La señal
Capítulo 31
Brownton.
31 de diciembre, 09.23 horas.
Kens colgó su recién estrenado abrigo de plumas junto a la entrada del bar, en una de las perchas clavadas en la pared. Ian, por el contrario, se dejó el suyo puesto. Quizá porque aún albergaba la esperanza de poder marcharse y, sobre todo, para que no quedara al descubierto su jersey rasgado por el balazo.
—Espérame ahí —le ordenó—. Y no hagas ninguna tontería. Si intentas escaparte, pondré a toda la policía del estado detrás de ti.
Ian obedeció y se sentó a una de las mesas de banco corrido. Kens le dio entonces la espalda para volverse hacia el interior del bar en busca de su presa, el pelirrojo Carson Conway, villano oficial de Brownton. Lo reconoció enseguida, al fondo. Estaba solo, bajo una lámpara de luz mortecina y junto a varias fotografías de deportistas locales que decoraban el espacio destinado a una vetusta mesa de billar.
Una de las reglas no escritas de los bares rurales era que todos los feligreses presentes debían volverse de inmediato cada vez que entraba alguien, para escrutarlo de arriba abajo. Sobre todo si se trataba de una mujer guapa, como Kens.
—Si estuviéramos en Washington, les diría que son todos unos jodidos maleducados. Pero como estamos en Vermont, ¡qué coño! ¡Buenos días!
Las caras regresaron velozmente a sus huevos revueltos, sus cafés y sus revistas de pesca. Las conversaciones también se reanudaron, aunque en un tono más contenido. El único que siguió observándola fijamente fue Tom, desde la barra.
—¿Pero ustedes no se iban? —le preguntó.
—Enseguida. De momento deme tres paquetes de Doral y un Red Bull.
—Aquí no tenemos tabacos raros ni Red Bull, preciosa.
—Por supuesto que no… Entonces que sean cuatro paquetes de lo que tengas.
—¡Agente Kens! ¿Qué tal se encuentra mi adorable enferma?
Ella reconoció de inmediato al dueño de aquella voz. Era el doctor Aymard, el veterinario que se había ocupado de su mano herida. Mierda, pensó ella. ¿Es que no podían dejarla trabajar?
—Buenas días, doctor.
—Ya nos habías saludado a todos al entrar.
—A todos menos a usted. Es el único aquí que no es un maleducado… Lo siento de verdad, doctor, pero no tengo tiempo para charlar.
Los convencionalismos sociales eran ajenos a Kens. Aun así, la desilusión en el rostro del anciano, y su propio interés, le llevaron a decir:
—¿Ve a aquel tipo en la mesa del fondo? —Se refería a Ian—. Es un amigo mío y tiene todo el tiempo del mundo. Se llama Jack. Estoy segura de que le encantará conocerlo. ¿Me haría ese favor?
—Por supuesto que sí.
El veterinario ni siquiera cuestionó el improbable hecho de que un amigo de Kens pudiera encontrarse en Brownton, cuando el pueblo estaba aislado.
Ella le hizo un guiño y lo dejó allí plantado sin añadir nada más. Después de pagar y recoger su tabaco de encima de la barra, se dirigió finalmente a la mesa de Conway. Mientras, Ian vio que se acercaba a su mesa el hombre con el que había estado hablando Kens, e inmediatamente se puso a la defensiva. Parecía un simpático anciano, pero quizá se tratara de un policía o de otro agente del FBI. Él no lo conocía de nada y se había ganado el derecho a ser paranoico. No paraba de darle vueltas a la forma de encontrar una alternativa para huir de aquel maldito pueblo al que nunca debía haber ido a parar. Pero sus opciones eran más que escasas, con las vías cerradas y sin las llaves de la moto de nieve.
—Buenos días, Jack —saludó el anciano—. Doctor Joseph Aymard, médico veterinario de Brownton, más o menos jubilado.
Que Ian no aceptara la mano que le tendía no fue suficiente para convencer al veterinario de marcharse y dejarle en paz. Por el contrario, eso le hizo intensificar aún más su sonrisa y tomar asiento enfrente de él.
Lo mismo hizo Kens delante de Carson Conway, al otro lado del bar, aunque ella no sonreía.
—Soy la agente especial Kensington, del FBI —le dijo—. Tengo que hablar contigo, Carson. ¿O prefieres que te llame señor Conway?
Él fingió que Kens no estaba allí, al igual que pretendía hacer Ian con el doctor Aymard. Pero a ninguno de los dos iba a resultarle fácil. Cuando Conway intentó llevarse a la boca un trozo de beicon, Kens le quitó el tenedor de las manos y fue ella la que acabó comiéndoselo.
—No te he oído, Carson. ¿Cómo prefieres que te llame?
—¡¿Qué coño quiere de mí?! Yo estoy limpio.
El tipo no vaciló al hablar. Ya había pasado más de una vez por situaciones parecidas a ésta.
—Claro que estás limpio. Si no tenemos en cuenta tu condena por tráfico de drogas y el asesinato de aquel agente de la DEA, casi podría decirse que eres la versión fea, sucia y pelirroja de la madre Teresa de Calcuta.
El volumen de las conversaciones de todo el bar se había reducido notablemente para poder escuchar ese diálogo. También Ian y su indeseado compañero de mesa oyeron el primer intercambio de frases entre Kens y Carson Conway. A Ian le sorprendieron el tono despiadado de ella y la manera en que trataba de intimidar a aquel sujeto. Supuso que había tenido la suerte de caerle bien, aunque hubiera intentado estrangularlo al poco de salvarla de su accidente.
—Su amiga Kens está dándole una buena tunda a ese canalla —dijo el veterinario —. ¡Bien por ella!
—No es mi amiga.
Ian habló en un susurro apenas audible, pero fue un error. Sin pretenderlo, acababa de iniciar su propia conversación con el anciano veterinario. Trató de enmendar el desliz desviando la mirada hacia el televisor, que colgaba de un brazo articulado en una de las paredes. El sonido estaba anulado —Tom sólo lo subía en los partidos de los Chicago Cubs, en los que lo ponía al máximo—. En la pantalla se sucedieron imágenes de carreteras colapsadas por accidentes debidos al mal tiempo, casas de madera con los tejados arrancados de cuajo y mapas meteorológicos donde se mostraba la previsible y cercana convergencia sobre Vermont de dos enormes manchas de aspecto inquietante. Ian apenas se percató de todo esto, pues su cabeza era un hervidero en busca del modo de escapar.
Lo que sí llamó su atención fue nuevamente Kens. Conway se había puesto en pie, con la intención de dejar el bar. Ella se atravesó en su camino para impedírselo y él la agarró por la mano herida y empezó a apretarla.
En el bar se hizo un silencio expectante, en espera del desenlace. Sólo Ian se levantó para ir en ayuda de Kens.
—¿Quiere probar quién tiene más huevos, agente? —dijo Conway con desprecio.
El dolor era tan intenso como para desmayarse. Pero Kens fue capaz de sacar con la diestra su Glock de cuarenta milímetros y poner el cañón entre las piernas de Conway.
—Si aprieto el gatillo, me temo que estaremos empatados, hijo de perra.
—No creo que se atreva a disparar, zorra cobarde…
El ruido sordo de una detonación demostró a Conway que Kens no bromeaba. Todo el mundo en el bar dio un salto cuando el proyectil salió del arma y se empotró en la pared, cerca del suelo.
—El próximo te volará los cojones. ¿Quieres comprobarlo?
Conway no pudo responder. Soltó de inmediato a Kens y se desplomó, pálido y furioso, en su asiento. Ella agitó la mano dolorida para desentumecerla.
—¡Yo no he hecho nada! ¿Por qué diablos tengo que hablar con usted?
—Porque tú eres muy, muy tonto y crees que no voy a descubrir en qué andas metido.
Ian estaba en medio del bar. Kens vio con el rabillo del ojo cómo había intentado auxiliarla, en lugar de salir huyendo cuando tuvo la oportunidad. Esa reacción instintiva demostraba que, a pesar de la orden de búsqueda, el tal Jack Griffin era un buen hombre.
—Ahora escúchame, Carson —prosiguió Kens—. ¿Quiénes son esos forasteros para los que haces de guía en las temporadas de pesca, eh? ¿Saben hablar en inglés, o es que tú dominas el árabe?
—Son sólo…
—Shhh, silencio, Carson. El silencio es oro. Aprovéchalo y piensa bien tus respuestas antes de contestar, no sea que luego te arrepientas de haberte apresurado.
Ninguna razón de peso hacía sospechar a Kens una conexión entre aquel individuo y el terrorismo islámico, pero era claramente algo a considerar. Por eso ella había tomado esa vía en su interrogatorio. Un acontecimiento menor no sería capaz de hacer saltar de esa manera las alarmas de Lakesis. Sólo algo de veras catastrófico podía hacerlo. Y, en ese caso, Al-Qaida era un serio candidato a analizar. Ellos eran especialistas en idear grandes atentados. Disponían de todo lo necesario: infraestructuras, medios económicos, fanáticos repartidos por medio mundo y líderes siniestramente astutos. Además, no era un secreto para nadie la vulnerabilidad de la frontera entre Canadá y Estados Unidos. Por ella se habían infiltrado, durante años, espías del antiguo KGB y de otras agencias de inteligencia enemigas de América. La Guerra Fría era sólo un juego de niños comparado con la situación actual. Ninguno de esos espías había estado realmente dispuesto a morir por su misión. Ésa había sido siempre una debilidad de todos ellos, en cualquiera de los bandos. Lo contrario, desear morir matando, era el arma más poderosa, casi invencible, del terrorismo islámico.
—Un chico de campo como tú, que lleva viviendo en Brownton toda la vida, debe conocerse muy bien los alrededores, ¿verdad? —Siguió Kens, implacable—. También la frontera con Canadá. ¿Conoces bien la frontera, Carson? ¿Enseñas a tus amigos terroristas por dónde cruzarla sin que los descubran? ¿Les has ayudado a meter «algo» en Estados Unidos?
Kens estaba pensando en lo que, en la jerga de los servicios secretos, se denominaba una «bomba sucia», una temible combinación de residuos radiactivos con explosivos convencionales. Según muchos expertos y analistas, era muy probable que un artefacto de ese tipo fuera utilizado en un eventual nuevo atentado de Al-Qaida contra Estados Unidos.
—Ahora ya puedes hablar —dijo Kens.
Carson estalló en gritos:
—¡Yo no soy ningún puto terrorista! ¡Y si viera a uno de esos putos moros por aquí cerca, le volaría la puta cabeza!
Ella se le acercó todavía más, para observar su respiración agitada y su mueca contraída. El bar entero seguía en silencio. Mierda, pensó Kens. Carson no estaba fingiendo. Eso no quería decir que fuera inocente, pero cortaba una posible línea de investigación.
—Escúchame bien, Carson. Hasta que yo misma te diga personalmente lo contrario, a partir de este momento vas a presentarte en la oficina del sheriff cada hora, ya sea de día o de noche. Si llegas tarde una sola vez, haré que te encierren. Y si faltas una sola vez, cumpliré mi amenaza de volarte los huevos. ¿Lo has entendido?
—Hija de puta… —musitó él.
—Ésa soy yo, una grandísima hija de puta, así es que más te vale no cabrearme.
Kens miró la hora en su reloj y le dijo a Carson:
—Ahora son las nueve y cincuenta y cuatro. A las diez y cincuenta y cuatro quiero verte en el puesto del sheriff.
Carson Conway se apresuró a abandonar el local, rabioso y dando un fuerte portazo. Kens enfundó su arma y volvió a la mesa de Ian y Aymard. Todos en el bar seguían conmocionados.
—¡Usted, usted… ha dis… disparado! —tartamudeó Tom desde la barra.
—No se preocupe —le dijo ella—: Daré parte al FBI para que le abonen los desperfectos. —Y luego se dirigió a su circunstancial compañero—: Muévete, Jack. Nos vamos de este antro.
—Oh, no —intervino Aymard—, pero si no he tenido tiempo de conocer a tu amigo. Hay tantas historias de Brownton que contar… Por cierto, felicidades, querida, te has portado como un hombre con Conway.
Kens sonrió.
—Apuesto a que no habéis oído hablar de nuestra base secreta y nuestros extraterrestres —siguió el veterinario.
—Mala suerte, doctor. Ésa ya me la sé —dijo Kens con una mueca, y cogió su abrigo de la percha.
No podría decirse lo mismo de Ian, pero que hubiera o no extraterrestres en Brownton, o que tuvieran oculto en el sótano de La Trucha Plateada el mismísimo ovni de Roswell, le traía completamente sin cuidado.
Al veterinario le cogió por sorpresa que ella conociera ese pequeño gran secreto del pueblo, pero no se dio por vencido y empezó a buscar algo entre sus recuerdos. Otro secreto, lo suficientemente oscuro para interesar a la agente del FBI.
—¿Y también sabes por qué se cerró la base, querida?
Ian chocó contra la espalda de Kens al detenerse ella de pronto en el umbral de la puerta. Aymard sonrió.
—No, ésa no me la sé.
Su instinto le decía que ahí había algo importante. Algo que el sheriff se había encargado de ocultarle hasta ahora.
El rostro del anciano veterinario se iluminó mientras Kens empujaba a Ian para que volviera a sentarse a la mesa.
—¿Por qué cerraron la base? Sin rodeos.
—Tuvieron que clausurarla por un accidente —dijo Aymard en tono de confidencia—. Por una explosión en la que murieron al menos cien militares, y que nunca llegó a esclarecerse.