La señal
Capítulo 21
El Pentágono.
31 de diciembre, 06.50 horas.
El edificio del Pentágono ocupaba casi doce hectáreas del condado de Arlington, en Virginia, a orillas del río Potomac. Hacía tiempo que había dejado de ser la mayor superficie cubierta del mundo, en favor de casinos lujosos o gigantescos centros comerciales y terminales de contenedores, construidos en Asia. Pero nada había cambiado el hecho de que seguía siendo el centro de mando del ejército más poderoso de la Tierra. Veinticinco mil personas se encargaban cada día de mantenerlo en permanente funcionamiento. Una tarea difícil en esos tiempos turbulentos, y con el edificio plagado de obras que intentaban rejuvenecerlo y borrar las cicatrices dejadas en él por los atentados del 11-S.
Los pasos de un capitán de la Fuerza Aérea resonaban por el ahora casi solitario anillo A, el más interior de los cinco que componían el Pentágono. Su destino era un despacho en el extremo opuesto. Se le escapó un suspiro de disgusto. Por culpa de unos civiles iba a quedarse sin desayunar. Le habrían bastado cinco minutos para comerse un sándwich de pollo y un gran vaso de leche en el Café Zona Cero. Así solían llamar todos en el Pentágono al bar que éste albergaba en su patio interior al descubierto. El apodo, que dejó de utilizarse tras el 11-S, venía de la época en que la Guerra Fría aún imperaba y los satélites espías rusos escrutaban el Pentágono sin descanso. El constante trajín de oficiales hizo pensar a los rusos que el café no era tal, sino la entrada de un búnker secreto subterráneo. Según se decía, una buena parte del arsenal nuclear soviético apuntaba directamente a aquel inofensivo edificio.
—Ese maldito FBI —masculló.
No habían parado de molestarle desde hacía horas, llamando insistentemente al Pentágono para solicitar toda clase de información. Minutos antes, había estado hablando con el director de Lakesis en persona, el maldito Paul Humpsey, que se había atrevido a gritarle e incluso insultarle.
El oficial sonrió con rencor al imaginarse a su jefe, el general Donaldson, poniéndolo en su sitio. Ahora se alegraba de tener a ese bastardo como superior. Apenas llevaba seis meses a su servicio y ya había pensado en solicitar el traslado. Aunque nunca se atrevería a hacerlo, porque nadie que joda a un general medra mucho en el ejército.
Frente a la puerta del despacho de Donaldson, el capitán se atusó el cabello y compuso su uniforme antes de llamar.
—¡Adelante! —Se oyó decir desde el interior.
—Buenos días, general.
El despacho era extremadamente austero. Su único lujo era la hermosa vista nocturna de Washington, al otro lado del Potomac, que podía contemplarse a través de la única ventana. El general —un hombre ya mayor y totalmente calvo— se encontraba frente a ella, de espaldas a la puerta y al capitán. Y no mostró intenciones de volverse, a pesar de que éste se mantenía rígido, en posición de firmes, delante de su mesa.
—Cierre la puerta.
Ésa era una de las obsesiones del viejo: tener siempre la puerta cerrada. El oficial ignoraba si se debía a una simple costumbre o a una paranoica necesidad de secretismo.
—Han vuelto a llamar del FBI, general. Insisten en que les facilitemos el informe desclasificado de la base de Brownton.
—Los del proyecto Lakesis…
—En efecto, señor —dijo el capitán, aunque no estuviera seguro de que fuera una pregunta.
Aún de espaldas, Donaldson comentó:
—Un proyecto claramente subestimado, ¿no le parece, capitán?
Éste empezaba a temer que sus ansias de venganza iban a caer en saco roto. Esperaba ver desatarse la ira del general contra esa panda de funcionarios… ¿y él decía que Lakesis era un proyecto subestimado?
—Si usted lo dice, señor…
El general miró a su subordinado como a un insecto a través del reflejo en el cristal de la ventana.
—Entrégueles lo que piden, el dossier desclasificado.
La voz del oficial temblaba cuando respondió:
—No estoy seguro de haberle entendido, señor. ¿Se refiere al dossier blanco?
El capitán se dio cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. Antes de que pudiera intentar remediarlo, su superior dijo:
—No hay ningún dossier blanco sobre la base de Brownton, capitán.
—Sí, señor. Por supuesto que no, señor… ¿Se refiere entonces al otro dossier desclasificado?
Había vuelto a hacerlo. De nuevo había dicho lo que no debía. El oficial se llamó estúpido a sí mismo y, como castigo, se mordió el labio interior con fuerza suficiente para hacerlo sangrar.
—Quiero decir… —balbuceó, con el labio palpitándole.
—Ya tiene sus órdenes, capitán. ¿Se siente capaz de cumplirlas?
—Por supuesto, señor.
—Bien. En ese caso, retírese.
No todos los secretos eran iguales. Tenían varios colores y diversos nombres: carpetas azules, rojas, naranjas o hasta amarillas, ocultaban informaciones confidenciales, secretas, de máximo secreto y de extremo secreto. «Umbra», «Gamma», «SCI», «SAP» o «ESI» eran sólo algunos de los apellidos que se ponían a esos nombres. El contenido de muchas de aquellas carpetas podría herir al gobierno de Estados Unidos o a sus agencias y fuerzas armadas; el de algunas, incluso hacerlos tambalear. Pero los mayores secretos, los peores, no tenían nombre ni apellido; tan sólo un código de letras y números, impresos en carpetas inmaculadamente blancas.