Lios, libros y mas lios
¼
diez
–Pues no le veo la gracia -le digo entre dientes a Simon, que se está desternillando con las maquinaciones de Lucy-. Además, no me puedo quitar esta mierda de pintura del pelo.
–Pensaba que habías dicho que no te importaba tu aspecto.
–Y no me importa, pero me gustaría dejar mi personalidad de gallina Caponata durante un ratito.
–Nunca lo hubiera imaginado de Lucy. Es increíble lo que esconde detrás de esa carita de ángel. ¿Qué te vas a poner?
–Lo de siempre -contesto sabiendo cuál va a ser su reacción.
–¡Por Dios! No vayas de negro otra vez. Al menos inténtalo, por favor.
Hazlo por mí.
–Vale, iré de marrón, pero, ¡por todos los santos!, no sé por qué estás tan entusiasmado. Ya te he dicho que no es una cita.
–Todavía no, pero dale tiempo.
–Lucy y tú sois tal para cual.
Nunca había oído hablar de esta calle, y eso que conozco muy bien West Hampstead.
–Es una bocacalle de Sherriff Road -me dijo, escribiendo la dirección en un papel mientras Lucy rebosaba alegría contenida-. No tiene muy buena pinta por fuera y la casa no da a la calle; sigue hasta la parte de atrás y encontrarás la entrada.
Llego con las manos vacías porque no tenía muy claro si llevar vino; es lo que hago siempre que voy de visita por la noche, pero hoy no quiero dar una impresión equivocada. Podría pensar que vengo con otras intenciones y no me apetece ponerme en una situación violenta, la verdad.
Mientras voy hacia la entrada caigo en la cuenta de que no he comido nada, aparte del trozo de strudel de antes, y aunque dudo mucho que la comida vaya a desempeñar un papel importante esta noche, rezo para que James no me retenga mucho tiempo; así podré comprarme algo al volver a casa.
Una vez mencionó que me prepararía una cena, pero esto ha sido tan improvisado que no creo que haya pensado en nada de comer. Se trata de un acuerdo comercial, nada más.
Aunque la parte trasera de la casa está oscura como boca de lobo, creo entrever un inmenso ventanal en forma de arco; al lado está la puerta.
Tropiezo con una piedra y busco con la mano un timbre en el marco. Antes de encontrarlo, la puerta se abre y aparece James sonriendo.
–La has encontrado.
–La he encontrado -contesto devolviéndole la sonrisa. Me doy cuenta de que lleva un sacacorchos en la mano y me arrepiento de no haber traído una botella de vino; me parece que hubiese sido lo más adecuado.
–Entra, entra -me pide con un gesto, y entro disculpándome por no haber traído nada, explicándole que iba a traer una botella de vino, pero…- No seas tonta, tengo vino de sobra. Qué te apetece, ¿blanco o tinto?
Me dispongo a contestarle cuando, una vez dentro, me paro en seco, con la boca abierta, demasiado asombrada para decir nada; lo que descubro ante
mí no tiene nada que ver con lo que esperaba. La casa no es en absoluto como me había figurado.
La sala en la que estoy es enorme, inmensa. El techo es altísimo y de cristal, y aunque ahora está oscuro, durante el día el sol debe de entrar a raudales.
Está dividida en tres partes; la más cercana a la puerta es, evidentemente, el estudio de James. Los suelos barnizados en blanco están salpicados de pintura por todas partes y hay lienzos apoyados en todas las paredes, algunos sin pintar, esperando su turno. Hay botes de pintura, brochas, trapos, olor a trementina.
–Echa un vistazo -me invita, satisfecho por mi sorpresa-. Estás en tu casa.
Espera, quizá sea mejor que te quites los zapatos, será más seguro.
Lo obedezco y veo que él lleva unos calcetines gruesos de color rojo.
Ando con cuidado entre los botes de pintura; no miro los cuadros, a propósito, para dejar la mejor parte para el final. Cruzo la gran habitación y me acerco a la segunda dependencia, la cocina americana; tras ella está el cuarto de estar.
Los suelos están cubiertos con alfombras color verde mar y dos enormes y mullidos sofás blancos dominan la habitación: Hay una vieja silla de madera en un rincón, junto a una gran chimenea de piedra. Es, en pocas palabras, espectacular. Parece sacado de una revista, y eso es lo que le digo a James.
–De hecho ha salido en un par de ellas… -admite un poco turbado-. Pero no creo que lo vuelva a hacer, me pasé una semana entera limpiando antes de que vinieran. Nunca más, demasiado estrés.
Me río y comprendo por qué da la impresión de ser un hogar, por qué, a pesar de los muebles de diseño, es una casa en la que me siento cómoda.
Quizá por el desorden y las montañas de papeles desperdigados por todas partes… No saltan a la vista, pero están ahí.
En el fregadero de la cocina hay un montón de platos esperando que alguien se enfrente a ellos, y en la mesa se advierten las manchas circulares que dejan las tazas de café.
–Lo siento -se disculpa al ver que me he fijado-, soy muy desordenado.
Intento organizarme, pero no lo consigo. Estarás horrorizada, ¿no?
–Te agradará saber que no eres ni la mitad de desordenado que yo -le tranquilizo riéndome.
–¿De verdad? – pregunta, y su cara empieza a mostrar signos de alivio.
–En serio.
–¿Tinto te parece bien?
Asiento con la cabeza, me sirve una copa y vuelvo hacia su estudio.
–Este sitio es increíble. Es el tipo de casa en la que sueña vivir todo el mundo, pero casi nadie puede permitírselo.
–Lo bueno de ser agente inmobiliario es que uno no sólo se lleva comisiones, sino que se entera de las cosas mucho antes que nadie -explica acercándome una silla de la cocina en la que me siento, dispuesta a seguir escuchándole.
–¿Cómo la encontraste?
–Fue hace cuatro años -me informa tomando un sorbo de vino, soltando un suspiro de placer e invitándome a hacer lo mismo con la expresión de su cara-. Una de esas situaciones ridiculas en las que la propiedad llevaba años en el mercado y el dueño estaba desesperado. No vivía aquí, se había ido al campo hacía tiempo y la casa empezaba a caerse a trozos. Todo el mundo sabía que existía, pero nadie quería quedarse con ella. De hecho, tenía fama.
De alguna manera se corrió la voz de que tenía problemas y de que se estaba pudriendo poco a poco.
–Hasta que llegaste tú y salvaste la situación.
–Bueno, algo así. Siempre me había intrigado, pero sólo conocía la parte negativa. Un día oí a un par de agentes hablar de ella y decidí echarle un vistazo.
–Y fue amor a primera vista.
–Sí y no. No podía creérmelo, el edificio tenía un gran potencial, aunque estaba asqueroso. Había ratas, basura acumulada durante años… También hubo okupas y casi no se podía entrar por el olor. – Señala la parte de arriba-. Eso estaba todo podrido, ni siquiera se podía subir a ver qué había.
–Pero corriste el riesgo.
–No había visto en mi vida un inmueble con tantas posibilidades.
–Y lo compraste por nada, ¿no?
–Sí, y una semana después ya me ofrecían el doble.
–¡No!
–Así son las cosas: en cuanto alguien se interesa, todo el mundo quiere comprar.
–Pero ¿el doble? ¿No tuviste tentaciones de vender?
–¿Estás de broma? ¡Es la casa de mis sueños! Me encanta, y no puedo imaginarme viviendo en ningún otro sitio. ¿Quieres hacer una visita guiada?
–¿Hay más?
En el momento en el que pronuncio estas palabras me sonrojo ligeramente, pues me doy cuenta de que no he visto ningún dormitorio y me resulta algo
violento entrar en la habitación de un desconocido. ¿Qué otra cosa podría enseñarme?
Se levanta, se dirige hacia la ventana en forma de arco y aprieta un interruptor. De repente se enciende una luz fuera, abre una puerta doble y salimos. En ese momento observo que la oscuridad de la entrada ocultaba un gran jardín, no muy bien acondicionado, pero de un tamaño impresionante.
–Aunque está un poco descuidado, al menos puedo cultivar tomates.
–¿En serio?
–¡Sí! – Me indica con la mano una zona en la que apenas puedo distinguir unas altas sombras negras que deben de ser tomateras-. ¿Qué esperabas del hijo de un granjero?
Volvemos a entrar y me sirve un poco más de vino. No me había dado cuenta de lo rápido que me he bebido el primer vaso. Luego empieza a contarme cómo ha conducido tractores, a veces con una buena borrachera encima, y cómo escapaba de las inmensas mujeronas en las ferias de jóvenes granjeros. Dice que cuando vino a Londres, a los veintiún años, le pareció que le había tocado la lotería.
–¿Dónde has dejado el acento?
–¿Te refieres a mi acento de Oso Yogui? – pregunta haciendo una imitación tan buena que no puedo evitar que, al echarme a reír, se me salga el vino de la boca-. No he hablado así desde que llegué a Londres. Nada más llegar me di cuenta de que no tenía la más remota posibilidad de sobrevivir si no cambiaba de acento.
–¿Hablabas así de verdad?
–Ahora ya no lo podrás saber -dice arqueando las cejas y sonriendo mientras se aparta el pelo de la cara-. Vamos a ver el resto de la casa.
Le sigo escaleras arriba y me enseña orgulloso dos dormitorios y un cuarto de baño. Consigo reprimir cualquier pensamiento lascivo que pudiera estar al acecho en lo más remoto de mi mente.
Después bajamos y nos sentamos en la cocina sin dejar de hablar.
–Me muero de hambre, ¿y tú?
Asiento con la cabeza a pesar de que, a estas alturas, es una respuesta refleja porque las ganas de comer parecen haber desaparecido por completo.
–Ya me viste en la tienda de la esquina, así que ya sabes que no tengo el frigorífico mejor surtido del mundo. ¿Te importa que pida comida preparada?
–En absoluto.
–¿Un curry?
–¡Estupendo!
Coge un montón de papeles de la encimera y empieza a hojearlos. Me levanto para ver qué son y me echo a reír cuando me doy cuenta de que se trata de folletos de comida china, india, tailandesa y pizzas a domicilio.
–Debería darte vergüenza, ¿treinta y seis años y no sabes cocinar? – le reprendo en broma.
–No es que no sepa -contesta muy serio-. La verdad es que me encanta guisar para otra gente, sólo que ahora no lo hago a menudo.
Lo miro con incredulidad.
–En serio, una de las cosas que más me gustan en este mundo es que vengan los amigos y cocinar para ellos. Lo que pasa es que cuando estoy
solo no me apetece.
–Ya sé a lo que te refieres -digo pensando en mi desierto frigorífico.
–¡Aquí está! ¿Qué quieres? – pregunta dándome el folleto y mirando por encima de mi hombro mientras leo.
–¿Qué vas a pedir tú?
–Creo que pollo con gambas, ¿y tú?
–Con salsa agridulce.
–Vale, ¿con arroz?
Asiento mientras coge el teléfono.
–Hola, soy el señor Pinturas -dice, y contengo la risa mientras se encoge de hombros con aire de resignación por el mote que le han puesto-. Querría hacer un pedido. No, no. Lo de siempre no. Querríamos pollo…
Le miro sonriente, es el agente inmobiliario menos parecido a un agente inmobiliario de todos los que conozco. No es que conozca a muchos, pero es tan normal, tan simpático… Además, hacía mucho tiempo que no conectaba con alguien tan rápidamente, y, aunque sea un poco precipitado sacar conclusiones, creo que es el tipo de nuevo amigo que he estado buscando.
«No sólo encaja conmigo -pienso mientras le veo poner los platos en el horno para calentarlos un poco-, sino que estoy segura de que les caería muy bien a los míos. Lucy lo adora y me imagino que Simon diría que es una buena adquisición para nuestro grupito.»
–¿Rollitos de primavera? – pregunta en busca de mi aprobación, y me encojo de hombros-. Sí, de acuerdo. Y ponga también pan chino y pan de gambas. Ah, y arroz tres delicias.
Dejando a un lado toda prudencia le digo que sí, aunque un poco desconcertada por todo lo que está pidiendo. Debe de ser un hombre con mucho apetito.
Y, por cierto, si estáis sorprendidos, me reafirmo en todo lo que he dicho antes sobre James respecto a que creo que encajará en el grupo, pero nada de parejitas, ¿de acuerdo?
–Me duele el estómago… -me quejo, deslizándome por el sofá hasta apoyar la cabeza en el asiento mientras me aflojo el cinturón y me acaricio el estómago para calmar el dolor.
–¡A mí también!
–Sé que es un poco extraño -digo sirviéndome la última copa de la segunda botella de vino-, sobre todo porque casi no te conozco, que me sienta lo suficientemente cómoda contigo como para comportarme como una auténtica cerda.
–Eso sí que suena raro. O sea, que si no te sintieses a gusto conmigo, sólo habrías comido seis granos de arroz y un trocito de pollo.
–Seguramente -confirmo, dándome cuenta de que he bebido bastante y de que si no me pongo derecha me quedaré dormida.
De repente recuerdo horrorizada que esto iba a ser una cena de negocios.
–¡Dios mío! – exclamo incorporándome-. Creo que nos hemos divertido mucho, pero se supone que deberíamos estar hablando de negocios.
–¿Sí? – James parece estupefacto, cosa que no me sorprende porque se ha puesto hasta las cejas, como yo-. ¿De qué tipo?
–Bueno, yo venía a ver tus cuadros -digo levantándome e imitando a una
altiva galerista-. Como ya sabes, Lucy y yo estamos pensando en la posibilidad de que expongas tus obras en nuestra superfabulosa y moderna galería-cafetería-librería. Y -hago una pausa para lograr un efecto dramático- estoy aquí para hacer el trabajo sucio y decidir si te damos una oportunidad.
–¡Muy bien! – exclama mientras sale de la habitación y yo le sigo, tambaleándome-. ¡Vamos a ver qué te parecen!
Empieza a sacar telas, una a una con cuidado, poniéndolas contra las paredes y parándose a mirarlas, y mientras lo hace, mi corazón empieza a latir cada vez con más rapidez.
–James -digo finalmente, cuando ya tengo unos veinte cuadros frente a mí-, no soy una experta, pero ¿qué coño haces trabajando en una inmobiliaria?
–¿A qué te refieres? – pregunta mirándome confundido.
–A que son increíbles. Son los cuadros más bonitos, delicados e inspiradores que he visto en mi vida, y eso que no sé de qué estoy hablando.
–¿Quieres decir que te gustan?
–Por Dios, James, me encantan. De hecho, como diría Woody Alien, no sólo me encantan sino que me encantan, me en-caaaantan. Nos los quedamos.
–¿En serio?
Acabo de hacer lo mismo que Lucy, he tomado una decisión sin contar con ella, pero ¡qué demonios!
–Es lo más serio que he dicho en mi vida.
Por desgracia estropeo mi afirmación hipando después, pero, con todo, el sentimiento sigue siendo el mismo.
–James -declaro extendiendo la mano derecha-, ha sido un placer hacer negocios contigo.
–¿Qué narices has estado haciendo hasta esta hora un domingo por la noche?
–Follar -digo manteniendo la seriedad hasta que el silencio se alarga demasiado y me echo a reír.
–Eso tendría que decirlo yo y no tú. Espero que sea una broma.
–¿Por qué? ¿Por qué sería tan terrible si no lo fuera?
–No sería terrible -reflexiona Simon-, pero sería un cataclismo, eso es todo.
Ya veo los titulares: «La gallina Caponata folla de nuevo.»
–Eso no tiene gracia. Además, no he estado follando. He estado con James -
digo arrastrando las palabras, pero consigue oírme.
–¿James? ¿Qué James? ¡Dios mío! He estado tan ensimismado que me había olvidado. – Simon se hace el inocente mientras me río, a sabiendas de que habrá estado sentado durante horas al lado del teléfono esperando mi llamada para darle el informe completo de la noche.
–Y además, Catherine Warner, estás borracha como una cuba, ¿no?
–¡Déjame en paz, mamá! – digo poniendo voz de adolescente-. ¡Déjame tranquila!
–¡Santo cielo! ¡Esto sí que es increíble! No estarás intentando decirme que te lo has pasado bien, ¿verdad? Con un hombre, nada menos. Hasta… -
Hace una pausa, me imagino que para mirar el reloj- las doce menos cuarto…
–Sí, sí y sí.
–Háblame de James, cielo. ¿Es un ejemplar delicioso? – pregunta relamiéndose los labios picaramente-. ¿Te lo has comido?
–Sea lo que sea lo que quieras decir, no. Sólo es un tío enrollado. Un nuevo amigo. Un nuevo integrante de la familia.
–No podemos admitir a nadie hasta que lo hayamos interrogado. O sea, que tengo que conocerlo ya. ¿Y qué tal la maravillosa noche que has pasado con James, el guapo agente inmobiliario que está pirado por ti? ¿Te ha subido al séptimo cielo?
–Sé de alguien que estos días ha hablado demasiado con Lucy. No es tan guapo, y no le gusto. Sólo es majo, y es un artista fantástico.
–Creo que la señora exige demasiado…
–¡Simon! – lo interrumpo.
–De todas formas, no puedes echarme la culpa de que últimamente hable mucho con Lucy. No te veo nunca.
No puedo decirle que intento evitar el tema de Will, pero a lo mejor ahora que el alcohol me ha soltado la lengua podría ser sincera con él y contarle todo lo que he oído, advertirle para que tenga cuidado.
–Simon, he hablado con Alison Bailey.
–¡Ah, so guarra! ¡Lo sabía! ¿Cuándo? Seguro que hace varias semanas,
¿no?
–No -miento sin que se me note, pues sé que la verdad le enfadaría-. Me ha llamado esta mañana.
–¿Y cuál es la historia de William el Conquistador?
–Bueno, no parece que conquiste muchos corazones, más bien se hace odiar.
Se produce un terrible silencio y me doy cuenta de que me he pasado un poco.
–Era broma, Simon.
–¿De verdad?
–Por supuesto. Pero me ha dicho que no… -me detengo para pensar en una forma más o menos suave de decírselo- que no es trigo limpio, vaya.
–¿A qué te refieres?
–Pues que es un poco falso. Sólo me dijo que tuvieras cuidado, nada más.
–Vaya, hombre. Primero te cae mal y ahora me dices que tenga cuidado.
Hacía mucho que no conocía a alguien que me gustara de verdad. ¿Por qué todo el mundo se empeña en odiarlo?
–Será por la ley de Murphy.
–¡Te he pillado! O sea, que todo el mundo lo odia.
–Perdona, Simon. Sólo quería decir que mereces algo mucho mejor.
–Bueno, si es así, ¿por qué no lo tengo?
–No lo sé, cariño. Me iría contigo sin pensarlo un instante. Si fuera chico, claro.
–¿Por qué? ¿Por qué te irías conmigo sin pensarlo?
Noto que Simon está triste de veras, como si le hubiera tocado el primer
premio en la lotería de la tristeza. La mayoría de las veces suelo darle bastante caña, pero esta noche necesita una dosis de piropos para reforzar un poco su autoestima, aunque sólo sea un rato.
–Porque eres muy atractivo. Y divertido. Y el segundo mejor cocinero que conozco.
–¿El primero es Lucy?
–Sí.
–Bueno, entonces vale.
Se produce otro silencio.
–Todavía no has acabado.
–Ah, ¿no?
–No, te has olvidado de decir que soy amable, sensible y original, y que odio a Barbra Streisand.
–¿Que odias a Barbra Streisand? Me sorprendes.
–Bueno, la verdad es que no, pero no me gusta ser tan tópico.
–Simon, te quiero aunque seas insoportable.
–Yo también te quiero, Cath. Háblame más de James. ¿Es de los que llevan slips o calzoncillos largos? ¡No me digas que usa tanga!
–Bueno, si es de Calvin Klein… -digo con seriedad-. Me has enseñado bien, Simon.
–Es verdad. Si son de Calvin Klein todo vale. ¿Qué lleva?