La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 48 de 54

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La señal

Capítulo 47

Lugar y Fecha. Base aérea de Brownton. 31 de diciembre, 20.10 horas.

—A mí me parecen sólo unos agujeros —dijo Ian.

Los dos estaban frente a una pared donde la humedad había levantado una capa de cemento. Eso dejó al descubierto los agujeros a los que Ian se refería. Pero no eran simples agujeros. Kens recordaba los que había visto mil veces en sus prácticas de asalto con fuego real en la academia del FBI. Si tuviera que apostar, juraría que esas marcas las había hecho un rifle automático M16.

Ian se mostró escéptico a su pesar.

—Puede que se les disparara accidentalmente.

Quizá él tuviera razón, pero no podían olvidar que estaban en un búnker secreto y dentro de una sala que los militares se habían esforzado en tapiar.

—Veamos las demás paredes —dijo Kens.

Encontraron otras marcas de disparos en otra de ellas. En las restantes no las había, o bien la capa de cemento que quizá aplicaran para taparlas se mantenía intacta a pesar de las filtraciones de humedad. Pero que hubiera más marcas, aunque fuera sólo en otra pared —ésta en la habitación contigua—, echaba por tierra la teoría de los disparos fortuitos.

—Si no fue un accidente —empezó Kens su hipótesis—, entonces es que dispararon contra alguien o algo.

—Pero ¿a quién iban a dispararle aquí dentro?

—Eso no importa.

Ian vio a Kens cerrar los ojos. Se mantuvo así unos segundos y luego tomó aire antes de hablar de nuevo:

—Él estaba aquí.

—¿Quién? —la interrumpió Ian.

Era una pregunta absurda.

—¡Cállate, intento concentrarme! No sé quién estaba aquí, pero ya te he dicho que eso no importa… Estaba aquí —repitió Kens, que, con la linterna, señalaba el vacío en medio de la sala—. Se levantó y fue hacia aquella pared. —La primera donde encontraron marcas de disparos—. Los soldados abrieron fuego, y las balas hicieron esos agujeros. —Con los ojos todavía cerrados, Kens se movió por la sala representando lo que imaginaba, con las manos como si empuñara un MI6—. Pero él consiguió escaparse de algún modo y huyó hacia la otra sala. Allí volvieron a acorralarlo. Y él siguió intentando escapar… él intentó…

A Kens se le escapaba cómo alguien podía haber sobrevivido a tantos disparos. No se figuraba qué pudo pasar después. Encendió la linterna y exploró el suelo.

—¡Aquí hay más agujeros, Jack! ¡Mira! —dijo ella, con el haz de la linterna dirigido hacia un punto del piso.

—Parece que llegan hasta la pared —respondió él, y se lanzó hacia los agujeros para seguir su rastro.

Al fondo lograron distinguir una tapa cuadrada, casi invisible en el suelo mugriento, que se les había pasado en su inspección anterior. Ambos se agacharon junto a la tapa y, sobre ella, distinguieron una solitaria pero reveladora marca de disparo.

—¡Bingo! —exclamó Kens.

 

Cementerio de Brownton.

—Lo siento, Donna.

El hombre que habló estaba completamente solo, sentado sobre la lápida de la tumba de Donna Pearson. Era su marido, Steven. Tenía el abrigo empapado por la nieve, que no se había molestado en retirar.

—Yo no quería hacerlo, pero el chico iba a decírselo a esa agente del FBI. Sé que iba a decirle que había estado husmeando en sus cosas. Y ella vendría luego por mí. Ella estaba en el pueblo por mí. Estaba buscándome por lo que hice, ¿no lo entiendes, Donna? Dime algo, por favor. Dime que lo entiendes y que me perdonas por haber tenido que matarlos a todos. Yo no quería. Te juro que no quería. Pero el secreto de la base… El secreto de tu muerte…

Pearson esperó unos segundos, convencido de que la voz de su mujer fallecida podría emerger de la tierra. O puede que del interior de su cabeza, como pasaba otras veces. Pero nada sucedió. Su mujer permanecía en silencio.

—¡Qué traidor es el destino! Yo quise evitar más muertes, destruir aquel proyecto maldito, y al final tú pagaste por mis pecados. ¡Lo siento! —dijo otra vez.

Como un niño desvalido, se abrazó a la lápida que presidía la tumba y empezó a gimotear.

—¡Perdóname, Donna!

 

Base aérea de Brownton.

La tapa del suelo daba acceso a un pasaje subterráneo de mantenimiento, con tubos en las paredes que albergaron los servicios de agua, luz y comunicaciones de la base, además de sus desagües. Si el búnker les había parecido oscuro, se debía inventar un nombre nuevo para la negrura de ese túnel. Hasta la luz de la linterna parecía intimidada frente a ella.

—¿Adónde crees que llevará? —preguntó Ian.

—Espero que fuera de aquí.

Hubiera lo que hubiese allá abajo, Kens estaba dispuesta a seguir adelante. ¿Por qué coño no llevaba un reloj de repuesto? A esas alturas, saber la hora y cuánto faltaba para cumplirse el plazo se había convertido en una obsesión.

—¡Vamos! No hay más tiempo que perder.

Un poco más adelante, el túnel se ensanchaba en una especie de colector. A un lado se abría otro túnel similar al que los había conducido hasta allí. El centro del suelo estaba ocupado por una rejilla ancha, con fuertes anclajes a los que la corrosión no había logrado doblegar.

—¡Ese conducto debe comunicar con el lago! —gritó Kens, excitada y contenta.

Pero su optimismo había sido prematuro. Los cuatro pasadores de hierro estaban rematados por gruesas tuercas. Ian se dio cuenta enseguida de que les sería muy difícil retirarlas.

Lo intentaron por todos los medios, haciendo palanca incluso con el arma de Kens. Ésta, frustrada por hallarse tan cerca de la salvación, disparó a uno de los anclajes. El proyectil rebotado estuvo a punto de alcanzarle en la cabeza y no sirvió de nada. Seguían atrapados. Pero… había otro túnel.

—Quizá haya otra salida —dijo Kens, aunque estaba convencida de que la única salida era ésa.

Los dos se encaminaron hacia el segundo corredor. Era igual que el primero, con una leve inclinación y un pozo al final. Levantaron la tapa para salir de él y lo que se encontraron a la luz de la linterna los dejó atónitos.

—¿Qué coño es esto? —exclamó Kens.

Se trataba de una especie de laboratorio; o más propiamente lo que quedaba de él. A un lado había un amasijo de hierros retorcidos y dos mesas de operaciones, tumbadas y aplastadas. El suelo estaba lleno de cristales, frascos rotos, jeringuillas y agujas hipodérmicas.

Pero lo que había concentrado su atención eran unos calabozos, al fondo de la sala. Los tres tenían las puertas abiertas y estaban vacíos. En el último, sin embargo, había algo. Unas marcas. Alguna clase de garra había socavado parte del hormigón interior. En la pared aún había sangre seca, ennegrecida por el paso del tiempo.

Debajo de una especie de catre, algo brilló cuando Kens apuntó con su linterna. Se agachó para recogerlo y se quedó de una pieza.

—Parece una especie de…

—… prótesis —terminó Ian la frase.

—Sí, eso es. Aquí estaban haciendo algo muy oscuro, Jack.

—Parece que experimentaban con seres humanos —dijo él—. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar nuestro gobierno?

Había una insondable amargura en las palabras de Ian. Recordó todos los proyectos secretos que se habían llevado a cabo desde antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial. Experimentos sobre civiles y soldados, enfermos psíquicos, mendigos… Se habían probado los efectos de la radiactividad, de agentes químicos, de enfermedades y hasta el control mental de la población. El nombre en clave de su propia creación se le clavó como un cuchillo: JANUS era la parte más moderna de esa maquinaria.

Ahora se daban cuenta de que quizá habían interpretado al revés la coreografía de los disparos. Quien los recibió no había escapado hacia los túneles subterráneos, sino desde ellos. Cómo o por qué, puede que nunca llegaran a saberlo. Lo único cierto era que aquella base escondía una terrible verdad. Si Pearson había colaborado en algo así, a Kens no le extrañaba que quisiera mantenerlo en secreto a toda costa.

—Tenemos que buscar algo con que abrir la rejilla del colector —dijo ella.

Mientras hablaba, su mente ya estaba elaborando una teoría sobre la muerte de la mujer de Pearson. El ser que hizo las marcas dentro de su celda había conseguido huir. Seguramente con varios disparos de M16 en su cuerpo. Como una bestia herida, llegó al lago. Allí encontró a Donna Pearson, paseando en el agradable anochecer de un día de junio. El resto fue trabajo del forense.

 

Bosques al norte de Brownton.

Por una vez en su vida a Carson Conway le acusaban de algo de lo que era inocente. Él no había matado a aquel maldito crío. Pero en cuanto se enteró de la noticia, supo que iban a cargarle a él con el muerto. Nadie creería en su inocencia, y no pensaba confiar en la imparcialidad de la justicia. Por eso había cogido su moto de nieve y se había lanzado al camino, con la idea de llegar a Canadá. Empezaba a creer que tenía posibilidades de conseguirlo. Aquella zorra del FBI estaba en lo cierto sobre él en una cosa: conocía bien la frontera. Sabía por dónde meter contrabando en Estados Unidos y por dónde atravesarla sin toparse con los agentes de aduanas.

Conway sonrió siniestramente debajo de las gafas de plástico y del buzo de forro polar que le cubría la cabeza.

El vuelo despavorido de un ave nocturna debió servirle de aviso. Pero Conway no hizo caso; un segundo después se vio completamente cegado por una luz potente, dirigida contra sus ojos. Dio un bandazo al manillar de la moto, que volcó sobre la nieve. Ciego por la luz repentina, no pudo ver al incorporarse que su cuerpo estaba plagado de puntos rojos de miras láser. Pensó que los del pueblo le habían tendido una emboscada.

Que lo habían encontrado y que pensaban lincharlo. Sacó la pistola y empezó a dar tiros a su alrededor, sin distinguir nada más que sombras borrosas. El disparo de uno de los rifles automáticos fue certero. Un hueco redondo y humeante se abrió justo encima del apoyo de la nariz de las gafas de Conway.

La nieve del suelo se apresuró a absorber la cálida sangre que estaba brotando de su cuerpo muerto.

Puesto avanzado de la Agencia de Inteligencia de la Defensa.

—¿Qué ha sido eso? —gritó el comandante Kyle Smith.

Se acababa de oír una detonación a través de la emisora que le unía con los comandos de exploradores. Los ayudantes de Smith estaban igual de confusos que él.

—Equipos Delta, informen —dijo el operador de la radio—. Hemos oído un disparo.

—¡Dame eso! —exclamó el comandante, y le arrancó de la mano el micrófono al operador—. ¿Quién coño ha disparado? ¡Di órdenes expresas de no disparar, estúpidos cowboys hijos de puta!

—Al habla el capitán Rogers, del equipo Delta Dos. Hemos abatido a un hombre.

Al oír la palabra «abatido», un sudor frío ascendió por la espalda de Smith. Ni siquiera un hombre insensible como él logró contener del todo su temor al preguntar:

—¿A quién han abatido?

El comandante contuvo la respiración en espera de la respuesta, mientras los soldados al otro lado de la radio inspeccionaban la documentación del cadáver.

—Su nombre es Carson Conway, señor. De Brownton, Vermont.

Kyle Smith cerró los ojos, de puro alivio. Cuando volvió a abrirlos, su mirada levantó nuevos temores entre sus subordinados.

—¿Sigue ahí, capitán Rogers?

—Sí, señor. Tuvimos que hacerlo, señor. Empezó a dispararnos y no nos quedó más remedio que responder al fuego.

—¿Cuáles son sus órdenes, capitán? —dijo Smith gélidamente.

—No disparar salvo con su expresa autorización, señor.

—¿Y puede decirme qué parte de esa orden no entendió?

—Tuvimos que responder a los disparos, señor. La seguridad de mis hombres estaba comprometida. ¿Qué quiere que hagamos con el cadáver del señor Conway?

Era curioso el trato de respeto que el oficial mostraba hacia el hombre al que acababan de matar. Smith, en cambio, no mostró ninguna consideración hacia ninguno de los dos cuando dijo:

—Me importa una mierda lo que haga con ese gilipollas. Por mí, puede usted metérselo en el culo, capitán. Queda relevado del mando. Que el equipo Delta Dos prosiga inmediatamente con su misión a las órdenes de su segundo. Usted regrese inmediatamente al puesto avanzado. ¿Me he explicado esta vez con suficiente claridad?

—Sí, señor. A la orden, señor.

 

Cuartel general de Lakesis.

Cíclope estaba preocupado a partes iguales por la Señal y por su hija. Hacía horas que trataban de comunicar con ella sin resultado. El éxito de la misión estaba por encima de todo. Él lo sabía, y ella también. Pero no dejaba por eso de ser un padre angustiado. El muro de rencores y reproches que los separaba no iba a cambiar sus sentimientos hacia ella.

Cuando su teléfono móvil emitió un pitido, el corazón de Cíclope dio un vuelco. Lo tenía en la mano. No lo soltaba desde que ella desapareció, aunque lo más probable era que, si estaba bien, se pusiera en contacto con Lenger.

Pero el mensaje no era de ella, sino de Christine S. McGrath, la jefa de gabinete de la Casa Blanca. El texto era escueto. Sólo decía: «Espíritu de la libertad. Una hora».