Lios, libros y mas lios
¼
que esperar. No te dejo colgado, simplemente aplazo la cita.
–¿Hasta cuándo? – suspira mirándome y forzando una sonrisa-. ¿Das por sentado que esperaré? Mi paciencia se está acabando.
–Te prometo que te llamaré mañana -le aseguro, y se da la vuelta para irse.
Cierro la puerta y vuelvo con Simon.
¼
veinticinco
Sé que no es momento para recriminaciones y que lo que Simon necesita es apoyo y comprensión, pero estoy muy alterada. Todavía sigo sin entender cómo es posible que Simon, la reina del condón, lo haya arriesgado todo por Will. Especialmente porque siempre nos reíamos cuando los tíos le decían que no se habían contagiado. «Qué van a decir», solía comentar Simon, y seguía practicando el sexo seguro.
–No consigo entenderlo. ¿Por qué? El hecho de que Will se hiciera un análisis el año pasado significa que no estaba infectado, pero las cosas pueden cambiar muchísimo en ese tiempo.
Al cabo de un rato, Simon parece más calmado, empieza a respirar con normalidad e incluso hace algún chiste. Preparo un té y me doy cuenta de que la sangre ha vuelto a fluir por sus venas. De repente pienso que la situación es un poco ridicula. Estamos haciendo un drama de algo que todavía no sabemos; no deberíamos dar nada por sentado. Al menos, no todavía; no cuando la vida parece tan normal.
De repente siento el instinto maternal. El de una Cath que quiere mejorar las cosas, que enmendará los errores y borrará las arrugas de su frente.
Puede que lo que voy a decir esté fuera de lugar, pero me gustaría que todo esto no fuera nada más que una horrible pesadilla y que al despertar todo volviera a ser como antes.
–Sé que esto puede parecerte una locura, pero no creo que tengas nada.
Estás fuerte como un toro, y que te hayas acostado con Will unas cuantas noches sin tomar precauciones no quiere decir que necesariamente te hayas contagiado. Recuerdo que leí un artículo sobre el VIH -continúo diciendo, y las palabras salen atropelladas por la prisa que tengo en que se escuchen-que decía que no es tan fácil contagiarse. De hecho, mostraba un estudio que habían hecho entre parejas de seropositivos que desconocían su situación y no practicaban el sexo seguro, y ninguno se había infectado.
–Cath -dice despacio-. No sé si lo entenderás, pero sé que lo he cogido. Lo sé, soy seropositivo.
–¡Eso es ridículo! Te estás anticipando. No puedes saberlo… -interrumpo la frase porque sé que sólo me queda una pregunta-. ¿Qué vas a hacer?
–No lo sé.
Mira el interior de su taza durante un buen rato y luego me mira a mí.
–Cath, es algo en lo que he pensado durante mucho tiempo. Cuando Jake enfermó, me admiraban su valor y su coraje, y me preguntaba si yo sería capaz de hacer lo mismo en su situación. ¿Qué haría si mis ganglios se inflamaran sin razón y se negaran a volver a su tamaño normal? ¿Qué haría si no pudiera curarme ni un resfriado y me viera empeorando sin remedio?
Siempre he pensado que, a menos que fuera absolutamente necesario, a no ser que no tuviese otro remedio, preferiría no saber que lo he cogido, porque no me creo capaz de soportar un resultado positivo.
–¿Y ahora? ¿Cómo te sientes ahora? – Mi voz es suave, aunque todavía no
lo he asimilado del todo.
–Supongo que Jake cambió mi forma de pensar más de lo que me imaginaba. – Me observa y se encoge de hombros-. ¿Cómo iba a vivir sin saberlo? Si soy seropositivo, lo mejor que puedo hacer es enterarme ya, empezar a convivir con la enfermedad, tomar la medicación que sea necesaria. ¿Sabes qué es lo peor?
Niego con la cabeza.
–Tengo que hacerme un análisis, pero hay un periodo de incubación de tres meses. La última vez que nos acostamos fue a principios de octubre, hace un mes, así que es posible que no me lo detecten. Pero bueno, nos conocimos en julio, así que a lo mejor tengo suerte.
–¡Joder, Simon! – Noto que los ojos se me llenan de lágrimas-. No puedes tenerlo. ¡Seguro que no lo tienes!
–Cath, por Dios -me interrumpe-, sólo es un virus. Mañana me haré el análisis.
–¿Puedo acompañarte?
–Te lo iba a pedir. De lo único que estoy seguro en este momento es de que no puedo recoger los resultados yo solo. Me gustaría que vinieses.
–¿Adonde vas a ir?
Menciona el nombre del servicio de enfermedades de transmisión sexual del hospital de su zona. Dan los resultados en una hora, mantienen el anonimato y ni siquiera tu médico de cabecera tiene por qué enterarse de nada.
–¿Estás seguro de que podrás enfrentarte a los resultados?
Me sorprende que una vez superados los temblores y las lágrimas iniciales,
y ante la posibilidad de un resultado positivo, esté tan calmado. Sigo pensando que algo va a pasar, que su histrionismo acabará por desatarse, porque éste no es el Simon que conozco y que quiero, sino una versión mucho más serena, y no estoy segura de si sé cómo tratarla.
–¿Sabes? – dice mirándome con una sonrisa sincera en los labios-, me extraña la forma en que me lo estoy tomando.
–A mí también.
–No tengo por qué desarrollar la enfermedad. No necesariamente. Al menos, no todavía. Se puede estar sano muchos años. Con la medicación que existe en la actualidad, los cócteles y terapias combinadas, se habla de unos veinte años de esperanza de vida, no hay por qué preocuparse y, quién sabe, para entonces puede que ya hayan encontrado una cura.
–Simon -digo con voz temblorosa-, me estás asustando. Deja de hablar como si te hubieras contagiado.
De repente parece perdido otra vez, como un niño, y le doy un abrazo.
–Tengo miedo, Cath, tengo mucho miedo. Pero, si estoy enfermo, tendremos que acostumbrarnos.
Nos quedamos en silencio un rato.
–¿Has pedido hora? – pregunto.
–Llamaré por teléfono mañana por la mañana. Espero que me citen el primero porque no creo que pueda aguantar la espera. Una vez que lo sepa, podré seguir con mi vida, pero tengo que saberlo.
–¿Quieres quedarte aquí esta noche?
–No sé. No estoy seguro de si podré estar solo, aunque parte de mí quiere volver a casa, meterse en la cama y cubrirse con el edredón. No sé.
Por si acaso no se queda a dormir, hablamos hasta medianoche de las implicaciones de ser seropositivo, de lo que debe hacer, de cómo se lo puede decir a la gente, de cómo afectará a su vida. Y, por supuesto, hablamos de Jake, algo sobre lo que no habíamos hablado en serio hasta ahora.
Cuando Jake murió, Simon se encerró, como siempre. Incluso cuando salió de su periodo de hibernación, le costó hablar de él. Aprendimos a no tocar el tema a menos que lo sacara él, cosa que raramente ocurría.
Pero esta noche parece que se han abierto las puertas. Habla de lo mucho que lo quería y después derrama más lágrimas cuando recuerda su enfermedad, su dolor, y solloza en mis brazos mientras grita que no quiere pasar por todo eso.
No puedo decir nada. Todavía estoy paralizada por el horror, porque, de todos nosotros, Simon es o, mejor dicho, era el más cuidadoso. Era el único que me reñía en las contadas ocasiones en las que me dejé llevar y me olvidé de los condones en un arrebato de pasión.
Cuando se marcha, me siento durante un buen rato en el sofá y hago algo que no he hecho en mucho tiempo, rezar. Yo, que no he creído en Dios desde que era una niña, que no creo en la religión, me siento con los ojos fuertemente cerrados y ruego que, si hay alguien ahí arriba, haga que Simon dé negativo.
Rezo y rezo, y repito algunas frases sueltas del padrenuestro que todavía recuerdo de cuando iba al colegio, con la esperanza de que aplaquen a cualquier Dios que pueda estar en las alturas. Incluso llego a ofrecerme a mí misma en sacrificio.
–Haré lo que sea, lo que quieras, si haces que Simon esté bien.
Después de un rato me quedo sin nada que decir y me meto en la cama, bajo
el edredón, cierro los ojos y rezo para poder dormir sin tener pesadillas.
Pero nadie parece oír mi plegaria y permanezco despierta durante horas pensando en Simon y preguntándome cómo lo superaré.
El teléfono suena a las ocho de la mañana siguiente. Simon me dice que me dé prisa, que pasará a recogerme en quince minutos para ir al hospital.
Llamo a la librería y dejo un mensaje en el que le digo a Lucy que llegaré tarde, que no me siento bien y que me voy al médico, que la llamaré más tarde. Me imagino que, después del análisis, cuando el resultado sea negativo, podré justificar mi retraso con un dolor de estómago o algo así.
Simon parecía sospechosamente contento cuando ha llamado y, en cuanto llega, lo miro preocupada, con la cabeza un poco ladeada.
–¿Qué tal estás? – le pregunto.
–No empieces otra vez -se queja poniendo los ojos en el cielo.
–¿Por qué? ¿Qué he hecho?
–Esa mirada de lástima. La cabeza inclinada, el «¿qué tal estás?» -dice imitándome cruelmente, y me disculpo entre risas.
De camino al hospital se muestra animado. Si no le conociese mejor, creería que vamos a desayunar o a dar un paseo por el parque. Hablamos de todo, excepto de la cuestión principal, hasta que llegamos.
Incluso entonces, mientras buscamos un parquímetro y damos vueltas hasta que Simon se fija en un coche que sale y se cuela para coger el sitio, evitamos mencionar el tema. Sólo cuando alcanzamos el edificio y subimos despacio por las escaleras de la entrada para tocar el timbre -ya que es demasiado temprano- siento un nudo en la garganta y Simon palidece.
Nos hacen pasar a una salita de espera deslucida y sombría, y me fijo en que encima de una mesita hay varios ejemplares antiguos y descoloridos de
Hello y de OK, y algunas revistas de moda. Me pregunto si leer esas revistas servirá de ayuda para no pensar en los resultados, o si se está demasiado asustado como para leerlas.
Entra una animada enfermera australiana, profesional y sonriente, y pienso que quien la haya contratado es una persona inteligente porque es justo el tipo de persona que te hace sentir bien. A pesar de su juventud, se comporta como una madraza, incluso cuando le da un impreso a Simon para que lo rellene.
Coge un bolígrafo para escribir sus datos y noto que está temblando.
Normalmente, y sabiendo lo mucho que le gustan los formularios, nos reiríamos de las preguntas. Muchas veces recoge folletos publicitarios porque tienen cuestionarios y siempre me pide que le guarde las encuestas de las revistas, porque le encanta contestar a esa clase de preguntas.
Pero ahora todo es diferente, no es momento de hacer comentarios ni bromas, ni para decir nada en absoluto. Pone cruces en las casillas en silencio, mordiéndose el labio inferior; no se lo había visto hacer nunca.
Cuando ha acabado, se levanta y se lo entrega a la enfermera que hay al lado de la puerta.
–El médico vendrá enseguida. Estará con usted en un segundo.
Menos de un minuto después, se abre una puerta que hay al fondo de la sala de espera y entra un sonriente hombre joven de pelo oscuro, con bata blanca y el formulario en la mano.
–Entre, por favor.
Simon se levanta y, antes de irse, me mira a los ojos y asiento con la cabeza porque todavía no es hora de decir nada. Se dirige a la puerta y la cierra tras de sí.
Ahora entiendo por qué hay revistas en la sala. Hojeo el Hello y miro las
fotografías sin prestarles mucha atención mientras doy golpecitos nerviosos con el pie en el suelo, una costumbre que creía haber abandonado hacía muchos años.
La puerta vuelve a abrirse y entra una chica joven, guapa, moderna. La enfermera le entrega un formulario y se sienta frente a mí con la cabeza baja, concentrada. Parece tan tranquila, tan entera, que me pregunto qué circunstancias habrán traído a una chica como ella a este sitio.
Entonces caigo en la cuenta. Esta enfermedad no elige a las personas dependiendo de su sexo o de sus preferencias sexuales. Me acuerdo de una historia que me contaron hace años, nada más acabar la universidad, cuando todo el mundo se reía de las campañas gubernamentales y de los anuncios sobre una epidemia mundial… «¿Nosotros?-pensábamos-. Imposible.»
Una estudiante de nuestra facultad había tenido dos amantes. Con uno de ellos había tenido una relación estable de dos años; el otro era un chico un par de años mayor que ella con el que había tenido un simple rollo de una noche de verano. Siempre había sido cuidadosa con los ligues. Sabía lo que era el sexo seguro y conocía los riesgos de no tomar precauciones con gente que apenas se conoce.
Un año después, más o menos, empezó a sentirse mal. Nada serio, cansancio, dolores de cabeza, ganglios inflamados… El médico le dijo que podía hacerse el análisis del VIH, para descartar la posibilidad, para no pensar en ello. La chica se rió porque ¿cómo iba a haberse contagiado ella?
El análisis dio positivo. Al parecer, el ligue de verano se había contagiado sin saberlo a través de otra persona que se había acostado con alguien que se había infectado vete tú a saber dónde.
No me acuerdo de su nombre. Recuerdo que era amiga de una amiga, alguien a quien no veía a menudo, pero con quien podía haber tenido más relación. Alguien que podía haber estado en los mismos bailes y las mismas fiestas que yo, y que podía haber pasado por los mismos pasillos de las mismas residencias.
Alguien como yo. Lo que más me sorprendió fue que una persona tan cercana pudiera contraer la enfermedad, porque, por supuesto, eso era algo que no creíamos que pudiera suceder.
Ahora sabemos que sí, que es posible. Miro de reojo a la chica que rellena el cuestionario y sé que puede tener tantas posibilidades como Simon.
Después miro el reloj.
Veinte minutos. «¿Por qué tarda tanto?» En el mismo momento en que me hago esa pregunta, se abre la puerta y Simon entra en la sala de espera.
–¿Y bien? – Intento averiguar algo por la expresión de su cara, pero todavía no se lo han dado, aún falta una hora o cosa así.
Se encoge de hombros y nos acercamos para que no se nos oiga, porque la puerta ha vuelto a abrirse y la sala ya no nos parece tan segura.
–Ha sido muy amable -me informa susurrando-. Todo lo contrario de lo que esperaba. Lleva cinco años trabajando con seropositivos y enfermos, y estaba muy tranquilo, muy optimista. Ha sido muy normal.
–¿Qué te ha dicho?
Mira a la chica que está sentada y luego me mira a mí.
–¿Vamos a dar una vuelta? Hay que esperar unos tres cuartos de hora y aquí no puedo hablar, me falta el aire.
–¡Buena idea! – exclamo cogiendo el abrigo para salir-. Cuéntame -le pido cogiéndole del brazo y acompasando mi paso al suyo.
–No sé nada que no supiera ya. Hemos determinado el factor de riesgo y el mío es alto, ya que he estado expuesto al virus. Después hemos hablado del impacto que puede suponerme el hecho de ser seropositivo. Cómo me lo iba a tomar, si necesitaría apoyo psicológico, las opciones que tengo y algunos
aspectos prácticos más, como por ejemplo de qué manera influye el VIH en los seguros de vida y en los viajes al extranjero.
–¿Eso es todo?
–No, también me ha dicho lo habitual en estos casos, que es un virus, que no tengo por qué morir pronto, que se puede llevar una vida completamente normal, que hay medicación y bla, bla, bla.
–¿Bla, bla, bla? – repito mirándole-. Ésa sí que es terminología médica de la buena.
–Lo siento. Ya lo había oído muchas veces y sé que es verdad, pero también puede significar que no llegaré a viejo y que mi muerte será horrible, dolorosa y degradante. Aunque ser seropositivo no quiere decir que me vaya a morir en poco tiempo, no dejo de pensar en Jake y en cómo acabó.
–Vaya -musito acariciándole el brazo porque no se me ocurre qué decir.
Después lo miro con cara de preocupación-. ¿Qué ocurrirá si eres seropositivo?
–Si lo soy, haré psicoterapia, tomaré la medicación que sea necesaria y me haré a la idea. Venga, vamos a volver.
Lo hacemos y, de nuevo, mientras subimos las escaleras, me invade una sombría sensación, pero esta vez no siento un nudo en la garganta, al menos hasta transcurrido un rato. Nos sentamos en la sala de espera y logro que Simon vuelva a tener su expresión de siempre al enseñarle una foto de Courtney Cox en la que lleva un vestido horrible. Cuando nos estamos riendo se abre la puerta y aparece el médico.
–Pase, por favor -le pide.
A pesar de que esas palabras parecen inocuas, aunque no tienen ningún poder para hacer daño, hay algo en su expresión, en sus labios que no sonríen y en la compasión que asoma en el fondo de su mirada, que
consiguen que el corazón me empiece a latir con fuerza y me falte la respiración.
–Vuelvo enseguida -asegura guiñándome un ojo con su cara de siempre, en un intento por esconder el miedo. Se inclina, me besa en la mejilla y siento que se me saltan las lágrimas, pero las contengo. Voy a ser fuerte, por él.
De todas formas nunca he sido muy buena a la hora de interpretar la expresión de los demás. Puede que sea mi imaginación y que el médico ponga la misma cara, sea cual sea el resultado. Levanto la vista y la chica moderna y guapa, que seguramente está esperando sus resultados, me sonríe.
–Es horrible, ¿verdad? – dice con dulzura, y asiento con la cabeza sin atreverme a hablar porque su muestra de compasión hará que se me salten las lágrimas en cuanto abra la boca.
Me sonríe con lástima y pienso que lo sabe. Nos ha mirado cuando ha salido el médico, ha visto su expresión y está pensando lo mismo que yo.
Paso las hojas de la revista, furiosa, intentando tragarme las lágrimas, sin ver nada de nada, y cuando llego al final, vuelvo a empezar desde el principio, golpeando el suelo con el pie.
Pasan veinte minutos y la puerta se abre de nuevo. Simon entra en la sala sonriendo y, si no lo conociera tan bien, pensaría que su sonrisa significa que no pasa nada, pero lo conozco bien. Es falsa y forzada. Se está guardando unos folletos en el bolsillo, me pongo de pie y le sigo, hacia el frío sol, mientras él no deja de sonreír.
–Simon.
Me detengo frente a él en la acera y, en ese momento, su sonrisa se desvanece.
–Positivo -susurra.
Lo abrazo y siento que está rígido, que se resiste. Pero, tanto si lo necesita como si no, tengo que hacerlo.
–¿Vamos a Regent's Park? – le pregunto, ya que no queda lejos. Sé que le gusta la rosaleda de ese parque y siento que necesita que le recuerden las cosas que le agradan, que es mucho mejor para él estar rodeado de belleza que solo en casa.
Subimos al coche sin decir palabra, nos dirigimos al parque, aparcamos y rodeamos el pequeño lago. Continúa sin hablar.
Le cojo del brazo y se lo aprieto con fuerza para asegurarme de que está conmigo. ¡Mi querido Simon! Aunque estoy tentada de mirarle, de comprobar si está bien, sé que se enfadará mucho y me contengo.
Finalmente, cuando llegamos a la rosaleda, señala un banco, nos sentamos y empieza a hablar.
–Tengo que pedir cita con el psicólogo -dice sacando los folletos del bolsillo y mirándolos con los ojos en blanco-. También tengo que hacerme revisiones periódicas para controlar las células T4 y la carga viral. La semana que viene tengo la primera tanda de análisis. Tendré que controlar mi dieta, aunque me ha dicho que hay charlas y que podría informarme sobre todas estas cosas, conseguir apoyo y… -Se detiene y suspira.
No digo nada, le acaricio el brazo.
–Cath -dice con una voz increíblemente triste-, ¿cómo es posible que me haya cambiado tanto la vida en un solo día? ¿Cómo es posible que ayer todo fuera de maravilla y hoy todo sea horrible? ¿Por qué estamos aquí sentados hablando de células T4, revisiones y medicinas? ¿Por qué me ha tocado a mí? ¿Por qué ha tenido que pasarme a mí?
–No ha cambiado nada -le aseguro dándole un abrazo-. Eres la misma persona que ayer. Y mañana serás el mismo, y pasado, y al otro, y al otro.
Lo único que ha cambiado es que has estado en contacto con un virus y