La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 28 de 54

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La señal

Capítulo 27

Brownton.

31 de diciembre, 07.50 horas.

En su refugio del sótano, el lugar sagrado al que nadie salvo él podía entrar, Steven Pearson meditaba sobre lo que el chico de Nora Thibodeaux, Malcolm, le había dicho sobre la agente del FBI. El que se hospedara en la pensión de Nora le daba una opción de tenerla vigilada. Si trataba de llegar a la base, se vería obligado a matarla. No tendría otro remedio…

Estaba frente a una mesa tan larga como una persona y la mitad de ancha. A un lado tenía una lata de comida para perros con un tenedor apoyado en ella. No quería alimentarse como el resto de las personas. Estaba seguro de que el gobierno ponía sustancias en la comida cuyo fin era controlar las mentes de los ciudadanos. Por eso también había forrado con aluminio todo el interior del sótano. Para evitar las ondas de radio que podían penetrar el cerebro y dominar la mente. Todos creían que estaba loco, pero el único cuerdo era él.

Eso pensó mientras masticaba una porción de la comida para perros. A su alrededor, las paredes metálicas exhibían una insólita decoración, formada por armas de todos los tipos y tamaños, y algunos otros elementos difíciles de precisar.

—Sólo yo sé la verdad —dijo Pearson en voz alta.

Mientras comía, iba mezclando en un gran vaso de cristal graduado las partes exactas de gasolina, magnesio, fósforo y caucho para obtener una potente bomba incendiaria. No era la primera vez que lo hacía. En 1986 tuvo que detener los experimentos que se llevaban a cabo en la base. Provocó el supuesto accidente que destruyó una parte esencial de las instalaciones. Y lo hizo con una bomba incendiaría como aquélla. Pudo salvar la vida, pero no le dio tiempo a escapar sin verse afectado. Su cuerpo mostraba desde entonces, y para siempre, las marcas del fuego que él mismo provocó.

—Nunca dejaré que descubra el secreto.

Pearson seguía pensando en Kens. En cuanto terminara la bomba saldría a la calle, iría a la pensión de Nora y…

—¡No, Donna! ¡Es necesario! ¡Lo sabes tan bien como yo!

El espíritu de su mujer muerta no le respondió, aunque él estaba convencido de que habitaba aquel sótano y lo compartía con él.

—Lo comprendes, ¿verdad, Donna? Tengo que hacerlo. Es la única manera de mantener nuestro secreto.

 

Cuartel General de Lakesis.

Paul Humpsey, Cíclope, se mantuvo unos momentos con la mirada absorta. A través de la ventana de su despacho se veían las luces de la ciudad y los adornos navideños. Aquél era un tiempo de tregua, de celebración, de paz y de felicidad, de buenos deseos e intenciones para el futuro. Pero en Lakesis, ellos —él— luchaban en una guerra silenciosa, ciega, contra un porqué desconocido, precisamente para que ese futuro existiera y al menos las gentes tuvieran la oportunidad de no cumplir sus buenos propósitos.

¿Qué era lo que estaba fraguándose en Brownton? No lo sabía; pero de algo estaba seguro: no se trataba de ridículas historias de extraterrestres que raptan a personas normales con el objeto de estudiarlas. Ésa era una de las clásicas cortinas de humo de las agencias secretas, militares y civiles. Así hacían parecer estúpidos a quienes realmente habían visto algo relacionado con uno de sus proyectos al margen de la opinión pública. Y a menudo al margen también de la ley y de la moral. Como aquel terrible proyecto en que él mismo había participado, en el lejano año de 1969, durante la guerra.