La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 20 de 54

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La señal

Capítulo 19

Londres.

Julio.

No se podía decir que los abuelos de la amiga de Gloria, con quien estaba pasando unos días en Londres, vivieran en la mejor zona de la ciudad. Ian salió de la imponente —aunque mal conservada— estación de King’s Cross pensando en las víctimas del atentado del 11-J. En los últimos días había estado en los tres países que más habían sufrido la violencia terrorista de Al-Qaida: Estados Unidos, España y ahora Inglaterra. Bajó caminando por Euston Road y se topó con una cabina telefónica casi forrada por entero de anuncios de prostitutas, que colocaban un pequeño cartel en color, con foto y teléfono, como reclamo para sus posibles clientes.

Sorprendido por el descaro con que se anunciaban aquellas mujeres, Ian tomó Argyle Street hasta el número 10. Era la dirección que le había dado el padre de Gloria. Ignoraba si ella estaría allí en ese momento, pero no le quedaba más opción que presentarse y preguntar. Se detuvo unos momentos ante la puerta de la casa, al otro lado de la calle. Era un edificio de vecinos de tres plantas. Varios jóvenes pasaron por la acera dando voces alegres. Ian apretó los puños y se dispuso a cruzar la vía. Tuvo suerte de que un coche no lo atropellara, porque en su ensimismamiento miró hacia el lado contrario al que debía mirar. La culpa era de esa manía inglesa de hacer todo al revés que el resto del mundo, como conducir por la izquierda en vez de por la derecha.

Por suerte, todo quedó en una sonora pitada y un insulto destemplado. Ian terminó su trayecto después del susto, subió una pequeña escalera y oprimió el timbre, con una sensación de deja vu. A los pocos segundos, una voz contestó. Era la voz de alguien de edad avanzada, desde luego, pero Ian no sabría decir si pertenecía a un hombre o a una mujer. Su ritmo era tan pausado y su acento tan distinto al suyo, que le costaba realmente entender lo que decía. Se presentó como el marido de Gloria — ¿qué otra cosa podía decir?—, y esperó la respuesta del anciano de género indeterminado.

—Gloria… No está aquí… ahora. Lo siento. ¿Cómo dijo que… se llamaba?

—Ian. Pero no se moleste. Volveré más tarde.

—Debe de estar a punto… de llegar. Se ha ido con mi nieta… ¿sabe?

Ian no tuvo ya tiempo de responder. Notó cómo alguien le ponía una mano en la espalda. Se volvió y vio a la propia Gloria delante de él.

—¿Oiga…? —dijo la voz del interfono.

Pero la persona a quien se dirigía no estaba en disposición de contestar. Ian bajó un peldaño, casi tambaleándose.

—Gloria…

—¿Qué haces tú aquí?

La joven que acompañaba a Gloria miraba a ambos como el espectador de un partido de tenis. Era indo asiática y realmente hermosa. Se movió hacia la puerta de entrada y dijo:

—Bueno, os dejo solos para que podáis hablar.

En realidad, la mirada entre Ian y Gloria lo decía ya todo. Se amaban y era evidente. Aunque las barreras deben quebrarse para que las separaciones dejen de existir.

—Gloria… Yo…

—No sé por qué has venido —le cortó ella con más aspereza de la que sentía.

—Quiero que lo arreglemos. Sabes que te quiero. Soy un estúpido. Cometí un error. No me juzgues por eso.

—Sí, eres un estúpido. Eso ya lo sabía. Pero siempre creí que eras un hombre íntegro.

—Tienes razón, lo admito. Tienes razón en todo. Pero te amo. Ya sé que eso no sirve de excusa. Pero es lo único que puedo decir. Me he comportado como un auténtico gilipollas. Peor que eso. Y lo siento. Quiero tener el niño, quiero que vuelvas a mi lado, quiero que estemos juntos para siempre.

—Supongo que haber venido hasta aquí demuestra que dices la verdad… —dijo Gloria en un tono menos hostil—. No te lo he puesto fácil, y menos con lo poco que te gustan los aviones.

—No, desde luego. —Ian esbozó una sonrisa—. Te amo.

Sin poder evitarlo, a Ian se le saltaron las lágrimas. Gloria lo miró con ternura.

—¿Y ahora, qué? —preguntó ella.

—¿Volvemos a Boston? Tenemos que preparar la habitación del niño.

—Del niño o de la niña…

Gloria se mordió el labio inferior y ladeó la cabeza. Estaba tan hermosa…

—Claro —aceptó él—. O de la niña. ¿Tú qué prefieres?

—Una niña.

—Pero son más rebeldes que los niños.

—Lo sé —dijo Gloria, y por primera vez en mucho tiempo se rió.

Durante unos segundos, Ian miró al suelo. Entonces le vino a la cabeza su conversación con el padre de Gloria. Levantó la vista y añadió:

—Voy a conseguir merecerte. Y nunca más volveré a hacerte daño. Ni dejare que nadie lo haga. Te lo prometo.