La señal
Capítulo 45
Bosques al norte de Brownton.
31 de diciembre, 18.45 horas.
La cacería de Carson Conway continuaba. Buena parte de los hombres del pueblo, propietarios de motos de nieve, se habían unido a ella en busca del asesino de policías que ahora parecía haberse convertido también en un asesino de niños. Sólo un puñado de adultos se habían quedado en Brownton, al calor de sus hogares, pero con la mente puesta en la cacería humana y preguntándose cuál de los dos grupos se llevaría el trofeo: el encabezado por el sheriff Cole o el formado por los que querían ver a Conway muerto.
El frío era cortante. Todo estaba lleno de nieve, pero los cielos parecían estar dando una tregua a los pobres terrenos que habían castigado. Los cazadores tuvieron que proteger las patas de los perros de presa para evitar que se les congelaran. Nada les haría desistir. Esa misma noche, Carson Conway acabaría colgado de un árbol.
—¡Por aquí! —dijo uno de los hombres del pueblo, que había conducido a los más exaltados tras el rastro del asesino.
La pista podía ser esta vez una mancha de aceite, que el cazador hubiera descubierto milagrosamente con su linterna, o lo que restaba en algún lugar de las marcas dejadas por las orugas y esquíes de la moto de nieve en la que Conway huyó. O quizá, simplemente, una rama partida, que a cualquier otro le hubiera parecido igual a cualquier otra. Eso y, por supuesto, las agitadas indicaciones de los perros, a los que les habían dado a olisquear una prenda de vestir del fugitivo que cogieron de su casa. No importaba cuál fuera la pista. Lo único fundamental era no perder el rastro de Conway. Y darle al fin caza.
Base aérea de Brownton.
La situación era mala. Peor que eso: desesperada. Ni los disparos de Kens servirían contra la pared de cemento que les cerraba el paso, y era imposible ascender de nuevo por el conducto de ventilación. A esa conclusión ya habían llegado antes.
Mientras Kens seguía maldiciendo y dando patadas al muro, Ian simplemente se sentó con la espalda apoyada en él.
—¿Qué coño te crees que haces? —le dijo Kens, con la respiración agitada y el rostro congestionado.
—Sentarme, ¿no lo ves?
—Ya sé que te has sentado, joder. Lo que quiero decir es… ¡Tenemos que encontrar otra puta salida!
—Adelante. Yo te espero aquí.
A esas alturas, Ian sabía que no iba a conseguir llegar a Canadá. Pero ya le daba igual. Canadá fue sólo una idea, tan buena o tan mala como cualquier otra. Lo único que tenía que hacer era esperar, y para eso no necesitaba encontrarse al otro lado de la frontera. Un búnker con la entrada sellada también le valía. Allí, ni siquiera Kyle Smith sería capaz de encontrarlo.
Kens negó con la cabeza, como anticipo de sus palabras:
—No te entiendo. Te juro que no sé de qué coño vas. Has perdido a tu mujer y a tu hijo. Eso es muy jodido, lo reconozco. Pero has matado al hijo de puta que lo hizo. Eso debería servirte de algo, maldita sea. Porque, ¿de qué sirve lamentarse?
Ian no respondió. Ni siquiera parecía estar escuchándola mientras ella hablaba. Pero sí que lo hacía. Pensaba en que el verdadero responsable de la muerte de Gloria y su hijo no estaba muerto. Kens saltó:
—¡Haz lo que quieras, que te den por el culo! Eres un hombre, Jack Griffin, y no deberías comportarte como un niño.
Eso era injusto. Y sería también desalmado y cruel si Kens fuera consciente de hasta qué punto lo era. Furibunda —sobre todo consigo misma por haber sido tan estúpida de meterse ella sola en aquella ratonera—, regresó al corredor por el que habían llegado, dispuesta a encontrar otra salida. Se llevó la linterna, dejando a Ian en la oscuridad.
El insensible comentario de Kens acerca de que Ian estaba portándose como un crío, le hizo a éste recordar a su mujer. A Gloria. Ella sí que era una cría, comparada con él, aunque también era una mujer fuerte. Una mujer fuerte que, en su interior, seguía siendo igual de frágil que una niña.
—La echo tanto de menos…
Kens estaba ya demasiado lejos para oír esa última frase.
Puesto avanzado de la Agencia de Inteligencia de la Defensa.
El comandante Smith había establecido un puesto avanzado a las afueras de Newport, la capital del condado de Orleans. Eso estaba a poco más de veinte kilómetros de Brownton. Pero no resultó nada fácil llegar hasta allí. Ni siquiera para él, que tenía a su disposición todos los recursos del ejército.
Sentía la necesidad de encontrarse cerca cuando finalmente dieran con el escondrijo de Ian Moone. Y en esa tarea, la tormenta que le había causado tantos problemas podía revelarse al fin como una aliada. No se le ocurrió hasta llegar a Newport, pero cada vez le parecía más probable que Moone pudiera estar atascado en algún sitio, en un pueblo al que la tormenta hubiera dejado incomunicado. Era una posibilidad que no debía continuar ignorando.
Por eso mandó a sus hombres que se informaran a través del FEMA de cuáles eran los pueblos aislados en el condado de Orleans. Ahora tenía la lista delante de sus ojos. Había media docena de localidades. No demasiadas para enviar un grupo de exploración a cada una de ellas y probar suerte.
La lista mostraba los nombres de los pueblos ordenados alfabéticamente. El que aparecía en segundo lugar era «Brownton».
Base aérea de Brownton.
Kens no sabría decir el número de veces que miró su reloj sin recordar que el Omega seguía roto y congelado en las 16.48. Llevaba… no sabía cuánto tiempo recorriendo pasadizos y salas subterráneas, a las que la profunda oscuridad del subsuelo volvía casi iguales, en un reto a su sentido de orientación. Y ahora estaba de nuevo en el comienzo, frente a la salida tapiada, Ian seguía allí sentado, como si también se hubiera detenido el tiempo para él.
Kens le hizo parpadear cuando la luz de la linterna incidió en sus ojos, acostumbrados ya a estar a ciegas.
—He encontrado algo —dijo ella.
—¿Otra salida?
Había cierta decepción en la voz de Ian, de la que él mismo no era consciente.
—Una puerta tapiada. Es sólo una pared de ladrillo. Creo que podremos romperla. Ella hablaba apresuradamente.
—Ajá.
Tuvo que hacer esfuerzos para no zarandear a Ian y obligarle a salir de la negra desidia que lo había invadido. Iracunda, respondió a la pregunta que él debía haber hecho.
—No sé qué coño puede haber al otro lado de esa pared de ladrillos, pero sé que a este lado no hay ninguna otra salida, ¿lo pillas?
—Entiendo. Mientras hay vida hay esperanza, ¿no es eso?
Kens era incapaz de soportar la autocompasión, por más justificada que estuviera. Se preguntó si debía haberlo abandonado allí. Lo normal para ella hubiera sido hacerlo sin sentir remordimientos. Tenía la convicción de que cada cual debe vivir su vida como quiera y como pueda, y que si alguien prefiere abandonarse, eso no es asunto de nadie. Pero aquí estaba, perdiendo un tiempo precioso, dispuesta a convencer a ese desconocido para que luchara. La culpa era del maldito Brownton, que estaba volviéndola débil.
—¿Sabes cómo dejé las drogas? Un día, mi padre apareció en el garito por donde yo solía andar. No sé cómo me encontró, porque no nos veíamos ni hablábamos desde hacía diez años. No me dijo nada. Sólo me cogió, me echó sobre un hombro y le partió la nariz a mi novio yonqui cuando intentó detenerlo. En todo el camino hasta su coche, no paré de darle golpes y de pegar gritos, aunque nadie vino a ayudarme. En aquel barrio, cuando alguien pide ayuda, la gente cierra las cortinas. Estuvimos a punto de salirnos de la carretera varias veces, porque yo no dejaba de pegar a mi padre y de intentar abrir la puerta para tirarme en marcha. Le arañé toda la cara y él acabó dándome un puñetazo que me dejó inconsciente.
»Me tuvo doce días encerrada en una casa de campo, con barrotes en las ventanas. Me obligó a comer y a beber, y limpió los vómitos y todo lo demás. Nunca en mi vida he sufrido tanto como en aquellos doce días… Cuando todo terminó, me dejó por fin salir de la casa, me dio un beso en la frente y me regaló su reloj. —Kens mostró a Ian su Omega roto—. Así es como dejé de ser drogadicta. Ahora sólo tomo anfetas de vez en cuando si necesito mantenerme despierta y alerta. Ésa es mi triste historia, Griffin. Y ahora que los dos conocemos nuestras miserias mutuas, voy a preguntarte esto una sola vez: ¿vienes conmigo o te quedas aquí?
Algo se agitó en el interior de Ian, una especie de responsabilidad.
—No vuelvas nunca a decir que tu padre no te quiere —fue la respuesta de él, y se levantó del suelo.
A Kens le costó entender el sentido de las palabras de Ian. No recordaba haberle dicho que su padre no la quisiera. Aunque ella nunca vio ese acto como un gesto de amor. ¿Qué había sido entonces?, se preguntó ahora. ¿A qué lo había atribuido ella durante todos esos años? No lo sabía, nunca se lo planteó. Quizá estaba equivocada. Quizá lo había estado siempre.
Era mejor no pensar en eso.
—Es por allí —dijo Kens.
Los ladrillos que tapiaban el acceso a la habitación eran relativamente frágiles. Kens ya había encontrado con qué romperlos: un tubo de origen indeterminado, con el que se topó en su deambular por el búnker subterráneo.
Ella tenía la mano herida. El trabajo sucio le correspondió a Ian. Abrir un hueco suficientemente grande en el ladrillo no fue tan fácil como parecía. Ian sudaba a chorros cuando por fin lo consiguió, tras veinte o treinta violentos golpes. Sin perder un segundo más, Kens se lanzó a través del hueco recién abierto. Ian la vio desaparecer en el interior de la sala, en dirección a un acceso que, esperanzadoramente, se abría en el lado derecho.
Cuando él logró también entrar por el estrecho hueco, Kens ya había revisado la habitación contigua.
—¡Mierda! Aquí tampoco hay salida.
Kens regresó a la primera sala, donde empezó a pasearse de un lado a otro frenéticamente mientras gritaba:
—¡Maldita sea! ¡Mierda!… ¡Mierda! ¡Estamos jodidos!
—Alguien vendrá a buscarte —se le ocurrió decir a Ian.
—El sheriff se imaginará que estamos en la base, pero ¿cómo coño va a encontrar este búnker? ¡Estamos jodidos, Jack!
Esta vez fue Kens la que se sentó en el suelo, impotente. Al ir a sacar un cigarrillo, lo hizo con tanto ímpetu que rasgó el paquete y doce cilindros blancos se desparramaron por las baldosas inmundas.
—¡Joder!
Recogió uno, lo limpió un poco y se lo puso en los labios. Ian se sentó a su lado. Se les habían acabado las opciones. La única que les quedaba era la tarea imposible de escalar la pared vertical del pozo de ventilación.
—¿Cómo termina la historia? —preguntó Ian.
De nuevo, a Kens le costó entender a qué se refería. Cuando se dio cuenta de que le preguntaba por el final de su historia, respondió:
—No tengo tiempo para eso.
Ian levantó los brazos y señaló con las manos a su alrededor, para hacer patente que estaban atrapados. Kens apagó la linterna y trató de pensar qué hacer a continuación. Sin esa luz, se quedaron en la completa oscuridad, sólo rota por la brasa del cigarrillo. Cada uno podía escuchar la respiración del otro, justo al lado, pero resultaba imposible distinguir su cuerpo, era lo más parecido a ser sólo un espíritu sin su envoltorio físico. Eso le dio al momento una extraña sensación de intimidad.
—Después de estar limpia, mi padre se las arregló para eliminar mi registro criminal y acabé ingresando en la academia del FBI —dijo Kens—. Luego me ofreció trabajo.
—¿Trabajas para tu padre?
—Sí. El también pertenece al FBI. Aunque lo que nosotros hacemos no es lo que habitualmente se hace en el FBI.
—¿Y qué es lo que hacéis?
Kens recordó la respuesta de Ian cuando ella le preguntó por qué lo perseguían. Le dijo que era difícil de explicar, y lo mismo pensó ella ahora. Era muy difícil explicar en pocas palabras la misión de Lakesis. Tardó un buen rato en responder. Su silencio fue ocupado por enigmáticos murmullos a su alrededor, que procedían de las entrañas de la base o quizá de las de la misma Tierra.
—¿Sabes qué es un generador de números aleatorios? —preguntó Kens.
—Si.
No era normal que lo supiera, pensó Kens, a la que sin embargo ya nada le sorprendía del misterioso Jack Griffin.
—Hace unos años, cuando mi padre me ofreció este trabajo, me llevó a una conferencia en Princeton. Fue sobre un proyecto llamado Conciencia Global. Había repartidos por el mundo varias decenas de esos generadores aleatorios, y los responsables del proyecto se habían dado cuenta de que les afectaban hechos de trascendencia global: terremotos, inundaciones, grandes incendios, guerras, atentados terroristas… Nosotros tenemos ahora, en el FBI, muchos más y mejores generadores, que también responden a esos hechos. Y que también lo hacen antes de que ocurran, por increíble que parezca.
Kens dejó que calara en Ian esa parte fundamental de su explicación sobre la naturaleza de su trabajo. Y él aceptó con facilidad aquello, que rayaba en lo fantástico y que había hecho burlarse al sheriff Cole. Pareció entenderlo perfectamente. Quizá incluso demasiado bien, porque una angustia profunda empezó a generarse en su interior.
—Sigue, por favor —dijo, con una voz que no parecía la suya.
—¿Sabes por qué acepté este trabajo, por qué le dije que sí a mi padre? Fue por aquella conferencia de Roger Nelson, el director del proyecto. Él contó que, si el mayor terremoto de la historia se produjera en medio de ningún sitio, no conseguiría variar un ápice los resultados teóricos de los generadores aleatorios. Pero que bastaría que una vida se perdiera en un terremoto mediocre para hacer a las máquinas sentirlo. Yo creo que hace falta que se pierda más de una vida, muchas más, para que eso ocurra. Por lo menos en un nivel perceptible. Pero te diré una cosa que dijo aquel hombre y en la que estaba en lo cierto. Es la compasión la que hace volverse locos a los generadores. Ninguna fuerza en el mundo conmueve a esas máquinas sin alma más que la compasión. La compasión que todos los seres humanos sentimos hacia quienes van a perderlo todo o a morir, antes de que lo pierdan todo, antes de que mueran. Si eso no es una prueba de que no estamos solos en esta mierda de mundo, nada lo es, ¿no te parece, Jack Griffin?… ¿Jack?
El desasosiego interior de Ian se había convertido en un grito de angustia que aullaba dentro de su cerebro. Si lo que Kens decía era cierto —y los acontecimientos demostraban que así era—, el dolor de los seres humanos no era un aullido sordo que se desvanece en el aire, sin dejar huella. La humanidad compartía el dolor de todos sus miembros; cada hombre y mujer, el dolor de sus semejantes. El dolor de sus semejantes…
—¡Tenemos que salir de aquí! —exclamó de pronto.
Se incorporó con tanta violencia que hizo a Kens sobresaltarse y encender a toda prisa la linterna.
—Pero ¿qué coño te ha dado ahora?
El frenesí de Ian continuaba. Kens lo miraba sin comprender lo que le sucedía ahora, aunque se alegró de que nuevamente reaccionara. Con las manos a ambos lados de la cabeza, Ian dijo:
—Está bien, tenemos que pensar. La salida está tapiada y no podemos subir por el pozo.
Hablaba para sí mismo, pero Kens, que también se había incorporado, respondió:
—Eso ya lo sabemos.
Preso de la excitación, a Ian se le ocurrió una idea que debía haber tenido antes.
—Supongo que has recorrido todo el búnker, ¿no? —preguntó a Kens.
—Sí, yo diría que sí.
—¿Y has encontrado alguna otra habitación tapiada?
Ella comprendió adonde conducía ese razonamiento.
—No. Ésta es la única habitación tapiada… ¿Por qué?
Con la linterna de nuevo encendida, Kens vio a Ian señalarla con su dedo índice.
«Ésa es la pregunta», significaba el gesto.
—Aquí no hay nada —dijo ella—. Pero quizá lo hubo, y por eso los militares tapiaron la entrada cuando cerraron la base.
Antes de que Ian lo dijera, Kens ya estaba inspeccionando la habitación. Lo había hecho un rato antes, pero entonces sólo buscaban una salida y no pequeños detalles que pudieran resultar significativos. Las paredes y el suelo, pelados y con manchas verdosas de humedad, no eran alentadores.
Ian se le unió. Para ser sistemáticos, empezaron por la pared junto a la tapia de ladrillos. Desde allí fueron recorriéndolas dos habitaciones, de izquierda a derecha, sin dejarse ninguna pared por revisar.
No encontraron nada hasta la tercera pared de la primera sala. Y, en ese momento, sólo a Kens le resultó sospechoso el descubrimiento.