La señal
Sexta parte
El fulgor del relámpago
Capítulo 44
Boston.
Dos días antes de Fin de Año.
Ian notaba las negras ojeras hundiéndose en las cuencas de sus ojos. No había dormido en toda la noche, que pasó dando vueltas en la cama, nervioso. Había terminado por fin su trabajo, JANUS estaba listo, e iba a entregárselo a Smith a cambio de que dejara en paz para siempre al padre de Gloria. Sentado tras la mesa de su despacho, esperaba absorto al comandante. La entrega se haría esa mañana en un sencillo pendrive. Algo con tanto poder —un poder casi ilimitado— cabía en la memoria digital de aquella minúscula pastilla.
Estaba abismado. A través de la ventana veía a los jóvenes estudiantes caminando de aquí para allá. Le parecieron más alegres que nunca en contraste con sus propias sensaciones negativas. Era un cobarde y carecía de integridad. Pero tenía que salvar a Michael Fischer. Y había un motivo más. Otro importante fallo de JANUS con el que nadie había contado, JANUS era capaz de descontrolarse, eso ya lo sabían, pero al estar distribuido por las redes globales —en una forma similar a la de un virus— era también posible una reacción en cadena que anulara todos los sistemas informáticos casi a la vez. Las centrales de producción energética caerían, y como también se vería afectado el resto de equipos, no habría, modo de volver a poner en marcha los ordenadores del mundo. Comparado con aquello, la caja de Pandora no era más que la casita de Barbie. Por ello, el peligro de no solucionarlo superaba al de corregir sus problemas y evitar una eventual catástrofe mundial. En eso no mintió a Gloria.
Se giró en su silla y ante sus ojos quedó el marco de plata con la foto de su mujer y de él, tomada en su boda. Había sido un día feliz. Esperaba que, de ahora en adelante, volvieran días como ése, cuando se marcharan juntos a vivir a Inglaterra. Ian aceptó finalmente el puesto que su amigo, el profesor Graham Hammill, le había ofrecido. Oxford era un nuevo horizonte y una nueva esperanza. Desde allí tenía pensado seguir sus investigaciones. Pero ahora encaminadas a anular JANUS desde la sombra, para luego hacer públicos sus descubrimientos y equilibrar otra vez la balanza. Un sistema tan indetectable como el propio JANUS iría anidado en el sistema principal, al que sólo él tendría acceso, para evitar así que nadie tuviera el poder omnímodo. Cuando eso ocurre, la injusticia aparece como la corrosión sobre el hierro mojado. Y entonces ya no hay quien pueda eliminarla. Todavía era pronto. Ian descolgó el auricular del teléfono y marcó el número de su casa. Gloria debía de acabar de levantarse a esa hora, y seguramente estaba ahora desayunando. Su voz luminosa disipó un poco las tinieblas que anegaban su mente.
—Hola, cariño. ¿Estás desayunando?
—Nooop —respondió ella, de excelente humor—. Ya he terminado. Estaba a punto de meterme en la ducha. ¿Quieres algo, o sólo decirme que me quieres?
—Te quiero.
—Yo también.
Ian esperó unos segundos y luego carraspeó, haciendo notar que faltaba algo en aquella frase.
—Ah, sí, qué tonta soy. Quiero decir: yo también te quiero a ti.
Unos leves golpes en la puerta anunciaron la llegada del comandante Smith, que esta vez por lo menos se dignaba llamar.
—Ahora tengo que dejarte, cariño. Luego te llamo otra vez —dijo Ian, y tras colgar el teléfono, añadió en voz más alta—: Pase.
Pero antes de decir eso tuvo una especie de premonición, y echó el pendrive dentro de la taza que usaba para los bolígrafos, una blanca y negra, con el símbolo del Metropolitan Museum de Nueva York.
La figura del militar apareció en el umbral. Su mirada parecía burlona. Pero estaba serio. Entró despacio, saboreando el momento. Sólo cuando cerró tras de sí y se sentó en una silla, frente a la mesa de Ian, habló:
—Como quedamos ayer, aquí estoy, puntual. ¿Tiene el pendrive?
—Sí… y no.
La expresión del rostro de Smith cambió como una tormenta que está a punto de descargar su furia.
—¿Qué significa eso?
—Necesito una garantía de que el padre de mi esposa no será denunciado.
—Le bastará con mi palabra —dijo el comandante con los dientes tan apretados que parecía imposible que la voz saliera de su boca.
—Sí, bueno, pero digamos que yo quiero algo… más tangible. Y, como bien sabe, tengo una buena moneda de cambio.
—Tenga cuidado, Moone. No intente jugar conmigo…
—¡No estoy jugando!
Ian cortó a Smith incorporándose a la vez en su sillón. De buena gana le hubiera roto la cara a aquel maldito ser sin escrúpulos, como ya intentó la última vez que se encontraron. Ahora trataba de mostrarse firme y decidido, aunque el militar le tenía amedrentado. Por encima de sus amenazas al padre de Gloria estaban las amenazas que también lanzó hacia la propia Gloria y el hijo que llevaba en su seno. Ian estaba reaccionando como un animal herido, desesperado y, por eso mismo, peligroso.
—¿Y qué es exactamente lo que quiere, Moone?
El tono del comandante era amenazador, como siempre, pero su dureza se había resquebrajado un poco. Y en su caso, un poco era mucho. Más de lo que Ian esperaba. Eso le hizo cobrar algo de fuerza.
—Quiero una garantía. Ya se lo he dicho.
—Ya, una garantía…
—La garantía de que Michael Fischer no será denunciado.
—Michael Fischer no será denunciado. Si me entrega JANUS de una vez, operativo, terminado y sin fallos, no hay motivo de temor. Es absurdo que tengamos esta conversación.
La vehemencia de Smith era cada vez menos acusada. Pero había que tener cuidado con él. Si Ian se comportaba como un animal herido, el comandante podía ser, llegado el caso, una auténtica bestia sedienta de sangre.
—Sólo le pido algo que me permita estar tranquilo en el futuro.
—Bueno —aceptó Smith con fuego en los ojos—. Está bien. No es un problema. Puedo conseguirle documentos oficiales exculpando al señor Fischer de todas sus antiguas actividades. ¿Le parece eso bastante tangible?
Lo cierto es que el propio Ian no sabía muy bien que quería. Ni si Smith le estaba engañando. Era como estar en una barca sin remos y al capricho de las olas. Fue el comandante quien siguió hablando:
—Pediré hoy mismo los documentos y mañana los tendrá sobre su mesa. Ahora, entrégueme JANUS y no tiente más a la suerte.
—¡No! Lo haré cuando tenga esos documentos en mi poder. Antes no le daré nada.
Su experiencia siempre hacía que Kyle Smith supiera cuándo debía tensar el sedal y cuándo soltar un poco. Tocaba hacer lo segundo. Un día más o menos no importaba mucho cuando se trataba de conseguir un arma tan poderosa como JANUS.
—De acuerdo. Usted gana —dijo el comandante, exagerando el tono para hacer más ostensible su aparente derrota y calmar a su oponente—. Pero mañana quiero ese pendrive sin más retrasos ni excusas.
—Mañana, sí. En cuanto yo tenga los documentos.
Smith abandonó el despacho sin decir nada más. Sólo, justo antes de salir, dirigió una mirada fugaz a Moone. En aquellos ojos había auténtico odio, imposible de ocultar.
—Maldito hijo de puta —masculló Ian hacia la puerta ya cerrada.
Había cogido la taza del Metropolitan para recuperar el pendrive, pero volvió a dejarla donde estaba. ¿Para qué llevárselo? Allí estaba más seguro. A nadie se le ocurriría pensar que JANUS se ocultaba dentro de un recipiente como aquél, rodeado de vulgares lápices y bolígrafos, en medio de la mesa de su despacho. Las cosas que están casi a la vista —ésa es la clave, casi a la vista— son las más difíciles de encontrar.
Decididamente lo dejaría allí. Y se iría a casa. Esa mañana no tenía ya nada que hacer en la facultad.
Esperó unos minutos sin saber muy bien por qué, quieto y en silencio. Y luego, como un autómata, salió del despacho, atravesó el pasillo, bajó por las escaleras con paso tranquilo y la mirada perdida, cruzó un pequeño tramo de césped y montó en su coche. De pronto le entraron ansias de ver a Gloria.
Cuando arrancó y salió a la carretera, no se dio cuenta de que otro vehículo lo seguía a poca distancia. La nieve caía con ligereza sobre las calles y hacía frío. Ian nunca había odiado la Navidad, aunque le costaba confesar que en otro tiempo le había gustado. Ahora notaba dentro de sí un sentimiento doble, al recordar las felices Navidades de su niñez y el dolor desgarrado de la Navidad en que sus padres y su hermana le fueron arrancados.
Miró por el retrovisor y vio un Chrysler Sebring azul marino, un coche tan normal que a nadie le hubiera llamado la atención. Pero Ian tuvo una especie de corazonada. Giró en un cruce apartándose de su ruta y el coche giró también, tras él. Luego repitió la maniobra, y de nuevo aquel Chrysler lo imitó. A la tercera ya no lo hizo, y eso tranquilizó a Ian, que ignoraba las técnicas de seguimiento. Precisamente ignorar la última maniobra de Ian tenía como objeto despistarlo.
Siguió hacia su casa pensando en su estúpida idea. Estaba empezando a comportarse como un paranoico. Smith no necesitaba hacer que lo siguieran. ¿Para qué, si lo tenía con una soga al cuello?
Antes de volver al camino de su casa se le ocurrió comprar unos bombones. Había una pastelería muy cerca de donde estaba, en la que vendían los favoritos de Gloria, unos rectangulares con varias capas de distintos chocolates, a cincuenta dólares el kilo. Compró una caja y siguió su camino. Al llegar a casa oprimió el botón del mando a distancia del garaje. La puerta se abrió en unos instantes e Ian metió dentro el coche. Cerró la puerta de nuevo y entró en casa con los bombones en la mano.
—¡Cariñooo!
Gloria no respondió. Ian la buscó pero ella no estaba allí. La llamó al móvil. Precisamente había ido a comprar unos bombones a la misma pastelería que él. Por poco no se habían encontrado.
—¡Qué tonto eres! —dijo ella con su tono dulce, cuando Ian le anunció que se le había adelantado.
—¿Quieres que vaya a buscarte?
—Prefiero volver dando un paseo. Tengo las piernas un poco hinchadas, y caminar me irá bien para la circulación.
—Lo que tú quieras. Estaré en casa esperándote.
Ian colgó y fue a la cocina a prepararse un sándwich. Cuando estaba con Gloria o pensaba en ella, era como si los problemas desapareciesen. O, al menos, como si encogieran y se hicieran un poco menos oscuros. Aunque la última expresión en los ojos de Kyle Smith no abandonaba del todo su mente. Como solía hacer cuando estaba más preocupado, decidió concederse unas horas de relax que lo tranquilizaran. Mañana tendría que volver a la realidad, pero hoy era suyo y de Gloria. JANUS podía esperar y Smith no existir. Sólo por un día, por unas horas, recuperar la sensación de felicidad y olvidarse de todo lo demás.
Ojalá hubiera podido evadirse por completo. Porque una idea lo asaltó de pronto y le impidió conseguir ese breve periodo de paz. Se dio cuenta de que podía engañar a Smith. Engañarlo con un JANUS aparentemente corregido de sus errores, pero, muy al contrario, con nuevos fallos que impidieran su uso; aunque, eso sí, limpio de su eventual tendencia al descontrol. Que pudiera provocar o propiciar una catástrofe era lo que menos deseaba Ian, que se sentó frente al ordenador de su pequeña sala de trabajo. Se puso manos a la obra. No podía perder tiempo. Sólo tenía veinticuatro horas. Menos que eso. Consultó el reloj de su ordenador. No debía contar más que con unas veinte, y eso sin dormir ni detenerse para comer o cenar. Debería ser suficiente. Tenía que serlo.