La señal
Capítulo 49
Lago Walters, Brownton.
31 de diciembre, 21.57 horas.
Kens emergió por una escotilla parecida a las de los submarinos. Al otro lado la esperaba el encapotado cielo nocturno, que contempló como si lo viera por primera vez. Se dijo que si brillaran en él las estrellas, casi sería capaz de ponerse a llorar. Sí, definitivamente, ese maldito pueblo estaba volviéndola una pusilánime.
El largo túnel de desagüe que habían descubierto desembocaba en una alcantarilla y unas humildes instalaciones, sin ningún distintivo militar y de aspecto inofensivo. El último tramo estaba protegido con una reja, pero había también un pozo de mantenimiento con escaleras, que llegaban hasta una especie de cofre de hormigón.
Kens se sentó un momento a un lado para dejar espacio a Ian. Ahora apenas nevaba, aunque el frío era muy intenso. Sin embargo, Ian inspiró profundamente. Después de haber estado enterrados tanto tiempo, la baja temperatura le resultó vivificante. Estaban fuera de nuevo. Lo habían logrado.
En el desagüe encontraron también algunas marcas de disparos. Al que huyó del búnker —si es que eso era lo que había ocurrido— lo persiguieron por el subsuelo. Kens se preguntó si él tomó aire al salir por allí y se arriesgó a contemplar el cielo y la superficie del lago, a despecho de sus perseguidores, como estaban haciendo ellos dos.
Ni Kens ni Ian podían saber lo que había sucedido en realidad. Ni siquiera Steven Pearson, aunque a éste no le fue muy difícil deducir lo ocurrido. Aquella tarde de junio de 1986, Donna Pearson paseaba por una zona del lago no lejos de allí. Mientras lo hacía se topó con una criatura desfigurada y moribunda, cuyo cuerpo estaba cosido a balazos. Llevaba una especie de casco con electrodos en la cabeza y sus extremidades habían sido prolongadas por medio de prótesis de metal. Había conseguido eludir hasta ese momento a sus perseguidores y aún tuvo fuerzas para asesinarla brutalmente antes de morir. Los soldados del búnker encontraron los dos cadáveres. Devolvieron secretamente el de su «hombre» a la base y abandonaron junto al lago el cuerpo descuartizado de Donna Pearson.
La antigua base de la Fuerza Aérea de Brownton y el propio pueblo guardaban una lúgubre similitud. En apariencia anodinos, ambos ocultaban oscuros secretos bajo la superficie. El experimento para probar la respuesta de los civiles ante la presencia de supuestos extraterrestres no fue el único que se llevó a cabo en aquel lugar, ni el único que terminó mal. La verdad de lo ocurrido en ese búnker en 1986 estaba celosamente custodiada en el interior de una carpeta blanca, oculta en las profundidades del Pentágono.
—¿Crees que alguna vez sabremos lo que pasó? —preguntó Ian. Todavía respiraba con pesadez por culpa del ambiente enrarecido del túnel.
—Eso es lo que quiero averiguar… ¡Ya funciona! —dijo ella.
Se refería a su teléfono satélite. Llamó inmediatamente a Lakesis, incluso antes de consultar la hora que el aparato recibía desde el espacio.
—¡Dios mío! ¿Dónde estabas? —exclamó Lenger, casi gritando, nada más responder—. ¡Son casi las diez!
—¿Casi las diez? —repitió Kens—. ¿De la noche?
Pues claro. Pero le resultaba increíble cómo había volado el tiempo en las entrañas de la base.
—Te hemos llamado mil veces… —dijo Lenger más calmado, y en su voz se notó el alivio de saber que Kens seguía viva.
—Fuimos… Fui a investigar la base de Brownton y acabé cayéndome por el pozo de ventilación de un búnker que hay debajo. Steven Pearson, el antiguo científico, intentó matarme con una bomba incendiaria.
Kens no tenía la confirmación de eso, pero estaba segura de que había sido él.
Mientras hablaba, Ian y ella iban caminando sobre la nieve lo más rápido que les era posible, en dirección al pueblo por el sendero que venía del cementerio.
—¿Una bomba…? Pero… ¿estás bien, Kens?
—Lo suficiente. Allí abajo he encontrado una especie de laboratorio. Creo que hicieron experimentos con personas.
—El informe de la base no dice nada de un búnker ni de esa clase de investigaciones.
—No me cuentes cosas que ya sé, Lenger… Allí abajo hubo un tiroteo y alguien escapó. Posiblemente uno de los «experimentos». Quiero que intentes averiguar todo lo que puedas sobre eso.
—Claro, aunque va a ser difícil.
He ahí algo más que Kens ya sabía.
—¿Alguna novedad que me sirva para algo?
—No hay buenas noticias. Desde que tu padre habló con la jefa de gabinete, las cosas han ido poniéndose cada vez peor. Todas las agencias parecen estar evitándonos. Tu padre se ha marchado otra vez para verse con Christine McGrath.
—¿Por qué?
—No lo sabemos, aunque esta vez ha sido ella la que ha concertado el encuentro.
—Ojalá salga algo de ahí.
—Tú ten muchísimo cuidado, Kens.
—Siempre lo tengo. Investiga lo de la base y avísame si descubres algo.
—De acuerdo. Llamaré a tu padre para decirle que seguirás dando guerra —dijo Lenger en tono simpático para rebajar la tensión—. ¿Quieres que avise también al sheriff Cole para que detenga a Pearson?
—No. Prefiero cogerlo por sorpresa. Él debe creer que estoy muerta o atrapada en la base.
—Bien, como quieras. Suerte.
Lenger colgó y Kens pensó un momento en su padre.
Las diez de la noche… Quedaba muy poco tiempo y todo seguía como al principio. Peor aún, porque sólo había encontrado nuevas preguntas y ninguna respuesta. Ser consciente de eso hizo a Kens acelerar todavía más el paso, Ian no había vuelto a hablar. Su rostro mostraba un gesto taciturno y un profundo surco de angustia en la frente. Pero no se trataba de la desesperación y el abandono que lo habían invadido en el búnker. Detrás de aquel gesto había una férrea determinación.
—¿Te pasa algo? —dijo Kens, con las palabras saltando al ritmo acelerado de sus pasos.
Ian tenía buenas razones para no hablar. Su mente era un torbellino de emociones contradictorias en el que sólo estaba clara la idea fija y obsesiva de enmendar lo que había hecho. Cuanto antes. Por debajo de esa opresión interior, se preguntaba si debía contar a Kens la verdad: el proyecto JANUS, las pruebas secretas, las intenciones sombrías tras todo ello…
Descargar su conciencia habría supuesto un alivio, pero el riesgo era demasiado alto. ¿Y si ella no le creía? ¿Y si —mucho peor aún— lo hacía y tomaba la decisión de entregarlo a los militares? No pensaba que Kens fuera del tipo de personas capaces de hacer eso, pero en realidad apenas la conocía, y puede que estuviera equivocado. Lo estuvo con respecto a Julián, su compañero de trabajo al que consideraba su mejor amigo. Él le había traicionado.
—No me pasa nada.
La afirmación resultó poco convincente incluso a los oídos de Ian, pero ella no insistió.
Su ritmo acuciante los había llevado ya hasta la altura del cementerio de Brownton. No muy lejos se vislumbraban las farolas del pueblo, que les pareció más desolado que nunca.
Ian notó que Kens lo agarraba del brazo y le hacía detenerse, antes de oírla susurrar:
—Ahí hay alguien.
En otras circunstancias no habría nada de sospechoso en un hombre que estuviera visitando una tumba del cementerio. Pero a las diez de la noche, nevando, a varios grados bajo cero y con la tormenta del siglo al acecho, pocas cosas podían resultar más sospechosas que ésa.
Kens intentó acercarse al desconocido sin ser vista, pero sus precauciones fueron en vano. Hasta un segundo antes, el hombre parecía ensimismado sobre una tumba, que abrazaba sin preocuparse por la gélida capa de nieve. Luego lo vieron salir huyendo a toda prisa.
Ambos se lanzaron a correr tras el desconocido, pero los pies se les hundían en el suelo y él poseía una agilidad sorprendente. Lograba esquivar las lápidas como si fuera un esquiador en un eslalon.
Se les estaba escapando.
—¡Mierda! —musitó Kens entre dientes mientras corría.
Ian empezaba a quedarse atrás, incapaz de aguantar el ritmo de ella. Fue entonces cuando sintieron las primeras piedras de granizo.
Eran del tamaño de pelotas de tenis. Y mucho más duras. A Kens la rozó una en el hombro. Ian notó un dolor agudo cuando el granizo le golpeó en plena cabeza. Por suerte para él, fue una piedra pequeña.
—¡Tenemos que… en algún sitio! —gritó Ian.
Un trueno desgarrador devoró la palabra «meternos». La tormenta de hielo parecía haber surgido de la nada. Apenas conseguían ver al desconocido, que huía ya fuera de los límites del cementerio. Pero Kens no pensaba desistir.
Un nuevo trueno, gigantesco, se oyó casi al mismo tiempo que su cegadora luz se reflejaba en la albura que cubría las tumbas, las lápidas y las estatuas a su alrededor.
Ian miró hacia arriba sin saber por qué. La luz del relámpago aún no se había desvanecido del todo y pudo ver la infinidad de bolas de hielo que se les venían encima.
Placó a Kens como un jugador de rugby. No quedaba tiempo para hablar ni convencerla. Estarían muertos en diez segundos si no se guarnecían inmediatamente.
Los dos cayeron al suelo, enroscados uno en el otro. Ian se levantó y obligó a la aún confusa Kens a hacer lo mismo, mientras ella se resistía. La arrastró como pudo hasta una caseta próxima, cuya puerta de madera abrió de una patada en el último instante.
Se lanzaron dentro de la caseta del enterrador justo a tiempo de oír la lluvia letal de granizo precipitarse contra el cementerio, rompiendo jarrones y estatuas delicadas, e hincándose furiosamente en la tierra.
Sobre el techo metálico de la caseta los impactos resonaban con odio, como si el granizo se lamentara por haberlos dejado escapar.
—¡Ah, joder!
Kens estaba encogida en el suelo y con la mano derecha agarrándose los dedos de la izquierda, que había vuelto a torcerse en la caída. Ian, por su parte, también se dolía de la herida en el costado, aunque no había vuelto a abrírsele.
La tormenta respondió con un nuevo trueno y su luminoso relámpago, que les ofreció un fugaz panorama del interior, con palas y otras herramientas del oficio de sepultar muertos.
—¿Estás bien? —dijo Ian.
El dolor de la mano de Kens empezaba a remitir ligeramente.
—Ni se te ocurra salir todavía —añadió él, al adivinar sus intenciones.
—¡Ese hijo de puta! —gritó ella—. ¡Ojalá le haya cogido el puto granizo!
—Por poco nos coge a nosotros…
—Sí. Esto de que me salves empieza a convertirse en una costumbre, ¿eh, Jack? Si hay un mañana, vamos a tener que terminar acostándonos. ¿Te he dicho ya que no me gusta dormir sola?
Kens lo dijo sin pensar. Era su forma de ser, impulsiva y sincera. En un mundo muy distinto a éste, Ian bien podría haberse enamorado de aquella mujer excepcional que tenía delante.
—Si hay un mañana… —dijo él enigmáticamente.
Afuera la granizada acabó de un modo tan brusco como se había iniciado. Los truenos que la acompañaron se escuchaban ahora en la distancia, en una falsa sensación de seguridad. Porque la verdadera tormenta aún no había llegado a Brownton. Ésta era una simple avanzadilla. El resto, el grueso de las tropas de su tenebroso ejército, venía detrás. Y llegaría muy pronto.
Cuando Kens e Ian salieron de la caseta, no encontraron el menor rastro de Pearson. Lo único que quedaba de él eran las marcas de las ruedas de un todoterreno sobre los agujeros del granizo, junto a las que Kens estaba agachada.
—Hemos perdido el factor sorpresa. Ahora sabe que estamos vivos. Tengo que encontrar a ese cabrón, y ahora sí que necesitaré la ayuda del sheriff Cole.
Aquel hombre era una pista física que seguir. Encontrarlo era algo concreto y lo único que a Kens se le ocurría ya hacer en el poco tiempo que le restaba.
—Sí, quizá sea lo mejor —dijo Ian.
Kens no entendió sus recelos.
—Ese cabrón intentó matarnos y ahora ha huido de nosotros, ¿no es verdad? Tú mismo lo has visto, joder. Seguro que ahora está buscando el modo de liquidarnos. ¿No estás de acuerdo o es que sabes algo que yo no sé, Jack?
De nuevo el mismo dilema: contarle a Kens toda la verdad o seguir callado y hacer lo que debía. El solo.
—Sí, claro, tienes que encontrar a ese tipo.
La decisión de Ian estaba tomada y ya no habría vuelta atrás. Sólo necesitaba una oportunidad para escaparse de Kens y acabar con todo de una vez. La espera de esa oportunidad empezaba a consumirle, ahora que Brownton estaba tan cerca y Kens quería ir en busca del sheriff. Si la ocasión no llegaba pronto, tendría que forzarla. A cualquier precio.
Kens intentó llamar al sheriff a su móvil, pero no tenía cobertura. La maldita tormenta… Al menos el pueblo se hallaba muy cerca. Sus luces iban y venían, agitadas bajo la furia blanca que estaba arrasando en ese momento los dos condados limítrofes, al sur y al este. El deseo de Kens era echar a correr hasta el puesto del sheriff para cazar cuanto antes a Pearson, pero se detuvo un instante frente a la tumba que él había estado abrazando. El lugar se hallaba ahora lleno de destrozos por las enormes bolas de granizo. La forma de su cuerpo, a pesar de ello, aún se distinguía sobre la nieve que cubría la lápida.
Donna Pearson
Nacida
27. feb. 1961
Fallecida
24. jun. 1986
Brownton.
Steven Pearson atravesó su todoterreno frente al garaje. Estaba lleno de abolladuras y con las lunas destrozadas por el granizo. Pero había conseguido escapar de aquella mujer y estaba de nuevo a salvo en su casa. Aunque no se sentiría del todo seguro hasta llegar al sótano, a su anhelado santuario.
Atrancó la puerta de la calle, quebrada por la patada de Kens, y cruzó el recibidor como una exhalación. Dirigió sus pesadas botas hacia la entrada del sótano, que cerró desde dentro, y bajó corriendo las escaleras. No le hizo falta encender la luz para no tropezarse. Conocía de memoria cada centímetro de esa casa, cuyos planos él mismo había revisado con el constructor. Lo hizo por su amada Donna, para ella, antes de esa noche maldita en que destruyó la base y su esposa fue asesinada.
La noche en la que se quemó el cuerpo y empezó a perder la razón.
Bosques al norte de Brownton.
El sheriff Cole oyó a lo lejos los ladridos de los perros antes de ver surgir entre los árboles al primer cazador. Consciente de lo excitados que estaban los ánimos, decidió ordenar a su grupo de hombres que se pusieran a cubierto. De lo contrario, había grandes probabilidades de que alguien resultara herido o muerto cuando hiciera lo que se disponía a hacer.
Encendió el megáfono y gritó a través de él.
—¡Soy el sheriff Cole, no disparéis!
Como esperaba, la sorpresa y la exaltación fueron más poderosas que su aviso, y se efectuaron dos o tres disparos en su dirección antes de que voces del otro grupo se apresuraran a gritar «¡alto el fuego!».
Sólo entonces el sheriff se levantó y fue al encuentro del cazador que dirigía al grupo rival. El suyo y el del sheriff habían llegado al mismo sitio. Las pistas que habían seguido desde Brownton, unos y otros, los condujeron a ese punto en el que, sin embargo, no había rastro de Carson Conway.
Confusos por haber perdido a su presa, los perros se dedicaban a dar vueltas inquietas alrededor de los hombres, como disculpándose por haberles fallado en el último momento.
Uno de los animales se empeñaba, no obstante, en olisquear unos matojos. Su dueño le golpeó en el hocico, pensando que sólo jugueteaba. Pero, al acercarse, vio una mancha de hielo color granate sobre las hojas de un arbusto.
—¡Aquí hay sangre! —gritó.
Todos se acercaron corriendo. Todos menos el sheriff, que se preguntaba, intranquilo, quién se les habría adelantado.
Puesto del sheriff de Brownton.
Kens no consiguió abrir la puerta de la oficina. Estaba cerrada con llave desde dentro. Ella e Ian aún resoplaban por el esfuerzo. Habían llegado corriendo desde el cementerio. El tiempo se les acababa. A los dos.
—Ya son las diez y cuarto —dijo Ian.
Las agujas del reloj de la torre del ayuntamiento, que podían ver a duras penas entre el nuevo embate de la nieve, marcaban fatídicamente las 22.16 horas.
Kens aporreó la puerta. Había luz en la oficina. Debía de haber alguien en el interior. Pero no obtuvieron respuesta. Ian se asomó por una de las ventanas laterales.
—Creo que no hay na…
Se inclinó hacia un lado para hablar con Kens. Fue eso lo que le salvó la vida cuando un torrente de cristales y maderas afilados, precedidos por una detonación, salió despedido por donde justo antes había estado su cabeza.
Los dos se lanzaron al suelo instintivamente. Kens sacó su pistola de la funda y la amartilló.
—No te muevas de ahí —dijo ella—. Cuando yo te avise, dale una patada a la puerta y quita el pie antes de que te lo vuelen, ¿entendido?
Kens se arrastraba ya por los escalones del porche, y luego se movió con agilidad a lo largo del perímetro de la pared de la oficina, a salvo bajo la línea de tiro.
Desapareció al doblar la esquina mientras Ian se mantenía obedientemente tirado en el suelo, boca abajo, listo para su aviso.
—Un, dos, tres —susurró Kens, antes de doblar otra de las esquinas del perímetro y dirigir su arma a tres puntos distintos del otro lado, en busca de un posible blanco.
Su objetivo era llegar a la puerta trasera de la oficina del sheriff. Todavía agachada, intentó girar el pomo, pero la puerta también estaba cerrada. Ya lo suponía.
—¡Ahora! —gritó.
Hubo una agitación en el interior de la oficina, y esta vez el disparo de escopeta estuvo a punto de darle a ella.
Al otro lado del edificio, Ian reaccionó por fin y empezó a golpear la puerta con sus pies.
La táctica de Kens era la vieja aunque infalible teoría de los dos frentes. Imaginó a su desconocido enemigo volviéndose ahora hacia el lado opuesto al suyo, para hacer frente a la nueva amenaza. Era el momento de entrar.
Hizo saltar de una patada el frágil pestillo. Dentro, avanzó medio agachada por la parte trasera de la oficina en posición ofensiva, con el arma al frente, apuntando a todas partes.
Hubo un clac característico, el de un arma abriéndose para ser recargada.
—¡Alto ahí! —Gritó a la espalda de alguien que tenía una escopeta de caza entre las manos—. ¿Señorita Wendy…?
—¡No dispare, agente Kens! ¡Por favor, no dispare!
La señorita Wendy dejó caer la escopeta y levantó los brazos. Sus gafas de anciana, colgadas del cuello, le subían y bajaban sobre el pecho agitado.
Kens no tuvo contemplaciones con ella. ¡Acababa de dispararle, maldita sea! La cogió de uno de los brazos y se lo retorció hasta hacerle daño y obligarla a recostarse encima de una mesa.
—¿Por qué coño me ha disparado? ¿Es que en este puto pueblo están todos locos?
La señorita Wendy gemía de dolor, pero Kens no aflojó su tenaza.
—¡Era él, agente Kens! ¡Le he visto por la ventana!
—¿Él? ¿Quién, jodida loca?
En ese momento Kens lo comprendió todo. Ella hablaba de Jack Griffin. Debía de haber llegado otro mandato de búsqueda; no de su coche esta vez, sino de él mismo, y la señorita Wendy lo había reconocido al asomarse por la ventana. Kens soltó el brazo de la mujer.
—Es un asesino —dijo la señorita Wendy, que se había incorporado y se restregaba el brazo dolorido.
Kens creyó saber a qué se refería, porque recordaba lo que él le había contado sobre el asesino de su familia, a quien acabó matando.
—Fue en defensa propia… —dijo.
En la cara de la señorita Wendy apareció un gesto de absoluta incredulidad.
—¿Cómo? ¿Cómo que en defensa propia? Su mujer está en coma irreversible y nadie sabe si el hijo de ambos va a lograr sobrevivir. Y todo por culpa suya. ¡Ese hombre es horrible, intentó matar a su propia familia!
A Kens le subió un vacío por el interior.
—No puede ser —dijo, aunque no podía estar segura.
Kens se abalanzó al exterior a través de la puerta principal. Pero Ian Moone había desaparecido entre las sombras.