La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 53 de 54

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La señal

Capítulo 52

Times Square, Nueva York.

1 de enero, 00.00 horas.

Varios miles de personas festejaban la llegada del nuevo año entre los gigantescos paneles que inundaban Times Square de luz y color. Los gritos coreando los últimos segundos del año que acababa de terminar habían dado paso al bullicio y a un coro de aplausos y vítores. La alegría desbordaba a toda aquella gente, y en todos lados se oía el alborozado descorchar de botellas de champán, mezclado con besos y abrazos.

Fue entonces cuando la oscuridad llegó, tan de repente que un gran aullido de sorpresa dio paso al silencio. Nada más. Aquellos miles de personas veían cómo la plaza y toda la isla de Manhattan se quedaban sin luz. Sólo las lámparas rojas de emergencia, que funcionaban con baterías y marcaban el perímetro de los rascacielos, se mantuvieron encendidas.

Empezaba a nevar. Bajo los primeros copos de nieve comenzaron a surgir, como tenues luminarias, las pantallas de los teléfonos móviles del gentío. Pero ninguno de ellos tenía cobertura. Incluso los que intentaron llamar a emergencias no recibieron siquiera el lánguido mensaje del operador, informando de que las líneas se hallaban inutilizadas. De hecho, eso no podía ocurrir, ya que todas las antenas y los sistemas telefónicos estaban tan apagados como la ciudad.

Las centrales eléctricas habían dejado de suministrar energía. Los satélites, en el espacio, se disponían a plegar sus antenas como insectos moribundos, siguiendo la orden de Cero. Tan sólo los satélites GPS, completamente autónomos, continuaban emitiendo sus señales, que ya nadie en tierra podía captar. Un sinnúmero de aviones acababan de perder el contacto con las torres de control de los aeropuertos. Los buques en el mar volvían a navegar con la única ayuda de sus brújulas. Ningún ordenador podía funcionar, anulado también por el invisible Cero…

Un frío abrumador empezaba a dominarlo todo.

El pánico se apoderó de las gentes congregadas en Times Square. Movidos quizá por el ancestral instinto de manada, casi nadie se había atrevido a abandonar el lugar, como si todos juntos, al abrigo de un gran rebaño humano, pudieran evitar lo acaso inevitable.

El destino parecía escrito. El mundo se estaba congelando. Había llegado la oscuridad. Y, con ella, el silencio.

 

Brownton.

—¡No te muevas, Moone! ¡No toques ese ordenador!

Kens le apuntaba a la cabeza con su arma.

—¡Tú no lo entiendes, Kens! ¡Ya ha empezado!

Ella se acercó con cautela, sin dejar de apuntarle.

—¡Aléjate de ese ordenador! ¡No me obligues a dispararte!

Kens había llegado a dos metros escasos de Ian, pero él no intentó huir ni se resistió de ningún modo. Su rostro mostraba un gesto casi cómico de impotencia.

—Tú no lo entiendes —repitió—. Primero se irá la luz en todas partes y dejarán de funcionar los teléfonos y todos los sistemas de comunicaciones. Durante la primera hora, se borrarán los soportes magnéticos con los datos almacenados de todas las empresas, de todos los bancos, de las bolsas. A Estados Unidos le seguirá el resto del mundo. El dinero habrá dejado de tener valor y sentido. Sin energía no funcionarán los servicios básicos. ¡Las personas dejarán incluso de tener agua que beber! Pasada una semana, todos los sistemas habrán dejado definitivamente de funcionar. Y un mes después… En un solo mes llegará el verdadero fin del mundo, cuando empiece la lucha de todos por sobrevivir y el fuerte se imponga al débil a cualquier precio. ¿Lo entiendes ahora, Kens? ¡TENGO QUE DETENER TODO ESO, AHORA QUE AÚN ES POSIBLE!

¿«Detenerlo»? Kens vaciló un instante. ¿Qué querría decir con eso? ¿Estaría ella equivocada? ¿Estaría él diciéndole la verdad? Pero no podía confiar en Moone. Ya no.

—¡He dicho que te apartes de ese ordenador!

El rugido redoblado del viento aplacó el tono amenazador de las palabras de Kens. Pero Ian supo que, aun así, no podía hacer nada más para convencerla. El cañón de su pistola apuntaba de nuevo a su cabeza.

Miró a Kens a los ojos. Se parecían tanto a los de su amada Gloria…

Un aviso apareció en la pantalla. El programa había contactado con Cero y aguardaba sus órdenes. El cursor parpadeaba sobre la palabra «abortar». Ian se mantenía con la mano sobre el teclado.

—¡Tu hijo está vivo, ¿me oyes?! —gritó Kens—. ¡Gloria está en coma irreversible, pero tu hijo sigue vivo dentro de ella!

—¡Eso no puede ser! ¡Estás mintiendo! ¡Yo mismo vi cómo Gloria moría! Es imposible…

—¡No puedes hacerle esto a tu hijo!

Kens esperaba que ése fuera el argumento definitivo para disuadirle. No sabía que, por el contrario, acababa de dar a Ian el último empujón que necesitaba para hacer lo que debía.

—Tengo que hacerlo, Kens. Precisamente por él, si es verdad lo que dices. Y por ti, y por todos los que, si no lo hago, lo perderán todo y morirán.

Ambos se miraron fijamente a los ojos, y ella supo lo que iba a ocurrir.

Kens sólo disparó una vez. Ian ya estaba muerto cuando su dedo pulsó la tecla que detuvo a Cero definitivamente.

Times Square, Nueva York.

Cuando las luces volvieron a encenderse, un gran suspiro de alivio dio paso, casi al instante, a risas y una renovada alegría. Todo se olvidó tan rápido como sucedió. Sólo había sido un inofensivo apagón, se explicaban unas a otras las miles de personas nuevamente alegres.

La celebración del Año Nuevo podía continuar, así como los buenos deseos y propósitos que —nunca lo sabrían— estuvieron muy cerca de no haber podido cumplirse jamás.

 

Brownton.

Kens se agachó junto al cadáver de Ian. En la pantalla parpadeaba el mensaje «PROGRAMA ABORTADO, CERO REINICIADO».

Abrió la boca para exclamar algo: «¡Dios mío!» o «¡Cielo Santo!»; cualquier cosa que pudiera exprimir el dolor inconmensurable que la invadió al saber que Ian le había dicho la verdad, que nunca en aquella larga jornada había salido de su boca una sola mentira. Pero nada sería capaz de aliviar aquel dolor. Por eso Kens se quedó simplemente allí agachada, sin hablar.

Cerró los ojos y luego los abrió de nuevo para coger el teléfono de las manos de Ian. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando notó la tibieza que aún desprendía su mano.

Llamó a Lakesis. Esta vez fue su padre quien le respondió al otro lado:

—¡Kens, Dios, Kens, dime que eres tú!

—Todo ha acabado.

—Gracias al Cielo.

La gratitud de Cíclope era a partes iguales porque su hija estaba viva y porque su misión había terminado con éxito.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él.

—Ahora no, papá.

Kens colgó, y después de incorporarse se encaminó ladera abajo, con el arma colgándole lánguidamente de la mano, hasta que, a media ladera, la dejó caer.

Sólo entonces percibió que la tormenta había amainado y que conseguía ver más allá de sus pasos. Alzó la cabeza hacia las alturas. Incluso le pareció ver un claro entre las nubes negras y una pequeña estrella brillando en él. Todo había acabado, sí.

Un hombre al que no había visto en su vida se cruzó con ella y le preguntó:

—¿Dónde está Ian Moone, agente Kensington?

Ella señaló hacia atrás con el pulgar, y el desconocido se lanzó en aquella dirección.

Cuando Kyle Smith llegó hasta el tronco del árbol bajo el que Ian Moone se había cobijado, no sabía si aún seguía con vida o estaba muerto. Pero nada más ver su cuerpo retorcido, sobre la nieve cubierta de sangre, comprendió que era ya sólo una cáscara vacía. Llegaba tarde.

Una congoja como no había sentido nunca le invadió: JANUS también había muerto y, por su fracaso, a él apenas le quedaba más tiempo de vida.