La señal
Quinta parte
La furia desatada
Capítulo 36
Boston.
Octubre.
El otoño era ya un vendaval tan enérgico como los vientos que arrastraban las hojas marchitas. Empezaba noviembre, el más gris de los meses. Pero, en contraste con el adverso clima, Ian Moone sentía su espíritu inundado por los más vivos colores. Después de años tan grises y marchitos como el otoño, una nueva esperanza lo había rescatado de esa situación. Había estado dejándose llevar por una corriente que lo arrastraba, sin que él hiciera el menor esfuerzo para evitarlo. Cuando era muy joven experimentó la ilusión de poder cambiar el mundo algún día, aunque sólo fuera un poco. Eso le parecía entonces al alcance de la mano. El accidente de sus padres, que le sumió en una honda tristeza, se convirtió también en un acicate para él, que llevaba a las últimas consecuencias en la vida profesional. Sin embargo, su hoguera interior se fue consumiendo poco a poco y casi llegó a extinguirse por completo.
Pero cuando la última brasa estaba a punto de transformarse en un negro trozo de madera quemada, algo hizo que un destello resplandeciera, y que todo lo que fueron cenizas volviera a convertirse en un robusto árbol. El corazón de Ian volvió a latir, y la sangre a correr por sus venas. Antes estaba muerto, sin el hálito de la ilusión. Ahora ese aliento renovado se lo daba el amor por Gloria.
Después de abandonar JANUS y reordenar su vida, con Gloria junto a él, Ian volvía a desear vivir. Sentía que la felicidad era posible, y quizá la auténtica felicidad es justamente creer en ella.
Pero, sin sospecharlo, era como un pajarillo enjaulado, que piensa ser libre hasta que un día intenta salir de la jaula. Sí, Ian Moone se creyó libre durante el tiempo que había pasado desarrollando el sistema JANUS. Nunca imaginó que los militares hubieran seguido atentamente todos y cada uno de sus pasos, y que la jaula de la que pensaba haberse liberado estaba a punto de cerrarse de nuevo a su alrededor.
Hasta ahora, Smith había actuado con calma y tenido paciencia. Pero su paciencia se había colmado. Una mañana se presentó, sin avisar, en el despacho de Ian. Llevaba un sobre en la mano. No se molestó en saludar siquiera. Le arrojó el sobre encima de la mesa y esperó a que lo abriera, tieso como un palo. En su boca se dibujaba el esbozo de una mueca terrible. Ya no llevaba ninguna máscara de pretendida amabilidad. Ahora tenía las riendas en su mano, y eso era lo que más le gustaba. Tener el control absoluto de las situaciones.
—Esto es…
Ian no conseguía articular palabra a medida que leía la copia del informe secreto sobre el padre de Gloria, que revelaba su relación con espías de Alemania Oriental durante los últimos años de la Guerra Fría.
—Antes de que me llame hijo de puta, o algo por el estilo, es mejor que nos dejemos de monsergas —dijo Smith—. Soy un hijo de puta. Lo sé y lo admito. Pero así están las cosas.
—¿Por qué me enseña esto?
—¿No es obvio? Le creía a usted más inteligente. O vuelve a trabajar para nosotros o esa información llegará ante un fiscal. ¿Quiere ver al padre de su esposa en la cárcel? ¿Y la vergüenza de toda la familia?
Con los puños cerrados, Ian apretó los dientes y respondió con ira:
—Sí, es un gran hijo de puta, Smith. Y no se saldrá con la suya.
—Yo creo que sí —respondió el comandante con la tranquilidad de quien se sabe invulnerable—. Necesitamos JANUS operativo. Es un asunto de seguridad nacional. Y ningún pequeño profesor de mierda como usted nos frenará en estos planes.
—JANUS no funciona. Los dos lo sabemos. ¿No recuerda lo que ocurrió en la prueba con la central nuclear? JANUS es inestable y siempre lo será.
Ian sabía que eso no era cierto. Ya no, después de la iluminación que había tenido en Londres. Estaba intentando marcarse un farol, que quizá habría llegado a funcionar si Smith no supiera algo que no debía saber.
—No intente engañarme, Moone. Estoy informado de que ha conseguido resolver esos pequeños problemas. Londres debe de ser un lugar inspirador. Debería haber ido allí antes, ¿no le parece?
Ian se quedó mudo por la sorpresa. La única persona en el mundo a la que había revelado su milagrosa iluminación era su amigo Julián Earl, en el mensaje que le envió desde la capital británica. Que el comandante supiera eso sólo podía significar una de estas dos cosas: o los militares lo habían puesto bajo vigilancia e interceptado el mensaje, o…
—No puede ser. Julián no sería capaz de… —susurró Ian.
Smith sonrió de un modo maléfico. Era placentero ver cómo muere una amistad. Con una condescendencia totalmente falsa dijo:
—Créame, Ian. Su amigo Julián es capaz de muchas más cosas de las que imagina.
Ian levantó hacia Smith una mirada dolida. Todas las cartas estaban ya sobre la mesa. Realmente los militares lo habían puesto bajo vigilancia. Lo hicieron desde el principio. Y su mejor herramienta no fueron los micrófonos ni las cámaras sofisticadas. Julián Earl bastó para que supieran casi todo cuanto necesitaban saber. Ian quizá debía haberse figurado que Smith tenía un topo, un informador privilegiado, muy cerca de él. Pero la amistad ciega a las personas, como lo hace cualquier otro tipo de amor.
—Sabemos todo lo que ha hecho —afirmó Smith—. Tenemos todas sus notas y sus apuntes gracias al inestimable señor Earl. El problema es que nos falta esa clave final que usted ha descubierto.
Los mejores expertos militares seguían analizando la documentación facilitada por Julián, que hasta ese mismo día había continuado husmeando entre los archivos de Ian en busca de nuevas pistas. Pero todo resultaba inútil. Moone no había exagerado en el mensaje que le envió desde Londres: descubrir la pieza que faltaba en el puzzle de JANUS había sido una auténtica iluminación, que nadie más podría nunca llegar a recibir. El comandante Smith se había dado cuenta, al fin, de esa realidad. Tal como JANUS estaba, quizá podía servir para lanzar un ataque incontrolado. Aunque ni siquiera eso podía asegurarse. Los fallos y la inestabilidad del sistema actual hacían que casi siempre quedara anulado o bloqueado, y por tanto inoperante. Y eso era algo que Smith y sus superiores no estaban dispuestos a admitir.
—Así es que siguen necesitándome… —dijo Ian con desprecio.
—No. Yo no lo diría así: le tenemos agarrado por las pelotas. Eso es más preciso. Además, su joven esposa, Gloria, es una gran mujer. No querría que a ella le pasara algo…, o a su hijo.
Ian no aguantó más. Sin mediar palabra se levantó de la silla y se arrojó contra Smith con el puño en alto. Antes de que pudiera lanzarlo contra el rostro del comandante, éste se apartó y le golpeó en la espalda. Ian se tambaleó, perdió el equilibrio y cayó al suelo cerca de la puerta. Smith saltó rápidamente hacia él y le puso el pie en el pecho, con la puntera de su bota oprimiéndole el cuello.
—Le repito que está cogido por las pelotas. Antes del fin de semana espero tener el informe completo de sus últimos hallazgos. Si no quedo satisfecho, ya sabe lo que pasará con el señor Fischer. Después, ya veremos.
El comandante echó una última mirada a Ian, cargada de odio, y abandonó el despacho. Mientras se iba añadió en voz baja:
—Y yo de usted me desharía de la carpeta que tiene en su mesa.
La ilusión de la felicidad se había disuelto como un espejismo. Tan bruscamente que Ian no recordaba ya, en sólo unos minutos, que en algún momento de su vida se sintió o se creyó feliz. Hizo con el informe lo que le había dicho Smith. Lo deshizo en pedazos minúsculos y lo tiró en varias papeleras distintas del campus. Aquello era lo que merecía. No el padre de Gloria: era lo que él merecía. Había tratado con el diablo, y el diablo siempre reclama su parte.
No tenía otra opción que colaborar con los militares. Sintió repugnancia. Una arcada hizo que vomitara. Pensó en matar a Smith y luego quitarse la vida. Pero no podía hacer eso. Por Gloria. Y por su hijo.
Volvió a su despacho y llamó por teléfono a Julián Earl. Ya no podía confiar en nadie, ni siquiera en quien hasta ese momento había considerado su más fiel amigo. Ignoraba si Smith había chantajeado también a Julián, o si éste trabajaba libremente, y por deseo propio, para los militares. Al fin y al cabo, siempre había estado dispuesto a colaborar con los estamentos del gobierno y el ejército. Por patriotismo. Sí, quizá, se dijo Ian. Aunque también podía haberlo juzgado mal desde siempre, haberle mostrado un aprecio que no era recíproco e incondicional, como el suyo.
Julián no tardó en llegar. Su cara no era la de alguien que ignora lo que está pasando. Ian atacó sin miramientos.
—Tú sabías que esto iba a ocurrir.
El tono afirmativo fue tan cortante que Julián no fue capaz de mentir abiertamente.
—No lo sabía, pero…
—Entonces ¿es verdad que has estado espiándome todo el tiempo?
En los ojos de Julián hubo un atisbo de contrición, como si le pidiera a Ian que le perdonara sin expresarlo con palabras.
—Tienes que hacerte cargo, JANUS no es una nimiedad.
—Ya —dijo Ian entre suspiros.
—Es, hoy por hoy, la principal arma defensiva que se está desarrollando en todo el mundo.
—¿Defensiva?
La amarga sonrisa de Ian denotaba tristeza e ironía. Cuántas veces, a lo largo de la historia pasada y reciente, la excusa de la defensa había servido para cometer los más viles actos ofensivos. Muchas veces incluso se les llamaba «preventivos», en un alarde de cinismo. Estaba harto y asqueado de que el patriotismo y sus símbolos se utilizaran como excusas. Cuando un pordiosero lleva en su carrito, con sus únicas posesiones, una bandera nacional, demuestra que cree en algo. No importa por qué la lleva, pero está diciendo «lo que me pasa es culpa mía». Eso es hermoso, porque es propio de un espíritu que mira hacia las estrellas aunque esté en el pozo más profundo. Sin embargo, los mayores voceros del honor, la fe, la verdad, casi siempre eran personas carentes de escrúpulos que únicamente deseaban llevar adelante sus planes, sin importar las consecuencias. Como muchos líderes religiosos, igual que ellos. Siempre el odio movía los hilos, así como la ambición, el poder…
La mirada inquisitiva de Ian hizo que Julián apelara a todos aquellos valores que, para él, justificaban incluso la traición.
—Amigo mío…
La palabra «amigo» en boca de Julián raspó el corazón de Ian como papel de lija.
—… Ian —continuó Julián—, nuestra patria nos necesita. Sé que no estás de acuerdo con todo esto, pero es lo correcto.
Sin perder la mueca de asco, Ian hizo ademán de reírse, aunque con una risa más que amarga.
—Lo correcto… Muy bien, «amigo», muy bien. Habéis ganado. Lo haré. Y ojalá contribuya a hacer más grande este país. Te juro que ahora mismo lo veo tan pequeño como la cabeza de un alfiler. Pero, de acuerdo, joder, haré lo que haga falta…
—Ian…
—No, no. Cállate, por favor. Déjame en paz. Y vete de aquí. Haré lo que se me ha pedido y luego me iré para siempre. Mi antiguo profesor, Graham Hammíll, me ofreció unirme a su equipo de Oxford. Cuando JANUS esté terminado creo que le llamaré y le preguntaré si la oferta sigue en pie. Pero antes de que te vayas, Julián, quiero preguntarte una última cosa.
El aludido esperaba la pregunta con aire de expectación. Todo aquello le perturbaba, aunque no lamentara lo que había hecho.
—¿Sabes algo del pasado de alguien que no esté en orden?
—¿Cómo?
—¡Contesta!
—No. Ni siquiera sé de qué me estás hablando.
—Quiero que me mires a los ojos y me lo jures.
Julián hizo lo que le pedía.
—Te lo juro, Ian. No sé nada de eso.
Era verdad. Aunque Ian ya no podía confiar en su palabra, aceptó que no supiera lo del padre de Gloria. Eso era cosa del comandante Smith.
Julián se fue entonces. Dejó sólo a Ian. Más solo de lo que nunca había estado en toda su vida, aunque tuviera con él a Gloria y fuera a ser padre. Por el momento, pensó Ian, era cierto que estaba en la ratonera y sólo tenía una salida. Pero eso no significaba aceptar ser un cordero en las fauces de una manada de lobos. No era tan estúpido como creía Smith. O quizá sí, pero él también podía comportarse como un hijo de puta. Y eso, sin duda, iba a demostrarlo. Aún no estaba vencido. No, no lo estaba: al fin y al cabo seguía siendo el Hombre Invisible.