La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 51 de 54

Páginas del PDF

La señal

Séptima parte

La oscuridad y el silencio

Capítulo 50

Casa del doctor Joseph Aymard, Brownton. 31 de diciembre, 22.29 horas.

El metódico veterinario vivía en la parte más oriental del pueblo, muy cerca del límite municipal. Tenía siempre el termostato de la calefacción a veintitrés grados y medio, para que el ambiente terminara alcanzando los ideales veinticinco. Pero esa noche la temperatura no conseguía subir de los dieciocho. Por eso estaba frente al televisor con una manta de franela sobre las piernas y un chocolate caliente entre las manos.

Sin nada mejor que hacer, había pasado la tarde viendo programa tras programa en espera de las noticias, que comenzaban justo ahora. Al logotipo de la CNN le siguió la imagen de una atractiva periodista, tras la cual un mapa meteorológico de Nueva Inglaterra mostraba gráficamente lo que Aymard y sus conciudadanos estaban sufriendo.

Como era costumbre desde hacía varios días, en la pantalla se sucedieron imágenes de ríos desbordados, tejados hundidos bajo la nieve y calles heladas, con vehículos que derrapaban al frenar y chocaban a velocidades ridículamente bajas. Luego vinieron las noticias políticas: más de lo mismo de siempre. Por fin llegó una noticia que hizo a Aymard derramarse encima el chocolate.

Donde estuvo el mapa meteorológico aparecía ahora un rostro que el veterinario reconoció al instante, aunque el nombre que la periodista le dio a su dueño no era el que éste le había dicho. El hombre con el que estuvo charlando en La Trucha Plateada no se llamaba Jack Griffin, sino Ian Moone. Aymard subió el volumen del televisor para no perderse un solo detalle:

—«Nos han llegado nuevos datos sobre el caso de Ian Moone, el profesor de Harvard. La macabra novedad es que, según fuentes próximas a las autoridades policiales, la explosión de gas que llevó a un coma irreversible a la esposa de Moone, Gloria, pudo no haber sido accidental. También conforme a esas mismas fuentes, el FBI baraja que el propio Moone haya sido quien provocó la explosión intencionadamente, aunque todavía no están claras sus motivaciones. Hemos sabido que la Oficina Federal ha emitido un mandato de búsqueda del profesor, ahora sospechoso de intento de asesinato, que se ha circunscrito al condado de Orleans, en el estado de Vermont. Entre tantas novedades siniestras, me alegra decirles que el hijo no nacido de la esposa de Moone aún continúa con vida dentro de su vientre, a pesar de la muerte clínica de la madre. Todos desde aquí, y también ustedes, estoy segura, le dedicamos nuestras plegarias para que consiga salir adelante… Y ahora les dejo con las noticias internacionales de deportes».

—Santo Cielo… —dijo Aymard con voz desmayada, sin prestar la menor atención al sonriente comentarista deportivo.

Calle Mayor de Brownton.

A Kens le daba la impresión de que el pueblo entero había enloquecido durante el tiempo que ella había pasado encerrada en el búnker. Ian Moone era el principal sospechoso del intento de asesinato de su mujer y el hijo de ambos. Había comprobado que no había ningún error: la foto de la orden de búsqueda era la de su ayudante accidental. Pero no se llamaba Jack Griffin. Su verdadero nombre era Ian Moone.

Además, Brownton estaba casi desierto de hombres, porque la mayoría de ellos habían ido tras Carson Conway, que —y esto era ya increíble del todo— había asesinado al hijo adolescente de la casera de Kens. Que a ella le pareciera que eso no tenía el menor sentido, era algo que prefirió no compartir con la señorita Wendy. Kens sólo quería la ayuda del sheriff, y éste no se hallaba en el pueblo. Ésa era la situación. A las diez y media de la noche, ya pasadas, las cosas podían resumirse de esta manera: Conway se había dado a la fuga, Moone había desaparecido y era más que probable que Steven Pearson no estuviera esperándola plácidamente en su casa.

Las revelaciones sobre Ian Moone la perturbaban, pero tenía que decidir si iba en su busca o tras Pearson. Quedaba muy poco tiempo para la medianoche. Había pasado el día entero con Moone y, durante todas las horas que estuvieron juntos, él no intentó hacerle daño ni una sola vez. De hecho, no había hecho sino protegerla y ayudarla. Incluso le había salvado la vida al menos una vez, cuando tuvo el accidente en la carretera. La sospecha de asesinato tenía que ser una confusión de los investigadores o un malentendido. Aquel hombre no podía ser un asesino.

A pesar de esas certezas, o de la falta de ellas, a Kens la invadía una zozobra interior y la sensación de que algo esencial se le escapaba. Decidió llamar a Lenger, quien, como siempre, respondió al instante.

—Dime, Kens.

Ella le notaba agitado.

—¿Qué pasa ahí?

—Tu padre todavía no ha vuelto de su encuentro con la jefa de gabinete. Y yo no he podido descubrir nada sobre lo del tiroteo en el búnker de la base.

—Sigue intentándolo e infórmame enseguida si mi padre consigue algo. De momento quiero que me busques todo lo que encuentres sobre un tal Ian Moone. Te lo deletreo: I-A-N M-O-O-N-E. Busca también por el alias Jack Griffin, ¿de acuerdo?

—¿Jack Griffin, como el Hombre Invisible?

—¿Qué?

Una de las pasiones de Lenger era el cine. Él mismo admitía ser un «cinéfilo relativamente fanático».

—Jack Griffin es el nombre que tenía el Hombre Invisible en el clásico de 1933, basado en la novela de H. G. Wells.

Memorial Afroamericano de la guerra civil, Washington.

Christine McGrath fue la que llegó primero al nuevo encuentro entre Cíclope y ella. Lo esperaba frente a la estatua que le había indicado en su mensaje, El espíritu de la libertad, un monumento que mostraba a tres soldados y un marinero negros, todos con el uniforme del ejército de la Unión, antes de partir a la guerra que, esperaban, acabaría con la esclavitud de su raza y con la centenaria marginación de los afroamericanos. Por detrás de ellos, mujeres, niños y ancianos los despedían, con el gesto preocupado por su suerte.

La jefa de gabinete observaba abstraída la inusual estatua que, estaba convencida, su hermano hubiera adorado. Tampoco ella se había olvidado de Henry ni había dejado de añorarlo, aunque apostaría a que Paul Humpsey pensaba lo contrario.

—Dejadle pasar —ordenó Christine a uno de sus guardaespaldas, que interceptó a Cíclope.

Los dos se sentaron en el muro de honor que rodeaba el monumento. Ella empezó a hablar sin saludos ni preámbulos.

—Lo único que he pretendido durante toda mi vida ha sido defender a este país de sus enemigos.

—A cualquier precio, supongo.

Él no pudo evitar la imprudencia de hacer ese comentario despectivo.

—A cualquier precio, Paul, por supuesto que sí. Estábamos a punto de conseguir protegernos de un modo definitivo. Existe un proyecto… —Ella dudó. Iba a revelarle uno de los mayores secretos de Estado de todos los tiempos—. Existe un proyecto que nos permitiría controlar la totalidad de los sistemas informáticos del mundo, desde los que regulan el abastecimiento de agua o el fluido eléctrico hasta los que disparan y guían los misiles intercontinentales. Eso, en cualquier lugar, en cualquier localización del mundo, desde aquí. El sistema se denomina JANUS, como el dios romano de dos rostros que custodiaba las puertas de las ciudades.

Cíclope tragó saliva, consciente de la magnitud de lo que Christine estaba revelándole.

Uno de los agentes del servicio secreto se les acercó.

—Perdone, señora. Tiene una llamada del Pentágono.

—Ahora no, Dobbs.

—Dicen que es urgente, señora.

Christine estaba harta de los militares. Sus llamadas eran siempre prioritarias, sus exigencias de dinero siempre imprescindibles y acuciantes. El Congreso y el gobierno les daban todo cuanto querían desde el 11-S, pero ellos habían vuelto a meter la pata. Eran los únicos responsables de esta situación crítica.

—He dicho que ahora no.

—Por supuesto, señora. Pediré que vuelvan a llamar más tarde.

Mientras el agente regresaba al coche, Christine prosiguió:

—El director de investigación de ese proyecto era un científico civil llamado Ian Moone, profesor de Harvard. Lleva ilocalizable más de veinticuatro horas, después de que su casa volara por los aires dejando a su mujer en un coma del que no va a despertar y casi matando a su hijo, que ella lleva todavía en el vientre y que sigue vivo, aunque nadie consigue explicarse cómo. Y eso no es todo. Un agente de la Agencia de Inteligencia de la Defensa apareció muerto en el campus de Harvard. Todo apunta a que fue Moone quien lo asesinó.

Que el jefe de investigación de un proyecto militar secreto de ese nivel hubiera desaparecido en tales condiciones era alarmante, pero lo que resultaba verdaderamente aterrador era pensar que ese sistema ya se encontrara activo y que el científico pudiera acceder a él para operarlo.

—Ese sistema, JANUS, aún no está en funcionamiento, ¿verdad, Christine?

La expresión de ella fue respuesta suficiente.

—¡Oh, no…! —dijo Cíclope, al comprender por fin la causa de la Señal—. ¿Existe alguna posibilidad de que ese profesor pueda entrar en el sistema y controlarlo?

—Hemos cancelado todas sus autorizaciones de seguridad, por supuesto, y hemos revisado a fondo el sistema en busca de troyanos o cualquier otra puerta trasera de acceso a JANUS.

—Pero no podéis estar seguros, ¿no es cierto?

Christine asintió, atormentada. Por primera vez en muchos años volvía a parecer la muchacha tímida y vulnerable que Cíclope había conocido.

—Moone personalmente diseñó el núcleo de ese maldito sistema. Claro que no podemos estar seguros, ¡maldita sea!

—¿Por qué no me has contado antes todo esto? ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

—No he cambiado de opinión, Paul. Mi objetivo sigue siendo, y siempre será, proteger a Estados Unidos de cualquier amenaza. Ese hombre, ese Ian Moone, es la mayor amenaza que esta nación ha tenido en toda su historia. Y no sólo para nosotros, sino para todos los habitantes del planeta. ¿Lo entiendes, Paul? Si Moone puede controlar JANUS, es capaz de hacer que el mundo entero regrese a la Edad Media. Hemos hecho todo lo posible para localizarlo, pero seguimos sin descubrir dónde está. Por eso te cuento todo esto ahora. Se nos han acabado las soluciones convencionales. Sólo me queda recurrir a ti y a tu loco proyecto para encontrar a Moone. Ni siquiera sé si eso es posible, pero vosotros descubristeis, aunque todavía no sé cómo, que algo grave estaba a punto de suceder. Y, Paul… estoy desesperada. ¿Vas a ayudarme?

—Ya lo estoy haciendo. Debías haberme confiado esa información antes. Pero no es momento de reproches. Lo único que espero es que no sea ya demasiado tarde…

Estaba todo dicho. Por segunda vez aquel día, Cíclope vio desaparecer a la jefa de gabinete dentro de su limusina negra blindada. No esperó a perder de vista el coche antes de llamar a Lakesis y gritarle a Lenger:

—¡Ponme con Kens de inmediato!

La jefa de gabinete recibió de nuevo la llamada del Pentágono durante su regreso a la Casa Blanca. Era para informarle de que Ian Moone había sido finalmente localizado en un pequeño pueblo del estado de Vermont. Christine se arrepintió entonces de haber revelado a Cíclope su gran secreto. Pero lo hecho, hecho estaba.