La señal
Capítulo 10
Boston.
Finales de junio.
Cuando Ian creyó que Gloria iba a dejarle, sintió como si un cristal se quebrara dentro de él. Ahora, después de que ella le dijera que iba a ser madre, y de su cruel respuesta, sí que se despedazó algo de verdad, pero dentro de Gloria; en mil fragmentos, que quizá ya no volverían a recomponerse jamás.
—Quiero decir… —balbuceó Ian.
—¿Abortar?
La expresión de Gloria pasó de triste a airada. Sabía que él no deseaba tener hijos. Nunca le explicó el porqué, aunque Gloria imaginaba que tenía relación con haber perdido a sus padres y a su hermana. Por eso sentía miedo de decirle que estaba embarazada, y por eso también esperaba, al menos hasta cierto punto, una reacción como la que él había tenido. Pero esperarlo no era igual que oírlo. Que escuchar a su marido, con su propia voz, decir esas duras palabras que significaban matar a su hijo.
Ian golpeaba la madera de la mesa con las yemas de los dedos, a intervalos regulares.
—Yo sólo digo que es una opción.
—No, abortar no es una opción. Abortar es matar al niño.
Ian se retorció en su asiento.
—Yo… yo no me siento capaz de ser padre de nadie. Y menos así, de repente, sin haberlo pensado bien antes. Además, ¿qué va a pasar con tu doctorado y todos tus otros planes?
Esas palabras hicieron que la tristeza volviera al rostro de Gloria.
—Los planes no son sólo míos, Ian, sino de los dos. Igual que este hijo, que tú no quieres.
—Gloria, por favor…
Ian no terminó la frase porque no sabía cómo hacerlo.
—Sabes que te amo —se le ocurrió por fin decir.
No debió hacerlo.
—Todo era perfecto para ti, ¿no? Esta relación que nunca pensaste llevar hasta el final… Dices que me amas, pero no quieres al hijo que llevo dentro. A tu propio hijo. Ahora me doy cuenta de todas tus mentiras. Nunca me has querido. Sólo querías follar conmigo, divertirte y mandarme al diablo.
—Sabes que eso no es verdad.
En comparación con las de ella, las palabras de Ian sonaron poco convincentes. Como palabras huecas. Ian se daba cuenta de que su felicidad se estaba disolviendo como un terrón de azúcar en hirviente café.
—No, no lo sé. Y me da igual. Adiós, Ian —dijo Gloria, levantándose de la silla. Estaba llorando. Se puso los dedos bajo la nariz y apretó los ojos.
—Toma mi pañuelo —dijo él.
—No lo quiero, gracias. No quiero nada más que sea tuyo.
—Por favor, cariño, no te vayas.
Ian estaba también de pie, con la mano absurdamente extendida aún en dirección a Gloria, sujetando el pañuelo que ella había rechazado. Ya no le contestó. Se dio la vuelta, caminó hasta las escaleras sin mirar atrás y salió del local. Ian se quedó allí, inmóvil, viéndola marcharse, sin saber qué hacer ni cómo habían llegado a esta situación. Siempre le dijo a Gloria que no deseaba tener hijos, jamás la engañó ni le dio falsas ilusiones acerca de eso.
Él era un hombre racional y estaba comportándose con coherencia, aunque sin ser consciente de que la razón se vuelve inmisericorde cuando no la acompañan los sentimientos. Y todas las razones supuestamente de peso que le hacían no querer traer un hijo a este mundo, eran en el fondo egoístas y vacías. Su idealismo de juventud se había transformado con el tiempo en algo peor que cinismo. Él seguía creyéndose un buen tipo, y no era más que un ser que se amoldaba a las circunstancias, que adaptaba la vida a su conveniencia y que, al final, seguía la corriente.
Por eso se había embarcado en aquel proyecto para el gobierno que, cuando menos, era éticamente cuestionable. El control total de los sistemas informáticos, en el que estaba trabajando, superaba con creces la imaginación de cualquier persona común. Ian se había dado cuenta hacía tiempo de que la verdadera y mayor amenaza para nuestras sociedades y nuestra civilización no eran ya las guerras convencionales, el terrorismo o ninguna clase de plaga o epidemia. La mayor de las amenazas residía en nuestros propios ordenadores. Los sistemas informáticos lo controlan todo. Dependemos de ellos. Si todos cayeran a la vez volveríamos a la Edad Media. Peor que eso: nos veríamos inmersos en una época igual de inhóspita, pero con una población enormemente superior y sin conocimientos para subsistir en un ambiente cruel y salvaje como ése. Porque los ciudadanos modernos, sobre todo de Occidente, no saben cómo ni cuándo plantar, criar animales, recoger las cosechas. No saben, en suma, cómo sobrevivir.
Si todos los ordenadores fallaran al unísono, no habría ninguna posibilidad de marcha atrás. Regresaríamos a los tiempos de la oscuridad y el silencio. Sin la energía de las centrales eléctricas, no podrían volver a activarse las redes de ordenadores. Sin comunicaciones de ninguna clase, teléfonos y demás sistemas, nadie podría reorganizarse. Sin suministros de alimentos, y en medio de la completa negrura de las noches, el caos convertiría las ciudades en campos de batalla. Una sobrecarga de las redes energéticas podría fundir físicamente los sistemas informáticos del mundo, y entonces… la oscuridad y el silencio definitivos.
Todo eso, y mucho más, podría llegar a provocarse con un sistema como JANUS.
Desde que se doctoró, Ian había estado trabajando sin descanso en la búsqueda de un sistema informático invisible e indetectable. En sus comienzos parecía una quimera. Dos de sus profesores soplaron con vientos opuestos en las velas de sus esfuerzos. Uno le dijo que aquello era imposible e incluso absurdo, una pérdida de tiempo y de talento. Pero el otro, aun mostrándose escéptico, le alentó a seguir investigando. Ian entonces le agradeció su apoyo, aunque ahora casi deseaba no haber contado con él.
Al principio su trabajo fue exclusivamente científico y no tenía un fin práctico. Sin embargo, los acontecimientos de una fecha lo cambiaron todo. Cambiaron el mundo. Cambiaron a las personas y cambiaron las ideas. Esa fecha fue el día 11 de septiembre del año 2001. Con las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York cayó también una concepción del mundo. Muchos ideales se desvanecieron como si nunca hubieran existido.
Los corazones se endurecen con el tiempo, y eso le ocurrió al de Ian. Tras la caída del Muro de Berlín, se sentía lleno de energía positiva. Entonces soñaba con un socialismo democrático que llevaría al mundo la justicia social y que reemplazaría a los viejos sistemas de la Guerra Fría. Cuando, apenas un decenio más tarde, fue reclutado por su gobierno para trabajar en un proyecto militar secreto, no tuvo escrúpulos.
Escrúpulos. A eso se reducía todo.
Un sabor metálico invadió su boca al recordar lo halagado que se sintió cuando, a principios de 2002, los militares lo ficharon para dirigir el proyecto JANUS. ¿Deseaba servir a su país? Sí, por supuesto. ¿Pero lo deseaba por el bien de su país y de sus gentes, o por él mismo?
Cuánto había cambiado. Doce o trece años antes habría rechazado la propuesta sin dudarlo. El tiempo a veces no le hace a uno más sabio, sino más estúpido y menos bienintencionado.
El comandante Kyle Smith había aparecido en el momento preciso, con sus palabras patrioteras y su cartera repleta de dinero. Aunque ni siquiera entonces, a pesar de su exaltación, Ian pudo convencerse del todo de sus buenas intenciones. Smith era un hombre de rasgos duros y marcados, como esculpidos en el gesto de hielo de su rostro. El día en que lo conoció, Ian vio los labios de Smith sonreír en varias ocasiones, pero sus ojos no sonrieron ni una sola vez.
Ian llevaba ya tiempo interiorizando esos pensamientos, recuperando poco a poco sus perdidos escrúpulos. Unos y otros habían ido horadando la dura roca en que se había transformado su corazón. Todo por causa de Gloria. El corazón del hombre tiene lugares recónditos a los que sólo puede llegarse a través de una mujer. Y el de Ian únicamente empezó a ablandarse cuando la conoció. Era Gloria quien le había hecho recordar que el fin nunca puede justificar los medios y que nadie, ni siquiera el gobierno de su propio país, debía tener un poder tan enorme como el que le concedería el sistema JANUS. Ella lo había salvado de sí mismo y él le había pagado su amor de aquel modo terrible: despreciándola a ella y despreciando al hijo de ambos.
Levantó la vista del suelo, donde la había posado después de que Gloria se marchara. Un hombre no debe guiarse sólo por su razón, sino por lo que le dictan su conciencia y sus sentimientos. Era algo simple y verdadero, que había olvidado.
Era un estúpido integral. Y una mala persona. Pero tenía que enmendarlo. Por difícil que resultara, tenía que arreglar las cosas con Gloria. Le daría unas horas para que se calmara y luego volvería a hablar con ella. Le pediría perdón, le diría que lo único que deseaba en el mundo era hacerse viejo junto a ella y que los tres formaran una auténtica familia.
Y dejaría JANUS. Sí, lo dejaría. Por ella y por su hijo, por él mismo y porque el beneficio de nadie puede justificar el perjuicio de nadie. No le importaba ya que el gobierno de Estados Unidos fuera un imperfecto garante de la libertad en el mundo. Aunque así fuera, no debía tener un poder aún mayor.
Sólo había una persona con la que podía hablar y que sería capaz de entenderle. Su mejor amigo, Julián, su mano derecha en el desarrollo de JANUS. Él comprendería lo que estaba resuelto a hacer, después de lo ocurrido con la central nuclear. Seguro que él le apoyaría y le daría buenos consejos. Sobre eso y sobre cómo recuperar a Gloria.
Ian tenía que vencerse a sí mismo. Volver a ser lo que quiso ser. Cambiar está en las manos de cada uno, aunque sea lo más difícil que un hombre puede hacer.
A la mañana siguiente, Julián Earl entró sin llamar en el despacho de Ian. Eran amigos y no necesitaba pedir permiso para hacerlo. Y menos cuando Ian le había pedido que viniera con tanta angustia en la voz. A la luz del nuevo día, sus decisiones de la jornada anterior no le parecían tan firmes ni seguras. Por eso necesitaba el consejo de su amigo. Se había pasado la noche en vela, con el teléfono en la mano, esperando una llamada de Gloria que no llegó, y sin conseguir reunir el valor suficiente para llamarla él.
—¿Qué te pasa? —preguntó Julián.
—Siéntate, por favor. Estoy hecho un lío. ¡Joder!
—Te veo muy mal, amigo.
—Es que estoy muy mal.
—¿Es por Gloria?
Ian chasqueó la lengua y agachó la cabeza.
—Voy a ser padre.
Sin decir nada, Julián lo dijo todo con la expresión de su rostro. Se quedó literalmente con la boca abierta.
—Sí, Julián, sí. Gloria está embarazada.
—¿Y qué vais a hacer?
—No lo sé. Ayer la cagué, ¿sabes? Le dije que abortara.
—¿Y ella se enfadó mucho?
Julián se quedaba muy corto. Gloria no sólo se había enfadado. La cosa había sido mucho peor que un enfado.
—Me dijo que nunca la había querido, y luego se marchó.
—Pero ¿tú quieres… no sé, tener el niño?
—¡Claro que sí! Supongo que sí…
En realidad, Ian quería seguir con Gloria, abandonar JANUS, ser padre… Pero no sabía por dónde empezar a rehacer su vida y cómo enmendar el daño que había hecho a su mujer. Las dudas le ahogaban.
—Entonces todo está bien —dijo Julián en tono aliviado.
—No, amigo mío, no lo está. No he hablado aún con ella desde ayer, cuando me lo dijo. Y además hay otro problema.
—¿Otro problema?
—JANUS.
—No comprendo…
—Voy a dejarlo —dijo Ian, categórico.
—¿Quieres dejar JANUS? ¿Hablas en seno?
Julián frunció el ceño en una expresión severa que significaba la aceptación de que aquello era algo grave.
—Está mal —dijo Ian—. Tú lo sabes igual que yo.
Hubo un largo silencio. Julián siguió con el ceño fruncido y sopesó sus siguientes palabras.
—Creo que lo de que Gloria esté embarazada ha debido trastornarte y dejarte algo confuso. Nosotros no debemos inmiscuirnos en juicios morales. Nuestro país nos necesita. Piensa en la cantidad de vidas que podríamos salvar con algo como JANUS.
—¿Salvar? ¡Tú sueñas…! No estoy trastornado, Julián. Ya no. Gloria no tiene nada que ver con mi decisión. —Eso no era del todo cierto, pero Ian prefirió no dar más explicaciones—. Hace tiempo que estoy pensando dejarlo, porque me he dado cuenta de que lo que hacemos es peligroso e indecente. No quiero que mi mujer y mi futuro hijo vivan en un mundo como el que nos esperaría con JANUS completamente operativo.
—Pero ¿no te das cuenta de que JANUS podrá evitar cualquier amenaza, prevenirla antes de que pueda ocurrir?
Ian parecía ausente. Se rió con amargura.
—¡JANUS es la amenaza, Julián! Estamos trabajando en algo que puede reducir, limitar o anular la libertad de muchos, incluso dentro de Estados Unidos, JANUS podría acabar con nuestro mundo, ¿es que tú no te das cuenta de eso?
—Insisto en que eso debe decidirlo el gobierno. Nosotros tenemos que limitarnos a servir a nuestro país. Nada más.
—Iluso… Aunque acepto tu postura. Incluso la admiro. Tú crees que haces algo bueno. Yo lo hago a sabiendas de que es malo. ¿Dónde está mi alma? ¿Es que se la he vendido al diablo?… Pero se acabó. Voy a dejarlo, y mi decisión es irrevocable. Ayer se me abrieron los ojos del todo. Ya no pienso cerrarlos.
Era curioso que la oposición de Julián, y no su apoyo, fuera lo que había acabado por decidir a Ian.
—No lo hagas. Por favor.
—¿Por qué? ¿Crees que pueden hacerme algo? ¿Tomar alguna represalia?
Los dos hombres se miraron largo rato.
—¡No, por Dios, Ian, claro que no! Nosotros somos los buenos —rompió Julián el tenso silencio, con las manos en el aire—. Eso no, pero…
—¿Pero?
—Te has comprometido con gente muy poderosa del gobierno y el ejército. Nos hemos comprometido.
—Pues sigue tú sólo el trabajo. Para mí se acabó. No voy a cambiar de parecer. Lo de Gloria me ha hecho detenerme y recapacitar. Acabo de borrar mis ficheros para eliminar mis últimas investigaciones.
Julián puso gesto de aprensión. Definitivamente, Ian hablaba en serio.
—Sí, amigo —prosiguió Ian, algo menos tenso—. Pero a ti puedo decirte la verdad. Creo que estoy muy cerca. Estaba muy cerca. No puedo seguir. Es demasiado peligroso. Mira adonde ha conducido el dominio del átomo.
—Ian, estás bajo un choque emocional. Son cuestiones que nada tienen que ver una con la otra.
—Yo no lo veo así. Y tengo derecho a decidir.
—¿Aunque te equivoques?
—Sí, aunque me equivoque. Hoy mismo hablaré con Smith y le comunicaré mi decisión. Me gustaría que tú también abandonaras el proyecto, pero, eso es algo que sólo a ti te concierne, y respetaré lo que decidas. Nuestra amistad está por encima de ello.
Los dos hombres cruzaron de nuevo la mirada, con algo en los ojos que nunca antes había aflorado, algo sutil e indefinible.
Se conocían desde siempre y, sin embargo, en ese momento era como si cada uno de ellos no supiera quién era realmente el otro.
Julián se levantó, muy serio, y dijo:
—Está bien. Sólo te pido que lo reconsideres. Nada más. Ahora debo irme. Creo que ya no hay nada más que hablar, salvo que deberías llamar a Gloria. No esperes más. Al menos hazme caso en eso.
En su fuero interno, Julián confiaba en que Ian recobrara la cordura, recapacitara y no dejara el proyecto. Quizá Gloria pudiera ser un elemento favorable a esa continuidad, si es que se reconciliaba con ella. Por el momento, no podía hacer más para convencer a su amigo. Al parecer, Ian conservaba algo del idealismo de juventud. Había establecido la barrera de su patriotismo por debajo de la de su moral. Julián, por el contrario, prefería servir a su país, fuera o no injusto lo que se le pedía, que guiarse por su ética personal. Para él, ésa era la única exigencia inquebrantable.
Hasta entonces, con el espionaje informático se había llegado a beneficiar a la industria americana en detrimento del resto de las industrias mundiales. Hubo diversos casos sonados, pero el mayor escándalo salió a la luz pública a mediados de los años noventa, cuando se supo que Boeing y McDonnell Douglas habían podido mejorar una oferta del consorcio europeo Airbus al gobierno de Arabia Saudí gracias a información captada por la red Echelon, esos oídos que lo escuchan todo.
Ahora, sin embargo, se trataba de ir mucho más allá. Cuando Moone acabara su trabajo y JANUS estuviera funcionando y en manos de los militares, éstos pensaban acceder a un silo de misiles norcoreano. Y no se limitarían a algo tan inocente como inutilizarlo. Lo que pretendían era todo menos inocente: el lanzamiento de una bomba nuclear de ese mismo silo sobre la mayor planta química del mundo, en Luzhou, China. Ese ataque sin previo aviso y sin un rastro que comprometiera a Estados Unidos, provocaría dos efectos principales. Primero, la inmediata invasión de Corea del Norte por las fuerzas armadas chinas, con lo que el peligro de ese régimen quedaría anulado. Y segundo, un frenazo en la emergente economía del gigante chino, que la desestabilizaría con el fin de alentar las inversiones en Estados Unidos y producir allí el efecto inverso de incentivar una economía en recesión. Y todo eso sin que nadie lo supiera y sin provocar la muerte de un solo americano.
Aunque fuera a costa de las vidas de millones de personas inocentes en China y Corea del Norte.