La señal
Capítulo 29
Brownton.
31 de diciembre, 08.40 horas.
DST-18105-3:87-86
AGENCIA DE INTELIGENCIA DE LA DEFENSA
EVALUACIÓN DE LA RESPUESTA DE POBLACIÓN CIVIL EN ENCUENTROS DE
NIVELES 1, 2 Y 3
ELABORADO POR LA AGENCIA DE INTELIGENCIA E INFORMACIÓN MÉDICA DEL
EJÉRCITO DE ESTADOS UNIDOS, OFICINA DEL INSPECTOR GENERAL DE SANIDAD
AUTORES
Sr. Philip M. D’Argent,
Comandante Peter B. Hopkins
Comandante R. P. Tiller
DST-18105-387-86
DÍA PT-1810-12-86
FECHA DE PUBLICACIÓN
Junio 1986
DST-18105-387-86
Junio 1986,
RESUMEN
La necesidad de una evaluación de la respuesta de población civil ante
fenómenos relacionados con Objetos Volantes No Identificados (OVNIS) se
justifica por
1. Indicios claros de una intensificación de los intentos del bloque
comunista de establecer contacto con seres extraterrestres, que según algunos informes de inteligencia podrían deberse a avances en este sentido. Para más detalles sobre esos intentos, se recomienda consultar el dossier FTD-CW-16-3-67, de la División de Tecnología Extranjera (FTD) de la USAF.
2. En las conclusiones de la investigación de la USAF del fenómeno OVNI,
llevada a cabo entre 1948 y 1969 mediante los proyectos Sign, Grudge y Blue Book, se afirma que ninguno de los 12 618 casos OVNI evaluados pudo considerarse una amenaza para la seguridad nacional. También, que no se encontraron evidencias de tecnología superior a la humana o prueba alguna de la naturaleza extraterrestre de los objetos no identificados. No obstante, 701 casos continúan sin ser explicados.
Kens estaba sentada en el suelo, en una esquina del puesto del sheriff. Entre sus manos sostenía las páginas, finalmente desclasificadas, sobre la base de Brownton. El resumen proseguía. Más adelante se detallaba la metodología exacta para su puesta en práctica, aunque la idea básica era usar a los habitantes de Brownton como conejillos de Indias y analizar su reacción ante la presencia de artefactos y seres alienígenas. No era la primera vez que se hacían experimentos secretos con la población civil. Informes de la CIA y el Departamento de Defensa, desclasificados en virtud del Acta de Libertad de Información, daban fe de experimentos con drogas alucinógenas, exposiciones intencionadas de seres humanos a productos cancerígenos o radioactivos, inoculación de agentes patógenos letales en personas o incluso en sistemas de abastecimiento de agua… La lista era larga y macabra. Y este experimento no hacía más que seguir con la tradición. Los militares lo habían planeado todo minuciosamente. Sus psicólogos eligieron Brownton porque reunía las condiciones ideales para el estudio: su población bastaba para que los resultados fueran extrapolables, y el aislamiento del pueblo ofrecía la discreción necesaria y limitaba la posibilidad de eventuales tumultos a gran escala que pudieran darse por una reacción de pánico frente a los ovnis.
La evaluación se hizo en tres pasos consecutivos, siguiendo los niveles establecidos por el doctor J. Alien Hynek, astrónomo y asesor científico de la Fuerza Aérea en sus estudios sobre el fenómeno ovni. Esos tres niveles hacían referencia al grado de interacción entre un ser humano y un objeto volante no identificado. Los encuentros de primer nivel, o fase, se producían cuando alguien era simplemente testigo de un avistamiento; los encuentros de segundo nivel implicaban que el ovni dejara pruebas físicas de su existencia; y los encuentros de nivel más alto, los de tercer nivel, sólo ocurrían cuando se encontraban frente a frente un ser humano y lo que quiera que llevara dentro ese ovni. Kens se preguntó qué tendrían preparado los militares para el «mágico fin de fiesta», cómo simularían un ovni y un ser alienígena, y en qué condiciones los pondrían frente a una persona.
Siguió leyendo el informe, ávidamente a pesar de su escepticismo, pero llegó al final sin obtener la respuesta a esa duda. Al parecer, la evaluación no pudo completarse. Se vio abortada justo después de la segunda fase, cuando estaba ya en preparación la tercera y definitiva. Algo ocurrió en el pueblo que llevó a los psicólogos militares a posponer el estudio, porque «el cambio drástico en el estado mental de la población de Brownton falsearía de un modo radical los resultados de la evaluación». A despecho de Kens, en ningún lugar se explicaba en detalle qué provocó ese cambio drástico en el estado mental de los habitantes de Brownton. Únicamente se hacía mención a «la muerte de la señora Donna Pearson».
—¡Mierda!
—Debería usted lavarse la boca con lejía —dijo el sheriff desde la otra punta de la sala, colgado del teléfono—. Por cierto, ¿cómo va su mano?
—Mejor —mintió Kens.
Cole estaba llamando a la señorita Wendy para pedirle que regresara a la oficina. El agente McAndrews seguía en las calles, con el encargo de localizar a Conway y a Pearson. El sheriff mismo no había parado de hacer llamadas a los servicios de emergencias, que seguían sin dar fruto.
—¿Cómo fue exactamente la muerte de Donna Pearson? —preguntó Kens.
Cole no respondió. Y el suyo era un silencio significativo. Algunos lo son mucho más que las palabras.
Kens se levantó. Tenía el trasero dormido por haber estado sentada en el duro suelo de baldosas de la oficina. Aquel hombre la desquiciaba. Una vez más iba a tener que sacarle la información con sacacorchos.
—¿Me ha oído, sheriff?
—Sí.
—¿Y piensa contestarme hoy?
Los dos estaban ahora uno delante del otro.
—Lo que quedó de Donna Pearson estaba tan destrozado que sólo pudieron reconocerla por los restos de su vestido y por un colgante de oro, regalo de su marido. La encontraron junto al lago, desparramada en pedacitos. Se buscó al asesino… a la bestia que hizo eso.
—¿No pudo ser un animal?
—Un animal no hace cortes perfectos, como los de una cuchilla de afeitar. Tuvo que ser obra de un loco.
—Y luego el que enloqueció fue su marido.
—Así es. En fin… Eso es todo. Nunca hallaron al culpable y el caso quedó archivado.
—¿Sabe si el crimen tuvo algo que ver con la base?
La cara del sheriff adoptó un gesto de desprecio que a Kens le pareció casi maligno.
—Mire, ya se lo he dicho todo. Deje de fastidiarme con el asunto de la base. Si necesita mi ayuda, o la de mi gente, de acuerdo. Pero no espere nada más.
—Bien. En ese caso…
Kens iba a decirle al sheriff que era un maldito palurdo sin cerebro, que su misión estaba por encima de los estúpidos remilgos de un pobre servidor de la ley en un pueblo de mierda como Brownton, abandonado de la mano de un Dios que probablemente no existía, cuando el agente McAndrews irrumpió en la oficina tan nervioso como un colegial. Su entrada coincidió con una vaharada de aire gélido.
—¡Agente Kens! Creo que le interesará saber que Carson Conway está en el bar de Tom —dijo el ayudante, con gesto satisfecho—. Acabo de verlo entrar mientras tomaba un café.
—Buen trabajo —le dijo ella con cierta sorna, que él no percibió.
—Gracias. También le he traído un abrigo de plumas de su talla.
Kens lo cogió y se lo puso inmediatamente.
—No está mal… Ahora me voy al bar.
—¿Quiere que la acompañe? —dijo Me Andrews.
—Prefiero ir sola. ¿Qué aspecto tiene Conway?
—Oh, lo reconocerá fácilmente: es el único tipo pelirrojo dé Brownton.
—Un rasgo curioso, sí —dijo Kens, que antes de salir de la oficina se volvió un momento y, con el dedo de la diestra extendido, añadió—: Después seguiré con usted, sheriff.
Era mejor ir en busca de Conway que seguir apretando a Cole. Ser consciente de hasta dónde se puede presionar a las personas formaba parte de su trabajo, y el sheriff ya había tenido su ración por el momento. Ahora Kens tenía asuntos inmediatos de que ocuparse.
Por fin Tom tenía a punto la moto de nieve. Ian suplicaba porque, después de tanta espera, al menos no lo dejara tirado en medio de ningún sitio, antes de llegar a la frontera con Canadá. Si eso pasaba, perdido en medio del bosque y de la nieve, sólo le quedaría esperar una lenta muerte por congelación. Decían que esa forma de morir era terrible hasta que el frío penetra por completo en el organismo. Entonces se produce una sensación de arrullo placentero a medida que la conciencia declina hasta desaparecer.
—Trate de no forzarla, amigo —dijo Tom, delante del bar—. Si se pone a nevar otra vez fuerte, es mejor que se dé la vuelta y regrese al pueblo. Hace dos inviernos se perdió un abogado de Nueva York y no lo encontraron hasta varios meses después.
—Tendré cuidado.
Lo que Ian quería era largarse cuanto antes. Pero una voz a su espalda le hizo sentir aún más el cortante frío.
—¿Jack Griffin?
Era Kens. Estaba a su lado. Había ido a La Trucha Plateada en busca de Carson Conway y acabó encontrándose con alguien a quien no estaba segura de volver a ver nunca más: el conductor del Pontiac, su salvador, fugitivo de la policía.
Ian tampoco esperaba ver de nuevo a la agente del FBI. Ni lo había deseado. Por muy poco, él todavía no había podido dejar el pueblo. Una vez más la fortuna no le sonreía, pero qué otra cosa podía esperarse de esa furcia.
—¿Adónde vas?
La pregunta de Kens le ponía en un aprieto delante de Tom. Pero tenía que contestar.
—Ya sabes… Al coche.
Kens notó el gesto atemorizado de Ian. Decidió seguirle la corriente. El dueño del bar y de la moto los miraba con desconfianza.
—Ah, claro. Al coche. Sí, vamos al coche.
—Yo les dejo, entonces —dijo Tom, con sus recelos disipados—. Ya saben, tengan cuidado. No se la jueguen. Y no fuercen el motor.
En cuanto el hombre desapareció tras la puerta del bar, Kens aferró por un brazo a Ian.
—Dime que no eres un asesino o un violador de niños, ni nada que se le parezca.
Ian dio un paso atrás. Temía que Kens se abalanzara sobre él para colocarle por la fuerza unas esposas. Sospechaba que los dedos entablillados de su mano izquierda no le impedirían hacerlo. Aunque ignoraba lo que la agente había podido averiguar desde la última vez que se encontraron, era obvio, por su extraña pregunta, que algo había descubierto.
Durante un instante los dos se quedaron completamente quietos y en silencio, sobre una alfombra blanca bajo la que solía haber una calle, torturados por un frío inhumano. Kens estaba mirando muy fijamente a los ojos de Ian cuando éste respondió:
—No soy un violador de niños, ni nada que se le parezca, y jamás mataría a nadie que no hubiera intentado antes matarme a mí.
Ésa era la diferencia entre matar y ser un asesino. Porque Ian sí tenía un muerto sobre sus espaldas.
La mirada implacable de Kens se mantuvo unos segundos más.
—Está bien —dijo—. Pero no creas que con eso me basta. Aún no sé por qué te están buscando y, mientras decido qué hacer contigo, vas a entrar en el bar y a tomarte un café y un pedazo de tarta, ¿me has entendido?
Incluso a través de la negrura espesa en que se habían convertido los sentimientos de Ian, brilló una curiosidad genuina.
—¿Por qué no me detienes?
—Eso no es asunto tuyo… Y será mejor que guarde yo las llaves de la moto de nieve. No quiero que te largues a Canadá sin mí. Porque es allí adonde pretendías irte, ¿verdad?
Kens había acertado, pero Ian no contestó. Sólo puso obedientemente las llaves en su mano.
—Buen chico. Y ahora vayamos adentro antes de que se nos congele el culo.
No muy lejos, en una calle paralela, se escuchó el megáfono del coche patrulla del agente McAndrews. Estaba recorriendo Brownton de una punta a otra para advertir a sus habitantes de que el acceso al pueblo estaba cortado a la altura del desfiladero de Oak Ridge. El pueblo se encontraba así oficialmente aislado por un periodo de tiempo indefinido. A eso le seguían las recomendaciones hasta que la situación de emergencia fuera superada: mantener la calma, hacer acopio de alimentos no perecederos y agua, combustible, velas y leña, no circular en coches sin cadenas y limitar los desplazamientos a las inmediaciones del pueblo, incluso en moto de nieve.
Mientras caminaba hacia el bar, con Kens a su lado, Ian escuchó todas las juiciosas recomendaciones. Su rostro estaba muy serio cuando, desde su coche patrulla, el agente McAndrews volvió al principio de su repetitiva perorata. Poco importaban las precauciones que se tomaran. Nada de todo aquello bastaría para evitar lo inevitable.