Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 14 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

dedos en la boca. Tan pronto como vomito empiezo a sentirme mejor. Abro el botiquín y cojo la caja de Nurofén Plus, mi salvación. Me tomo tres pastillas por si acaso y me planteo beber grandes cantidades de agua, pero no puedo hacerlo. Tiro el albornoz al suelo, me vuelvo a la cama, descuelgo el teléfono y meto la cabeza debajo del edredón.

¿Qué está pasando? Y, sobre todo, ¿por qué me preocupo? ¿Qué me importa a mí si James e Ingrid se fueron juntos? ¿Por qué me da rabia? Ya vale, no voy a pensar en ello ni un segundo más.

No voy a levantarme hasta que la cabeza, el corazón y mi vida hayan vuelto a su estado normal.

¼

catorce

–No puedo ni moverme -balbuceo con los ojos cerrados y el teléfono sobre la almohada, al lado de la cabeza-. ¡Déjame en paz! Ya me ha molestado bastante el idiota de James cuando ha venido por la mañana. ¿Por qué no desapareces?

–¡Ni hablar! – La voz de Simon suena igual de mal que la mía-. Yo estoy fatal también, pero tenemos que hacer nuestro análisis de Portia antes de ir a limpiar la tienda. O sea, ¿qué sentido tiene tomarse la molestia de hablar con alguien como ella después de diez años si luego no podemos reunimos para cotillear? Además -sigue diciendo entusiasmado mientras su voz suena cada vez mejor-, quiero saber qué pasa con James, el artista inmobiliario, y lo mejor para curar una resaca es una buena fritanga; necesitamos huevos fritos, patatas, salchichas nadando en aceite, judías…

Antes de que acabe la frase, salto de la cama, corro al cuarto de baño y meto la cabeza en la taza del váter.

Pongo las manos en el lavabo y me miro en el espejo, asustada por la cara que me devuelve la mirada. Hacía años que no tenía una resaca tan mala y juraría que no solía tener una expresión tan horrible a la mañana siguiente.

Me paso los dedos por debajo de los ojos para intentar quitarme el rímel, que prácticamente me cubre la mitad de la cara, me echo agua y gimo de placer al sentir su frescor.

Cuando vuelvo al dormitorio oigo unos gritos ahogados que vienen del teléfono y cojo el auricular sorprendida.

–¿Todavía estás ahí?

–Me niego a colgar hasta que aceptes venir a desayunar conmigo. Ya he captado el mensaje referente a la fritanga, así que, si quieres, podemos limitarnos a tomar un café. Le he dicho a Lucy que la verás esta tarde en la tienda, así que no tienes excusa. Tienes que venir.

¿Qué puedo hacer? Claudico y quedamos en vernos una hora más tarde.

Sesenta minutos después estoy sentada junto a la ventana de una cafetería muy agradable, en una travesía de la calle principal de Hampstead, frente a un café largo y con una cabeza que no me retumba tanto como antes, pero que, a pesar de todo, sigue con el concierto de percusión.

Oigo un barullo que viene de la calle, miro a través del cristal y veo a Simon arrastrado nada más y nada menos que por ¡Ratón!, que tira de su correa en dirección a un yorkshire terrier.

–¡No! – le grita Simon cuando ya ha conseguido enredarse alrededor de una farola-. ¡Perro malo!

Finalmente consigue liberarlo, ata la correa a una verja al lado de la puerta de la cafetería y le ordena que se siente. Ratón decide refrenar sus instintos naturales un rato y se tumba pacíficamente en el asfalto, mirando con ojos de pena a Simon mientras éste entra y viene a sentarse a la mesa.

Arrastra la silla un poco, hago una mueca y me llevo las manos a las sienes para darme un masaje.

–Perdona -susurra inclinándose para besarme.

–¿Qué hace Ratón aquí?

–Me había olvidado de decirte que me ofrecí para cuidarlo. ¿No te importa, verdad? He quedado luego con Will para llevarlo de paseo.

–¿Va a venir Will? – pregunto intentando sonar lo más normal posible.

–No te preocupes, no tendrás que verlo, he quedado en la parada del metro.

Bueno, creo que los dos necesitamos unas Coca-Colas.

Empieza a darme una larguísima explicación de por qué es la mejor cura para la resaca y, a pesar de que es lo que menos me apetece tomar en este momento, en cuanto nos las traen empiezo a beber con lentitud y es sorprendente lo bien que me sienta.

De hecho, en sólo media hora estoy tan bien que no me parece tan mal la idea de una buena fritanga, y los dos pedimos lo mismo: huevos revueltos, salchichas, beicon, tomate frito y muchas tostadas. Simon está pensando en pedir pan integral porque es más sano, pero decidimos que da igual, la verdad es que aunque el pan blanco y el moreno tienen las mismas propiedades, siempre se acaba eligiendo el blanco, así que ¡a paseo!

–Es como cuando vas a un restaurante y ves a una de esas mujeres rellenitas pidiendo pan de ajo, espaguetis carbonara y una Coca-Cola light -suelta mientras vemos que la mujer de la mesa de al lado deja un cruasán de chocolate en el plato, toma un trago de su Coca-Cola light y le lanza una

mirada asesina-. Empieza por James.

Le cuento todo lo que vi la noche anterior hasta el momento en que se fue con Ingrid.

–Creía que no te interesaba -dice sonriendo, y me pongo a la defensiva.

–Y así era, o sea, así es. Lo que pasa es que todo el mundo estaba convencido de que yo le gustaba y me sentía muy halagada. Es majo, al menos eso pensaba hasta anoche. Supongo que sólo estoy decepcionada.

Algo me impide decirle que me siento algo más que decepcionada.

–Pero no sabes si pasó algo o no.

–Ya viste a Ingrid. ¿Crees que sólo la acompañó a casa?

Simon se queda pensando un instante y después se encoge de hombros.

–Seguramente no soy el más indicado para opinar… Soy gay, ¡no puedo decir si Ingrid es atractiva o no!

–No digas gilipolleces. Iba a saco a por cualquier tío y no había hombre que se le pudiera resistir.

–Es verdad, pero si él es tan buena persona como dices, no me lo imagino yéndose a la cama con ella nada más conocerla.

–No lo digo, lo decía. Pero estaba equivocada.

Simon mueve la cabeza y se ríe.

–No puedo creerme que estemos teniendo esta conversación. Estoy hablando con Cath, la mujer eternamente célibe, ¿o no? La que no ha mostrado el más mínimo interés por ningún hombre desde Martin.

–Sigo siendo célibe, por si no te habías fijado.

–Lo he notado, sí, pero sigo pensando que es muy raro. Portia acaba de volver a entrar en nuestras vidas y ya estoy intranquilo, como si nuestra dinámica hubiera cambiado de repente.

–¿Qué quieres decir?

–Bueno, ya es raro que estemos teniendo esta conversación. No recuerdo haber hablado así de ningún hombre desde que estábamos en tercero. Siento como si hubiese retrocedido diez años en el tiempo, como si todos lo hubiésemos hecho. ¿Viste la cara de Josh? Si no lo conociese, habría pensado que era un universitario enamorado. Casi estaba esperando que Portia se enroscara en su cuello como una serpiente y le metiera la lengua en la oreja.

–¡Virgen santa! No puedo creer que hayas dicho eso. Es lo mismo que pensé yo. Hacía años que no me acordaba de esa historia.

–Yo tampoco, pero ¿no te parece curioso que sea el primer recuerdo que nos viene a la mente en cuanto aparece ella? Y aunque estaba borracho, noté que cuando Josh volvió ya no estaba tan contento. No dejo de preguntarme qué más va a cambiar.

–Simon, te estás poniendo un poco dramático, ¿no crees? Vino porque la llamamos nosotros. Hablando contigo, cualquiera pensaría que ha pasado los últimos diez años planeando su venganza y ha vuelto para robarnos los maridos. Bueno, al menos el de Lucy, porque ni tú ni yo estamos enmaridados. De todas formas, creo que todo esto es un poco ridículo.

–¿Así que crees que no ha venido a echarle el lazo a Josh otra vez?

–¡No seas ridículo! ¿Por qué iba a hacerlo? La única noche que se interesó por él fue aquélla. Podía haberse quedado con él entonces, pero, si te acuerdas, no quiso, y no creo que ahora haya cambiado de opinión.

–¿Ni siquiera porque es el único de nosotros que está felizmente casado con una mujer divina y tiene un precioso niño? ¿No crees que puede estar celosa?

–¿He oído la palabra «precioso» referida a Max Damien, la semilla del diablo? – Simon sonríe-. Mira, si no la hubiésemos llamado aquel día, no la habríamos visto anoche. Eso es lo único que está claro, y creo que estás haciendo una interpretación un poco exagerada. Josh se enfadó la otra noche porque íbamos completamente pedos.

–No lo sé. Sólo es una sensación y espero estar equivocado. De todas formas, supongo que es cuestión de estar al loro cuando vaya a cenar a casa de Josh y Lucy esta semana. Y volviendo a James el granjero, el guapo agente inmobiliario. ¿Qué hacía esta mañana en tu casa? ¿O es que hay algo que no me has contado?

Media hora después consigue convencerme de que lo acompañe hasta la parada de metro en la que le espera Will.

–No tienes que quedarte. ¡Pero por favooor! – suplica-. Seré tu mejor amigo para siempre jamás y te invitaré a todas mis fiestas.

¿Cómo iba a negarme? Sin embargo, le dejo claro que sólo estaré el tiempo necesario para decirle hola y me iré.

El agradable calor del sol que había ayer ha desaparecido por completo y ha dejado un tiempo frío y ventoso, muy otoñal. Me alegro de haberme traído mi mantón, que impide que el viento penetre en mis huesos, ya de por sí frágiles. Subimos despacio la colina y nos disculpamos cuando Ratón se mete con la gente o se topa con alguien y hace que tropiece con la correa.

Nuestro aliento se dibuja en el frío ambiente; Simon se mete las manos en las axilas para mantenerlas calientes y yo las meto en los bolsillos del abrigo.

–¡Me encanta este tiempo! – exclama, inspirando hondo y espirando con cara de satisfacción.

–¿En serio? Yo prefiero el verano: gente en manga corta, despreocupada, sonriente y en la calle a todas horas.

–Pues yo no, prefiero el frío, los inviernos con mucho viento. O, mejor aún, esta época del año, el otoño. Cualquier tiempo en el que haga frío y haya que abrigarse. Pisar las hojas en el parque y, después, ir a casa a acurrucarse debajo de alguna gruesa manta delante de la chimenea -suspira con placer.

–En cualquier momento empezarás a hablar de galletas que se deshacen en tazas de cremoso chocolate.

–Bueno, pues sí -acepta como si estuviera dolido-. ¿Qué sería de los sueños invernales sin el omnipresente chocolate caliente?

–Dios, eres un romántico empedernido. No me extraña que no hayas entablado ninguna relación duradera. ¿Quién va a estar a tu altura? ¿Quién va a vivir como si estuviera siempre en una película?

–Rupert Everett -afirma después de meditarlo un momento y de pasarse la lengua lascivamente por los labios-. Él lo haría.

Llegamos a la parada de metro cinco minutos tarde, pero no hay ni rastro de Will. Simon empieza a pensar que no le vamos a encontrar, que ha llegado y se ha ido, que ha pensado que no aparecería.

–No seas ridículo. Puede que también él llegue tarde.

A pesar de que hace demasiado frío para esperar en la calle, eso es lo que hacemos, durante una horrible media hora.

–¿No tiene móvil? – pregunto finalmente.

Simon asiente con la cabeza y nos acercamos a un teléfono público que hay

bajando la colina. Me quedo fuera intentando controlar a Ratón mientras él llama.

Aunque me encantaría poder oír la conversación, no quiero que Simon se dé cuenta, así que arrastro al perro hacia una zapatería y hago como si estuviera muy interesada en los zapatos. No es muy convincente, pero es lo único que se me ocurre.

Por fin oigo la puerta de la cabina y Simon sale con expresión de abatimiento.

–¿Te apetece dar un paseo con nosotros? – pregunta con voz triste.

–¿Nosotros?

– Ratón y yo.

Miro el reloj y me excuso porque tengo que ir a la tienda, aunque subimos juntos la colina hacia la parada del metro, en silencio, mientras espero su explicación. Finalmente, deja escapar un gran suspiro.

–Se ha olvidado.

–¿Qué? – pregunto perpleja y horrorizada.

–Está con unos amigos en un restaurante y dice que se había olvidado por completo.

–¡Qué cabrón!

Simon no dice nada, simplemente se encoge de hombros y aprovecho la oportunidad para soltar una vitriólica diatriba, aunque no sea lo más apropiado ya que apenas lo conozco, pero no puedo evitarlo. ¿Cómo se atreve a tratar de ese modo a Simon? ¿Cómo puede atreverse nadie? Miro la amable y encantadora cara de Simon y me gustaría matar a ese tipo por tratarlo como si fuera un trasto de usar y tirar.

–Vale, vale… Ya pillo el tema.

–¿Quieres decir que te has dado cuenta de que no te conviene?

–No lo sé, digamos que empiezo a ver las cosas de otra manera.

–Simon -digo con tono más amable-, ¿te acuerdas de lo que me dices siempre? ¿Que me merezco lo mejor y que cuándo voy a tener la suficiente autoestima para comprender que, si alguien no me valora, tengo que dejarlo sin más?

Asiente con la cabeza.

–Bueno, pues ¿no eres lo suficientemente mayor para empezar a hacer caso de tus propios consejos? Como me dices a mí, no tienes por qué consentir que nadie te maltrate más de una vez. Si la primera vez se sale con la suya y piensa que puede tratarte siempre así, entonces acabará por convertirse en una costumbre.

–Te has olvidado de decir «feo» -añade sonriendo débilmente.

–¿Qué?

–Me has dicho que si no era lo suficientemente mayor y te has olvidado de añadir «y feo».

–Pensaba que eso ya se suponía -afirmo sonriendo. Me coge la mano y me la aprieta.

–Gracias, eres la mejor amiga que pueda tener una mujer.

Llego a casa, me pongo la ropa más vieja y horrible que encuentro, meto en una bolsa productos de limpieza y me voy corriendo hacia la tienda.

Lucy ya está allí, limpiando la cocina y preparando un par de capuchinos bien cargados antes de empezar a trabajar. Nos sentamos en una de las mesas más limpias para tomarnos el café y cotillear sobre la noche anterior.

Después empezamos a darle duro. Fregamos, barremos, limpiamos y sacamos brillo hasta que la tienda está resplandeciente, nadie diría que la noche anterior han estado allí más de cien personas.

–¿Qué vas a hacer esta tarde? – pregunta Lucy cuando hemos acabado, con un extraño brillo en la mirada.

Me encojo de hombros, ya que sólo había pensado en darme un buen baño caliente y acostarme temprano para estar preparada para el gran día.

–Antes de darte el baño y acostarte -dice como si me hubiera leído el pensamiento-, ¿puedo tentarte con una deliciosa tarta de queso que voy a hacer para cenar, una enorme ensalada y un todavía más enorme vaso de vino? ¿Te vienes?

–Me encantaría, pero ¿podríamos dejar el vino para otra ocasión?

La cocina está todavía más revuelta de lo habitual. La tapa del cubo está abierta como una inmensa boca y la basura amenaza con desparramarse por el suelo. A su lado hay un par de cubos de basura supletorios, disfrazados de bolsas del supermercado.

El fregadero está desbordado de platos y en el tablón de corcho hay trozos de papel, sobres y pedazos de revista garabateados con la ilegible escritura de Lucy. La puerta del frigorífico está llena de notas sujetas con unos imanes feísimos con forma de hamburguesa. Con tanto papel ni se ven las letras magnéticas con las que solemos jugar a componer poesías.

En el cuarto de estar se oye a todo volumen uno de los vídeos de Max, incluso en la cocina el ruido es ensordecedor; el niño contribuye imitando el zumbido de un aeroplano de plástico que lleva en la mano: «¡Broom!»,

«¡Broom!».

¡Qué barbaridad!, yo no le he prestado mucha atención a mi casa en las últimas semanas, pero esto es demasiado…

Como siempre, Lucy es el puerto en calma durante la tormenta y actúa con toda naturalidad en medio del caos que la rodea. La sigo a la cocina, se sienta a la mesa y empieza a cortar tomates directamente encima de ella, lo que añade más marcas a una madera de pino que, desde luego, ha conocido mejores tiempos.

Max se sube a su regazo e intenta quitarle el cuchillo mientras ella sonríe y lo aparta con suavidad.

–No seas malo, ya sabes que no puedes tocar los cuchillos -explica, y me maravillo de que sea capaz de estar tan calmada en medio de todo este ruido y esta confusión-. Ve y dile a Ingrid que te prepare para irte a acostar. Cath,

¿por qué no abres esa botella de vino que hay ahí? – me pide, y se me pone el pelo de punta ante la sola mención del nombre de Ingrid.

Max sube las escaleras gritando el nombre de la au pair y, unos minutos más tarde, la veo aparecer, tan inexpresiva como siempre. La miro fijamente a la cara para intentar averiguar si hubo sexo la noche anterior, aunque no sé muy bien qué es lo que delata ese tipo de cosas. La verdad es que no parece tener ningún tipo de brillo poscoito: se dice que ésa es la señal más evidente que queda después de una buena dosis de sexo. No es que yo lo haya visto alguna vez, pero estoy segura de que si mirase con cuidado lo reconocería.

Recuerdo que hablé de esto con Portia hace años. Acabábamos de encontrarnos con un conocido en la calle y parecía estar de muy buen humor. Cuando nos despedimos, Simon lo miró por encima del hombro con mirada experta y dijo: «Alguien se lo pasó muy bien anoche», y ninguno de nosotros nos enteramos de qué estaba hablando ni de cómo lo sabía.

En otra ocasión, pasé una noche de pasión con alguien que no resultó muy

interesante y, a la mañana siguiente, me fui a toda prisa, sin ducharme.

Entré en la habitación y cogí el espejo del tocador.

–Bueno, ¿lo ves o no? – dije sentándome en la cama de Portia y mirando mi reflejo.

–Mmm… -exclamó, y me cogió de la barbilla, me volvió la cara hacia un lado y hacia otro y me hizo ponerme en varios sitios de la habitación para mirarme con luz diferente-. ¿Quieres que te diga la verdad?

–Pues sí, porque yo no veo nada, aunque Simon diga que uno mismo puede vérselo.

–Pareces agotada.

–¿Eso es todo? – pregunté sin enfadarme en absoluto, y Portia asintió con la cabeza-. Bueno, a lo mejor de eso es de lo que habla todo el mundo.

Y aquí estoy ahora, examinando la cara de Ingrid mientras atraviesa la cocina y se para delante de Lucy con la mano izquierda agresivamente apoyada en la cadera. Lucy la mira y le sonríe.

–Señora, ¿le gustaría saber dónde estaba el pijama azul de Max?

–¿En la lavadora?, ¿entre la ropa para planchar? – pregunta mientras Ingrid menea la cabeza y saca la mano derecha de detrás de la espalda.

–Aquí está. Estaba en la cesta de la ropa sucia. Ahí ha estado más de una semana.

Lucy hace una mueca y empieza a disculparse.

–Es su hijo y esta noche tendrá que dormir con la ropa que lleva puesta -

sentencia antes de ir al frigorífico y coger un yogur líquido; claro, por eso está tan delgada…

No le quito la vista de encima, aunque ya he dejado de buscar el brillo poscoital y ahora simplemente la observo, asombrada de que se atreva a hablarle así a Lucy. Cuando se gira, nota que la estoy mirando y se queda delante de mí, devolviéndome la mirada.

Quita la tapa del yogur, se lo lleva despacio a la boca y empieza a beberlo intentando a todas luces que me sienta molesta por estar escudriñándola con la mirada. Aparto la vista, sonríe y se va de la cocina.

–Oye -digo poniendo agua a calentar para ocultar la expresión de mi cara-,

¿qué piensas de James e Ingrid?

–Bueno, anoche se fueron juntos y supongo que no volvió a casa.

Empieza a reírse.

–Cath, cariño, ¿crees que Josh hubiera venido a rescatarnos de una noche de juerga si Max hubiese estado durmiendo solo?

¿Por qué no habré pensado en eso? ¡Gracias a Dios!

–Pero se fueron juntos, y parecía que a James se le hacía la boca agua -

afirmo, aunque esto último no es del todo verdad, ya que no pude verles la cara cuando se fueron. De todas formas, no es difícil de imaginar-. Estoy segura de que se gustan.

–¿En serio? Pues yo no puedo imaginármelos juntos. No es que sepa lo que le gusta a ninguno de los dos, pero no creo que Ingrid sea el tipo de James.

Es obvio.

–Eso es lo que me preocupa -me oigo decir sin querer, y me tapo la boca con la mano al instante porque lo cierto es que no me preocupa en absoluto.

–¿Así que por fin admites que, después de todo, sientes algo por el dulce James?