Lios, libros y mas lios
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–Me temo que no pasará mucho tiempo antes de que lo sepamos -vaticina suspirando.
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dieciocho
A pesar del desafortunado comienzo, la fiesta de Lucy y Josh acaba siendo una de las mejores que hemos organizado. Simon y yo vamos a cenar muchas veces con ellos, pero que haya una persona nueva le da otra dinámica, y creo que he pasado una de las veladas más animadas e interesantes de los últimos años. De hecho, posiblemente sea la más agradable desde la cena con James.
Mi única preocupación es Simon, y lo primero que hago nada más entrar en casa, aunque sea la una de la madrugada, es coger el teléfono y llamarlo para saber si está bien.
No me choca en absoluto oír el contestador automático. Le dejo un mensaje en el que le pregunto si está bien, le digo que puede llamarme a cualquier hora si me necesita y que rezo por que Will no se haya desquitado con él.
No sé nada de él hasta el día siguiente. Sobre las once de la mañana recibo una llamada.
–Soy yo.
–Ya -digo sorprendida de que haya tardado tanto en llamar-. ¿Qué tal estás?
–Avergonzado. Tengo que llamar a Josh y a Lucy para disculparme, pero no sé qué decirles.
–¿Por qué tienes que hacerlo? Es el imbécil de tu novio el que tendría que pedir perdón. Y, antes de que empieces a justificarle, se portó fatal.
–Ya, ya. – Realmente se da cuenta de ello, porque jamás había oído a Simon con una voz tan contrita-. Pero él no se disculpará, cree que no tiene por qué hacerlo; no piensa volver a veros a ninguno.
–Estupendo. Creo que le caemos tan bien como él a nosotros.
–Posiblemente mejor aún. Excepto Portia, a la que ha estado poniendo por las nubes toda la noche. Es bastante famosa y eso parece gustarle -comenta con voz amarga.
–Así que no todo es de color de rosa, ¿eh?
–No lo sé, Cath. – Deja escapar un gran suspiro-. Pensaba que sólo eras tú la que le ponías pegas, pero ayer lo vi de manera diferente. Fui a su piso y no me hizo caso en toda la noche. Yo estaba hecho polvo por su comportamiento en casa de Lucy y Josh, y no entiendo nada.
–¿Quieres decirme que no intentaste hablar con él cuando os fuisteis? Eso no es normal en ti.
–No pude. Estaba de tan mal humor que me limité a sentarme en silencio hasta que nos fuimos a la cama.
–Simon, ¿qué coño haces con él?
–No es tan malo, Cath. Puede ser de lo más encantador y cariñoso pero… -
Se calla y vuelve a suspirar.
–¿Así que todavía no habéis cortado?
–No, hasta que caiga el telón.
Nos despedimos y estoy segura de que en su cara se ha dibujado una triste sonrisa.
Salgo y, al llegar a casa por la tarde, escucho los mensajes: uno de Lucy, uno de Portia, tres de Simon… Cuando estoy esperando oír su cuarto mensaje, suena la voz de James en el contestador.
–Esto…, hola, Cath. Soy James. Mira, no sé muy bien lo que he hecho para que te enfades, pero, sea lo que sea, lo siento de verdad. Me gustaría que me llamases…
Después deja su número de teléfono. Lo escucho varias veces e intento descubrir algún mensaje subliminal, entre líneas, algo que se adivine por su tono de voz, pero no lo consigo.
Me quito los zapatos, voy a la cocina, pongo agua a calentar y abro el frigorífico para ver si hay algo mínimamente comestible. Por suerte hay un bote de houmous y un paquete de lonchas de queso, de las que, gracias a mi torpeza para envolver, se ha secado la de arriba. Lo saco todo y abro un armario, en cuyo fondo descubro un paquete de galletas de arroz. Dios sabe de dónde habrán salido, estoy segura de que jamás he comprado algo tan sano.
Vuelvo al frigorífico a ver si ha aparecido algo nuevo mientras abría el armario.
No ha habido suerte. No he pasado nada por alto, así que me preparo un café y lo llevo al cuarto de estar junto con la comida, y me pongo a pensar en James y en si voy a llamarlo. El problema, pienso mientras le doy un mordisco a la galleta reblandecida por el paso de los siglos, es que me gusta mucho. Y si me plantease enrollarme con alguien en este momento de mi vida, seguramente James sería el tipo de hombre que elegiría.
Pero lo peor es que no puedo enrollarme con nadie. No puedo pasar por toda la mierda por la que está pasando Simon con Will: tener que presentárselo a mis amigos y rezar para que se caigan bien. Aunque supongo que, en este caso, esa parte ya está resuelta.
Aquí estoy, despatarrada en el sofá, con una pierna por el respaldo, viendo teleseries que nunca confieso ver y zampando galletas de arroz con queso de plástico y una sana ración de houmous (sacada del bote con el dedo) por encima. Estoy sorbiendo el café porque está muy caliente y la única razón por la que puedo hacer todo esto es porque estoy sola.
Me acuerdo de cuando salía con Martin, y del tío de la universidad, y de los otros con los que me veía cuando tenía veintitantos. Recuerdo la pesadez de tener que hacer un esfuerzo continuo… Asegurarme de que estaba guapa, de que no se supiera que me pasaba las tardes poniéndome morada de cosas sin ningún sabor porque no me apetecía andar tres minutos para ir a la tienda de la esquina y comprarme algo decente.
No podría hacer nada de eso si estuviese con James, ni con nadie. E incluso si pudiera, siempre tengo presente el riesgo del dolor, de la pérdida. Ahora estoy bien y no quiero que venga alguien y lo estropee todo.
–¿Ni siquiera sabiendo que a lo mejor podrías estar mil veces mejor que ahora? – me preguntó una vez Lucy.
–Imposible -dije sonriendo-. Ya os tengo a vosotros.
–Si te cierras emocionalmente -aseguró sin seguirme el juego-, no puedes crecer como persona. Está muy bien todo eso de que si no se tiene pareja se evita el dolor, pero ¿qué pasa con todas las cosas maravillosas que también te pierdes? ¿Qué hay de la alegría, la intimidad y la confianza de las que se disfruta cuando amas a alguien?
–No es necesario encontrar a alguien a quien amar para conseguir todo eso -
le dije-. Mis amigos me procuran alegrías, intimidad y confianza. Lo que no me dan es sufrimiento e inseguridad, y tampoco tratan de anular mi
personalidad. De verdad, Lucy, créeme, soy feliz tal como estoy.
–El que algo quiere algo le cuesta -suele decirme Simon.
Bueno, ésa es su opinión, y por mucho que discutamos sobre ello y le explique lo que pienso de los hombres y de las relaciones de pareja, no me entiende.
Supongo que por eso está con Will. Siempre se ha conformado con gente inferior a él, hombres que abusan de él. Para él, eso es mejor que estar solo, aunque lo diga con otras palabras. Siempre piensa que puede cambiarlos.
Cuanto peor lo tratan, mayor desafío supone para él. Will, en ese sentido, le está planteando uno de los mayores retos de su vida.
Acabo las galletas de arroz y vuelvo a la cocina. Abro el frigorífico por si acaso, pero no, no ha habido suerte: las mismas verduras mohosas que había hace media hora. ¡Aja!, el congelador. Doy gracias a Dios y a Simon porque, entre los paquetes de guisantes y espinacas del cajón de arriba, encuentro lo único que puede arreglarme la noche: un pastel de canela congelado que trajo Simon un domingo, pero que, por alguna extraordinaria e increíble razón, no llegamos a comernos. Ajusto el microondas para descongelarlo, relamiéndome, y espero en la cocina mientras huelo un delicioso aroma de canela y almendras.
No puedo esperar el «¡ping!». Abro la puerta diez segundos antes de que esté listo, saco el pastel y le doy un buen bocado incluso antes de ponerlo en un plato. ¡Dios mío, está buenísimo, el mazapán se deshace en la boca!
Vuelvo al cuarto de estar, me prometo que sólo comeré la mitad y me siento en el sofá con el plato en las piernas.
Diez minutos después, «se acabó el pastel». Me chupo el dedo para intentar recoger cualquier pedacito que no me haya comido, pero no queda nada.
Estaba delicioso. No me siento culpable; bueno, no demasiado.
Seamos realistas, si tuviera novio no podría hacer esto. James es majo y podría ser un buen amigo, pero siempre he dicho que no necesito más
amigos íntimos porque Simon siempre ha hecho de novio, hermano y mejor amigo mucho mejor que cualquier otra persona. Pero ahora que Will ha entrado en escena, quizá sea el momento de buscar a alguien. No para reemplazarle, nadie podría hacerlo, pero… En el corto tiempo transcurrido desde que ha conocido a Will, no ha estado disponible para ninguna de nuestras cenas imprevistas. No he podido llamarle por teléfono a las cinco y media para quedar con él en la puerta del cine una hora más tarde y ver una película.
Puede que me haya sentido un poco sola desde que conoció a Will. Pero bueno, siempre me queda Portia. Aunque, por muy unidas que estuviésemos en un tiempo, me temo que han pasado demasiadas cosas como para que podamos estar como antes.
Cuando la miro, sigo viendo a la Portia de siempre, todavía me queda algún vestigio de mis antiguos sentimientos hacia ella; pero, a pesar de que parte de mí se ve atraída por nuestra pasada relación, la otra parte, la que ha estado diez años sin ella, sabe que estamos demasiado distanciadas, que nuestras vidas son demasiado diferentes como para volver a ser las buenas amigas que fuimos un día.
Sí, James sería un buen amigo. Decido devolverle la llamada, pero en este momento, con el estómago lleno y un letargo que parece afectar a todos los huesos de mi cuerpo, no puedo hacerlo. Lo llamaré mañana.
La televisión sigue encendida durante el resto de la tarde. Bajo el volumen para llamar a Portia y a Lucy, y dejo un mensaje para Simon. Después sigo delante de ella sin prestarle atención y de pronto me encuentro absorta en una serie de detectives, identificándome con el bueno. Suena el timbre de la puerta.
Mierda. Sé que he dicho que James sería el amigo perfecto, pero justo ahora iba a enterarme de si la coartada del principal sospechoso era verdad. Esta maldita costumbre suya de aparecer sin avisar está empezando a ponerme de los nervios.
Me dirijo hacia la puerta dispuesta a echarle una buena bronca y me corto antes de hacerlo porque no quiero asustarlo definitivamente, sobre todo ahora que he decidido que sería el amigo perfecto.
Abro intentando sonreír y, sorpresa, es Simon.
–¡Estaba pensando en ti! ¡Qué bien! – exclamo con alegría, y le doy un abrazo. Cuando nos separamos, me sonríe débilmente y rompe a llorar.
Lo hago pasar y lo conduzco al sofá. Me siento a su lado y le acaricio la espalda hasta que cesa el primer brote de lágrimas.
–¿Quieres una taza de té? – pregunto, sabiendo que eso le hará sonreír.
Siempre bromea acerca de que en los culebrones nadie sabe cómo comportarse ante los arrebatos emocionales; lo único que se les ocurre cuando alguien se encuentra en una situación terrible es ofrecer una taza de té.
Efectivamente, sonríe, pone los ojos en blanco y empieza a llorar otra vez.
Después de un rato le pregunto si se trata de Will y asiente con la cabeza.
Le pregunto si han cortado, asiente de nuevo y derrama otra buena cantidad de lágrimas.
Finalmente consigue calmarse lo suficiente para hablarme. Le preparo una taza de té y, por raro que parezca, le sienta bien, aunque sólo sea porque tiene que forzarse a dejar de sollozar para be-berlo. Después comienza a recobrar el control y a dominarse.
Will le ha telefoneado hoy al trabajo y, después de una corta charla en la que ahora le parece que había algo extraño, Simon le ha preguntado si se verían luego. Will le ha dicho que podía ir a su casa si quería, que estaría a eso de las ocho.
Así que ha ido, tal como estaba previsto, con idea de hablar con él. No pretendía cuestionar su relación de pareja, sólo quería decirle lo importantes
que son para él sus amigos, y lo importante que él estaba empezando a ser en su vida y que todo resultaría más fácil si intentase llevarse bien con ellos.
Iba a decirle que entendía que sus amigos no fueran su tipo, pero que, a veces, cuando intentas comenzar una relación con alguien, no se puede pensar solamente en uno mismo.
Pero no ha tenido la menor oportunidad. Will le ha abierto la puerta y se ha vuelto hacia el cuarto de estar sin dirigirle la palabra. Allí, en el sofá, estaba Steve, un chico que habían conocido en un pub hacía un par de semanas.
Steve es el tipo de hombre del que Simon siempre procura alejarse: guapo, arrogante y desdeñoso. «Igual que Will -pienso-, pero sin su falso encanto.»
Will se ha sentado cerca de Steve y se han puesto a beber cervezas y a reírse como tontos, pasando por completo de Simon. Simon se ha quedado un rato viéndolos coquetear, tenía ganas de irse pero esperaba que todo aquello no fuera más que una pesadilla que desaparecería al abrir los ojos; de pronto, Will le ha preguntado: «¿Todavía estás aquí?»
Totalmente desconcertado, se ha levantado mientras Steve soltaba una risotada y Will escondía la cabeza bajo el brazo para contener la risa. «¡No me interesas! – ha oído mientras salía-. Eres un aburrido de mierda, igual que todos tus amigos, y en cuanto a tu manera de follar…»
Después ha escuchado risas mientras cerraba la puerta de golpe.
–No me he estampado con el coche de milagro -dice gimoteando en el sofá.
No es que fuera el gran amor de su vida, pero la humillación ha sido horrible. Jamás se había sentido tan menospreciado, sentado allí, viéndolos juntos… Y encima, esos comentarios despectivos, otro rechazo.
–¡No puedo más! – dice, y su voz empieza a quebrarse de nuevo-. No soporto que me rechacen. ¿Por qué tiene que pasarme a mí? ¿Por qué? ¿Qué he hecho?
¿Qué puedo decirle? ¿Qué se debe decir?
–No te llega ni a la suela de los zapatos -acierto a decir; es lo único que se me ocurre en ese momento.
–Ya lo sé -articula, cosa que me parece un gran paso-. Pero la cuestión no es ésa. No se merecía a alguien como yo y, sin embargo, ha sido él el que ha dicho la última palabra y el que me ha dado la puñalada cuando estaba hecho polvo.
–¿Sabes qué? – Mi ira sale en defensa de Simon-. Alison Bailey me dijo que era un hijo de puta.
Me mira sorprendido porque he soltado el insulto regodeándome al pronunciarlo y es una palabra que nadie está acostumbrado a oírme decir, y mucho menos él, la persona que mejor me conoce.
–Dijo que era un mierda asqueroso al que le encantaba destruir a la gente.
Que lo había hecho con alguna chica de la oficina y que el mejor consejo que podía darme era que te alejaras de él.
Parece comenzar a reaccionar y, como veo que eso le ayuda, decido añadir unas cuantas cosas de mi cosecha, unos cuantos adornos.
–Me dijo que le gusta manipular a la gente, que le encanta hacer juegos psicológicos con las personas. Le encanta ver cómo sufre la gente.
Puede que Alison no lo dijera, pero así lo veo yo.
–¿De verdad dijo todo eso?
Asiento con la cabeza.
–Se portó como un cerdo con Josh y Lucy, ¿verdad?
–Sí, peor que eso.
–Así que no crees que sea yo el problema.
–Tú eres estupendo. Él es imbécil por no haberse dado cuenta.
–¿Crees que algún día alguien lo hará?
–Por supuesto, ¡estoy convencida!
–Gracias, cariño -dice con una sonrisa mucho menos temblorosa que antes, y le doy un abrazo, hasta que empieza a gimotear otra vez y me advierte que no sea demasiado buena con él o se echará a llorar de nuevo.
–¿Sabes qué es lo que me vendría bien? – confiesa de repente con un ligero brillo en los ojos que le da aspecto de niño travieso-. El pastel de canela que traje hace un par de semanas.
–¡Ah! – exclamo mientras mi cerebro trabaja desesperado para buscar una excusa. No puedo decirle que la semana pasada vinieron diez personas a tomar el té porque se daría cuenta de que es mentira, y admitir que me lo he comido entero me avergüenza, pero no tiene por qué saber toda la verdad.
–Está aquí -confieso señalando mi hinchado estómago.
–¿Qué? ¿Todo? – pregunta horrorizado al tiempo que meneo la cabeza riéndome.
–No seas ridículo. Ha estado toda una semana en el frigorífico y al fin he conseguido acabármelo; me lo he terminado hoy.
–¿Así que no ha quedado nada, ni una migaja?
–Lo siento, nada de nada.
–Bueno, sólo podemos hacer una cosa -asegura levantándose y cogiendo el abrigo-. Venga, ponte los zapatos. Vamos a comernos un helado.