La señal

Ángel Gutiérrez · Capítulo 18 de 54

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La señal

Tercera parte

La tormenta

Capítulo 17

España.

Julio.

El verano en el sur de Europa podía llegar a ser asfixiante e insoportable. En Madrid hacía treinta y cinco grados de temperatura máxima. Ian había tratado de ponerse en contacto con Gloria desde que llegó a la ciudad, por medio de su móvil español. Pero el aparato de ella estaba siempre apagado. ¿Para qué demonios servía un teléfono portátil que, o no se lleva encima, o se lleva sin encender? Ian estaba a punto de estallar por los nervios, aunque no se daba cuenta de su propio estado. Sin querer, lo pagó con un pobre camarero de una cafetería del aeropuerto que, a diferencia de lo que creyó, no había intentado engañarle.

Cuando por fin el teléfono dio tono de llamada, Ian acababa de registrarse en un hotel cercano al aeropuerto. La voz que se oyó al otro lado era de mujer y hablaba en español, pero no era la de Gloria. Ian tragó saliva. Podía esperar cualquier cosa si se trataba de su madre.

—¿Gloria? —Se limitó él a decir, en tono interrogativo, para no tener que hablar en español, un idioma que apenas conocía.

—Soy Sofía, la madre de Gloria. Ella no está.

—¿Perdón?

—Eres Ian, ¿verdad? —preguntó la voz, ya en inglés.

Su tono era implacable. Él respondió afirmativamente con la cabeza, y cerró los ojos cuando se produjo un breve silencio que anunció la esperada tormenta.

—Deja en paz a mi hija. Ya la has hecho sufrir bastante.

—Lo sé. Y no imagina cuánto lo siento. Pero, por favor, necesito hablar con Gloria, necesito verla.

El tono afligido de Ian no la conmovió.

—Pues ella no quiere verte a ti.

La madre de Gloria colgó el teléfono antes de que Ian pudiera añadir nada más. Él mantuvo el auricular junto a su oído todavía durante unos segundos, mientras se preguntaba qué hacer a continuación. Llamar de nuevo carecía de sentido. Seguramente no cogería el teléfono o volvería a colgarlo nada más darse cuenta de que era él otra vez. Y no podía echárselo en cara a la pobre mujer. Ella tenía razón en lo que había dicho. Pero Ian no estaba dispuesto a darse por vencido. No podía.

Paseó de un lado a otro a lo largo del recibidor del hotel, con la maleta de viaje colgada distraídamente de un hombro y la mirada pensativa.

—¡Nelly! —exclamó, sobresaltando a una anciana que pasaba en ese momento a su lado.

Eso era. Podía recurrir otra vez a la mejor amiga de Gloria, Nelly Patton. Estaba seguro de haber incluido en la agenda su número de móvil. La madre de Gloria no podría librarse tan fácilmente de él si se presentaba en su casa, pero para eso necesitaba saber antes la dirección.

—¿Nelly?

—Seas quien seas, más te vale que sea importante.

La amiga de Gloria había tardado en contestar, y cuando lo hizo su voz sonó amenazadora y somnolienta; una extraña mezcla. Sólo entonces Ian se apercibió que en Harvard era de madrugada.

—Siento haberte despertado, Nelly.

—Ah, debía haberme imaginado que tenías que ser tú —reconoció por fin a Ian —. ¿Qué quieres ahora? ¿No podías haber esperado hasta las siete de la mañana?

—Tienes que darme la dirección de la casa de los padres de Gloria en España.

—Llama a los números que te di para enterarte, y déjame a mí seguir durmiendo.

—Ya he llamado. Por eso te llamo a ti.

—Oh, ya veo… Alguien se ha llevado un buen rapapolvo, ¿eh?

—¿Vas a darme la maldita dirección o no?

—Soy yo la que tiene que estar indignada, mamón.

—Por favor…

—Eso me gusta más. Espera, anda. Debo tenerla por aquí… Apunta. Y no vuelvas a llamarme aunque se hunda el mundo.

Después de hablar con la amiga de Gloria, Ian no se molestó siquiera en dejar la maleta en su habitación, sino que, sin perder tiempo, tomó un taxi hacia la casa de los padres de Gloria, en El Pardo. Estaba en un lugar muy bonito, junto a un paseo amplio y frente a un cuartel. Después de pagar al taxista, Ian comprobó, nervioso, el número que indicaba la dirección. La casa era aquélla.

Entró por una puerta de hierro a un pequeño patio delantero, y luego, ya frente a la puerta, llamó al timbre. Pasaron unos segundos pero nadie vino a abrir, de modo que Ian insistió. Poco después se dio cuenta de que alguien se movía al otro lado de la puerta, seguramente comprobando por la mirilla quién llamaba. Imaginó que sería la madre de Gloria y que no iba a abrirle, pero entonces oyó que el cerrojo se descorría.

—Ya no está aquí.

Quien le abrió la puerta no fue la madre de Gloria, sino su padre, Michael Fischer, un hombre severo y de trato difícil, con el que Ian apenas había tenido relación. Si la madre también estaba en casa, no dio señales de vida.

—¿Sabe cuándo piensa volver? —preguntó Ian.

A pesar de haberle abierto la puerta, era evidente que el padre de Gloria no pensaba invitarle a entrar ni mostrarse menos arisco que de costumbre.

—No está en España —aclaró el hombre.

—¿Cómo que no está en España? ¿Dónde está, entonces? ¡Tengo que hablar con ella!

—Ya tuviste tu oportunidad de hablar con Gloria y la desperdiciaste. Nunca me has gustado, ¿sabes? Estaba seguro de que esto iba a acabar ocurriendo. Eres demasiado viejo para ella, y demasiado estúpido. Nunca te has merecido a mi hija. Nunca.

Ian estuvo a punto de soltar un puñetazo a su suegro, pero se contuvo. Lo que no logró contener, sin embargo, fue su lengua.

—Usted no es más que un maldito viejo jodido y amargado y…

La sonrisa cansada del padre de Gloria hizo a Ian detenerse.

—He hecho cosas en mi vida de las que no estoy orgulloso —dijo enigmáticamente—, pero nadie podrá jamás decir de mí que no quiero a Gloria con toda mi alma.

—¡Yo también la quiero, maldita sea! ¡Más que a mi propia vida! —No mentía. Amaba tanto a Gloria que por ella estaría dispuesto a entregar su vida sin dudarlo. Y nunca se desea tanto vivir como cuando se ama lo bastante como para estar dispuesto a morir por amor—. Tiene usted razón, señor Fischer: soy demasiado viejo para ella y nunca me la he merecido. Pero, por favor, deme la oportunidad de cambiar eso, de merecerme a su hija. Por favor. Se lo ruego.

Sin responderle, el padre de Gloria le dio la espalda y se adentró en el recibidor. Ian pensaba que simplemente iba a cerrar la puerta tras de sí y a dejarlo allí, desesperado. Pero la puerta se mantuvo abierta y vio a su suegro escribir algo en un papel.

—Si vuelves a hacerle daño, acabaré contigo.

Así se despidió el padre de Gloria. Le entregó la nota que había escrito y cerró la puerta delante de Ian. Éste se quedó un instante en silencio y luego la leyó. Era una dirección en Londres, donde Gloria se encontraba pasando unos días con una amiga.

En El Pardo no había parada de taxis. Ian tuvo que pedir uno por teléfono, que lo llevó directamente al aeropuerto de Barajas. De camino anuló su reserva del hotel de Madrid, en el que casi no había puesto los pies.

Nada menos que a Inglaterra. Ahora Gloria se había ido a Inglaterra. Se había marchado de nuevo, y eso parecía estar convirtiéndose en una costumbre. Ian empezaba a marearse de tanto ir y venir. Sentía los efectos del jet lag, al haber viajado hacia el este. Por lo menos Inglaterra estaba casi justamente al norte de España. Entre ambos países había sólo un huso horario de diferencia y poco más de dos horas de vuelo.

Ya en el aeropuerto, compró un billete para el primer avión para Heathrow. Le sorprendió ver en un folleto que ese aeropuerto, así como el resto de los principales de Londres, como Gatwick y Stansted, eran ahora gestionados por una compañía española. Si en tiempos del general Franco los españoles buscaban en Londres la libertad y la modernidad, ahora cada año miles de británicos se trasladaban a España. Y no precisamente para buscar el sol y la playa de las costas, sino para trabajar.

—¿Facturará equipaje, señor? —preguntó la joven azafata, al terminar la comprobación del pasaporte de Ian.

—Debería deshacerme de mi equipaje…

—¿Cómo dice?

—Mmm… No, no tengo nada que facturar. Sólo llevo este trolley.

El vuelo partía en unas tres horas y su duración era algo inferior a la espera, dos horas y veinte minutos. De nuevo la palabra «resignación» llenó los pensamientos de Ian. Fue hasta un quiosco de prensa y compró el New York Times y la revista Newsweek. Luego se sentó a leer en una butaca, junto al ventanal que permitía ver la pista del aeropuerto. Las nubes blancas estaban intensamente iluminadas por el sol, y un aroma agradable —de algún ambientador floral— inundaba el aire del vestíbulo. Al arrullo de las suaves y agradables sensaciones, Ian se quedó medio dormido. Por suerte, la megafonía bastó para que se despejara unos minutos antes de embarcar.

Lo que no podía imaginarse era que, al otro lado del océano, el incansable y eficiente comandante Kyle Smith exhibía en su rostro una enorme sonrisa frente a una carpeta, abierta por la mitad sobre la mesa de su despacho provisional, en el Centro de Investigación, Desarrollo e Ingeniería de Natick, Massachusetts. Pero su sonrisa no evocaba humor ni simpatía. Estaba satisfecho con lo que habían descubierto los investigadores que puso a trabajar cuando supo que Moone pensaba abandonar el proyecto JANUS. La información no se refería al propio Ian, sino a Michael Fischer, el padre de Gloria. Ella estaba embarazada y Smith sabía que Ian había viajado a Europa en busca de una reconciliación.

El ingeniero era un hombre de corazón blando, pensó el militar. Tenía principios, y eso era una cualidad excelente cuando se necesita presionar a alguien. De las mejores. Sobre todo cuando ese alguien debe guardar un secreto de otro a quien quiere proteger.

Por el momento, Ian Moone sería vigilado estrechamente. Volverían a intentar convencerlo de que se reincorporara a JANUS más adelante, mientras analizaban su trabajo hasta la fecha. Luego, si no obtenían resultados o no conseguían avances significativos, tomarían medidas más serias. Medidas drásticas.

El servicio a la patria lo era todo para un militar de carrera y cinco generaciones castrenses como Kyle Smith. Aunque la sonrisa en su rostro significaba también que estaba disfrutando, a su manera, con todo aquello. El deber es para algunos la excusa que les permite proyectar, sin remordimientos, lo más oscuro que guardan en su corazón. Por eso, en las guerras, el simpático panadero de todos los días o el cordial tendero que siempre dice palabras amables, pueden convertirse en asesinos sin escrúpulos.