La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 36 de 54

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La señal

Capítulo 35

Cuartel general de Lakesis.

31 de diciembre, 10.45 horas.

Aquello que Henry le susurró al oído justo antes de que la vida lo abandonara había estado dentro de la cabeza de Paul Humpsey, de Cíclope, desde aquel fatídico 1969 y aquella fatídica guerra de Vietnam. Cuando se recuperó fue condecorado y volvió a casa, en Estados Unidos. A partir de entonces empezó a interesarse por todos los temas llamados «paranormales». Leyó libros y consultó con expertos. La mayoría de las veces con resultados infructuosos o, aún peor, se topó con farsantes que se aprovechaban de la dificultad de distinguir entre lo real y lo falso para engañar a incautos y llenarse los bolsillos de dinero fácil.

Pero Paul sabía que había una realidad oculta bajo aquella gigantesca capa de fango. No era una sospecha, sino una certeza. Había seguido en el ejército, donde estableció contacto con altos mandos que dirigían algunos proyectos de investigación en el mismo terreno que él trataba de explorar. A finales de 1972, Paul llegó a un proyecto, conjunto y secreto, del Departamento de Defensa de Estados Unidos con la CIA y la Universidad de Stanford.

Todo había comenzado de un modo fortuito, cuando un físico de esa universidad, Harold Puthoff, interesado en los fenómenos de percepción extrasensorial, invitó al laboratorio donde trabajaba, a un artista neoyorquino llamado Ingo Swann, con fama de «psíquico». En un sótano había un instrumento llamado magnetómetro, que se empleaba en experimentos de física de partículas. Su diseño era muy avanzado y secreto, en esos tiempos de Guerra Fría, de modo que se hallaba en un cofre subterráneo y blindado, dentro de otro contenedor especial de aluminio con protección electromagnética de cobre y materiales superconductores.

Lo que sucedió cuando el artista estuvo cerca del magnetómetro fue desconcertante e inaudito para el físico, ya que interfirió de un modo desconocido con el aparato. Luego, más allá de eso, fue capaz incluso de hacer un esquema de su diseño que, aunque tosco y poco detallado, mostraba con gran precisión su estructura, por más que aquel hombre jamás hubiera visto un magnetómetro ni tan siquiera tuviera idea de lo que era.

Harold Puthoff redactó un informe y lo compartió con varios colegas científicos, narrando la experiencia y reproduciendo el dibujo de Swann. Tan sólo unas semanas más tarde, dos agentes de la CIA se presentaron en su laboratorio exigiendo explicaciones por la divulgación de aquel informe con contenido reservado. En un primer momento, nadie en el gobierno creyó una palabra sobre la «visión» del artista o su interacción con el magnetómetro a través de sus diversos e impenetrables aislamientos.

Pero Puthoff había servido anteriormente en el Servicio de Inteligencia Naval y en la Agencia de Seguridad Nacional, lo que ayudó a disipar las dudas. Además, los informes de Inteligencia aseguraban que la URSS estaba realizando experiencias en el campo de la parapsicología dotadas de recursos casi ilimitados, como lo era botar un submarino para llevar en él hasta el medio del océano a una coneja que acababa de parir, y luego matar a sus crías en tierra, a miles de kilómetros de distancia, para comprobar si el animalito lo percibía, lo que de hecho sucedió.

Era evidente que Estados Unidos no podía quedarse atrás. Puthoff recibió el encargo de iniciar unas investigaciones secretas en la misma dirección, con la ayuda de Swann y de otro físico llamado Russell Targ.

En los años en que Cíclope trabajó para aquel grupo, denominado inicialmente Scanate y más tarde Star Gate, pudo comprobar en múltiples ocasiones que el fenómeno de la percepción remota, o clarividencia, que él ya conocía, estaba al alcance de ciertos individuos. El mayor problema era la imposibilidad de sistematizar su uso para hacerlo realmente efectivo. No hubo manera de encontrar la correlación entre las «visiones» de los «sensibles» y por qué las experimentaban. Nunca pudieron inducirlas, salvo en algunos casos residuales y sin grandes aciertos. Algo que ya se intentó en el Hotel de Con Son y que tampoco dio resultados plenamente satisfactorios, ni siquiera con el uso de drogas.

En 1974, Cíclope se casó con Mary Kensington. En aquel entonces había visto ya muchas cosas, leído una gran cantidad de textos y aumentado su comprensión de lo acaso incomprensible. Sabía que esos fenómenos —de los que un gran número de científicos se burlaban— empezaron a ser estudiados por los antiguos sacerdotes egipcios, y más tarde por los filósofos griegos. Descubrió que hombres de ciencia y pensadores de la talla de Newton, Robert Hooke o Francis Bacon mostraron enorme interés en comprenderlos, sin dudar en ningún momento de que eran ciertos. O que, más recientemente, figuras como J. J. Thomson, el matrimonio Curie o lord Rayleigh, les dieron valor científico.

Aunque quizá fue el descubrimiento de un nuevo tipo de física, la del comportamiento de las partículas infinitamente pequeñas que componen la materia, la que lo cambió todo en el sentido más profundo imaginable. Cuando Max Planck se presentó, a principios del siglo XX, ante las más altas esferas de la ciencia de Alemania con su fórmula para explicar la llamada «radiación del cuerpo negro», el conocimiento de los entresijos de la naturaleza dio un giro espectacular. La física accedía a un terreno en el que las cosas son tan diferentes a las del mundo que conocemos, que ni siquiera los mismos científicos son capaces de comprender cómo funcionan o por qué son de un modo y no de otro. En ese campo es posible quebrar las leyes del espacio y el tiempo, encontrar sucesos realmente aleatorios, efectos imposibles de medir ni de explicar. Un terreno en el que la posible influencia de la mente sobre la materia no era más extraño que cualquier otra cosa. Y así lo consideraron, aunque desde diferentes puntos de vista y con distintas conclusiones, algunos de los padres de la física contemporánea: Einstein, Bohr, Pauli, Schrödinger…

El principal trabajo de Cíclope a partir de la segunda mitad de los años setenta fue la localización remota de submarinos nucleares soviéticos. Éstos constituían una grave amenaza para la seguridad de Estados Unidos y sus aliados, ya que podían navegar con virtual impunidad hasta alcanzar sus objetivos y arrojar sobre ellos sus cabezas atómicas. Había también otros laboratorios que se encargaban de estudiar las diferentes capacidades paranormales o paracientíficas, como la precognición, la clarividencia, la homeopatía, la adivinación, la telepatía o la telequinesia. Algunos de estos aspectos habían sido ya investigados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y ciertos informes realizados por un grupo secreto de las SS, por orden directa de Himmler, habían servido para iniciar u orientar algunos de los proyectos. Sin embargo, la mayoría de los informes secretos nazis habían caído en poder del Ejército Rojo y ahora estaban en el corazón de Rusia, bajo el control del KGB.

Paralelamente a los proyectos gubernamentales de Estados Unidos, unas inexplicables anomalías en la generación de números aleatorios llevaron en 1979 a la creación del laboratorio PEAR en la Universidad de Princeton. Cuando se calculaban series de números que debían cumplir estrictamente la condición de generarse al azar, se daban en ocasiones ciertas desviaciones sobre lo esperado. La conclusión del porqué de las anomalías era asombrosa y extraordinaria, ya que se vio que había una relación directa entre la situación de estrés emocional de los individuos que trabajaban con los generadores aleatorios y éstos. Dicho de otro modo: sus mentes interactuaban con la materia, y eso causaba las desviaciones estadísticas en los cálculos.

Cíclope estuvo muy al tanto de los trabajos del PEAR desde los primeros años ochenta. En el proyecto trabajaban científicos de diversas disciplinas, como físicos, psicólogos, ingenieros, sociólogos o médicos. A partir de aquellos años, a los norteamericanos y soviéticos se les unieron los japoneses y los chinos. Por un lado se abandonaban proyectos secretos y, cada vez más, se investigaba también en laboratorios civiles y privados, como hicieron las empresas Sony e IBM.

Quizá la más fascinante de todas las investigaciones fue precisamente la que Cíclope no pudo conocer en sus primeras fases. A principios de los noventa un grupo de científicos comenzó a sospechar que los seres humanos estamos unidos de un modo invisible por alguna clase de ligazón, o «campo de conciencia». Estos científicos dieron los pasos necesarios para crear en 1997 un nuevo proyecto, centralizado también en Princeton, como el PEAR, al que dieron en llamar proyecto Conciencia Global. En 1998 comenzaron a recoger datos de una red formada por cuarenta generadores de números aleatorios, repartidos por varios países. Pero ese tiempo coincidió con la enfermedad de Mary, la esposa de Cíclope. Los más de dos años que luchó contra el cáncer hasta que finalmente murió no hicieron sino acrecentar la distancia que siempre hubo entre Cíclope y su hija. Luego ella se marchó de casa y estuvo a punto de autodestruirse. Tenía veintitrés años cuando su padre se dio cuenta de lo que ocurría. Estaba enganchada a las drogas y vivía sin ninguna clase de horizonte. No podía abandonarla a su suerte. Cuando por fin consiguió alejarla de las drogas, el propio Cíclope tuvo una breve tregua.

Regresó a sus labores habituales y quedó deslumbrado por el nuevo proyecto de Princeton, dirigido por un brillante científico llamado Roger Nelson. La posibilidad real de que la humanidad tuviera una conciencia común y compartida ya había sido vislumbrada por Jules Verne. Pero él no era un científico, y en su época se carecía de los medios para probarlo. En su caso quizá sólo se tratara de una hermosa idea novelesca y nada más. Pero ahora se convertía en una realidad «medible»; absolutamente palpable y real desde el punto de vista de la ciencia.

A partir de entonces los acontecimientos se sucedieron como si un hilo, tan invisible como esa conciencia humana, los guiara. Tras los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, Cíclope había visto claro lo que había que hacer. Fue cuando se creó Lakesis y se estableció una red mundial de generadores de números aleatorios, mucho más sensibles y avanzados que los del proyecto de Princeton y en un número muy superior.

Había pasado el tiempo. Se logró crear el conjunto de programas informáticos necesarios para calcular el dónde y el cuándo con suficiente precisión. Luego se asoció todo a un sistema de información geográfica al estilo de Google Earth, y se establecieron los protocolos de actuación ante una señal.

Sentado en su despacho y abismado, Cíclope recordó una vez más las palabras entrecortadas de su amigo Henry antes de morir en sus brazos. Le turbaban el ánimo, a pesar de que nunca las había comprendido bien. Quizá sólo ahora cobraran sentido. Mencionaban un signo, y un signo se parece mucho a una señal. Eso era, sin lugar a dudas, lo que Cíclope más temía. Que su pobre amigo se estuviera refiriendo al presente, a la Señal que había vuelto locos los ordenadores de Lakesis. A aquella Señal.

Un segundo menos. Cíclope lo vio desaparecer en la cuenta decreciente de su pantalla. Trece horas, veintiocho minutos y dos segundos era el tiempo que restaba. Cuarenta y ocho mil cuatrocientos ochenta y dos segundos más tendrían que transcurrir hasta el momento que él tanto temía. Parecía una eternidad, pero el tiempo pasa muy deprisa cuando la hora final ya está decidida. Eso debían saberlo bien los seres mitológicos de los que él había tomado su apodo. Los cíclopes fueron liberados por Zeus del encierro al que su propio padre los condenó, temeroso de su poder. Ellos ayudaron a su libertador y otros dioses a derrotar a los Titanes, que regían entonces el Universo. Pero su ambición iba más allá de ser aliados de Zeus en una guerra por el Olimpo. Según cuenta una leyenda, le ofrecieron uno de sus ojos a una poderosa deidad a cambio del don de ver el futuro. La deidad aceptó su oferta y todos los cíclopes se volvieron tuertos. Pero aquella deidad era tan maligna como poderosa. El único conocimiento del futuro reservado a cada cíclope a partir de entonces fue saber, desde el mismo instante de su nacimiento, la fecha en que habría de morir.

Si Cíclope tuviera dos ojos intactos, estaría dispuesto a sacrificar uno de ellos a cambio de saber lo que iba a ocurrir trece minutos después de esa medianoche. Más de doce horas después de que se iniciara la Señal, continuaban sin saber nada. Y eso era inadmisible. Cíclope notaba en todas las fibras de su cuerpo que lo que iba a suceder cambiaría el mundo para siempre.

Pero empezaban a acabársele las ideas. A través del cristal de su despacho veía al personal de Lakesis volcado completamente en averiguar el «qué» de la Señal que había convulsionado la red mundial de generadores aleatorios. Siguiendo sus órdenes, habían revisado todos los informes y todas las bases de datos, sin dejar ningún resquicio por investigar, ninguna pista por seguir, ni una sola alfombra sucia bajo la que echar un vistazo. Habían conseguido forzar al Pentágono a revelarles su estudio secreto sobre la reacción de civiles ante eventuales seres extraterrestres. Pero su hija había descubierto en Brownton que seguían ocultando algo. Y sólo tenían hasta las cero horas y trece minutos del Año Nuevo para averiguarlo.

Cíclope dio un puñetazo impotente sobre la mesa. Harto de permanecer sentado, revisando informes que invariablemente acababan en un callejón sin salida, se levantó de su butaca. Le dolía la cabeza. Era el resultado de leer cientos de páginas en papel o en la pantalla de su ordenador, con un único ojo y después de no haber dormido durante las últimas treinta horas. Pero Cíclope se recriminó a sí mismo ser tan débil. Si había algo en este mundo que no soportaba era la debilidad. Sobre todo en los tiempos adversos, porque es en ellos cuando resulta más necesario demostrar la propia fortaleza.

Como lo hizo aquel hombre que conoció en la isla vietnamita de Con Son, en 1969, el sujeto de estudio M-019. Todas las guerras son sucias, pero unas lo son más que otras. Y la guerra de Vietnam, nunca declarada oficialmente y en la que su país estuvo inmerso durante más de diez años, fue la más sucia en la que Estados Unidos había participado jamás. En aquella isla, a Cíclope no le cabía la menor duda de que ellos habían sido «los malos».

Cíclope era tuerto, pero ignorar la verdad nos convierte en ciegos, y él —ahora menos que nunca— no quería estar ciego.

—¡Lenger! —gritó.

Desde su puesto, el informático dijo:

—¿Señor?

—Ponme con la Casa Blanca. Quiero hablar con la jefa de gabinete.

—¿Con Christine McGrath?

—¿Acaso conoces a alguna otra jefa de gabinete de la Casa Blanca?

—No, señor.

—Entonces ponme con ella de una maldita vez.

 

Brownton.

Desde La Trucha Plateada, Kens e Ian atravesaron la calle en dirección a la oficina del sheriff.

—Tú te vienes conmigo, Jack.

—¿Adónde? —preguntó él con inquietud. No sabía de qué le estaba hablando.

—Tranquilo. No estás detenido. Pero no preguntes más y obedece. A partir de ahora vas a ser mi mano derecha. Quiero decir, mi mano izquierda.

Kens hizo un gesto de dolor al pensar en su mano rota y estrujada. Sacó una anfetamina y se la tragó como quien toma una medicina cualquiera.

—¿Estás bien? —dijo Ian, aunque no se había recuperado aún del sobresalto.

—Si fuese una yegua de carreras, me sacrificarían. Pero como no lo soy, tendré que aguantarme. Ahora tengo que ver al sheriff.

Ian se quedó quieto de pronto. Una capa blanca empezaba a cubrir el pelo y las ropas de ambos. Si se quedaban ahí, pronto parecerían dos muñecos de nieve o estatuas de sal.

—¿Vamos a la oficina del sheriff…? —dijo Ian, casi atragantándose.

—No voy a permitir que intentes largarte. No sé si ha llegado otra orden de búsqueda contra ti, pero estás conmigo y no dejaré que te detengan. Eres la única persona, en este maldito pueblo en quien puedo confiar, porque eres el único que no es de este maldito pueblo. Aunque seas un fugitivo. Qué irónico es el destino, ¿verdad? —La sonrisa de Kens, con los labios amoratados, precedió a una nueva pregunta—: ¿Dónde has dejado el Pontiac?

—Detrás del bar.

—¿A la vista?

—Con esta nevada, no lo creo.

—Bien. Vamos, antes de que no podamos movernos.

Justo antes de traspasar la entrada a la oficina del sheriff, Ian deseó una vez más ser el Hombre Invisible. El verdadero Hombre Invisible. Por su parte, Kens entró en la oficina como lo habría hecho un pistolero en un salón del Salvaje Oeste. El golpe que le propinó a la puerta hizo que el espanta espíritus que había sobre ella saliera disparado hasta estrellarse contra el suelo en medio de un estrépito dulcemente metálico. Eso bastó para despabilar al agente McAndrews, que dormitaba en su puesto, y le hizo dar un grito a la señorita Wendy.

La ira de Kens había ido creciendo durante su camino desde el bar, tras la conversación con el veterinario. Como sospechaba, el sheriff le había ocultado información. Y sin toda la información ella no conseguiría dar con lo que buscaba ni en un millón de años. Menos aún en las trece horas que le quedaban.

—¡¿Por qué coño no me ha contado antes lo del accidente en la base?! ¿Es que se le ha olvidado?

Todos los roces que se habían producido hasta ese momento entre el sheriff y Kens no habían sido más que refriegas. Esto era la guerra.

—Cálmese, ¿quiere? —dijo él—. ¿Y quién es su amigo?

—¡No me diga que me calme, joder! ¡Usted no tiene ni idea de lo importante que es esta misión!

Ian se quedó a un lado, tratando de mantenerse ajeno a todo y sin llamar la atención. El sheriff y Kens estaban cara a cara, en mitad de la oficina. Mientras, la señorita Wendy contemplaba a Kens como si fuera un demonio salido de las profundidades del Averno, y el agente McAndrews se agitaba en su puesto, preguntándose qué debía hacer. Sólo dijo, tímidamente, que Carson Conway había estado allí y que volvería cada hora, como ella le había ordenado. Pero Kens no le escuchó. Ni tampoco el sheriff. El ayudante miró a su jefe y supo que iba a explotar.

—¡Eso ocurrió hace más de veinte años, maldita sea! ¿Qué relación puede tener con los cuentos de brujas en que usted anda metida? Desde que ha puesto los pies en este pueblo, no ha hecho más que insultarnos y tratarnos como a paletos y retrasados mentales. ¡Pues eso se ha acabado!, ¿me entiende?, ¡se ha acabado!

Kens se percató desde el principio de que el sheriff no era un ingenuo. Si no le había hablado del accidente, debía de ser por alguna razón de peso para él.

El leve zumbido eléctrico de la emisora policial se dejó oír con total claridad en el silencio que siguió a ese intercambio de gritos encolerizados. Cuando Kens volvió a hablar, había recuperado el dominio de su ira:

—Y la muerte de Donna Pearson esa misma noche, ¿no le dice nada? En esa base hacían experimentos para conocer la respuesta de la población en situaciones límite de pánico. ¿Lo sabía? Estoy segura de que sí… Usted me dijo que nunca se llegó a descubrir al asesino y que no pudo ser su marido, Steven Pearson. Pero ¿sabía que él estaba a punto de hacer un comunicado cuando todo ocurrió?

El sheriff se mostraba ahora perplejo. Como Kens suponía, él estaba al tanto de algunas de las cosas que acababa de decir, pero de otras no. Ignoraba por completo el asunto de los experimentos sobre el pánico. En eso no había mentido.

—Venga a mi oficina, agente Kens.

Los dos se encerraron en el despacho y tomaron asiento, frente a frente.

—Lo que voy a contarle es todo lo que sé. Me crea o no.

—Usted empiece. Eso ya lo decidiré más tarde.

—Yo era muy joven cuando conocí a Steve. Acababa de terminar el instituto y estaba en una etapa de mi vida que preferiría olvidar. Me sentía perdido, sin saber qué hacer. Mi padre había muerto unos meses atrás. Era un entusiasta de las armas de fuego y, de hecho, murió limpiando una de sus escopetas. Desde muy pequeño había ido con él de caza. Me enseñó a preparar trampas, a esperar pacientemente a una presa, a manejar todo tipo de armas, a conocerlas y saber qué se podía esperar de cada una de ellas. Pertenecía a un grupo ultraconservador, que defendía sólo tres cosas en este mundo: Dios, los Estados Unidos y la libertad individual. Uno de los miembros del grupo, que había servido en la CIA hasta que lo echaron, enseñó a los demás a preparar explosivos. Y luego mi padre me enseñó a mí. Recuerdo que todo aquello me apasionaba. Me creía especial por saber esas cosas. Entonces conocí a Steve. Aunque sólo tenía cinco o seis años más que yo, ya era un brillante científico y gozaba de un puesto de importancia en la base. Me gustaba ir con él de pesca. Alquilaba una barca y nos pasábamos horas charlando en medio del lago, con una caja de Budweiser. Nunca le importó que yo no tuviera edad para beber alcohol. Me trataba como a un adulto.

»Un día me preguntó por los explosivos. Le había hablado de mi padre y de todas esas cosas. Steve llevaba varias semanas distinto. Estaba triste y alterado, no sabría definirlo mejor… El caso es que a mí me enorgulleció poder enseñar algo a quien parecía saber de casi todo. Sus preguntas, ahora me doy cuenta, eran demasiado concretas. Pero en aquel momento ni siquiera lo pensé.

—¿Cree que fue él quien lo hizo? —preguntó Kens, que ya había comprendido lo suficiente.

—No lo sé. Le juro que no lo sé. Pero yo tendré que pasar el resto de mi vida con todos esos muertos sobre mi conciencia.

—Usted no tuvo la culpa, sheriff. Cada uno es dueño de sus actos.

Kens pensaba en Cole y en ella misma. Nunca había querido cargar a otros con el peso de sus propios pecados.

—Lo de Donna… —continuó él, casi llorando—. Tampoco sé qué sucedió. Estuve muchas veces en el hospital para ver a Steve, para recriminarle que me hubiera utilizado. Le pregunté en varias ocasiones por la muerte de Donna, pero nunca me contestó. Desde la explosión, ya nada fue igual.

—Bien, sheriff. Creo que tendré que encontrar a Pearson para preguntarle.

Kens salió del despacho y se dirigió hacia la salida. Ian se levantó a un gesto de ella. Por suerte para él, nadie se preocupó de su presencia.

—¿Adónde va? —dijo el sheriff.

—A entrar por la fuerza en la guarida de ese loco.

La luz del puesto se apagó repentinamente y la alarma lejana de una tienda se activó justo después. La caída de tensión había sido generalizada en todo el pueblo. El fluido eléctrico no tardó en regresar, pero aquello era un aviso: la gran tormenta se acercaba.

 

Cementerio Nacional de Arlington.

Cíclope miró la hora en su reloj de pulsera. Pasaba un minuto de las once de la mañana. Christine McGrath, jefa de gabinete de la Casa Blanca, se retrasaba. Se había citado con ella a las once en punto en el cementerio de Arlington, que el río Potomac convertía en parte de Virginia a despecho del todopoderoso estado de Washington, en la orilla contraria. Al más sagrado camposanto de América lo separaban menos de tres kilómetros de la Casa Blanca y del hombre más poderoso del mundo, cuyos restos mortales reposarían algún día entre aquellas lápidas. A Cíclope le gustaba pensar que eso era el equivalente moderno de la frase «recuerda que sólo eres un hombre», repetida una y otra vez por un simple esclavo al oído de los héroes de la antigua Roma, como una lección de humildad mientras el pueblo y el Senado aclamaban su triunfo.

Habían pasado casi treinta años desde la última vez que Cíclope estuviera en Arlington, precisamente en ese mismo lugar, frente a la tumba de Henry McGrath, hermano de la mujer con quien iba a encontrarse y único hombre a quien había podido llamar de verdad su amigo. Una leve aureola verdosa rodeaba ahora las letras grabadas en la piedra de su lápida, pero el texto seguía diciendo lo mismo:

HENRY J. MCGRATH

PRIMER TENIENTE

CUERPO DE MARINES DE ESTADOS UNIDOS

VIETNAM

11 OCTUBRE 1946,

12 NOVIEMBRE 1969

CORAZÓN PÚRPURA

Pocas palabras para resumir la vida de un hombre. Cíclope levantó la vista de la tumba, hacia un mástil próximo con la bandera a media asta. Así estaban todas las banderas a lo largo y ancho del cementerio, desde media hora antes del primer funeral del día hasta media hora después de que el último finalizara. Era un modo de honrar a los muertos, algo que para Cíclope carecía de sentido. No había ya nada bajo esas lápidas; el interior de esas tumbas no era más que polvo. Detestaba los cementerios, y también aquellos pomposos gestos póstumos de supuesto respeto. Le recordaban lo más aciago de morirse: la derrota, el hecho de que la vida finalmente nos doblegue.

A su pesar, Cíclope posó de nuevo sus ojos en la lápida blanca. Hoy, Dios no sería capaz de distinguirla desde el Cielo entre todas las otras, pues el manto de la nieve las unía para formar una sola.

—¿Paul?

A Cíclope no le costó reconocer la voz de Christine McGrath. Mucho tiempo atrás esa voz fue dulce e ingenua, cuando ella era una adolescente enamorada de él y Cíclope se consideraba todo un hombre por ser siete años más viejo. Poco quedaba ahora de esas cualidades en Christine. La política y Washington le habían arrancado toda su ingenuidad y la mayor parte de su dulzura.

En algún momento él llegó a pensar que quizá terminaran casándose, pero la muerte de Henry lo cambió todo. Fue mejor así. La madre de Maia había sido la mujer de su vida. Cíclope tuvo la certeza de que iba a serlo desde la primera vez que la vio. Incluso antes de creer en presentimientos e intuiciones.

—Te agradezco que hayas venido Christine.

Alrededor de la jefa de gabinete revoloteaban varios agentes del Servicio Secreto. Era fácil localizarlos. Sus abrigos negros resaltaban en la albura nevada como manchas de tinta en un papel. Ella dirigió una mirada breve a la tumba de su hermano. Había pasado la época en que le dedicara su tiempo y sus oraciones. Ahora estaba demasiado ocupada en gobernar el mundo.

—He cancelado una reunión importante para venir hasta aquí, Paul, así es que ahórrame los preámbulos. Para empezar explícame por qué no podíamos hablar simplemente por teléfono.

Cíclope también iba a ahorrarle la respuesta a esa pregunta. En breve, ella comprendería sus precauciones.

—Hemos detectado una señal, Christine. Una grande de verdad, aunque supongo que eso ya lo sabes.

La jefa de gabinete no creía en el proyecto Lakesis. Nunca lo había hecho, por mucho que existiera gracias a ella. Pero Cíclope tenía razón en que ya había sido informada al respecto de esa gran señal. Una de sus funciones era saberlo todo acerca de todo.

—Habéis detectado una señal, muy bien. ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

—No hemos dejado nada sin investigar, pero seguimos sin saber qué va a ocurrir.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo? —repitió Christine.

El ojo solitario de Cíclope escrutó el rostro de la jefa de gabinete, en busca de respuestas. Pero la única que Christine le dio fue una que sorprendió a ambos por igual:

—Tienes miedo…

A la palabra «miedo» se superpusieron las salvas de honor de un entierro no muy lejano. Ninguno de los dos, ni Christine ni Paul, movieron un músculo al oír las detonaciones.

Miedo. Desde que habían detectado la señal, a Cíclope lo había agitado un torbellino de sensaciones: expectación, ansiedad, urgencia, ira. Y por debajo de todas ellas había notado algo más, acechando, algo que no supo interpretar hasta ese momento. Puede que fuera miedo, en efecto.

—Todos tenemos miedo a algo —contestó Cíclope tras el último disparo.

—Tú no, Paul. La mayoría de los hombres se hacen los fuertes y no reconocen que son menos valientes que cualquier mujer. Pero a ti nunca te ha hecho falta fingir.

—Dejemos ese asunto, Christine. No eres la única que tiene prisa…

Hacía mucho que nadie le hablaba de ese modo a la jefa de gabinete. Si Cíclope no fuera quien era, su conversación se habría terminado.

—En ese caso, dime qué quieres y acabemos con esto de una vez. Agente Dobbs —dijo, volviéndose hacia el jefe de su equipo de guardaespaldas—, retírese con sus hombres.

—A la orden, señora.

Cíclope esperó a que los agentes del Servicio Secreto se alejaran hasta una distancia prudencial, donde no pudieran escuchar su conversación. Mientras, su único ojo útil volvió irremediablemente a la tumba de su amigo Henry. Aún estaba allí, fijo, cuando empezó a hablar:

—Hemos consultado a todas las agencias: CIA, FBI, NSA, NIC, DIA, AIA, ONI, MCIA, NRO, NGA, IRN… Todas. No hemos hecho otra maldita cosa desde las nueve y veintisiete horas de ayer por la noche. Y cuando no obtuvimos nada, volvimos a consultarlas. Y al no obtener nada de nuevo, volvimos a hacerlo una vez más…

»¡Maia! —dijo Cíclope, como si acabara de recordar el nombre de su hija—. Maia se ha jugado la vida para llegar a ese pueblo y, de momento, tampoco ha sacado nada en claro. Estamos ciegos, Christine, ¿lo entiendes? ¡Ciegos! Y creo que he descubierto el porqué: hay alguien que no quiere que sepamos algo. No soy un ingenuo. Me doy cuenta de que hay asuntos de los que muy pocos saben y que muy pocos deben saber. Pero esto es importante. Tengo una sensación… sí, puede que sea miedo… Necesito saber qué significa esa señal. El mundo entero lo necesita, porque lo que va a ocurrir va a ser terrible y no podremos evitarlo si no sabemos toda la verdad. Sólo me quedas tú, Christine. Así es que, te lo ruego, dime qué saben unos pocos, que yo no debo saber.

Había cientos de secretos que la jefa de gabinete conocía y que encajaban con esa definición. Pero sólo uno de ellos la había mantenido en vela la noche anterior.

—Nada —dijo ella con rotundidad, sin vacilaciones—. Nadie está ocultándole nada a Lakesis. Te doy mi palabra.

Cíclope asintió pensativo.

—Ya.

—Ahora tengo que volver a la Casa Blanca. Cuídate, Paul.

—Tú también, Christine.

Un leve gesto de la poderosa mujer hizo regresar al enjambre de guardaespaldas. Con la misma celeridad, un coche negro blindado pareció surgir de la nada, en el paseo, a unos metros de ellos. Christine dirigió una última mirada fugaz a la tumba de su hermano y se metió en el vehículo, rodeada siempre por su protector cortejo. Un minuto más tarde Cíclope volvía a estar sólo frente a la lápida de Henry.

—Tu hermana es una jodida mentirosa.

No había el mínimo rastro de humor en esas palabras. Christine acababa de condenarlos al fracaso.