La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 33 de 54

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La señal

Capítulo 32

Vietnam.

Noviembre de 1969.

La gigantesca serpiente se enrolló en el cuello de Paul. Era verde, roja y negra, y tenía escamas peludas como las de una oruga. Formaba una espiral infinita, que emergía desde el Averno y se elevaba hacia los cielos. Su cabeza triangular mostraba una especie de cara humana, espantosa y terrible. Alrededor, un campo florecido se marchitaba, y miles de bocas enmudecían de pavor. Las nubes sangraban como esponjas agujereadas en mil lugares mientras un mar lejano se teñía de rojo bajo la cruenta lluvia. Nadie podía salvarle. Paul lo sabía…

—¡AAAH! —gritó con pánico, y abrió los ojos.

Sólo le dio tiempo de ver un puño cerrado que le golpeaba en pleno rostro, y que le devolvía al mundo de los sueños. De los sueños más inquietantes y sombríos.

 

Pero el tiempo nunca se detiene en su devenir inexorable. Esta vez, Paul despertó sin hacer ruido. Estaba empapado en sudor y sentía arder su piel. La cabeza le dolía y le daba vueltas como si tuviera la peor resaca de su vida multiplicada por diez. Poco a poco empezó a captar los sonidos a su alrededor. Estaba en alguna clase de cueva. Oía un murmullo lejano, que quizá fuera lluvia, y percibía el olor a alguna clase de comida.

Ignoraba por qué no estaba muerto.

Los últimos acontecimientos en el acantilado emergieron de improviso, golpeando su mente. Los disparos, el forcejeo, la caída… ¿Y Henry? Recordaba que lo habían herido. ¿Estaría vivo él también?

Paul se incorporó y movió la cabeza levemente. Le costaba girar el cuello y los párpados le pesaban como si fueran de hierro. Intentó no hacer ningún ruido, pero no consiguió evitar que sus captores se dieran cuenta de que había recobrado el conocimiento. Por suerte para él, esta vez no recibió de entrada otro golpe, sino unas risas que, en su aturdimiento, le parecieron grotescas. Uno de los hombres se levantó —estaban comiendo—, se acercó hasta el lugar donde se hallaba Paul y le dio una patada en el estómago. También dijo algo en vietnamita que no logró entender.

Entonces se dio cuenta de que tenía las manos atadas a la espalda. Al recibir el puntapié se enroscó sobre el vientre, y sus ojos tuvieron la perspectiva para ver a Henry, sentado frente a él con la espalda contra la pared. Su rostro era cadavérico a la escasa luz de la cueva, con la piel pálida y perlada por el sudor que le provocaba la infección. Sus ojos parecían hundirse en las cuencas, oscuras como si le hubiesen dado dos puñetazos. Le habían puesto una rudimentaria y mugrienta venda en el hombro herido.

—¡Necesita medicinas!

Paul trató de gritar, aunque su voz apenas sonó. Fue sólo un murmullo distante, pero bastó para que lo oyeran.

—No hay medicinas —respondió el otro hombre, el que no le había pegado, en un inglés muy correcto.

En medio de ellos estaba M-019, en silencio y cabizbajo, comiendo con la mano la pasta de un pequeño cuenco.

—Él… está herido.

—Mejor herido que muerto, como mis dos compatriotas a los que vosotros matasteis. ¿Para qué curaros, cuando un tribunal del pueblo os ejecutará en pocos días u os dejará morir en una cochina prisión como la que tenéis en Con Son?

Paul se dio cuenta de que él también había sufrido daños. Cuando trató de incorporarse notó un dolor lacerante en las piernas. Seguramente las tenía rotas. Ahora recordaba que, en su caída, un cuerpo le había aplastado. Posiblemente fue el de Henry, a quien él amortiguó. Uno de los vietnamitas que ayudaron a M-019 en su fuga había muerto arriba, y el otro había recibido uno o dos balazos antes de caer. Ahora también estaba muerto.

Lo que Paul no comprendía eran tantas molestias con ellos. Lo fácil hubiera sido matarlos en la costa, antes de que los dos agentes que esperaban con la lancha huyeran con M-019 hacia el continente. Posiblemente habían visto fácil su captura y deseaban darles un castigo ejemplar que les proporcionara el reconocimiento de sus mandos.

Lo cierto era que eso poco importaba ya. Habría sido mejor morir en el acantilado.

Aunque…

La idea no era descabellada. ¿Por qué estaban dentro de una cueva? ¿Y si aún no habían abandonado la isla de Con Son? En la zona rocosa por la que cayeron había multitud de oquedades que podían servir de refugio. La posibilidad de despistar al enemigo con una maniobra de distracción tenía sentido. De hecho, cruzar en una lancha la distancia que separaba Con Son del continente era una tarea harto complicada por muchos motivos, entre ellos la vigilancia de la Marina, lo que tampoco habría facilitado que un barco los hubiera esperado cerca de la costa. Quizá un submarino. Pero ignoraba si Vietnam del Norte poseía submarinos.

Se dio cuenta de un detalle. No había ningún fuego encendido en el interior, lo cual apoyaba su hipótesis. No era algo definitivo o que probara nada, pero lo contrario sí lo habría hecho.

Paul decidió darse un respiro. Ignoraba el tiempo que había transcurrido desde que los apresaron. Sabía que aún no podía pensar con claridad. Estaba débil, embotado y cada vez más dolorido. Pero no tuvo la opción de decidir nada. El vietnamita que hablaba inglés se levantó de nuevo y fue hasta él.

—Vosotros, los americanos, os creéis los amos del mundo. Pero el comunismo internacional os va a enseñar dónde está vuestro sitio. —El oriental hablaba con un desprecio absoluto mientras le daba un poco de agua—. Vosotros tiráis fósforo blanco y napalm mientras vuestros hijos van a la iglesia a escuchar las sandeces de los sacerdotes cristianos. Yo lo sé bien porque estudiaba allí. Ingeniería Química y Metalúrgica en Michigan. Estaba terminando cuando tuve que regresar a mi patria. Por vuestra culpa. Tuve que dejar mi investigación en plásticos. Estuve a punto de dejarme corromper. Incluso llegué a jugar al béisbol y aprendí a tocar música rock. Trabajaba en una hamburguesería y daba clases particulares a estudiantes. Y me enamoré de una rubia pecosa que me mandó a paseo.

Como respuesta a su desprecio, Paul le espetó con el mismo tono:

—¿Por qué me cuentas a mí todo eso?

—Porque tú tienes la culpa. Una parte de toda la culpa de tu maldito país. Llevas su uniforme y eres responsable. Pagarás por ello, te lo garantizo.

Parecía que él también iba a pegarle, pero se abstuvo. Un ruido entrecortado le hizo girarse en ese momento y saltar casi como por resorte hacia un lado. Era la radio, que emitía un siseo del que parecía querer emerger una voz.

El vietnamita la cogió con ambas manos y se dirigió con ella hacia la boca de la gruta. A medida que lo hacía, las palabras fueron haciéndose más claras. La conversación fue escueta y duró muy poco. Paul no entendía nada de aquella lengua, ni Henry tampoco. Éste parecía ausente y no la habría entendido ni aunque hubieran hablado el inglés de Oxford.

Los dos orientales cambiaron de actitud por completo. Estaban excitados y empezaron a recoger todo lo que debían llevarse, entre lo que se hallaba el maletín con la droga. Paul comprendió que habían recibido instrucciones de moverse, y que sólo rompieron el silencio radiofónico por la inmediatez del hecho. Pronto se dio cuenta de que no había acertado del todo en sus anteriores consideraciones. Ya no estaban en Con Son, sino escondidos en algún lugar de la costa continental sur vietnamita, bajo el dominio americano. Debieron de aprovechar las sombras de la noche para llegar hasta ese punto, ocultarse y esperar a que las cosas se calmaran, en lugar de hacer un intento desesperado de atravesar las defensas enemigas en plena alerta.

La salida de la cueva se hallaba sólo a una decena de metros del nivel del mar. Desde allí se veía una embarcación que se aproximaba a la costa a toda velocidad. Era una lancha rápida. La marea estaba baja. Había quedado al descubierto una minúscula playa donde la lancha podría recalar. El plan era muy preciso. Se notaba que su elaboración fue exhaustiva. Sólo el pequeño error de la pérdida del cinto de M-019 en una rama había estado a punto de dar al traste con la misión. Aunque, a la postre, lo habían logrado.

O estaban a punto de hacerlo, sin que él o Henry pudieran evitarlo.

Sólo había allí un hombre por quien Paul sentía lástima: M-019. Su amigo Henry estaba malherido y débil, pero ellos eran militares en una guerra y se exponían a esa clase de peligros. El pobre vietnamita, sin embargo, era sólo un muchacho al que habían capturado con un fusil entre sus manos porque su gobierno le había obligado a ello. Aunque, en el fondo, ¿quién podía decir que su caso fuera realmente distinto a aquél?

En la lancha rápida viajaban otros dos agentes norvietnamitas. Con su ayuda, los que habían capturado a Paul y a Henry los llevaron a bordo, poco menos que en brazos. Mientras descendían la corta pero escarpada pared, M-019 tuvo una especie de convulsión. Entre temblores, gritó a Henry una frase en su propia lengua y después la repitió en inglés. Era un grito entrecortado y desgarrado, lleno de angustia:

—¡TU PADRE… HA… MUERTO! ¡EL… CORAZÓN!

Henry estaba muy mal, adormilado por la infección, pero logró despejarse lo bastante para comprenderlo. En sus ojos se vio el miedo que antes no tenía por sí mismo. Su padre estaba grueso, fumaba demasiado y había tenido problemas coronarios graves. Desde hacía años tomaba una medicación especial, seguía una dieta, hacía algo de ejercicio físico y trataba de fumar un poco menos. Pero su labor no era precisamente la mejor indicada para seguir consejos saludables, y a menudo se saltaba las indicaciones de los médicos. Henry sabía muy bien que aquel oriental tenía facultades extrasensoriales. Él creía en ellas, y más desde que servía en el Hotel de Con Son. Había «visto» con sus propios ojos.

—Mi padre… —dijo en un susurro, y se desmayó.

—¡Henry, Henry! —clamó Paul asustado. Y sin saber si su amigo era capaz de oírle, añadió—: No puede saberlo. No puede…

Tampoco él mantenía con la misma firmeza sus antiguas convicciones. Había presenciado en el Hotel los mismos fenómenos inexplicables que Henry. Demasiado esfuerzo por parte del ejército y del gobierno para pensar que eran simples veleidades. Ahora, surcando el mar gris oscuro, reflejo de las amenazadoras nubes, no sabía en qué creer. Sólo la necesidad de mantener la cabeza despejada le obligaba a apartar ideas que no tuvieran como objeto inmediato cambiar su situación de cautivos e impedir la huida de M-019 y la pérdida de la droga.

Pero tenía una pierna rota y otra muy magullada, lo habían maniatado y no había comido en mucho tiempo. Ni siquiera un superhombre podría hacer algo en tales condiciones, aunque siempre se ha dicho que más vale el ingenio que la fuerza bruta.

Lo habían colocado de espaldas a un reborde interior de la lancha. No parecía demasiado cortante, pero eso podía depender de lo que durase la travesía. Primero fueron hacia el este, alejándose de la costa. Ahora habían tomado rumbo noreste. Quizá fueran a encontrarse con algún buque en alta mar, o bien sólo pretendían seguir una ruta segura. Eso era irrelevante en comparación con el hecho de que las oportunidades de soltarse las ataduras se reducían a cada minuto.

Con todas sus energías, Paul apretaba las muñecas contra el reborde y las frotaba de arriba abajo en movimientos secos y rápidos. A veces le parecía que las sogas se aflojaban algo, para luego notar que era sólo efecto de su imaginación.

Sin embargo, hubo un momento en que algo cedió y se rasgó tras tanta fricción. Era, sin duda, una de las hebras de la gruesa cuerda. Paul percibió la inyección de adrenalina en sus arterias. La emoción dio paso a unas renovadas energías. Lo estaba logrando. Se fijó en la posición de los hombres y de las armas. Si se desataba sin que nadie lo advirtiera, no sería demasiado difícil hacerse con uno de los fusiles AK-47 Kalashnikov, de fabricación soviética.

Entonces se dio cuenta de que alguien lo observaba: M-019. Seguía teniendo la mirada vacía, como si estuviera en otro lugar, y no hizo ni dijo nada.

Frente a los ojos tristes e impasibles de M-019, Paul terminó de cortar sus ataduras. Ignoraba si es que no lo había visto, a pesar de estar mirándolo con fijeza, o es que prefería no dar la alarma. Algo difícil de distinguir y más aún de comprender. El hecho era que estaba libre, y menos débil de lo que supuso. La necesidad da fuerza, y él iba a necesitar toda la posible en un intento quizá desesperado.

—¡Arriba las manos! —gritó, esta vez con la voz firme.

Había cogido dos fusiles. Con uno apuntaba a los norvietnamitas. El otro se lo dio a Henry, al que por sus graves heridas no se habían molestado en atar. También le dio un buen puntapié en una de sus botas para que despertara de su letargo.

—Ahora vamos a dar la vuelta, hacia el oeste. Y nada de tonterías.

Sabía que al menos uno de ellos entendía su idioma, de modo que dejó en sus manos traducir las órdenes a los demás. Su compañero en la cueva no trató de hacer el menor movimiento, pero los otros dos sí hicieron el amago. El que más se había adelantado cayó fulminado por un certero disparo de Paul, que lo alcanzó en el pecho. No estaba bromeando ni pensaba darles la menor oportunidad. Ahora el agente estaba tirado boca abajo en medio del piso de la lancha, que empezó a cubrirse de sangre. Por si acaso, Paul ordenó que lo arrojaran por la borda. Los otros tres lo hicieron, no sin reticencias. Habían visto que aquel americano no titubeaba y tenía el gatillo fácil. Sólo podían obedecer o morir.

Las tornas habían cambiado. La lancha navegaba ahora de nuevo hacia la costa, que ya se divisaba a lo lejos. Paul hizo que el agente que hablaba inglés atara con firmeza a sus dos compañeros, y luego lo ató a él. Henry parecía lo bastante despierto como para mantenerlo a raya con su fusil. Y M-019 no parecía una amenaza. Seguía en su estado ausente.

Pero la amenaza vino de otro modo. Henry estaba tan aturdido por el grito del muchacho, cuando tuvo la visión de la muerte de su padre, que no hacía otra cosa que desviar la mirada hacia éste. Ardía en deseos de que Paul terminara de atar al otro hombre y él pudiera hablar con el chico. Un pequeño golpe de mar, que movió la lancha e hizo perder el equilibrio a Paul, fue aprovechado por el norvietnamita en un momento en que Henry no lo observaba. Cuando éste quiso darse cuenta y abrió fuego, a punto estuvo de herir a su amigo. La lucha entre los dos hombres les hizo caer sobre el cuadro de mandos de la lancha, moviendo hasta la posición inicial la palanca que accionaba las hélices. La embarcación se quedó sin fuerza y a la deriva, a pocos centenares de metros de una playa. El ruido de los motores había cesado y ahora se percibía de un modo extraño el gruñir de los hombres en lucha. Parecía la escena de una película sin ambientación musical.

—¡Henry, dispara! ¡Dispara! —gritó Paul.

Con las manos temblorosas, y una de ellas agarrotada por el dolor de su hombro, Henry trató de apuntar. La lancha se movía bajo el oleaje, ahora más intenso. Sin saber cómo, con los ojos casi cerrados, apretó por fin el gatillo. La detonación fue seguida de un extraño y tenso silencio. No sabía si había dado al agente o a su amigo. Ahora ambos estaban abrazados. Paul dio un paso atrás, tambaleándose sobre su única pierna relativamente sana. El norvietnamita lo miró con los ojos desorbitados antes de caer de espaldas con un balazo en los riñones. Pero aún no estaba vencido del todo. Tenía guardada una pistola, que sacó ya en el suelo. Henry ni se dio cuenta cuando recibió un tiro en el vientre, y Paul sólo pudo evitar, siendo más rápido, que a él también lo alcanzara. Cogió otro de los AK-47 y vació el cargador contra el hombre, bajo la mirada impotente de sus dos compañeros, atados de pies y manos. Luego se lanzó de rodillas hacia su amigo, que tenía un hilo de saliva sanguinolenta emergiendo de su boca.

—¡Henry!

No fue capaz de responderle.

—¿Dónde está la radio? —se dijo Paul a sí mismo entre dientes.

Casi arrastrándose fue hasta el cuadro de mandos y la encendió. Puso una frecuencia utilizada por el ejército americano y lanzó un S. O. S. A los pocos segundos le contestaron. No sabía cuál era su posición, pero dio todos los datos que pudo para que los rescataran y pidió que el coronel Frank Reiter fuera informado de todo inmediatamente.

Mientras él hacía eso, M-019 se había puesto al lado de Henry. Éste le hablaba en un susurro. Necesitaba saber si la visión de la muerte de su padre era cierta. Y más ahora que notaba cómo su propia vida se le escapaba entre los dedos. Paul no podía saber lo que decían, ni le importaba lo más mínimo. Tenía que poner de nuevo en marcha los motores para seguir avanzando hacia la costa.

Entonces vio el fuego. Emergía bajo el cuerpo inerte del norvietnamita sobre el que había disparado con el AK-47. Alguna bala debía de haber agujereado el depósito de combustible o una conducción. Las llamas no tardarían en hacer presa de toda la embarcación. Había que abandonarla sin demora.

Tenía que confiar en M-019. Paul le pidió que le ayudara a bajar a Henry al agua y luego le dijo que no se separara de él. Sólo había dos salvavidas, y ellos habrían de compartir uno. Por fortuna, el chico sabía nadar. Él se sentía incapaz de hacerlo con la pierna como la tenía, y además necesitaba la ayuda de un flotador para hacerse cargo del maletín con la droga.

Antes de abandonar la embarcación, Paul miró a los otros dos norvietnamitas, que le devolvían la mirada con gesto de pánico. ¿Acaso iba a abandonarlos allí? No era una decisión con opciones. Era evidente que no podía liberarlos.

En el agua, Henry apenas conseguía mantener la cabeza, a flote. Las fuerzas lo habían abandonado casi por completo y estaba desangrándose. Paul, que también estaba herido de gravedad, tuvo que hacer un esfuerzo atroz para alejarse del bote en llamas sin perder el maletín con la droga. M-019 ayudó a Henry a hacer lo mismo. Mientras se afanaban en ganar la costa, no dejaron nunca de escuchar los gritos de los hombres que habían quedado atrapados en la lancha. Sus alaridos se volvieron insoportables cuando el fuego comenzó a devorarlos. Luego, un poco antes de la tremenda explosión, el silencio de la muerte se extendió por el mar.