La señal
Capítulo 43
Base aérea de Brownton.
31 de diciembre, 16.53 horas.
Las llamas sólo duraron unos segundos, pero su calor fue infernal. Si Kens no se hubiera dado cuenta de que alguien les había arrojado una bomba desde la parte superior de la base, ahora estarían muertos. Gracias a ello, únicamente tenían chamuscados su pelo y sus ropas, y la sensación de haber caminado por un abrasador desierto durante horas. La deflagración había consumido casi todo el oxígeno y les costaba respirar.
Pero lo peor había pasado. El aire regresaba desde el hueco superior y seguían vivos. Al arrojarse al suelo, en el último momento, Ian se había colocado sobre el cuerpo de Kens para protegerla. Todavía estaban en esa posición.
—¿Qué haces, Jack?
—Perdona, ha sido algo casual.
—Ya…
Kens sentía la respiración de Ian en el cogote. Aquel hombre no podía ser un criminal. Cada vez estaba más segura de eso. Se dio la vuelta de pronto y él quedó boca arriba, de espaldas sobre el suelo y con Kens encima de él, a horcajadas en medio de la oscuridad.
—Gracias —le dijo—. Te debo una. Ahora tenemos que ver cómo salir de aquí y coger a ese hijo de puta de Pearson.
Un quejido de Ian coincidió con el movimiento de Kens para levantarse. Al hacerlo, una de sus rodillas había presionado el costado en que recibió el balazo.
—¿Estás herido?
Kens abrió el abrigo de Ian y empezó a explorar su cuerpo. Él trató de resistirse, pero no pudo impedirlo. Al poco tiempo, su mano diestra percibió una sustancia pegajosa y caliente.
—¡Sangre!
—No es nada, sólo un pequeño corte.
—Necesitamos luz.
La linterna había sufrido un golpe que la había averiado al caer por el hueco. Pero no parecía faltarle ninguna pieza. Kens la revisó a tientas, retiró el casquillo de la lámpara y recolocó las baterías. El haz de luz confirmó, por una vez, sus mejores deseos.
—¡Gracias, Dios!
La última vez que le dio las gracias al Altísimo tenía ocho años y un cachorro de Golden Retríever entre los brazos.
El haz ambarino de la linterna refulgió con tal intensidad en las tinieblas de la cámara, que Kens tuvo que entrecerrar los ojos hasta acostumbrarse. Levantó el jersey y la camisa de Ian y apuntó hacia la herida. La sangre que había tocado brotaba de una herida de aspecto feo pero leve, cuyo origen resultaba evidente para sus ojos expertos: era un balazo que, por fortuna para él, apenas le había rozado. Jack Griffin no sólo era un fugitivo, pensó Kens, sino que había tenido que escapar de alguien que iba tras él con una pistola. Su forzado ayudante resultaba cada vez más misterioso.
—¡Ah! —se quejó Ian, cuando ella le tocó la cicatriz abierta.
—¿Por qué te están buscando, Jack?
La respiración de Ian se había normalizado, pero su corazón latía con fuerza. La pregunta no le había cogido por sorpresa.
—Es difícil de explicar.
—Ya. Siempre lo es.
—¿Y por qué tomas tú anfetaminas?
—Aquí, las preguntas las hago yo.
Kens colocó el pedazo de un pañuelo sobre la herida de Ian y lo sujetó durante unos momentos.
—La propia sangre hará que la tela no se caiga. Ahora tengo que llamar a «casa» y avisar al sheriff Cole.
Mientras Ian se colocaba la ropa, Kens se puso justo debajo del agujero por el que habían caído. Levantó el teléfono cuanto pudo, pero no logró que mostrara la señal de conexión. Allí abajo era imposible establecer comunicación con el satélite. Estaban atrapados, sordos y casi ciegos.
Sólo tenían una oportunidad. Encontrar una salida y ponerse en contacto con Lakesis antes de que fuera demasiado tarde.
—Jack, ¿eres capaz de andar?
—¡Au! —se quejó él al incorporarse—. Sí, creo que sí.
—Pues mueve el culo. Tenemos que salir de aquí.
Los dos recorrieron el subterráneo buscando una puerta. Ganar el piso superior desde el agujero por el que habían caído estaba fuera de toda discusión. Eran demasiados metros de altura.
—Este sitio está sellado —dijo Ian, con más resignación que desesperación en la voz.
—No tires tan pronto la toalla. Mira. Allí hay otro agujero en el suelo. —Kens apuntó el haz de la linterna hacia el punto exacto, cerca de una esquina—. Creo que es un pozo de ventilación.
El hueco estaba cubierto con una tapa de reja metálica. No tenía anclajes, pero la corrosión había hecho que se adhiriera a las paredes por el borde.
—Ayúdame, Jack.
Entre los dos lograron arrancarla del suelo entre agudos chirridos. La dejaron a un lado y Kens apuntó la linterna hacia el interior.
—No es muy profundo. Parece que abajo hay una salida lateral.
El pozo tenía unos peldaños en la pared para descender por él. Kens fue delante.
Era estrecho. Cuando ella estuvo abajo, Ian la siguió. Sólo había un corredor, de un metro y medio de altura. Era el único camino.
—Está claro por dónde tenemos que ir —dijo Kens—. Agacha la cabeza si no quieres romperte la crisma.
El piso del túnel estaba húmedo y olía a podredumbre. En su trayectoria describía una acusada pendiente, por la que era fácil resbalar. Avanzaron con mucho cuidado, manteniendo siempre la presión de sus brazos contra las paredes de hormigón para no caerse. Kens estuvo varias veces a punto de dar con su cuerpo en el suelo mojado. Las fuerzas empezaban a fallarle y tuvo que detenerse un momento para recuperar el resuello. Ian lo agradeció de veras. Él estaba igual de agotado y dolorido.
—¡Mierda! —gritó Kens, sintiéndose como un desperdicio atascado en un desagüe.
No sabrían decir qué distancia habían recorrido ni cuántos metros habían descendido.
—Paramos sólo un momento antes de seguir, ¿de acuerdo, Jack?
Él hizo un gesto de asentimiento. Kens se colocó de lado, con la espalda contra la pared del túnel. Ian la imitó. Ella apagó entonces la linterna para ahorrar baterías. Su siguiente frase le cogió totalmente de improviso, en medio de la oscuridad:
—Hasta hace unos años, yo me metía de todo. Cocaína, heroína… hasta analgésicos si hacía falta.
La confesión le recordó a Kens que llevaba horas sin fumarse un cigarrillo. En todo ese tiempo no había tenido un momento para hacerlo. Ahora, nada más ocurrírsele la idea, la pulsión fue irresistible.
Kens inspiró una profunda bocanada de humo, y luego dijo:
—Ya fumaba cuando tenía diez años. Le robaba Camels a mi padre. Yo creo que el muy cabrón lo sabía y nunca me dijo nada. Un padre no debería dejar que su hija de diez años fume, ¿no te parece, Jack?
Ian ya no podría jamás asegurarse de que su hijo muerto no comenzara a fumar.
—¿Me das uno?
Él nunca había fumado, pero aquél era un buen día para adquirir malos hábitos. Tampoco Kens estaba haciendo algo normal en ella. Era la primera vez que le contaba eso a alguien. Ni siquiera a Orson Lenger, al que consideraba su único amigo. Tampoco les había hablado de sí misma a la multitud de desconocidos con los que se había cruzado y terminado en la cama. Así es que no encontraba una explicación para estar confesándose ahora con Jack Griffin.
Éste encendió su cigarrillo, que agarraba con torpeza. Inhaló el humo con demasiada fuerza para un principiante, y eso le hizo toser. A su lado, Kens sonrió levemente y luego se puso seria de nuevo.
—¿Cómo te hiciste esa herida de bala que tienes en el costado?
Ian se mantuvo en silencio.
—Supongo que no quieres contarme cómo te has hecho esa herida… ¿O también eso es difícil de explicar?
No, eso no lo era.
—Recibí un tiro cuando intentaba escaparme.
—¿Cuando intentabas escaparte de quién?
—De alguien que intentaba matarme. Y que acababa de matar a mi mujer y a nuestro hijo.
Kens se habría esperado cualquier respuesta menos ésa.
—El… —siguió Ian, al que la voz le falló—. Él debía haber nacido dentro de un poco más de dos meses, a mediados de marzo. Era un niño.
—¿Mataste tú a ese hombre que te perseguía? ¿Por eso te buscan?
—Tuve que matarlo, sí. Pero no me buscan por eso… Deberíamos seguir intentando salir de aquí.
Ian se dio cuenta de que había hablado demasiado y decidió poner fin a las revelaciones. La mente de Kens se esforzó también por regresar a lo más importante para ella: su misión. Jack estaba en lo cierto. Para proseguir con ésta tendrían que encontrar lo antes posible un modo de salir.
Kens se preguntó qué hora sería ya. No recordaba que su Omega se había roto al caer por el pozo. Sus agujas se quedaron fijas en las 16.48.
—¿Tienes hora, Jack?
—Nunca llevo reloj.
—¿Y tampoco teléfono móvil?
—Tampoco —respondió—. ¿Y tu teléfono?
Kens masculló un exabrupto. Su teléfono recogía directamente la hora desde el reloj atómico de un satélite militar. Algún genio de Defensa pensó que eso era mejor que incorporarle un simple oscilador de cuarzo. Ahora no tenía modo de saber cuánto tiempo le quedaba para el momento de la Señal. Una cosa más a su favor.
—Mierda…
Agencia de Inteligencia de la Defensa.
—¡Tenemos algo, señor!
El comandante Kyle Smith llevaba horas esperando escuchar eso. Más valía que no se tratara de una falsa alarma o una equivocación. Si no, rodarían cabezas. Smith arrancó el papel de la mano del agente. Con los puños apretados, leyó a toda prisa lo que se decía en él.
—Bien, bien, ¡bien! Quiero a toda la policía de Vermont en alerta. Que paren a cualquier vehículo que circule por las carreteras. ¡A todos sin excepción! ¿Comprendido?
—Sí, señor.
El informe decía que un patrullero estatal de Vermont se había cruzado, la pasada noche, con un Pontiac Trans-Am que podría coincidir con el vehículo sospechoso descrito en el mandato de búsqueda. Dada la coincidencia temporal y espacial, y teniendo en cuenta también las extremas condiciones meteorológicas, era sumamente improbable que aquel Trans-Am no fuera el coche por el que Moone cambió su todoterreno. La pista era buena. Tenía que serlo. El encuentro con el patrullero se había producido en el condado de Orleans, lo que acotaba mucho la búsqueda de Moone. Pero no lo suficiente, todavía.
—Un momento —dijo Smith.
Éste no habló enseguida, mientras su hombre esperaba con impaciencia. En el fondo, Smith seguía dudando si era buena idea dar la otra orden que le rondaba la cabeza. Sólo había una cosa a la que temía más que el hecho de que Ian se le escapara momentáneamente —que lograra hacerlo de modo indefinido resultaba para él impensable—. Y ese temor era que Moone acabara muerto a manos de un policía. Por eso había sido tan prudente hasta ahora y había evitado sacar a la luz su rostro, para que el mundo entero lo buscara a él y no sólo a su coche.
Smith seguía teniendo ese miedo, pero el tiempo se le acababa. La hora de la prudencia había tocado a su fin.
—Que el FBI distribuya la foto de Ian Moone a todas las fuerzas policiales del condado de Orleans.
Su pulso se aceleró al decir finalmente lo que tanto se había resistido a ordenar.
—¿Y qué decimos qué ha hecho, señor? El FBI querrá saberlo.
La respuesta se le apareció a Smith con la claridad de una epifanía.
—¿Qué ha hecho? ¿No está claro? Matar a su mujer y estar a punto de matar a su hijo.
Cuartel general de Lakesis.
Por la expresión de Lenger, Cíclope ya sabía la respuesta a la pregunta que iba a hacerle.
—¿Sigue sin contestar?
El informático asintió con la cabeza. Era la cuarta vez que intentaba ponerse en contacto con Kens, pero ella no respondía a su teléfono satélite.
—Sabe que tiene que contestar… —dijo Cíclope.
No hacía falta que lo dijera. Todos en Lakesis conocían el protocolo. Sin importar las circunstancias o el momento, Kens debía siempre responder al teléfono. Que no lo hiciera podía significar varias cosas. Entre ellas, que estuviera en graves problemas.
—¿Qué hacemos, señor?
—¿Qué podemos hacer, Lenger?
No era una pregunta, sino la aceptación de su impotencia. Sabían por el FEMA que Brownton estaba completamente aislado.
—Supongo que sólo podemos esperar, ¿verdad, señor? Cíclope miró la cuenta atrás de la Señal. Le faltaban menos de siete horas para extinguirse.
—Nos queda tan poco tiempo… —murmuró.
Puesto del sheriff de Brownton.
La máquina de fax de la oficina estaba teniendo mucho más trabajo del habitual. Eso empezaba a acusarlo el viejo trasto, que hizo un ruido como de rodamientos partidos cuando empezó a recibir una nueva transmisión.
Era un aviso de busca y captura del FBI, para un fugitivo acusado de asesinato. Por debajo del encabezamiento aparecían tres fotos del sospechoso, además de su verdadero nombre: Ian Moone.
Base aérea de Brownton.
Kens e Ian llegaron al final del conducto de ventilación. Por debajo de ellos, bajo un gran ventilador de medio metro de diámetro, había otro corredor subterráneo. En él brillaron, en otro tiempo, lámparas y luces de emergencia que ahora estaban apagadas. Igual que el ventilador, cuyas palas tenían encima el polvo acumulado de veinte años.
—Apártate —dijo Kens, y sacó su arma.
—¡No, espera! ¿Es que tú lo resuelves todo a tiros?
—Suele ser lo más fácil. Y no creo que tú seas el más indicado para darme a mí lecciones, ¿no te parece?
Eso había sido un golpe bajo. Si de verdad el tipo que lo hirió había matado a su familia, merecía que él lo matara mil veces.
—Perdona —se disculpó Kens—. Tengo la boca muy grande.
Ian no prestó atención a sus disculpas. Estaba ocupado en encontrar un modo de quitar el ventilador sin necesidad de más peligrosos disparos.
—Ilumina aquí —dijo.
Como había supuesto, el ventilador era desmontable, para poder ser sustituido periódicamente o en caso de avería grave. Bastaba aflojar unos cuantos tornillos.
—¿Tienes una navaja o algo parecido? —dijo Ian.
La misma Kens sacó para Ian la herramienta de destornillador de una navaja multiusos del ejército suizo. Ésta formaba parte de su «paquete de supervivencia», al igual que la linterna y lo que ella denominaba su banco portátil, una cantidad suficiente de dinero en efectivo que ocultaba en una bolsa impermeable adherida a su pierna derecha. En un trabajo como el suyo no podía depender de cajeros automáticos ni de los horarios de oficina de las dependencias bancarias.
—Date prisa.
No saber la hora la volvía loca. ¿Cuánto tiempo llevarían metidos allí dentro? ¿Media hora? ¿Una? ¿Cincuenta horas? Resultaba imposible decirlo en ese túnel claustrofóbico. Kens vio a Ian pelearse con el diminuto destornillador y la corrosión que había soldado, con los años, los tornillos del ventilador.
—¡Maldita sea! —exclamó él.
Esta vez, Kens lo apartó directamente con su brazo, en vez de pedirle que se echara a un lado.
Los disparos emitieron un ruido ensordecedor en el túmulo de hormigón. Los oídos de ambos pitaban mientras Ian dirigía improperios a Kens.
—¿… loca o qué te pasa? —Fue como acabó su airada queja.
—Así es más rápido. Vamos.
Kens fue la primera en descolgarse por el hueco del ventilador. Ya en el suelo del pasadizo subterráneo, apuntó la linterna a uno y otro lado con el fin de situarse. La luz no tenía potencia suficiente para estimar su longitud con precisión, pero sí para darse cuenta de que era largo y que comunicaba varias dependencias subterráneas.
—Vaya, vaya. Mira lo que tenían aquí escondido… —dijo Kens.
Aquel búnker debía de ser un refugio nuclear, aunque no aparecía mencionado en ninguna parte del dossier sobre la base. Su padre tenía razón sobre los militares cuando afirmaba que «a esos cabrones les encanta guardar secretos».
—Esto tendrá una salida, digo yo.
Ian no se pronunció al respecto. Como siempre, parecía enfrascado en sus propias reflexiones. Había pasado lo suyo. Kens comprendía ahora su actitud distante y hostil la noche anterior, cuando la recogió en la carretera. Es más, sabiendo lo que ahora sabía, le pareció aún más sorprendente que él se parara a ayudarla. Era un buen hombre. No podía evitar serlo.
—¿Derecha o izquierda? —le preguntó Kens.
—Izquierda.
—Respuesta errónea, Jack. Mira.
Kens acababa de descubrir un cartel reflectante en la pared, que tras años de oscuridad devoró ávido la luz de la linterna y brilló de nuevo. «Salida», decían las letras de color verdoso, y una flecha señalaba hacia la derecha.
Pero donde debía estar la puerta de salida del búnker había una pared de cemento. Al verla, Kens perdió los estribos.
—¡Esos hijos de puta!