La señal
Capítulo 16
Brownton.
31 de diciembre, 04.51 horas.
—Bueno, ha llegado el momento de que empiecen a ayudarme —dijo Kens, mirando fijamente al sheriff Cole—. Necesito información.
—¿Qué clase de información? —preguntó éste.
El doctor Aymard acababa de marcharse. Kens empezaba a ser capaz de ordenar sus ideas. El dolor de su mano herida la había engatusado para bajar el ritmo, y tenía que esforzarse en recuperar el tiempo perdido. Necesitaba ponerse de nuevo en movimiento. Su corazón latía dos veces por segundo. En una carrera por llegar primero a las cero horas y trece minutos del Año Nuevo, debería tardar la mitad de tiempo que los segundos de esa imparable cuenta atrás de los ordenadores de Lakesis. Pero no era eso lo que ella sentía, porque su padre estaba en lo cierto: lo que fuera a ocurrir ya había empezado. Kens llegaba tarde, y nada podía hacer respecto a eso.
—Quiero toda la información que puedan darme. Sobre Brownton y sus habitantes.
—Pero… Buscará algo en concreto, ¿verdad? —dijo el sheriff, extrañado.
—Quizá sí y quizá no. Pero eso a usted no le incumbe. Quiero saberlo todo de este pueblo.
El sheriff apretó los puños y los labios y pareció contar mentalmente hasta diez para no estallar. Luego contestó:
—Mire, agente especial Kens, no creo que haga falta que use ese tono si quiere conseguir colaboración por mi parte. Creo que está demasiado excitada. Y apuesto a que no ha dormido en toda la noche. —En realidad no había dormido desde hacía veinticuatro horas—. Puedo buscarle un sitio donde echar una cabezada. Lo justo hasta que amanezca. El pueblo seguirá estando aquí cuando descanse y esté más calmada.
—No esté tan seguro de eso.
Tanto el sheriff como su ayudante y la señorita Wendy se quedaron mirando a Kens, estupefactos por su comentario. ¿Qué podía ser tan grave como para eso? ¿Qué iba a ocurrir en Brownton para que ella hubiera hablado así? Bien pensado, su llegada al pueblo con tanta agitación y en unas condiciones climatológicas tan adversas, hacía presagiar lo peor.
—Si las cosas son tan serias, agente, ¿no cree que debería compartirlo con nosotros? Estamos de su lado.
Kens se sentía atrapada en un lugar en que el tiempo corría más despacio de lo normal. Y el tiempo era ahora el bien más valioso de que disponía. Pero Kens tenía que admitir que aquel hombre parecía un buen tipo y que ella se estaba portando como una imbécil.
—¿Está seguro de que quiere saber para qué he venido aquí? Porque estoy convencida de que no va a creerme.
—Hagamos la prueba.
Ella miró la hora en su reloj, un Omega Speedmaster demasiado grande para una mujer. El viento se oía afuera, arreciando contra las ventanas y la puerta de la oficina. Eso confirió a las palabras de Kens un halo casi místico:
—Hace siete horas y veintiocho minutos, novecientos treinta y un generadores de números aleatorios, repartidos por todos los rincones del mundo, empezaron a volverse completamente locos y a producir resultados imposibles. El grupo del FBI para que el que yo trabajo le llama a eso una señal. Nunca se había producido una tan gigantesca. Jamás. Las señales indican que algo muy grande va a suceder, algo que afectará al mundo entero, a todos nosotros. Al detectarlas, un sistema informático muy complejo inicia una especie de cuenta atrás, que termina cuando ocurre lo que la señal nos está advirtiendo que va a ocurrir. Esta señal nos ha avisado de que lo que vaya a pasar, será en este pueblo trece minutos después del Año Nuevo. Y mi misión es descubrir qué, antes de ese momento.
Cuando Kens terminó de hablar, la sala estaba en completo silencio, sólo interrumpido por el incesante ruido del viento, mezclado con la música de la radio. En el punto más sombrío de una pieza barroca empezaron las risotadas del sheriff Cole. La señorita Wendy y el agente McAndrews mostraban, por su parte, una expresión indecisa, porque ni siquiera habían entendido lo que Kens trataba de explicarles. El sheriff se encargó de hacerlo de un modo más prosaico, tras contener un poco sus carcajadas.
—Al final me ha alegrado usted la noche, Kens, se lo aseguro. ¿Está diciendo en serio que esos cerebritos de Washington la han enviado a usted aquí, en plena noche y con este tiempo de mil diablos, para descubrir algo que saben que va a pasar pero que todavía no ha pasado?
El sheriff no pudo seguir hablando. Un nuevo torrente de risas le ahogó la voz y congestionó su honesto rostro cuadrado de americano rural.
—Lo siento, de verdad —acertó a decir.
Ella atajó la disculpa con un gesto de la mano. Ya imaginaba que algo así podía suceder.
—Se lo advertí, ¿recuerda? Le dije que no iba a creerme.
—No, pero si yo la creo. El agente McAndrews detuvo el otro día a un tipo que iba a emborracharse y darle una paliza a su mujer, antes de que el propio tipo supiera que iba a hacerlo. ¿Verdad, Ronald? Cuéntale cómo fue, hijo.
La sonrisa vacilante del agente McAndrews daba a entender que no sabía muy bien qué hacer. Ahora sí comprendía más o menos lo que Kens trató de explicar, pero seguía mostrando reticencias a reírse abiertamente de ello, como su jefe. Al fin y al cabo, ella era una agente especial del FBI y él un simple ayudante de sheriff de pueblo.
—Yo… eh, no sé.
Esa anodina contestación redujo a estertores las carcajadas del sheriff, que recuperó por fin su anterior compostura. Kens lo miró con una mezcla de resignación y enfado. Nuevamente sentía el apremio de iniciar, de una vez por todas, la investigación.
—Bien, sheriff. En cualquier caso, me importa un bledo si me cree o no. Ahora necesito esa información que le he pedido.
—Está bien… Brownton es conocido por sus truchas. El lago Walters atrae a muchos visitantes en temporada de pesca y en verano. Durante el invierno es un lugar frío y tranquilo. En los años ochenta se cerró una base militar que había en las afueras. Una vez hubo un crimen terrible, el de una mujer que apareció descuartizada junto al lago. Pero de eso hace ya mucho tiempo. Tenemos a nuestro criminal convicto. Está en libertad condicional desde el año pasado y no ha vuelto a dar problemas. Y, para finalizar, también tenemos a nuestro particular científico loco. Es un tipo intratable, al que temen los niños, que no habla nunca con los demás vecinos y que se pasa la vida en el bar con una copa en la mano. Trabajaba en la base militar hasta que ésta se cerró, después del accidente. Su mujer fue la que murió descuartizada, pero él no tuvo nada que ver.
—Eh, eh, pare el carro, sheriff —dijo Kens, que a duras penas podía tomar notas en su libreta—, vayamos por partes. Lo de la pesca de truchas podemos dejarlo. Empecemos por la base militar. ¿A qué estaba dedicada?
Lenger le había mencionado esa base por teléfono, mientras se dirigía a Brownton. Una base militar sonaba prometedor como punto de partida de su investigación, pero hacía tantos años que estaba clausurada que costaba creer que pudiera tener alguna relación con la señal.
—Lo cierto es que no lo sé —respondió el sheriff—. Era una base de la Fuerza Aérea. Algunos dicen que diseñaban nuevos tipos de armas secretas. Supongo que podrían tener razón. Todavía estábamos en la Guerra. Fría.
—Bien. ¿Y qué me dice del crimen de la mujer? Ha mencionado que era esposa de ese científico que se comporta como un loco.
—Bueno, en realidad Steven Pearson no siempre ha estado desequilibrado. Yo creo que perdió la razón como consecuencia de la muerte de su mujer. Es fácil de entender, dadas las circunstancias. Era tan joven y tan guapa…
Kens no tenía tiempo para escuchar evocaciones del pasado, así que cortó al sheriff con otra pregunta.
—¿Cómo sabe que no enloqueció antes y la mató él?
—Hubo una investigación que no logró esclarecer el crimen.
—¿Entonces…?
—Él se hallaba enfermo cuando todo sucedió, ¿entiende? Estaba en el hospital de Newport.
—¿Por qué está tan seguro de que no pudo dejar el hospital sin que nadie lo notara, cometer el crimen y volver después?
—Por dos poderosas razones, agente Kensington.
—Kens.
—Como quiera, Kens. La primera es que Pearson tenía graves quemaduras por todo el cuerpo. Y la segunda, porque yo mismo estaba visitándolo cuando ella murió.
Kens miró al sheriff con sorpresa.
—Sí —dijo el sheriff—. Éramos amigos. Él es un poco mayor que yo, pero nos conocimos porque a ambos nos encantaba la pesca. Él ganaba bastante dinero, y tenía la mejor caña y el mejor bote que he visto en toda mi vida. Íbamos a menudo hasta el centro del lago y allí pasamos muy buenos ratos.
—Los buenos tiempos, ¿eh? —dijo Kens con cierto sarcasmo—. ¿Y en todas esas horas de espera a que picasen las truchas, nunca le contó nada sobre la base o su trabajo?
—No, nunca. Era secreto.
En la mirada del sheriff Cole hubo cierto titubeo, que Kens notó.
—¿Está seguro, sheriff?
—Le doy mi palabra. Jamás hablamos de eso.
—Muy bien. Hábleme ahora del criminal convicto.
—¡Ese Carson Conway es un mal bicho! —intervino casi gritando el agente Mc Andrews, que hasta entonces se había mantenido en silencio.
El sheriff le hizo un gesto con la mano para que moderara el tono.
—Carson Conway es un mal bicho —repitió McAndrews—. Y no por culpa de nadie. Estuvo en la cárcel por tráfico de drogas en Connecticut y mató un agente de la
DEA[4], pero se…
—Se libró de la condena a muerte —continuó el sheriff las palabras de su ayudante— porque el fiscal no consiguió demostrar que había asesinado a sangre fría a uno de los agentes encubiertos que ayudaron a cazarlo. Aunque todo el mundo sabe que lo hizo él, así es que tenga mucho cuidado si pretende hablar con ese animal.
—Está bien. Lo tendré en cuenta —dijo Kens—. Ahora quiero las direcciones de Steven Pearson y Carson Conway, y necesitaré un lugar donde instalarme.
El sheriff pidió a McAndrews que escribiera en un papel las direcciones y luego añadió:
—Puede usar mi despacho, si lo desea. No tengo inconveniente en cedérselo temporalmente a una agente especial del FBI.
—Guárdese su sarcasmo para quien sepa apreciarlo, Nate. Prefiero utilizar otro sitio, fuera de esta oficina. Ustedes me ayudarán cuando yo se lo pida, pero deben mantenerse al margen de mi investigación y no interferir en ella.
—Como quiera. Encontrará una pensión al otro lado de la calle, hacia la derecha. Se trata de un viejo caserón, pero es todo lo que hay fuera de temporada. Lo reconocerá por el cartel luminoso. Se llama Nora, como la dueña. Puede usar una de sus habitaciones.
—Será perfecto. Ahora me voy a reconocer el terreno.
El sheriff, el agente McAndrews y la señorita Wendy se quedaron mirándola estupefactos. ¿Adónde se supone que pensaba ir con ese temporal, cuando ni siquiera había amanecido? A cualquier sitio, habría sido la respuesta de Kens.
—No creo que sea muy buena idea que se marche por ahí —dijo el sheriff—. La tormenta está arreciando. Seguro que se ha dado cuenta de que ahora está mucho peor que cuando llegó. Y va a empeorar aún mucho más, se lo digo yo.
La señorita Wendy asintió enérgicamente con la cabeza, en un gesto de preocupación maternal.
—Pues si la tormenta va a empeorar, será mejor que empiece cuanto antes mi trabajo, ¿no les parece? Necesito un abrigo. Con esta chupa me quedaré tiesa ahí fuera.
—Dudo que pueda hacer mucho a estas horas, sin luz y con esa mano herida. Hágame caso, Kens.
—Me cojo éste.
Kens descolgó un chaquetón de la percha sin pedir permiso. Era el del sheriff y le quedaba enorme. Una opción mejor habría sido coger el de la señorita Wendy, pero Kens no era aficionada a los estampados de flores y, además, no estaría bien dejarla sin él. De modo que se quitó el cinturón y se lo ató sobre el anorak del sheriff, un poco por encima de la cintura. Eso tendría que servir.
El pomo de la puerta vibraba con el viento exterior. Debía de hacer un frío de mil demonios. Kens abrió la puerta y, al hacerlo, el aire gélido le arrebató de inmediato la tibieza del rostro.
—Joder —musitó entre dientes.
El sheriff hizo un último intento de disuadirla, pero ella no le hizo caso. Abandonó definitivamente la oficina y se sumergió en la cortina de nieve. El viento volvió a aporrear al instante la puerta desde el exterior, deseoso de entrar. Y el sheriff no tardó en permitírselo, porque tenía algo que añadir. Kens caminaba tan deprisa que el sheriff tuvo que gritar cuanto pudo para hacerse oír:
—¡Váyase a dormir un par de horas! ¡Le aseguro que el mundo seguirá girando cuando despierte!
Kens no había recorrido ni cien metros, pero el color de sus facciones se había reducido a dos manchas rojizas en los pómulos y a una más en la punta de la nariz. Y eso que la verdadera tormenta aún no había llegado. No necesitaba que Lenger le actualizara el parte meteorológico para saberlo. Las dos aterradoras tempestades que había visto desde aquel alto en el camino aún no se habían juntado sobre Brownton. Cuando lo hicieran, iban notarlo de veras. Se les iba a congelar el culo a todos esos pueblerinos. Y también a ella, si no se andaba con ojo.
—¿Y ahora qué? —se preguntó.
Lakesis no era un proyecto convencional y, por ello, sus métodos de investigación tampoco podían serlo. En un asesinato había un cadáver; en un robo, una escena del crimen; en una violación, los restos delatores del violador en el cuerpo de su víctima. Pero Kens sólo tenía el dónde y el cuándo. El qué era la pieza que faltaba en el puzzle. Y completarlo suponía un auténtico reto, porque era imposible saber lo que había provocado la Señal. La única condición era que se tratara de algo grande y temible. Contempló un momento las luces que engalanaban las calles y muchas de las casas, empequeñecidas por la nevada. Apenas había adornos navideños hacia el sur, donde los círculos de luz del alumbrado público dejaban rápidamente paso a la oscuridad. Ésa fue la dirección que Kens tomó. Parecía increíble que en ese escenario tan convencional pudiera esconderse nada inquietante. Pero así era. Allí tenía que estar su cadáver, su escena del crimen, sus evidencias. La pista para descubrir ese qué desconocido, estaba oculta en algún lugar de Brownton. Y ella debía encontrarla lo antes posible.