La señal
Capítulo 41
Hospital Brigham, Boston.
31 de diciembre, 16.48 horas.
El agente que vigilaba el pasillo de acceso a la habitación de la esposa de Ian Moone vio pasar corriendo a un médico y dos enfermeras. Casi le tiran el café con el que trataba de ahogar el aburrimiento. No llegó a bebérselo. Pensando que alguien había podido entrar en la habitación, lo dejó caer al suelo y, con el arma dispuesta, también él se lanzó a correr por el pasillo.
—¡Nivel uno, nivel uno! —gritó por el intercomunicador de su muñeca—. ¡Posible intruso!
Una docena de agentes, repartidos por todo el hospital, se dirigieron, arma en ristre, hacia la habitación de Gloria Moone.
El agente entró en ella jadeando. Sus ojos profesionales lo evaluaron todo en una décima de seguido: la posición y los rostros de las personas que había dentro, la cama con el cuerpo de la mujer, clínicamente muerta, las máquinas que impedían el colapso total de sus órganos y mantenían vivo a su hijo.
No había nadie extraño. Todos en la habitación le resultaban familiares.
—Falsa alarma, repito, falsa alarma —habló de nuevo por el intercomunicador.
A una orden apresurada del médico, una de las enfermeras inyectó un líquido en el catéter intravenoso que emergía del vientre de Gloria. Ellos dos y la otra enfermera volvieron luego sus gestos preocupados hacia el monitor con los datos vitales del niño. El agente no sabía nada de esos instrumentos, aunque imaginaba que la luz roja y el pitido del censor cardíaco no eran buena señal.
Pero el medicamento intravenoso surtió efecto. Las pulsaciones disminuyeron y regresaron, poco a poco, hasta valores normales.
Brownton.
A través de la ventana de la oficina, el sheriff observó con inquietud lo que estaba sucediendo en el exterior. Aquello no iba a acabar bien si él no hacía algo, y si no lo hacía deprisa. Una turba de habitantes de Brownton se congregaba fuera. Todos iban armados. Los haces de sus linternas, que hendían la oscuridad, se cruzaban maníacamente, al antojo de las manos de quienes las sostenían. Algunos incluso llevaban perros, galgos de presa, como si estuvieran disponiéndose para una cacería. ¿Y acaso no lo era?
—Escúchame, Ronald. Escúchame bien.
El sheriff hizo que su ayudante dejara lo que estaba haciendo y le mirara a los ojos. Quería asegurarse de que captara sin ninguna duda lo que iba a decirle.
—¿Sí, señor?
La voz le temblaba. A pesar del arma de su cinto, no era más que un crío.
—Tú y yo tenemos que encontrar a Carson Conway antes de que lo hagan los de ahí fuera, ¿me entiendes, Ronald? ¿Comprendes lo que te digo? ¿Te das cuenta de lo que pasará si no lo hacemos?
—Pero, señor, ellos no pueden…
—Ellos sí pueden, Ronald. Y lo harán, te lo aseguro, si tienen la oportunidad.
Al menos durante los últimos ciento cincuenta años, nadie había sido linchado en Brownton. Pero eso era justo de lo que el sheriff estaba hablando. Si los del pueblo cazaban a Conway antes de que ellos lograran encontrarlo, sería hombre muerto. Y, aunque el sheriff rogaba a Dios que su ayudante y la señorita Wendy no lo notaran, la verdad es que, en el fondo de su corazón, casi deseaba perder esa carrera.
El cuerpo sin vida de aquel pobre chico, Malcolm, yacía ahora en una bolsa negra en el cobertizo de las motos de nieve de la oficina. No se les ocurrió un sitio mejor donde ponerlo. Allí no había calefacción. El frío evitaría que se descompusiera hasta que un forense pudiera hacerle la autopsia, cuando terminara el maldito aislamiento del pueblo. Aunque no había dudas posibles sobre la causa de la muerte: asesinato. Un asesinato brutal, que había acabado con la cabeza del chico prácticamente separada del tronco. La pesadilla empezó cuando Nora, la madre de Malcolm, entró en la oficina dando gritos histéricos. No consiguieron sacarle nada inteligible hasta pasado un buen rato, cuando dejó de berrear.
—¡En casa! —Fue lo primero comprensible que dijo.
—¿Qué ha ocurrido en tu casa, Nora?
—¡En casa! —repitió ella—. ¡Carson Conway!
Su posterior silencio enloquecido obligó al sheriff a acercarse a la residencia de Nora Thibodeaux. Entonces aún pensaba que todo era un desvarío de la mujer. Nunca había estado muy bien de la cabeza.
El sheriff se encontró la puerta abierta. Revisó la planta baja y luego decidió echar también un vistazo arriba. Fue de una habitación a otra, desprevenido y tranquilo hasta que advirtió un fuerte hedor. Aun así, no esperaba encontrarse nada fuera de lo normal, y menos todavía lo que vio al entrar en la habitación de Malcolm.
Lo asaltaron arcadas cuando vio la marca de la suela de su bota impresa en el enorme charco de sangre. Sobre él estaba, boca arriba, el cuerpo muerto del chico de quince años. Tenía la garganta cortada de un tajo. Aún se percibía el pánico en sus ojos, que estaban muy abiertos, como en un último intento por aferrarse a la luz que se apagaba para siempre.
Al recordar esa imagen de pesadilla, el sheriff sacudió la cabeza y tomó aire antes de continuar hablando con su ayudante:
—No sabemos si Carson Conway es realmente el asesino.
—Pero la señora Thibodeaux dice que fue él. Y además no ha vuelto a presentarse en la oficina, como le ordenó la agente Kens. Ella tampoco contesta a las llamadas. Puede que la haya matado también.
El sheriff Cole comprendió que la unión de todos esos hechos tenía una conclusión muy clara.
—Lo sé, Ronald, lo sé… ¿Has cogido los rifles y las municiones?
La voz del ayudante tembló de nuevo. Nunca le había disparado a nada que estuviera vivo. Ni siquiera le gustaba cazar.
—Sí, señor. Como usted ordenó, señor.
—Está bien. Vamos entonces.