La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 47 de 54

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La señal

Capítulo 46

Boston.

Un día antes de Fin de Año.

Gloria no había entendido una palabra de las explicaciones que Ian le dio para, de pronto, tener que transformar su aparente tranquilidad y disponibilidad en un trabajo frenético. Pero estaba acostumbrada a esos cambios repentinos. Después de todo, la labor de su marido nunca era previsible, ya que dependía de la inspiración. Ahora él estaba en uno de esos momentos, suponía Gloria. Pero ella tampoco comprendía plenamente los motivos de que Ian hubiera decidido volver a JANUS. Desde que le explicó las causas, entendió que para él debía ser así, pero su corazón insistía en que no todo estaba claro.

Durante el día anterior tuvo que limitarse a cruzar con él algunas palabras, llevarle algo de comida y bebida, y obligarle a que la tomara. Incluso le hizo un par de preguntas deliberadamente absurdas, a las que él contestó afirmativamente, sin vacilar, confirmando la impresión de Gloria de que su marido estaba ensimismado por completo con su labor.

Ian sólo se levantó de su butaca una sola vez para ir al cuarto de baño hasta las cinco de la madrugada, hora en que concluyó por fin su trabajo, SUNAJ, el JANUS falso, estaba terminado. Así lo llamó, al revés que el original, sólo para sí mismo, porque en el pendrive no hizo ninguna indicación de que fuera distinto. Oficialmente, para Smith y para el mundo, aquello era JANUS, corregido y sin errores. Pero cuando lo infiltraran en las redes informáticas globales, cosa que llevaría aproximadamente un día en su extensión completa, cuando lo probaran, una reacción en cadena invisible lo paralizaría y lo dejaría inoperante. Parecería, sin embargo, que los sistemas de defensa enemigos habían sido capaces de detectarlo y contrarrestar su embestida. Con eso, Ian pretendía crear una confusión más allá de lo imaginable en aquellas estrechas mentes que sólo sabían pensar en guerras, ataques y contraataques.

Desde por la mañana hasta la madrugada había estado trabajando, no en el programa en sí, muy sencillo de modificar para él, sino en los algoritmos que debía entregar también a Smith con el desarrollo del JANUS definitivo. El comandante podía ser un fanático, pero no un estúpido ni un simple. Esos datos los pondría enseguida bajo la supervisión de sus expertos, y ellos no serían tan fáciles de engañar.

Tras un par de horas de sueño agitado, Ian se levantó y tomó una ducha. El agua casi hirviente recorría sus ojeras como oscuros meandros en un río. Mil ideas pasaron por su cabeza, agotada. Imágenes inconexas llenaron su mente sin concierto, como cuando el sueño está a punto de desconectar el cerebro del mundo real y sumergirlo en el espacio onírico. Recordó entonces una novela de Stephen King, Cementerio de animales, en la que se decía que despertar es un proceso mucho más complejo que caer rendido al sueño. ¿O era al revés? No estaba seguro…

—¡Ian!

La voz de Gloria le devolvió al aquí y al ahora.

—¿Sí? —respondió él, con menos vigor del que hubiera deseado.

—¿Te sucede algo? Llevas media hora en la ducha.

—¿Media hora? ¿Tanto tiempo? No me había dado cuenta.

Podían haber sido tan sólo un par de minutos. Aunque también hubieran podido transcurrir horas enteras.

—Ya salgo.

En diez minutos más, Ian estaba vestido y preparado para irse. Había tomado un café expreso y un zumo de naranja antes de meterse en la ducha. No tenía estómago para ingerir nada sólido. Se preparó otro expreso, bien cargado, dio un beso a Gloria y se dispuso a acudir a la universidad, donde tenía una nueva cita con el comandante Smith. Pero, antes, su esposa lo miró con expresión triste y algo preocupada, y le dijo:

—Te noto… No sé… Raro.

—Nada de eso —dijo Ian, y se esforzó en sonreír.

—Cuando termine todo esto, ¿me dirás lo que te pasa?

Ian mordió el anzuelo.

—Te lo prometo.

—Me dejas preocupada.

—No debes estarlo. No es bueno para el bebé. Ni para ti.

—Ya lo sé. Pero no puedo evitarlo. Esas cosas son como son.

El gesto de Gloria era ahora severo, casi de enfado.

—Cariño, te juro que no pasa nada. Nada que deba preocuparte. De verdad. Ya te explicaré todo cuando haya entregado JANUS y las cosas vuelvan a su cauce. Te quiero.

Ella lo miró con resignación.

—Ya sé que me quieres.

—¿Y tú a mí?

—Ya sabes que sí. Pero no comprendo…

—Ahora no es el momento.

La frase sonó más dura de lo que Ian hubiera querido.

—No, supongo que no es el momento —replicó Gloria—. Supongo que nunca es el momento. Lo que tú haces es lo único que importa, ¿verdad?

—Eso es injusto.

—Ya sé que es injusto. No soy una estúpida mujercita que se queda en casa esperando a su marido. Pero también es injusto lo que tú haces conmigo, aunque sea para protegerme. Deja que elija yo misma si quiero que me protejas. No eres un caballero medieval.

—Por favor, no es el momento. Créeme.

—Está bien. Vete ya. No importa.

Ian la besó de nuevo y se marchó. En el bolsillo de la camisa llevaba su bolígrafo y el pendrive con SUNAJ, la versión modificada de JANUS. Sabía que Gloria estaba realmente enfadada, pero ahora no podía perder el tiempo discutiendo. Lo arreglaría más tarde. Estaba a punto de golpear sin misericordia a quienes tenían por costumbre golpear sin misericordia, a aquellos que pretenden proteger la libertad y la democracia sin practicar la una ni la otra. Para muchos de esos supuestos paladines de la libertad y la democracia el fin podía justificar cualquier medio, incluso cuando éstos eran tan malos como aquél.

A unos cincuenta metros, el mismo hombre que lo había seguido el día anterior volvía a estar detrás de su coche. Pero ahora en un vehículo diferente. Había que tener cuidado para que el objetivo no se percatara del seguimiento, y a la mínima duda, tomar medidas.

El hombre marcó en su móvil el número del comandante Kyle Smith. Esperó a que sonara el primer timbre y luego accionó el altavoz del manos libres.

—¿Señor?

—Sí —fue la seca contestación del comandante.

—Ya ha salido de casa. Va camino de la universidad. Si hay alguna novedad, volveré a llamar.

—Bien.

Smith colgó y su interlocutor continuó con el rostro imperturbable. El comandante estaba tomando un café en un Starbucks cercano al campus. Una mujer, más próxima a los cuarenta que a los treinta, lo miraba con interés. Él ni se dio cuenta hasta que ella, sentada en un butacón al lado del suyo, se decidió a decirle algo. Intentó ser simpática y amable, pero sólo recibió un gesto de desprecio. Smith había acabado su café. Se levantó, tiró el vaso a una papelera y no miró atrás. Tenía una cita importante y, además, le bastaba con su esposa, una sumisa mujer del Medio Oeste, conservadora, tradicional y siempre dispuesta a hacer lo que él le pidiera.

Cuando llegó a Harvard, Moone ya había aparcado su coche. Smith cogió su cartera de cuero del maletero y subió al despacho. En ella llevaba los documentos prometidos. Eran buenos. Con ellos en su poder, Moone podía impedir que Michael Fischer fuera molestado en el futuro. Pero de poco le servirían cuando estuviera muerto. Entonces sería el momento del comandante y de su venganza. El solo hecho de habérsele enfrentado era un agravio que no estaba dispuesto a olvidar.

—Adelante —dijo Moone cuando oyó los golpes en la puerta.

Smith ya había abierto antes de que él contestara. Se acercó a la mesa del despacho y, sin abrir la boca, sacó una carpeta que arrojó a Moone de mala gana.

—Aquí tiene lo que quería. Ahora deme lo que yo quiero.

Ian miró la carpeta y ojeó los documentos. No tenía modo de saber a ciencia cierta si eran válidos, pero no tenía sentido que Smith se arriesgara a mentirle por algo que, en el fondo, debía de carecer de importancia para él.

—¿Y bien…?

—De acuerdo. Me fiaré de usted. Voy a depositar estos documentos en un lugar seguro. Si intenta algo…

—Puede estar tranquilo. No intentaré nada.

—Entonces… Aquí tiene.

La mano de Ian rozó por un instante la del comandante cuando le entregó el pendrive con el JANUS falso; sintió algo extraño, indefinible, que no le agradó en absoluto aunque no sabría decir por qué. El intercambio se hizo a unos centímetros del verdadero JANUS, almacenado en el otro pendrive, oculto dentro de la taza del Metropolitan, debajo de una decena de bolígrafos.

—Le noto tenso —dijo Smith muy lentamente, con la mirada fija en el rostro de Ian.

—He discutido con mi mujer —respondió él, y no mentía.

—Bueno, creo poder garantizarle que ya no tendrá más problemas.

El tono de la frase heló la sangre de Ian. Sus palabras parecían un cumplido pero sonaron a amenaza. Y lo era. El comandante Smith ya había ordenado su eliminación. Para aquella misma tarde. Parecería un accidente. Una llave del gas mal cerrada, un escape que se acumula en el interior de la casa, una explosión imprevista. Sería más un placer que un deber.

Mientras Ian lo miraba fijamente, Kyle Smith guardó el pendrive en su cartera. Luego se levantó y fue hasta la puerta. En ningún momento hizo ademán de darle la mano ni de agradecerle nada. Sólo dijo una palabra, que nunca podría haber sido más adecuada.

—Adiós.

Desde su silla, Ian no respondió. Simplemente le dedicó al comandante una última mirada, entre triste y aliviada. Si todo salía bien, en poco tiempo sería libre. Y Gloria con él.

Por desgracia, se engañaba.