La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 49 de 54

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La señal

Capítulo 48

Boston.

Un día antes de Fin de Año.

Después de más de una decena de timbrazos, Gloria cogió por fin el teléfono móvil. Ian estaba a punto ya de interrumpir la llamada. Su nerviosismo había ido creciendo a cada tono, sin que ella descolgara. Lamentaba haber discutido con su mujer antes de irse a la facultad, esa mañana, para acudir a su cita con el comandante Kyle Smith. Entonces estaba muy tenso, pero ahora se encontraba mejor. Sólo la discusión le producía nuevamente ese nerviosismo con el que, de todos modos, había aprendido a convivir en los últimos meses.

—¿Gloria…? —dijo él.

—¿Qué quieres? —Fue su gélida respuesta.

—¿Dónde estás? Te he llamado a casa pero me ha saltado el contestador.

—Es que no estoy en casa. —El silencio fue aún más frío que su voz—. Estoy fuera. En el Wal-Mart.

—¿De compras?

—No. Descubriendo el remedio contra el cáncer.

Hasta ella, enfadada aún, se dio cuenta de que había sido demasiado brusca con el último comentario.

—Lo siento… Perdóname.

—No importa. De verdad. Sólo quiero decirte que esta mañana he sido un imbécil. Pero voy a compensarte.

—¿Ah, sí? —dijo Gloria en tono intrigado—. ¿Y cómo?

—Invitándote a comer en el Café Pamplona. ¿Te apetece?

—Claro que sí.

Ian la imaginó ladeando su cabeza. Y todo cambió en su interior. Iba a ser padre y estaba casado con la mujer a la que amaba, JANUS había terminado para él, aunque seguiría trabajando en la distancia para anularlo por completo y definitivamente. ¿Qué más podía pedir, dadas las circunstancias?

Media hora después de su conversación, Ian recogió a Gloria y fueron juntos a casa. Se besaron y disfrutaron de la reconciliación. Luego estuvieron almorzando en el Café Pamplona y dieron un largo paseo. Todo estaba bien.

—¿Me dirás ahora qué es lo que pasa, o lo que te pasa a ti?

—Cariño, no es importante, de verdad. Sólo se trata de… trabajo.

Se habían sentado en un banco del bulevar de la calle Commonwealth. Ella lo miró con ternura, aunque también con cierta desazón.

—¿Es que no confías en mí? ¿Por eso no quieres contármelo?

—Gloria, te prometo que no tiene nada que ver con eso. Es que… Volver a JANUS ha sido muy duro para mí. Quería dejarlo, pero no podía abandonar el proyecto cuando era tan peligroso. Sólo es eso, te lo prometo.

—Está bien. Pero no te enfades tú conmigo ahora. Sé que he sido muy desagradable.

—No seas tonta. Lo comprendo.

—Te quiero.

—Y yo a ti. Y a nuestro hijo.

Gloria estuvo a punto de llorar.

—Ya lo sé. Los dos somos unos tontos. Deberíamos hacer un pacto. Cuando uno se enfade, el otro puede apelar a nuestro amor. Y debe pararse el enfado, bajo cualquier circunstancia. ¿Vale?

—Sí. Me parece muy buena idea.

—Nos queremos, y eso es lo único que importa. ¿No te parece?

—Claro.

—Entonces…

—¿Entonces?

Ian percibió que Gloria lo miraba con el gesto de un niño travieso.

—Si me quieres tanto, no tendrás inconveniente en…

—¿En qué?

Ambos empezaron a reírse.

Ella tuvo el capricho de unas mediaslunas del Café Pamplona.

—Ese negocio se va a hacer rico con nosotros —dijo Ian, risueño.

—Sólo hasta que nazca nuestro hijo. Luego se acabaron los caprichos.

—No me lo creo.

Sin darse cuenta, se había pasado la tarde. Gloria estaba muy cansada y con las piernas de nuevo hinchadas. Ian llamó a un taxi para que la llevara a casa, mientras él montaba en su todoterreno y atravesaba Boston para comprar las deliciosas mediaslunas.

No sabía que ésa era la última vez que vería con vida a su esposa.

 

El hombre, de mediana edad y algo rechoncho, que corría descompasadamente, frenó como pudo frente a Kyle Smith. Estaba como loco. Las gotas de sudor de su largo pelo rizado saltaron contra el rostro del comandante, que se echó hacia atrás con cara de asco y reproche. Ambos se hallaban en un angosto pasillo de la base militar de Natick.

—¿Qué diablos sucede, Dermot?

—¡Es JANUS! ¡JANUS! —gritó.

—¡Está bien! —dijo Smith autoritariamente, mientras agitaba al hombrecillo por los hombros—. Cálmese y dígame qué es lo que pasa con JANUS.

Al aludido se le salían los ojos de las órbitas. Smith estaba harto de trabajar con personal científico civil. El hecho de no haber pasado por una academia militar se notaba en aquellas reacciones destempladas. Aunque la ocasión, como el comandante supo enseguida, merecía semejante muestra de exaltación.

—JANUS, JANUS… No… —balbuceó el científico.

—¡Hable de una vez!

—JANUS no es JANUS.

—¿Cómo que no es JANUS?

Smith era ahora el que tenía los ojos abiertos como platos. La incredulidad iba dando paso al furor.

—Moone nos ha engañado.

—Maldito Moone… —susurró el comandante entre dientes, consternado.

—No es posible controlarlo, ni siquiera.

El hombre se quedó con la palabra en la boca. Smith se volvió y salió corriendo hacia su despacho. Tenía que avisar a su agente a través de una línea segura. Ian Moone no debía morir aún. Al menos hasta que entregara el secreto del verdadero JANUS.

Gloria pagó la carrera y bajó del taxi delante de su casa. Notaba las piernas hinchadas y pesadas. El embarazo era más duro de lo que había imaginado, aunque nada de eso le importaba en comparación con la idea de dar vida a un nuevo ser humano, el hijo de Ian, a quien tanto amaba.

Caminó lentamente por el empedrado que atravesaba el jardín delantero, pensando en lo alegre que se sentía dentro de su corazón ante la expectativa de tener el bebé y de todos los cambios que éste traería consigo. La existencia siempre implica cambios, y ella era del tipo de personas que los afrontan con ilusión y anhelo.

Sacó las llaves de su pequeño bolso e insertó en la cerradura la que correspondía a la puerta de entrada. Al abrir percibió algo extraño. Ya dentro no tuvo dudas. Olía fuertemente a gas.

Su cerebro no pudo dar a tiempo la contraorden para anular la orden inmediatamente anterior, casi instintiva. Cuando el interruptor de la luz de la entrada cambió de posición, una leve chispa eléctrica inflamó el gas que inundaba la casa. Fue una llamarada repentina, que precedió a la gran explosión.

Antes de ser catapultada hacia la calle, herida de muerte, Gloria sólo tuvo tiempo de pensar en una cosa: en el hijo que llevaba en su vientre.