La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 39 de 54

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La señal

Capítulo 38

Brownton.

31 de diciembre, 13.57 horas.

Nora Thibodeaux había salido de casa poco antes de las diez de la mañana y no había regresado hasta ahora. Era muy raro que pasara fuera tanto tiempo. Aunque todos en el pueblo la conocían, no tenía ningún amigo en Brownton. Sabía que bajo sus saludos y sus comprensivas observaciones —como cuando su marido la dejó—, había una pandilla de hipócritas que aprovechaban cualquier oportunidad para criticar y extender chismorreos. Por culpa de uno de éstos se había demorado tanto esa mañana. Ni siquiera había preparado la comida a Malcolm, aunque no sentía el menor remordimiento por ello. A ese holgazán le vendría bien empezar cuanto antes a buscarse él mismo la vida.

Nada más salir del mercado, a mediodía, se encontró con el primer eslabón de la cadena de cotilleos que la habían retenido durante horas. La señora Hansaker tenía fama de ser la mejor informada del pueblo, a pesar de sus cerca de ochenta años y de estar medio sorda. Le describió la escena de Kens y Carson Conway en La Trucha Plateada y también le habló del «apuesto» forastero con el que se había marchado la agente del FBI.

—Son todas unas zorras —musitó Nora, mientras rebuscaba entre sus ropas la llave de la puerta.

Más le valía a esa agente no traer a su novio a la habitación. Nora dio por respuesta que el forastero era el novio de Kens, y la señora Hansaker había asentido, con aire sabio y ojos entrecerrados, cuando compartió con ella su sospecha. Su casa era un lugar respetable, y no un prostíbulo.

—¡Malcolm!

Una de las bolsas que Nora acababa de posar en el suelo se desplomó, desparramando su contenido. La culpa era de aquel maldito crío, que ya debía estar llevándolas a la cocina.

—¡MAAALCOOOM!

La cristalera junto a la puerta tembló por la vibración del grito.

—¡Te voy a enseñar yo lo que es bueno!

Nora se apresuró hacia la escalera. Por detrás, las suelas de sus zapatos iban dejando marcas de barro y hielo.

—¡¿Dónde te has metido?! —gritó en mitad de la escalera, ayudándose para subir más deprisa con su mano crispada, que asía la barandilla.

El piso superior apestaba. Y no por la humedad y el moho habituales. Nora ya se había acostumbrado a esos olores. Lo que apestaba era algo muerto. Se le ocurrió que quizá algún pájaro se hubiera quedado preso en la chimenea, pero el olor era demasiado intenso para tratarse de un animal tan pequeño. Quizá fuera un gato muerto. Malcolm trajo una vez a casa un gato abandonado, del que ella tuvo que librarse.

La pestilencia se hizo más intensa frente a la puerta cerrada de la habitación de su hijo.

—¿Malcolm?

A Nora le asaltó un miedo repentino. No por su hijo, sino por ella. En su mente desquiciada se imaginó a Carson Conway escondido al otro lado de esa puerta, esperando a que entrara. Todo Brownton sabía que Conway era un asesino de policías, y aquella maldita agente del FBI había ido a tocarle las narices. La conexión entre una cosa y otra, entre la furia de Carson Conway y que él estuviera allí agazapado esperando a asesinarla, se le escaparía a cualquier cerebro racional, pero la cabeza de Nora Thibodeaux funcionaba conforme a sus propias reglas.

Por eso no dio media vuelta y fue a avisar al sheriff de sus temores, sino que abrió lentamente la puerta de la habitación de Malcolm.

—¡MaaaAAAHHH!

 

Afueras de Brownton.

 

ATENCIÓN

Instalaciones de la Fuerza Aérea de Estados Unidos

Es ilegal acceder a esta zona sin el permiso del comandante de las instalaciones.

Sec. 21, Acta de Seguridad Nacional de 1950; 50 U. S. C. 797.

El viejo cartel metálico colgaba de la verja de entrada a la base. Kens lo leyó desde la moto de nieve mientras Ian apagaba el motor, al que sólo le habría faltado resoplar por el esfuerzo.

—No hay rastro de la moto de Pearson. Pero tiene que estar cerca —dijo ella.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Entrar a buscarlo. Quédate pegado a mí y no hagas ninguna tontería.

—Pero… es una propiedad del gobierno —dijo Ian cuando leyó el cartel.

—He olvidado el permiso del comandante de las instalaciones…

El robusto candado que la cerraba se mantenía indemne a pesar de los años transcurridos. Si Pearson había entrado en la base, no lo había hecho por allí. Ian imaginaba que tendrían que saltar la verja o buscar un agujero por el que colarse. Pero Kens tenía otra idea más drástica.

El disparo resonó como un cañonazo y demostró que, a pesar de todo, sí quedaba algo de vida en aquel inhóspito paraje además de ellos dos: un pajarraco huyó despavorido del árbol donde se había cobijado de la tormenta.

—Las damas primero —dijo Kens, ya concentrada en cazar a Pearson y no convertirse en su presa—. Mantente detrás y no te pongas a tiro, Jack.

El candado de la verja era lo único que había sobrevivido a veinte años de abandono, por lo menos hasta que Kens lo hizo pedazos. A su izquierda, la caseta del guardia se sostenía precariamente, con la pintura de la madera desaparecida y todos los cristales rotos.

Siempre lo están, pensó Ian. Son siempre lo primero en caer. En la imagen del Apocalipsis que imaginaba, ninguna casa, ningún vehículo, ningún edificio tendría ya los cristales intactos. El fin de la civilización comenzaba con todos sus cristales rotos.

La vía de acceso se ramificaba desde la entrada hacia las diversas instalaciones de la base. Viejos postes de comunicaciones marcaban la posición por encima de la capa de nieve. No muy lejos se veían las formas alargadas de unos barracones de madera, tan cochambrosos y a punto de hundirse como la caseta junto a la verja. Ian nunca había estado dentro de una base aérea, aunque llevara media vida trabajando para los militares. Le sorprendió lo parecidos que eran aquellos barracones a los de los campamentos de verano de su infancia. Con amargura, pensó que los juegos de guerra de los adultos no eran tampoco muy distintos de los de los niños, aunque resultaran infinitamente más sombríos y peligrosos.

Kens escrutaba los alrededores con mirada felina.

—Vamos por ahí —dijo.

Señalaba una estructura metálica de techo abovedado, que debió de ser el hangar principal de la base. Ahora mostraba en su fachada el color rojizo del óxido. Sobre el fondo blanco daba más que nunca la impresión de ser sangre coagulada.

—No sé si vamos a conseguir llegar —dijo Ian.

Había sólo unos doscientos metros de distancia, pero, sin raquetas en los pies y con nieve hasta las rodillas, no iba a resultar nada fácil recorrerlos.

—Sígueme —dijo Kens.

Entre ellos y el hangar había una trinchera de arbustos y restos de todo tipo abandonados a su suerte, que sobresalían aquí y allá. En esa zona la capa de nieve daba la impresión de ser menos gruesa, aunque Kens quedó hundida hasta el pecho cuando se plantó en ella de un salto.

—¡PUTA NIEVE DE MIERDA! ¡PEARSON, VOY POR TI! ¡NO IMPORTA DÓNDE TE ESCONDAS!

El imprudente grito de Kens resonó en el aire. Otro pájaro emergió, espantado, de la copa de un árbol. Ian descendió con cuidado por el terraplén de la carretera hasta llegar a su altura.

—Dame la mano.

—¡No necesito que ningún fugitivo me ayude a salir de esta mierda de agujero!

Kens se retorció con violencia dentro de la nieve que la tenía medio presa, hasta conseguir liberarse de ella y alcanzar una zona más despejada.

—¡Mierda! —volvió a decir, de costado sobre un arbusto y sacudiéndose las ropas.

—Seguro que tu padre está orgulloso de tener una hija que no necesita la ayuda de nadie.

Ian pretendía ser sarcástico, pero Kens le respondió con voz dolida:

—A mi padre no le importo nada. El no me quiere, Jack Griffin. Nunca me ha querido.

Esa revelación le cogió por sorpresa. Pero aquella Kens humana no tardó en esfumarse.

—Vamos a ese puto hangar.

Les llevó casi diez minutos recorrer el espacio que los separaba del hangar. Atravesaron los últimos metros saltando de un lado a otro, sobre los arbustos y restos que sobresalían de la nieve.

Kens entró en la nave con cuidado, pegada a los muros y con Ian a su espalda. No parecía haber nada especial en el interior. El entramado de vigas metálicas del techo había cedido en varios sitios, abriendo agujeros que miraban al cielo y bajo los que se acumulaban pilas de nieve. El lugar estaba desierto. Todos los aviones que albergó en su día, las herramientas y la maquinaria, habían desaparecido. Tampoco estaba allí Pearson. Pero Kens no iba a darse por vencida.

—Ahí hay una puerta —dijo.

Los dos atravesaron el hangar diáfano y helado, que el viento hacía rechinar. Parecía a punto de desplomarse encima de sus cabezas.

La puerta que Kens había visto comunicaba con una escalera que llevaba a una torre de control, sobre la que una antena parabólica agujereada resistía en vano el paso del tiempo. Ahí arriba tampoco había rastro de Pearson, de modo que regresaron al hangar. Había otra entrada en el extremo opuesto, por debajo del nivel de suelo. La puerta que en tiempos cerraba su paso yacía ahora torcida sobre su único gozne sano. Al otro lado del umbral, un olor pútrido emergía de un pasadizo subterráneo sumido en la oscuridad. A Ian no le pareció buena idea meterse en aquel agujero, pero eso fue justo lo que hizo Kens.

—Esto debe llevar a algún sitio, y aquí dentro no hay nieve —dijo, encendiendo su linterna.

Llegaron al otro lado del pasadizo sofocados a causa de la pestilencia de su interior.

—Creo que nunca voy a poder quitarme esta peste de encima. —Con la nariz arrugada, Kens miró a su alrededor—. Esto debían ser las oficinas.

El techo también se había derrumbado en varios lugares. Las vigas colapsadas atravesaban los pasillos que unían unas dependencias con otras. Kens pudo elegir un camino despejado, pero se decidió en cambio por uno de los pasillos medio derruidos.

—No debemos ser un blanco fácil.

Ian no puso objeciones, aunque el pasillo en cuestión se encontraba en tan mal estado que sólo podía accederse a él a través de un hueco bajo los escombros.

—Yo voy primero —dijo ella.

—¿Y cómo sabes que no haré que se te caiga todo eso encima cuando estés dentro?

—Porque la llave de la moto la tengo yo y te costaría un huevo sacármela del bolsillo.

Ésa no era la verdad. No toda la verdad, al menos. Ian sentía que Kens empezaba a confiar en él, aunque tuviera razones para lo contrario.

—Las damas primero.

Kens hizo una mueca que podría tomarse como una sonrisa, dada la tensión en que se encontraba. Se colocó la pequeña linterna en la boca y se agachó para entrar por el hueco. Ian la siguió muy de cerca.

En el exterior de la base, una figura emergió detrás de los árboles. Era Steven Pearson, que había escondido su moto de nieve a unos cientos de metros de distancia, fuera de la vista. Esperó a que Kens e Ian entraran en el recinto para comenzar su plan. Sabía que ellos vendrían tras él. Y sólo podía hacer una cosa: matarlos para evitar que descubrieran la verdad.

Se lo debía a su pobre esposa Donna. Se lo debía a sí mismo.

Caminó velozmente sobre sus raquetas hasta la moto de nieve de ellos. Se puso detrás y empezó a empujarla hacia un terraplén. El vehículo cayó por él con un susurro que acabó en un golpe sordo cuando impactó contra el tronco de un árbol. Nadie la encontraría allí en cuanto nevara un poco más.

Ahora los mataría. Y su recuerdo quedaría borrado para siempre.

Comprobó su mochila. Llevaba en ella una potente bomba incendiaria. Activó el temporizador digital y lo ajustó en diez segundos. Cuando lo pusiera en marcha, sólo esos diez segundos separarían la vida de la muerte entre las llamas.