La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 5 de 54

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La señal

Capítulo 4

Estado de Vermont.

31 de diciembre, 02.00 horas.

Pasaban dos horas de la medianoche, dos días después del cumpleaños de Kens. La Tierra había dado un poco más de treinta y tres vueltas completas al Sol desde que ella viniera al inundo. Y podría jurar que éste había desaparecido en medio de la negrura que rodeaba su coche. Kens limpió una vez más el vaho del parabrisas. Fue en vano. No tardó en volver a empañarse, por más que el sistema de ventilación se esforzara en mantenerlo despejado.

—¡Mierda!

Los tacos no iban a detener las gélidas ráfagas de viento ni hacer que la nieve dejara de precipitarse desde lo más alto del cielo, cegadoramente densa e inagotable. Los tacos tampoco harían las sombras menos profundas ni conseguirían ensanchar la carretera secundaria, cubierta de nieve, por la que circulaba a mucha más velocidad de lo que era prudente. A su espalda, el todoterreno iba dejando dificultosamente en la carretera dos tiras de nieve sucia, que el temporal se apresuraba a cubrir. Kens se preguntó qué pasaría si el coche se saliera del camino.

—Nadie te encontraría hasta la jodida primavera. Eso es lo que pasaría.

Una mueca sin demasiado humor se dejó ver en su boca, tras el cigarrillo a medio consumir. Para Kens, fumar era uno de los mayores placeres de este mundo. Casi tan bueno como el sexo y con muchos menos inconvenientes; ningún cigarrillo esperaba que le hicieras la cena o le lavaras los calcetines después de habértelo fumado. Un nuevo pensamiento hizo desaparecer la mueca y borró el poco humor que había en ella. Kens reconoció de inmediato la vieja necesidad. La urgencia. Ella estaba limpia ahora. Cíclope se había encargado de eso. Pero la droga es un déspota obstinado que sabe esperar. Estaba limpia, sí. Casi limpia.

Apagó el cigarrillo en un cenicero ya rebosante de colillas. Luego abrió el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una pequeña bolsa llena de comprimidos con el dibujo de un smiling verde.

—Es sólo para que te mantengas despierta, ¿eh? —se dijo a sí misma, justo antes de tragarse uno.

Tal y como estaba transcurriendo la noche, sin duda iba a hacerle falta estar bien despierta. Primero, su moto se había averiado de camino a Lakesis. Luego, su avión despegó de la base de Andrews con media hora de retraso. Y por último, el piloto había tenido que llevarla al aeropuerto de Burlington, en vez de al de Newport, porque, como Lenger previo, el temporal había obligado al cierre de la única pista que aún se mantenía abierta en este último.

A su llegada a Burlington le esperaba un somnoliento agente de la policía local, que le había hecho entrega de un todoterreno y un dossier enviado por fax desde el cuartel general de Lakesis. El dossier contenía los datos recopilados hasta ese momento sobre Brownton por el equipo de Cíclope. Kens lo había ojeado, y nada en él revelaba la menor pista sobre por qué ese pueblo insignificante había hecho reventar sus alarmas. En un lugar como aquél, lo más excitante del año debía de ser… «¿ver cómo crecen los árboles tras el deshielo?», pensó Kens.

—No todo es lo que parece.

Eso lo dijo en voz alta. Era algo que debía tener presente, porque no dudaba de las máquinas de Lakesis o de toda aquella enrevesada investigación científica, ni tampoco de los cálculos de Lenger. Si ellos decían que en el anodino Brownton iba a ocurrir un hecho extraordinario, entonces así sería. El nombre de Lakesis estaba bien elegido, después de todo: el equipo creado por su padre pretendía cambiar el destino, como la parca mitológica. Sólo una cuestión atormentaba a Kens: si el destino podía realmente cambiarse, si el hecho de que se produjera una señal no implicaba que inevitablemente acabara ocurriendo lo que iba a ocurrir, hicieran lo que hiciesen.

Un sonido de llamada chirrió en la cabina del coche. Era el de su teléfono vía satélite, una pequeña maravilla regalo del Departamento de Defensa, que funcionaba incluso cuando nada más lo hacía. Kens accionó el manos libres e, imaginándose ya quién la llamaba, respondió con una sonrisa, esta vez amplia y genuina:

—Me has pillado pensando ahora mismo en ti.

Lenger respondió con un leve retardo:

—¿Y estábamos vestidos?

Ella y Lenger nunca se habían acostado. Quizá porque él le caía demasiado bien, aunque resultara difícil explicar la relación entre lo uno y lo otro.

—Hummm… Tú y yo sí estábamos vestidos todavía —dijo ella en un tono provocador—, pero la enfermera Ciento-Veinte-de Pecho, no.

Una nueva pausa.

—¡Ufff! Eso es doloroso, Kens. Eres muy mala, ¿lo sabes?

Sí.

Los dos rieron brevemente. Ambos se daban cuenta de que el tiempo seguía pasando.

—¿Has leído el informe? —preguntó Lenger.

—Sólo me ha dado tiempo a echarle un vistazo. Es difícil leer mientras conduces…

—Debe de serlo. La verdad es que no hay mucho que decir sobre Brownton. Se fundó en 1785, está a veinticinco kilómetros al sur de la frontera con Canadá, en el condado de Orleans y… —Kens oyó a Lenger teclear algo—. Imagino que no tienes mucho interés en saber datos como su superficie o la altitud media, ¿verdad?

—Verdad. ¿Qué hay de la población?

—El noventa y siete coma cuatro por ciento son blancos.

—Todos ellos temerosos de Dios, sin duda.

—Seguro que sí. Hay tres iglesias en el pueblo.

—¿Alguno de esos «corderos del Señor» tiene registro criminal?

Lenger tecleó una vez más, en busca de esa información.

—Sí. Pero casi todos por delitos menores: peleas, pequeños altercados, hurtos; cosas así, la mayoría cometidos después de borracheras en el bar del pueblo.

—¿No dicen que hasta el viaje más largo empieza por un simple paso? Un borracho fanfarrón puede convertirse en un terrorista, o en un idiota que ayuda a un terrorista sin saberlo. Quiero una lista detallada de los que tengan antecedentes. También que investigues las rutas tradicionales de contrabando con Canadá que pueda haber por la zona.

—Hecho. Aunque en eso podrá ayudarte mejor que nadie el sheriff del pueblo. Se llama Nathaniel D. Cole. Nacido y criado en Brownton, hijo de una maestra de primaria y un trabajador de la fábrica local de muebles, cuarenta y dos años, tres veces reelegido para el cargo. Ah, y le gusta que le llamen Nate. En el informe tienes la ficha completa.

—Así que Nate, ¿eh? ¿Sabemos algo de…?, ¡uou!

—¡Kens, Kens! ¿Qué pasa? ¿Estás ahí?

—Por muy poco… Esta mierda de carretera parece una pista de hielo.

La nieve caía con más intensidad que nunca. Kens había tenido que dar un volantazo para regresar a la calzada y esquivar un árbol descomunal que le pasó demasiado cerca.

—¡Creo que hasta he conseguido oler la madera de ese árbol! Dime que va a mejorar el tiempo, Lenger.

Por mera costumbre, Kens se echó hacia delante para mirar al cielo a través del parabrisas. No se veía absolutamente nada, salvo una pared blanca que brillaba a la luz de los faros del vehículo. Más allá sólo estaba la negrura. Y el viento, que rugía en el exterior y zarandeaba el coche en las curvas.

—Eh, ¿recuerdas la tormenta de abril? —preguntó Legner—, ¿esa que decían que iba a ser la tormenta del siglo en Nueva Inglaterra?

—Claro que no.

La voz de Lenger se hizo solemne para decir:

—Ya lo suponía. Pues la tormenta que se te viene encima sí que va a ser la tormenta del siglo. En las próximas horas va a juntarse sobre Vermont un frente que viene del Atlántico Norte con otro procedente del suroeste. El Servicio Nacional de Meteorología va a emitir un aviso de emergencia extrema. Se prevén ráfagas de viento de más de ciento veinte kilómetros por hora, inundaciones en los valles del sur de Vermont, nevadas muy intensas en el norte…, y cuando digo muy intensas quiero decir muy intensas. También granizo del tamaño de pelotas de béisbol y… no sé, lo peor que puedas imaginarte.

—Joder, menuda suerte, ¿eh? ¿Y cuánto va a durar esa maravilla?

—Por lo menos hasta Año Nuevo.

—Genial. Pensaba que no podía haberme tocado peor tiempo que éste…

Kens se colocó otro cigarrillo en los labios. El todoterreno dio un bandazo mientras ella se peleaba temerariamente con el mechero para conseguir encenderlo.

—Deberías dejar de fumar —dijo Lenger.

—Ya. Y tú deberías ser más alto. ¿Qué sabemos del Gran Hermano?

Ésa era la pregunta que Kens iba a hacer momentos antes, cuando estuvo a punto de salirse de la carretera. «Gran Hermano» era el término con el que ella solía referirse a las agencias militares y civiles de inteligencia. Lo utilizaba desde que se lo oyó decir a un personaje de una película, o eso creía. Los recuerdos de aquella época eran siempre borrosos e incompletos.

—Nadie sabe nada. Ni la CIA, ni la NSA, ni los militares. Ese pueblo es tan aburrido como parece. Lo único fuera de lo normal es una antigua base de la Fuerza Aérea, que está abandonada desde los ochenta…

Kens notó cómo el informático tapaba el auricular y hablaba con alguien. Sus palabras, que no entendió, le llegaron amortiguadas.

—¿Lenger, sigues ahí?

En vez de él, fue Cíclope quien respondió:

—¿Maia?

«¡Kens! Llámame Kens, papá. ¿Tanto te cuesta hacerlo?», pensó ella.

—Dime, papá.

—Ya lo has oído: nadie sabe nada. Aunque vamos a insistir. A esa panda de cabrones les encanta guardar secretos. Alguien tiene que darnos una pista de qué va a pasar en Brownton.

—Bueno, según Lenger, vamos a tener la tormenta del siglo, ¿te parece poco?

—No, no es eso.

—Yo creo que no deberíamos descartarlo porque…

—¡No es eso, Kens!

Ella se quedó tan sorprendida por oír a su padre llamarla así, que no le dio tiempo a replicar antes de que Cíclope hablara de nuevo:

—Con un poco de suerte, ya sabremos algo cuando llegues, al pueblo.

—Aquí estoy yo otra vez —dijo Lenger—. Aunque no me acuerdo muy bien de por dónde íbamos.

Kens respondió como si su padre no los hubiera interrumpido. Ya estaba acostumbrada a que él entrara y saliera abruptamente de su vida.

—Me estabas hablando de una base de la Fuerza Aérea que hubo en Brownton.

—Ah, sí. La base la cerraron en 1986. Supongo que el Pentágono se dio cuenta de que los canadienses no eran una amenaza… En fin, no sabemos mucho más por ahora. El resto es información clasificada. Ya hemos conseguido los permisos necesarios, así es que lo que falta estará a punto de llegarnos.

Kens ni siquiera se enteró del último comentario de Lenger. Y su respuesta no tuvo relación con lo que éste acababa de decirle. Habló en un susurro, como si temiera despertar a lo que se acercaba por el horizonte.

—¡La madre de Dios…!

—¿Cómo dices?

—Creo que estoy viendo esa tormenta que viene del Atlántico.

Durante los últimos kilómetros, la carretera había ido ascendiendo por una cuesta pronunciada que ahora había llegado a su fin en la coronación de una montaña. De día y con buen tiempo podían verse desde allí las fértiles laderas de Vermont, cuajadas de arces y abedules. En esa noche oscura como un abismo, Kens pudo también por fin vislumbrar esas laderas y esos bosques.

Cientos, miles de relámpagos los iluminaban, con una luz extraña y metálica que no parecía real. El paisaje nevado se congeló en la retina de Kens, conforme los relámpagos fustigaban la tierra una y otra vez, sin descanso. Nunca en su vida había visto una tormenta como aquélla. Era algo casi maléfico. Una masa negra de la que partían tentáculos crispados de luz azul, amarilla y roja. El fin del mundo sería así cuando llegara. Dios, el demonio o quien fuera, aparecería sobre unas nubes temibles como éstas y todo se iría a la mierda.

—¿Kens?

—Y hay otra tormenta que viene del suroeste, tal y como dijiste. Joder, van a juntarse encima justo de ese pueblucho.

A lo lejos, Kens divisó un lago enorme. Junto a él brillaban las luces de un pueblo que podría ser Brownton. Le dio la impresión de que vacilaban, aunque sin llegar a apagarse del todo. Se veían tan frágiles bajo ese mar de oscuridad…

—Tengo que llegar cuanto antes a algún sitio, o estoy bien jodida. Kens cortó sin más la comunicación. Casi al mismo tiempo, rebuscó de nuevo en su chaqueta y extrajo otra anfetamina.

—Va a ser una noche muy larga.