Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 23 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

–¿Qué?

–Decirle que lo sabemos y recordarle lo que perderá si rompe con Lucy.

El simple hecho de pensar en tal desenlace me provoca náuseas.

–¿Y qué pasará si dice que Portia es el amor de su vida y que eso es lo único que le preocupa?

–En primer lugar, deja de ser tan negativo, y en segundo, no creo que sea capaz de hacer algo así, no me cabe en la cabeza.

Lucy vuelve a la mesa con una botella de champán que guardábamos en el almacén, para nosotras.

–Míralos, con las cabecitas juntas y cuchicheando furtivamente. Si no os conociera, pensaría que estáis planeando una cita secreta.

–Si tú lo dices… -acepta Simon levantándose y cogiendo unas copas.

Descorcha la botella y empezamos a beber.

¼

veintitrés

Gracias a Dios, mi vida está volviendo a estabilizarse poco a poco. La historia de Josh y Lucy me ha alterado tanto que, a pesar de que he intentado concentrarme en mis cosas y olvidarla, todavía sigo un poco nerviosa, como si fuera a pasar algo, algo inevitable que no puedo controlar.

Supongo que es el efecto de la vuelta de Portia a nuestras vidas. Aparte de su lío con Josh, supongo que el que alguien nuevo entre en tu vida desconcierta, cambia la dinámica, rompe el equilibrio.

Me ha llamado varias veces y ha dejado mensajes, pero he conseguido esquivarla advirtiéndoles a Bill y a Rachel que le dijeran que estaba fuera (por suerte, Lucy nunca coge el teléfono y siempre tiene mucho trabajo en la cafetería) y escuchando los mensajes del contestador al llegar a casa.

Simon es la única persona que sabe que la evito; piensa que exagero, pero me resulta más fácil alejarme de su amistad que enfrentarme a ella.

Sé que es pura cobardía. A veces pienso que por Lucy debería presentarme en casa de Portia y poner el grito en el cielo. Pero siempre la he temido, desde que éramos estudiantes. Y ahora que soy adulta y que mi vida ha seguido su curso, cuando estoy cerca de ella siento que regreso a esa época.

Confieso que, en cierta forma, me intimida.

Por eso no digo nada. Además no es asunto mío. Bueno, ¡claro que lo es!

Le está haciendo daño a una de las personas que más quiero en este mundo.

Pero, como dice Simon, no es la única mala de la película. A pesar de que ya sé que hacen falta dos personas y todo eso, no puedo dejar de pensar que, por muy inteligente y despierto que pueda parecer Josh, también es débil.

Siempre lo he sabido, y aunque no creía que eso le llevaría a caer en la tentación tan pronto, estaba equivocada. De todas formas, no puedo culparle a él tanto como a Portia, por tentarle.

Me gustaría, pero no puedo.

Puede que sea la rabia lo que hace que no me enfrente a Portia. Quizá tengo tanto miedo de lo que pueda soltarle que me parece mejor guardármelo dentro y esperar rezando para que las cosas sean como antes.

Lo más curioso es que esta última semana Lucy se muestra mucho más alegre, y ojalá no me precipite al pensar que las aguas empiezan a volver a su cauce…

Aunque no como para decir que lo de Portia y Josh se ha acabado, porque sigue llegando tarde a casa pretextando reuniones o diciendo que tenía mucho trabajo; y, como todo el mundo sabe, ése es un síntoma inequívoco.

A Josh, que siempre ha declarado tierna y abiertamente su devoción por Lucy, se le ve absorto la mayor parte del tiempo, pero Lucy dice que las cosas han mejorado, y eso de momento ya es algo.

Esta mañana me ha hecho reír contándome una historia sobre Ingrid, quien, dicho sea de paso, se comporta de forma cada vez más extraña. Me ha contado que llegó a casa anoche y oyó los mensajes del contestador automático. La parte buena era que no había ninguno de Josh diciéndole que tenía una reunión, y la mala, que tampoco había ninguno en el que le dijera que iría a cenar. Se sirvió un whisky, se sentó a la mesa de la cocina, se quitó los zapatos y, en ese instante, se quedó a cuadros cuando vio que Ingrid entraba tranquilamente y cogía sus llaves de la mesa.

Se había superado a sí misma. Llevaba un mono muy ajustado de PVC rojo que resaltaba su extraordinaria figura, y el pelo recogido en una coleta.

–¿Vas a un club de sadomasoquismo? – le preguntó con cortesía. Es una pregunta impropia de ella, pero estaba demasiado impresionada como para mantener la típica reserva británica.

–No -contestó con una sonrisa que no pegaba con su atuendo-. Tengo una cita que promete. No vendré a dormir; no estarás preocupada, ¿verdad?

–No, claro, supongo que no; si tú no lo estás… ¿Cierro la puerta?

–Mejor sí -contestó diciendo adiós, y cuando salió, Lucy parpadeó varias veces para convencerse de que no estaba soñando.

–¡Joder! – he exclamado riendo al oír el relato-. Suena a Denise Van Outen con Viagra; espero que el chico merezca la pena.

–Quita, quita, lo que pasa es que estás celosa. Ya te gustaría a ti tener su

aspecto con esa ropa. – Es verdad. Después se ha puesto seria y ha bajado la vista hacia la mesa antes de mirarme-. Sé que parece ridículo, porque no creo que Josh pudiera tener un lío, pero ¿no crees que…?

Mentalmente he deseado que mi corazón dejara de latir a tanta velocidad.

–Quiero decir… Ingrid está muy contenta últimamente y, claro, sale con alguien. ¿Crees que…, bueno, que Josh e Ingrid…?

–¡No, por Dios! – le he dicho casi gritando-. ¡Ni por asomo!

–Vale, vale, si estás tan segura… De todas formas, da la casualidad de que la otra noche Josh estuvo muy cariñoso. Vino a casa con un gran ramo de rosas y me llevó a Julie's a cenar.

Parece que ha sido su primera noche normal en mucho tiempo. Josh había llamado a Laura para que cuidara de Max, y una vez en el restaurante estuvieron hablando. No sobre la librería, ni sobre su hijo, ni sobre el trabajo de Josh; simplemente charlaron.

Hablaron de ellos, recordaron la primera vez que habían estado en ese sitio y acabaron riéndose a carcajadas. Fue, dijo Lucy con una gran sonrisa en la cara, maravilloso, porque fue normal. No romántico, ni trascendental, no acabaron haciendo el amor apasionadamente ni nada semejante, pero se volvió a sentir casada, feliz y segura.

Simon me ha llamado antes. Le he contado lo de la cena de Lucy y ha comentado que era una buena señal. Que todavía no podíamos respirar tranquilos, pero que parecían estar dándose tiempo, aunque eso no quiera decir que haya acabado con Portia. Ni mucho menos.

Yo ya no sé qué pensar. Puede que sólo haya sido una aventura pasajera.

Que quizá, igual que aquella noche cuando estábamos en la universidad, todo haya acabado. Pero no hay duda de que algo ha ocurrido, tanto si sigue ocurriendo en este preciso momento como si no.

Simon me ha preguntado si creo que Portia está enterada de que lo sabemos. Supongo que sería de idiotas no notarlo. Lo más raro de todo es que ha captado el mensaje y ha dejado de llamarnos a nosotros, pero sigue llamando a Lucy.

Eso es lo que más me molesta. Parece sentir algún tipo de compulsión, aunque esperaba un poco más de delicadeza por su parte, la verdad. He oído historias de queridas que espían a las esposas para saber cómo son, qué aspecto tienen y qué hacen durante el día, ¡pero nunca cuando ya las conocen de antemano! Eso es enfermizo, o propio de alguien que busca bronca. Puede que todo forme parte del plan de Portia, de su final feliz. Para asegurarse de que Lucy se entera, debería decírselo o insinuárselo, dar pie a una situación en la que no cupiese ninguna duda y, entonces, Lucy tendría que permitir que Josh se fuera.

Porque, en este preciso momento, no sé qué dirección tomaría Josh en última instancia, y si, tal como hace Simon a menudo, me preguntáis, le veo muy feliz en misa y repicando: Lucy cocinando, mimándolo y cuidando de una maravillosa casa en la que él no da ni golpe, y Portia ofreciéndole sexo unas cuantas noches a la semana.

Pero ¿sería capaz de abandonar a Lucy? Si tuviera que elegir, ¿lo dejaría todo por Portia? Ya sé que lleva una vida sofisticada de la que incluso yo misma he sentido envidia a veces, pero ¿querría Josh llevar ese estilo de vida?

¿Lo pasaría bien saliendo todas las noches, rodeándose de adictos a los medios de comunicación en el Soho House, comiendo pastelitos de pescado tailandeses, yendo a casa sólo a dormir entre inmaculadas sábanas que ni siquiera se arrugan?

Os recuerdo que estuve sentada en su sofá, y, creedme, no es un sitio que invite a quitarse los zapatos y ponerse cómodo con el mando a distancia a mano y picando cualquier cosa: la forma favorita de Josh de pasar la tarde.

Y aunque hay mujeres dispuestas a renunciar a su vida personal por un

hombre, Portia no es una de ellas. Puede que en otro tiempo hubiera hecho algún sacrificio, pero ahora, a los treinta y tantos, se ha endurecido.

Es demasiado independiente, demasiado autosuficiente y, si un hombre decidiera entrar en su vida, estoy segura de que, tras la fascinación y el apasionamiento iniciales, se espantaría. Pero, aun en el caso de que alguno decidiera hacerlo para siempre, tendría que aceptar sus condiciones con sumisión.

Puede que a Josh le hiciera gracia una temporada, que durante un tiempo se sintiera protagonista de una película, pero no me lo imagino haciéndolo toda la vida, y espero, y ruego, que todo esto no sea nada más que una aventura pasajera y que, de alguna forma, sólo busque exorcizar su historia con Portia para poder seguir adelante con Lucy.

Una semana más tarde pienso que quizá se ha obrado el milagro, porque desde aquella noche en Julie's están bien. Han vuelto a ser los mismos de siempre. Hasta el punto de que Lucy me ha llamado esta mañana para quedar a comer el domingo, a la misma hora y en el mismo sitio de siempre.

Sin pensármelo dos veces y sin preguntar si Simon también podría ir, he aceptado.

Tan pronto como entro, la inquietud y el desasosiego que he estado sintiendo desaparecen, porque allí, en el rincón, está el grupo de siempre, y la escena me resulta tan familiar y reconfortante…, como un regreso al útero materno.

Hay una jarra de café que tiene que pelearse por encontrar sitio en la mesa junto a montones de periódicos. Sé cuáles son y quién ha traído cada uno de ellos, porque siempre hacemos lo mismo y, aunque no hayamos quedado en unas cuantas semanas, somos animales de costumbres. Sé que Josh ha traído el Sunday Times, pues se lo llevan a casa todas las semanas, y un ejemplar del Observer que habrá comprado por el camino; Simon, los periódicos sensacionalistas para poder cotillear con Lucy y conmigo

mientras Josh hace como si estuviera leyendo la prensa seria, pero al final será incapaz de resistirse a los chismes, fingirá desesperarse con nosotros y acabará uniéndose al chismorreo.

En el centro de la mesa hay una cesta con cruasanes. Josh está absorto en la sección de economía del Sunday Times, Simon se está poniendo morado a comer mientras señala las fotos del News of the World, y Lucy se está tomando el café y se ríe de sus graciosos comentarios.

Me quito la chaqueta y la bufanda, me froto las manos para calentarlas, puesto que las tengo casi heladas por el frío aire de noviembre, lo cuelgo todo en el respaldo de la silla, me siento y bebo un poco del zumo de naranja de Simon mientras Lucy llama a la camarera para pedirle más café y otra taza, y decirle que estamos listos para pedir. No entiendo por qué me han esperado, cuando siempre pedimos lo mismo.

Simon pide macedonia, porque así tiene la sensación de cuidarse y porque cree que con ella contrarresta los huevos fritos y las tostadas que se come luego; Josh, el clásico desayuno inglés; Lucy, huevos revueltos con beicon, y yo lo mismo pero poco hechos, con salchichas y muchas tostadas.

No es raro que nos pasemos tres horas en esta mesa, comiendo y bebiendo litros de zumo de naranja y café. Simon ha perfeccionado el arte de mirar con ojos de asesino a las personas que esperan en la puerta a que se desocupe una mesa, y normalmente es mi sentimiento de culpa el que hace que nos levantemos y se la cedamos a alguien cansado pero agradecido.

–¿Os habéis enterado de lo último? – pregunta Simon después de beber un poco de café.

–Déjame adivinar, ¿el primer ministro se ha fugado con Meg Ryan? ¿La reina está embarazada?

–Me refiero a algo importante de verdad, queridas -nos reprocha arqueando una ceja-. Parece que Ingrid tiene un… -hace una pausa para darle énfasis a la palabra- amante.

–¡Por Dios, Simon! – exclama Lucy dándole una palmada en broma-. ¿Por qué eres siempre tan bruto con la pobre Ingrid? No tendría que haberte dicho nada.

–¡Pues vaya noticia! – digo encogiéndome de hombros-. La noche del modelito rojo dijo que tenía una cita y que no dormiría en casa, así que ¿a qué tanto aspaviento?

–Vale, vale, no es nada del otro mundo… -acepta Simon con tranquilidad-.

Es que está confirmado, sale con él la semana que viene.

–¿Lo conoces? – le pregunto a Lucy-. ¿Cómo es?

–Ya sabéis lo reservada que es. No me ha dado ningún detalle, aparte de decirme que su nuevo amante la va a llevar al George V de París el fin de semana y que si me importaría que estuviese fuera cuatro días.

–¿Qué le dijiste?

–Que sí, ¿que querías que le dijera?

–Pero ¿no te morías de curiosidad? – pregunta Simon frotándose las manos con regocijo-. ¡Es el mejor hotel de París! Seguro que es un hombre de negocios rico al que le encanta el cuero. Seguro que en cuanto lleguen sacará una bolsa llena de látigos y de cadenas.

–Y ese nuevo amante -inquiero imitando la entonación de Simon-, ¿hace que Ingrid esté un poco más agradable?

–No creo que ésa sea la palabra adecuada -responde Lucy-, aunque desde luego está más dócil. Todavía me sigue dando miedo, y la única razón por la que continúa en casa es Max, pero al menos parece más contenta, cosa que nos hace la vida más fácil a todos.

–Bueno, al menos no te está robando.

–¿Qué? – Simon me mira como si me hubiera vuelto loca.

–Lo digo en serio. Una de las chicas del trabajo me habló de una niñera que tuvieron. Al parecer, cuando su marido llegaba a casa, se sacaba las monedas del bolsillo y las ponía en un bote de ketchup.

–¡Puaj! – exclama Simon-. ¡Qué guarrada!

–No seas tonto, estaba limpio. Da igual, de repente se fijaron en que todas las monedas de una libra y también las de cierto valor habían desaparecido, sólo quedaban las de un penique. ¡Debió de quitarles una fortuna!

–¿Y no le dijeron nada? – Se horroriza Simon.

–Intentaron hablar con ella, pero se enfadó muchísimo y, a la semana siguiente, se fue diciendo que no podía trabajar para alguien que la acusaba de algo así.

–Supongo que se llevaría también la fregona -apostilla Simon sonriendo.

–No te rías -le reprende Josh dejando la sección de economía y echándose hacia delante-. A Peter, un compañero de trabajo, le desaparecían los calcetines. No entendía qué pasaba y seguía comprándose montones de calcetines italianos de hilo, de los caros, de ésos que sólo se encuentran en Harrods y sitios así. Un día, su mujer entró en la habitación de la au pair mientras ésta estaba fuera. Uno de los cajones del armario estaba abierto…, y allí estaban.

–¡Qué morro! – exclama Simon, y Lucy y yo rompemos a reír mientras Josh se echa hacia atrás enfurruñado.

–No son los calcetines, es el hecho en sí.

–Tienes razón -se burla Simon-. ¡Malditas ladronas de calcetines! Deberían colgarlas a todas. Les está bien empleado por gastarse tanto dinero en esas

cosas.

–¡Por Dios! Deberíais oíros. – De repente me horroriza nuestra conversación-. Parecemos puritanos de clase media hablando del servicio.

¿Qué nos está pasando?

Por un momento se produce un incómodo silencio, y entonces llega la camarera con la comida. Lucy se recuesta y suspira complacida.

–¡Caramba! – exclama oliendo su plato-. No os imagináis lo bien que me sienta que cocinen para mí. Cath, te prometo que no seguiremos con el tema porque tienes razón, esta conversación es horrible, aunque tengo que añadir algo… Deberíamos estar contentos con Ingrid. Es un poco rara, pero al menos es honrada, no miente y se puede confiar en ella, y eso es lo más importante. Eso y el hecho de que Max, como todos sabemos, la adora.

–Ese niño no tiene buen gusto -añade Simon con sarcasmo y sin sonreír en absoluto-. Me recuerda a su padre.

–¡Simon! – exclamamos a la vez Lucy y yo.

Josh le mira asombrado porque en ese comentario hay algo más que un tonillo de malicia, y aunque sé a qué se refiere (está hablando de Portia), podría disimular un poco.

–¿Estás diciendo que no tuvo buen gusto al elegirme a mí?

Simon deshace el malentendido con mucha habilidad.

–Mi encantadora Lucy -dice besándola en la mejilla-, en lo único en lo que ha demostrado un gusto impecable es en eso. No -continúa sosteniéndole la mirada a Josh hasta que éste comienza a avergonzarse de forma casi imperceptible-, estaba hablando de su ropa.

Suspiro aliviada y Simon me pellizca la pierna por debajo de la mesa para tranquilizarme.

–Mira esa camiseta. ¡Por Dios!, ¿no eres un poco mayor para ir como un estudiante que juega al rugby?

Lucy se echa reír y Josh se mira la camiseta.

–Me encanta, siempre la he tenido.

–Ya lo sé -gruñe Simon-, eso es lo malo.

Cuando coge el tenedor para pinchar un trozo de mango, me doy cuenta de que está muy enfadado y la única forma que tiene de expresarlo es soltando esos extraños y maliciosos comentarios.

Mientras Lucy no se entere…

Nos acercamos al centro comercial de Finchley Road para ver una película y, mientras caminamos, el frío aire hace que se nos dibuje el aliento; es delicioso, todo parece normal. Me encanta esta época del año, principios de noviembre, cuando todo el mundo empieza a sentirse bien, cómodo y se prepara para pasar el invierno; el momento perfecto para ponerse capas y capas de ropa.

Simon me acompaña a casa. Le digo adiós convencida de que ha sido un domingo perfecto. Se va a ver a un amigo que vive en esta calle, pero si no está, volverá para que cenemos juntos.

Por suerte para él, esta semana he comprado. Lo malo es que lo hice en el único momento en el que nunca hay que hacerlo: cuando me moría de hambre. El hambre impide razonar y, en vez de comprar comida sana y alimenticia que dure una semana, se acaba comprando montones de comida preparada, mala para la salud y que no suele durar ni un día.

Aunque yo no haya podido acabar con todo el contenido del frigorífico en una sola noche, Simon puede hacerlo: tengo una pizza doble de queso y

salchichón, medio paquete de bhajis de cebolla, ocho (sólo me he comido dos) panes de pita, la dosis habitual de houmous y taramasalata, tres cuartos de un paquete de queso gouda en lonchas, un paquete sin abrir de alitas de pollo y cuatro mousses de chocolate.

Supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que no está mal para un domingo por la noche.

Abro la sección cultural del periódico, cojo un bolígrafo, hago un círculo en la película que acabo de ver y, sintiéndome absurdamente decadente, me preparo un baño caliente a pesar de que sólo son las seis de la tarde. Creo que lo más adecuado es una copa de vino: me sirvo un poco de chardonnay frío, vuelvo al cuarto de baño y me aparto el pelo de la cara con una goma que quité de un fajo de cartas el otro día. Una vez dentro del agua caliente, vuelvo a pensar en lo agradable que ha sido el día. A pesar de que llevamos muchos años pasando así los domingos, cuando te tomas un descanso o cuando algo amenaza con romper la rutina, es cuando se aprecia de verdad la vuelta a la normalidad.

Me quito la goma y hundo el pelo en el agua, encantada con el calor y la sensación de aislamiento; cojo el champú y empiezo a frotarme la cabeza.

Vuelvo a sumergirme y, cuando salgo a la superficie, todavía con jabón en el pelo, me quedo quieta porque juraría que he oído el timbre. Pasados unos segundos vuelve a sonar; sí, es el timbre.

¡Joder! Cojo una toalla, salgo de la bañera temblando, me seco a toda prisa el champú que empieza a metérseme en los ojos y casi me quedo ciega. Voy dando tumbos hasta la puerta, ajus-tándome la toalla y utilizando sólo el ojo izquierdo; el derecho está demasiado lleno de champú y de mascarilla como para poder abrirlo del todo.

Sé que no se debe abrir la puerta sin preguntar antes, sobre todo cuando se es mujer, soltera y se vive en Londres.

Y menos aún si se va medio desnuda; aunque, en mi caso, no resulta una