el regreso a Europa del profesor, perdieron la relación sin saber muy bien por qué. La promesa de viajar a Inglaterra de uno y de volver en alguna ocasión a América del otro, quedaron en agua de borrajas. Sólo intercambiaron alguna que otra carta y felicitaciones de Navidad durante los primeros años, y después nada. Sin embargo, cuando Ian vio el anuncio de la conferencia de su profesor, titulada «Criptografía cuántica», en un periódico de Londres, decidió asistir sin dudarlo. Era un tema muy interesante y una oportunidad de reencontrarse con su viejo y admirado amigo.
A Gloria no le importó salir de compras por la ciudad con su amiga inglesa. Prefería pasar el día con ella en los almacenes Harrod’s que escuchando una soporífera conferencia de la que, con toda seguridad, iba a entender muy poco. Ian se la imaginó comprando ropa en miniatura para el niño mientras tomaba asiento en una butaca libre hacia la mitad de la sala, prácticamente llena. El profesor Hammill hizo un gesto con la mano para pedir silencio y se dispuso a iniciar su disertación.
—Algunos secretos son más valiosos que el más valioso de los metales o las gemas. Hoy vivimos en un mundo en el que proteger nuestros secretos equivale a vencer o ser derrotado, vivir o morir. Y esto debe entenderse tanto metafórica como literalmente. De hecho, un secreto bien guardado protegió el mundo libre durante la Segunda Guerra Mundial, y uno mal preservado llevó al desastre a los nazis. La eclosión de las computadoras hacia una capacidad de proceso y potencia de cálculo hasta hace poco inimaginables, nos hace mirar en una nueva dirección en lo que se refiere al cifrado de información. Los secretos que se interceptan dejan de ser secretos en muy poco tiempo. Y cada vez menos, a pesar de los esfuerzos de unos criptógrafos que crean protecciones, por los esfuerzos de otros criptógrafos que las desmontan. El futuro está en la criptografía cuántica. Aquello que no se transmite por un medio físico no puede tampoco interceptarse ni, obviamente, ser descifrado, sencillamente porque no existe más que en el lugar donde se originó y en el lugar donde fue recibido. Aún es pronto para anunciar un éxito práctico definitivo, pero se han logrado éxitos de laboratorio en Estados Unidos, Australia, Italia, España y también aquí, en el Reino Unido, en mi centro de investigación de Oxford, gracias a un excelente equipo de colaboradores que me enorgullece dirigir. Podemos afirmar que la criptografía cuántica es ya hoy una realidad, y será también una realidad común. Con esa tecnología disponible, los secretos de todos serán dentro de poco inviolables…
Cuando la conferencia terminó, Ian salió del auditorio por un lateral y siguió el camino que llevaba a la parte de atrás. Esperó unos minutos hasta que vio salir al viejo profesor por una de las puertas con rampa.
—¿Profesor Hammill…?
El aludido se inclinó levemente hacia un lado en su silla de ruedas y giró la cabeza. Sus pobladas cejas canosas se arquearon y su rostro pasó de una expresión neutra a la viva imagen de la sorpresa.
—¡Ian! ¡Ian Moone, por Júpiter! ¿Qué haces aquí?
—Asistir a tu conferencia.
—Pero… No es una conferencia tan importante como para hacerte venir desde las Colonias, ¿verdad? En cualquier caso, me alegro mucho de verte, muchacho. Déjame echarte un vistazo.
El profesor contempló a su antiguo alumno largamente, satisfecho de encontrarlo con tan buen aspecto. Luego guiñó un ojo y sonrió. Ese gesto era típicamente suyo, y le recordó a Ian otros tiempos.
—Gran conferencia, todo hay que decirlo. Pero, no, no he venido aquí por ella. Estoy en Inglaterra porque voy a ser padre, por difícil que sea de explicar.
—¿Qué? ¿Que vas a ser padre o que estás aquí por esa razón?
—Ambas cosas, créeme, Graham.
Hammill levantó la diestra con el índice extendido y lo movió en gesto negativo mientras chasqueaba los labios.
—He de corregirte. Ahora soy sir Graham, querido.
—¡Oh!, ¿de veras? ¿Cuándo te han nombrado caballero del Imperio Británico?
—Hace poco. La verdad es que no sé por qué lo hicieron. Hoy en día dan los títulos como si fueran cromos. Qué tontería… ¡Pensar que comparto dignidad con sir Michael Phillip Jagger!
—¿Quién?
—Mick Jagger, ese deslenguado bardo de los Rolling Stones.
Ian rió con ganas. Su viejo profesor mantenía toda su socarrona ironía y su encanto personal intactos.
—Pero me decías que vas a ser padre… —continuó Hammill, deslizando las palabras.
—En efecto.
—¡Me alegro, me alegro, sobre todo porque eras un cabeza loca! Muy inteligente, pero bastante inmaduro.
—Sin embargo, era tu alumno favorito.
—Claro que sí. Eso no tiene nada que ver. Ahora en serio, te felicito. Transmítele también mi enhorabuena a tu esposa. Porque estáis casados, ¿verdad?
—Sí.
Hammill siguió hablando como si Ian no hubiera contestado.
—Bueno, aunque eso no importa hoy en día. No es como tomar el té fuera de hora, o cualquier otra cosa verdaderamente importante.
Otra vez Ian soltó un par de carcajadas. Era imposible hablar con Graham Hammill sin tener la sensación de que la seriedad, e incluso la profundidad, se entremezclaban con las chanzas. Su elegancia natural le permitía lograr un punto de equilibrio perfecto que a nadie podría ofender o resultar irritante.
—Y bien, piger discipulus, ¿tendremos los británicos el gusto de tenerte con nosotros algún tiempo?
Siempre habían utilizado fórmulas latinas para referirse a ellos mismos mutuamente: «discípulo aplicado» y «buen maestro».
—No mucho, magister bonus, sólo hasta mañana. Honrando durante ese tiempo, eso sí, al Imperio con este lejano hijo suyo, fruto de sus aventuras del pasado.
—¿Pero tomarás conmigo el té?
—Por supuesto.
—Entonces debemos darnos prisa. Son casi las cinco. Hay que mantener las tradiciones.
El asistente de Hammill regresó y llevó al profesor hasta la calle, donde estaba aparcado el coche especialmente diseñado para transportar la silla de ruedas. Después ocupó el puesto de conducción y se encaminó hacia el noroeste. Hammill tenía su casa en Oxford, muy cerca de la universidad y del college en que daba clases y en el que tenía su centro de investigación, el Clarendon Laboratory. El asistente abrió con un mando a distancia la puerta que daba acceso al recinto. La casa era un bonito edificio, de ladrillo rojo oscuro y ventanas de madera pintadas de blanco, con un pequeño cuadrado de césped delante de la fachada. Nada ostentoso, sino sobrio y distinguido.
—Oxford. Vaya. Aquí se respira historia —dijo Ian mirando a su alrededor.
—Sí. Bueno, eso es cierto. Pero en el fondo yo os envidio; a los americanos, me refiero.
—¿Por qué?
—Prefiero tener una historia por escribir que una historia escrita… Pero entremos.
Hammill hizo un gesto a Ian para que fuera él quien le empujara la silla. El asistente abrió la puerta y se quedó a un lado, esperando a que pasasen.
—Por favor, Oliver, prepáranos el té y unas pastas de mantequilla —pidió el profesor, y luego indicó a Ian el camino de la biblioteca.
Se trataba de una sala no demasiado grande, totalmente cubierta, desde el suelo hasta el techo, por estanterías de madera oscura llenas de libros. En el suelo había una alfombra muy colorida y pintoresca, sobre la que descansaban unos sillones chéster de cuero granate y una mesa de mármol veteado. Para completar esa idílica imagen, la biblioteca hasta tenía chimenea francesa.
—¡Vaya! —exclamó Ian al entrar.
—¿Te gusta mi pequeño refugio? Acogedor, ¿verdad?
—Es una maravilla. Siempre me han encantado las bibliotecas como ésta. Me recuerda a la de Henry Higgins en la película My FairLady.
—Puede ser. Pero la mía es mucho más modesta.
Ian colocó la silla de ruedas frente a la mesa de mármol y él se sentó a un lado, en uno de los sillones.
—Aquí es donde pienso y trabajo, aunque tengo el ordenador en mi despacho. No sé, no me parecía que una máquina diabólica como ésa encajara bien en este entorno de paz y armonía.
—Sí, ya sé que siempre has odiado los ordenadores.
—Y ellos a mí, te lo aseguro. Creerás que bromeo, pero te equivocas. Si algo puede fallar con ellos, falla. Y sólo me pasa a mí, que es lo peor. A otras personas no les sucede. Sé que afirmar esto parece impropio de un científico, pero es un hecho.
En ese momento entró el asistente con una bandeja de plata y el servicio de té. Les sirvió sendas tazas y luego se retiró. Hammill esperó para seguir hablando.
—A pesar de mis diferencias con los ordenadores, una buena parte de mi trabajo está indisolublemente ligada a ellos, como bien sabes. De hecho, todo lo que no se puede hacer con un lápiz y un papel, que es cada vez más, pasa por ellos. Las nuevas técnicas de computación están cambiando el mundo. Han cambiado el mundo. Ya no hay distancias para la información ni las comunicaciones. Estamos al borde de un precipicio, el de la incapacidad de guardar nuestros secretos.
—Pero la física cuántica está a punto de abrir un nuevo horizonte.
—Justamente eso iba a decir ahora. Con palabras más finas, por supuesto. Más británicas.
—La modestia no ha sido nunca una de tus cualidades, sir Graham.
—¿Cómo que no? Yo soy la persona más modesta de todo el Universo.
—¡Una frase muy modesta!
—Bueno… Quizá no tanto como la más modesta de todo el Universo, pero sí una de ellas. Seguro.
Ambos rieron.
—Como te decía, de no poder ocultar nuestra información «sensible», vamos a pasar a todo lo contrario, casi de repente. Los secretos serán inviolables. Y eso debería inducirnos a pensar. Una profunda reflexión filosófica se impone ante la perspectiva de que cualquiera podrá transmitir información que nadie será capaz de descifrar.
—Porque no podrá siquiera interceptarla, o evitar alterarla al hacerlo.
Hammill miró a Ian con aquiescencia y luego hizo una mueca de disgusto.
—Así es. En física cuántica, una partícula puede estar en dos lugares distintos a la vez, o en ninguno. Incluso puede interferirse sobre una partícula, y su gemela verse afectada sin que se haya actuado sobre ella y de un modo instantáneo, lo que parece violar la Relatividad de Einstein. Es un mundo fascinante y… pavoroso.
—Entonces… ¿crees que se beneficiarán más los criminales y terroristas, por ejemplo, que los gobiernos o las policías?
—A veces no hay mucha diferencia entre unos y otros. Pero sí, a eso me refiero. Llegará a ocurrir. No concibo el modo de poder evitarlo, una vez se extienda la tecnología necesaria.
Ian pensó en JANUS. Lo que había dicho su antiguo profesor valía también para aquella arma que él había desarrollado, más poderosa aún que la bomba atómica. Su antiguo profesor pareció haberle leído la mente, porque comentó:
—No se puede poner freno al desarrollo de la ciencia. Nunca ha sido posible hacerlo. En el mismo momento en que Otto Hahn descubrió la reacción nuclear en cadena, se estaba dando al mundo una nueva fuente de energía, la atómica, y el arma más terrible y poderosa de la historia. Siempre hay vertiente positiva y negativa. Y nunca hay quien sea capaz de impedir que ambas caras de la moneda acaben convirtiéndose en una realidad.
Las palabras de Graham Hammill eran amargas. Apuró su taza de té y cambió su expresión sombría por una sonrisa.
—Pero no creo que hayas venido a escuchar las palabras agoreras de un viejo, ¿verdad? Lo que tenga que suceder, sucederá, y de algún modo imperará finalmente la cordura. Así ha sido también siempre, y no hay motivo para pensar que eso haya de cambiar en el futuro.
—Esperemos que tengas razón.
—Esperémoslo. Oh, y para volver a animar el ambiente voy a hacerte una confesión y a revelarte una idea genial que se me ha ocurrido. ¿Sabes que tengo mi propio blog en Internet? Firmado con seudónimo, por supuesto. En él propongo un acto subversivo increíblemente audaz e imaginativo. Me sorprende a mí mismo, la verdad.
—He ahí una nueva prueba de tu infinita modestia, sir Graham.
Los dos rieron con ganas una vez más.
—Como te decía, propongo un acto subversivo con fines humanitarios. Consiste en que un pequeño grupo de personas altruistas accedan al museo del Louvre, en París, y coloquen una bomba delante de la Gioconda.
—¿Una bomba? ¿En la Gioconda?… A mí también me repugna ese cuadro, pero ¿por qué quieres destruirlo?
—A mí no me repugna, alumno ignorante. Y yo no quiero destruirlo. ¿Cómo has podido pensar eso?
—Como has dicho lo de poner una bomba…
—Sólo ponerla, no hacerla estallar. ¿Crees que estoy loco?
Ian se mantuvo en silencio con mirada taimada.
—Está bien. Reconozco que quizá sufro un leve síndrome de personalidad alejada de lo común. Pero estarás de acuerdo conmigo en que ninguna persona excepcional, hombre o mujer, carece de rasgos chocantes, insólitos, infrecuentes o sorprendentes.
—Sí. Sobre todo infrecuentes. Pero sigue, por favor. Estabas colocando una bomba en el Louvre. Concretamente en la obra maestra de Leonardo da Vinci.
—Otra incorrección. —Hammill chasqueó los labios como solía hacerlo para negar—. La obra maestra del genio renacentista está en Italia; en Milán, para ser más precisos, y es una pintura mural que algunos llaman «fresco» pero que no es tal. Su título es La Ultima Cena, y preside el antiguo refectorio del convento de Santa María delle Grazie.
—Ah, es verdad. Hace poco leí un libro muy interesante sobre esa obra. De un escritor español, creo recordar.
—Entonces tu delito es doble: ignorancia y negligencia. Pero seré paciente contigo como lo fui en mis martirizados años como profesor tuyo. Volvamos al Louvre. Los intrépidos y generosos muchachos entran con la bomba y la colocan ante la mampara de seguridad de Mona Lisa, lo bastante potente como para destruir la barrera de cristal blindado. Una vez instalada, gritan que hay una bomba y llaman por teléfono a la policía para avisar de que amenazan con destruir la Gioconda si no se atienden sus exigencias. Después, con un teléfono móvil de última generación conectan con un canal de televisión y piden salir en antena. Los periodistas, con tal de tener carnada, acceden a la petición y les pinchan en directo. Lo que hacen los «secuestradores artísticos» es anunciar una dirección de Internet donde hay publicada una lista de nombres de ricos y famosos, divididos en categorías y asociados en grupos a una serie de números de cuenta bancaria. Cada individuo de la lista debe ingresar en la cuenta correspondiente la cantidad estipulada, que iría creo yo, para no ser demasiado exigentes, de las mil libras a las cien mil, según la riqueza del personaje. Estas cuentas son las de las ONG más importantes del mundo: Médicos sin Fronteras, Amnistía Internacional, Greenpeace, etc. Aunque, ahora que lo pienso, ¿Greenpeace es una organización «humanitaria»…? En fin. Si las cantidades no se satisfacen en el plazo establecido, la Mona Lisa será desde entonces mucho más lisa que antes.
—Eres un verdadero excéntrico, amigo mío… ¡Pero la idea es genial!
—¿Lo crees de veras? —preguntó Hammill, extrañado ante esa reacción de su antiguo alumno, que jamás hubiera imaginado.
—Genial, sí. Pero para un relato o para la televisión, no para llevarlo a la práctica. Salvo que se enteren Paris Hilton y sus amigos y les dé por hacerlo de verdad. Sólo Ian se rió de su propia ocurrencia, porque Hammill ni siquiera sabía quién era esa tal Paris Hilton.
—Si se tratara sólo de una broma habría pensado en la Victoria de Samotracia, la Niké alada. Verdaderamente esa obra sí que me dolería que fuera destruida. Y quizá también los frescos del techo de la Capilla Sixtina. Pero lo demás… Que hagan cosas nuevas los artistas del futuro. No hay que venerar tanto el pasado. La gente quiere más a su perro o a las obras de arte que a las personas. Qué vicio tan poco elegante, tan ridículo y que se da tanto aquí, entre los británicos… En fin, ¿te quedarás a ver conmigo el partido de fútbol? Juegan los Reds. El Liverpool, para los profanos: el equipo de mi ciudad natal y de mi corazón. ¿Entonarás junto a mí el «Nunca caminarás solo»?
—No me gusta nada el fútbol europeo.
—Europeo no, querido, inglés. Pero llámalo como quieras. Tú te lo pierdes. Esta noche mi equipo juega en Anfield contra el único otro equipo en el mundo que se le puede comparar: el Real Madrid. Bella alegoría de tiempos pasados y luchas pretéritas. Es sólo un partido amistoso, pero ganaremos hoy como ganamos entonces a su Armada supuestamente Invencible. Quédate a verlo. Te aseguro que es un espectáculo digno de expectación.
El viejo miraba a Ian tratando de disimular el deseo de que se quedara con él un poco más.
—Está bien, magister, pero espero que no me decepcione ese equipo tuyo, los Reds o comoquiera que los hayas llamado.
—¡Bien por ti! Además tengo que proponerte algo. Y ya está bien de nuestra particular small talk.
—Tú dirás.
—¿Qué tal te tratan esos yanquis compatriotas tuyos? ¿Estás contento en Harvard? Aquí no nos vendría mal alguien como tú. Puedo ofrecerte, de hecho te ofrezco, el puesto de ayudante personal mío y segundo del laboratorio. Me gustaría que aceptaras. He leído tu trabajo, hasta que dejaste de publicar. Supongo que estarás colaborando con tu gobierno. Es lógico. Nosotros también trabajamos para Su Majestad, pero no en exclusiva. Ya sabes, somos menos paranoicos que vosotros, los del Nuevo Mundo.
El repentino ofrecimiento halagó mucho a Ian, pero no podía aceptarlo. La familia de Gloria vivía en Boston y él seguía siendo —al menos de momento— profesor en Harvard. Más adelante tendría oportunidad de pensarlo mejor. Si a Gloria le seducía la posibilidad de vivir en Inglaterra, quizá ello le permitiera olvidar para siempre JANUS, a los militares y una parte de su vida anterior que no le agradaba ni le enorgullecía en absoluto. Hammill era un gran hombre, aunque también era cierto que a su lado sería el segundo de a bordo, mientras que en Harvard nadie estaba por encima de él.
El resto de la velada fue muy agradable. Ambos tenían muchas cosas que contarse. Las personas cambian con el tiempo, pero el fondo de quienes se estiman de verdad aflora siempre y reduce cualquier distancia. Cenaron juntos, vieron el partido de fútbol —que a Ian le aburrió como una ostra— y se embriagaron con una botella de excelente coñac Hennessy. Hablaron largo y tendido de la conferencia de Hammill de esa tarde, e intercambiaron muchas ideas. Ian no reveló ningún detalle de su trabajo secreto. Pero su viejo profesor le contó unas teorías propias muy novedosas, que sembraron una semilla en su mente. Ahí quedó, soterrada, escondida bajo la capa que separa el inconsciente del plano consciente. Dispuesta a abrirse y florecer a la menor oportunidad.
—Te deseo lo mejor, querido Ian, piger discipulus. Había llegado el momento de despedirse. El asistente del profesor esperaba a Ian afuera con el coche en marcha para llevarlo de regreso a su hotel en Londres.
—Lo mismo te deseo a ti, magister bonus. Ojalá no pasen otra vez tantos años hasta que volvamos a vernos.
—Y si pasan, que sigamos como ahora, o mejor. Sé bueno y sé feliz.