Lios, libros y mas lios
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–Pues claro que no. Sólo somos amigos. Bueno, al menos lo éramos.
El agua empieza a hervir y me dispongo a realizar la ardua tarea de preparar un té.
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quince
Bill está en la caja, Lucy se ocupa de poner los pasteles y cruasanes en cestas sobre el mostrador, y Rachel y yo estamos comprobando que todos los libros estén en su sitio y los sofás en el ángulo perfecto.
–¡No me lo puedo creer! – exclamo volviéndome hacia la puerta con una sonrisa, pues ha sonado el timbre; ¡ya hay dos personas fuera esperando para entrar! Obviamente han hecho caso omiso del cartel de «cerrado» que sigue colgado en la puerta; miran a través del cristal y tratan de abrir, a pesar de que les hemos indicado que faltan diez minutos.
–¡Buen presagio! – comenta Lucy riéndose.
–¿Qué opinas? – pregunto mirando el reloj-. ¿Abrimos? ¿Les dejamos ser nuestros primeros clientes?
Las dos señoras no parecen dispuestas a darse por vencidas, así que cojo la llave que está en el mostrador y me acerco a la puerta para dejarlas pasar con una sonrisa de oreja a oreja que disimule mi nerviosismo. ¡Nuestros primeros clientes! ¿Qué les parecerá la tienda? ¿Comprarán algo? ¿Se quedarán a tomar un café? ¿Les gustará?
Miro a Lucy, que levanta el pulgar en señal de aprobación. Abro la puerta deseándoles buenos días y dándoles la bienvenida.
–¡No podíamos esperar! – dice una de ellas, cargada con las bolsas de la compra.
–Por eso hemos venido tan pronto -asegura la otra-. Hemos estado viendo la tienda desde fuera durante semanas y nos moríamos por verla por dentro.
¿Somos las primeras clientas?
Asiento con la cabeza y observo que los cuatro tenemos la misma sonrisa dibujada en la cara.
–¿Qué hacemos, Shirley? – pregunta la más bajita-. ¿Tomamos café primero o echamos un vistazo?
Shirley olfatea el aire y se vuelve hacia el mostrador desde el que les sonríe Lucy.
–Tenemos unos bollos caseros con azúcar glaseado buenísimos -les propone, y las dos sucumben a su sonrisa y se sientan a una mesita para tomar un café.
–Tenemos que reconocer -comenta Shirley dejando las bolsas en el suelo-que habéis hecho un gran trabajo. El local es encantador y muy luminoso.
Precisamente lo que necesitaba este barrio.
–Eso pensamos nosotras -ratifica Lucy-. ¡Espero que todo el mundo lo vea igual!
–¡Que no me vaya sin Las cenizas de Angela! -exclama Shirley-.
Recuérdamelo, Hilary. Hace mucho tiempo que tengo ganas de leerlo.
Lucy me hace un guiño desde detrás del mostrador y me apresuro a buscar entre un montón de biografías y memorias que hay en la mesa de la entrada, hasta que encuentro el de Frank McCourt y se lo acerco a Shirley y a
Hilary.
–Eres un ángel. Ojalá muchas tiendas siguieran vuestro ejemplo.
Me alejo repleta de satisfacción.
Una hora más tarde ya han entrado otras seis personas. Cuatro de ellas siguen dentro hojeando libros tranquilamente, dos están sentadas en los sofás y dos en la zona de la cafetería. Entran otras dos a comprar novedades.
Todo el mundo parece estar de acuerdo con Shirley, o a lo mejor lo dicen sólo por cortesía, pero todos parecen estar impresionados con nosotras, con lo que hemos hecho, y al final del día hemos vendido veintiún libros en rústica y seis en cartoné y nos han encargado cuatro más que no teníamos, algo que, según Bill, es cojonudamente maravilloso.
Por no mencionar el hecho de que han salido todas las tartas y pasteles caseros que había preparado Lucy y que la tienda no ha estado vacía ni un solo instante.
–Tengo que decirte algo -le anuncio a Lucy cuando estamos cerrando la tienda después de habernos tomado una botella de vino con Bill y Rachel para celebrarlo-. ¡Creo que va a ser todo un éxito!
–¡Era lo único que podías pensar! – exclama Lucy riéndose-. Cath, no te preocupes tanto. Todo va a ir bien -asegura dándome un abrazo.
Doy una vuelta por la librería recogiendo los libros que han dejado encima de las mesas y colocándolos en su sitio, maravillándome de que esto sea mío. Nuestro. Nuestro negocio. Mientras la veo sacar la fregona y empezar a limpiar, pienso algo más importante: por primera vez, veo que tiene razón.
Claro que ello no implica que no esté completamente loca. Dos semanas más tarde ya está organizando una cena para el sábado, cuando cualquier
persona normal (como yo por ejemplo) estaría completamente hecha polvo.
Sin embargo, Lucy está tan entusiasmada que no parece capaz de sentarse más de cinco segundos seguidos.
Tampoco es que haya estado durmiendo mucho, parece una auténtica superwoman. Ayer se levantó al alba y se pasó dos horas, antes de abrir la tienda, cocinando una variante de su célebre guiso de pollo para la cena de esta noche.
¿Y la tienda? Bien, tal como había previsto todo el mundo. Después del aluvión del primer día, las cosas se han calmado un poco e incluso hemos tenido un par de tardes tranquilas. No es, como dijo Josh, lo que se podría considerar un éxito clamoroso, pero se trata de una librería y tampoco puede esperarse que la gente venga a gastarse miles de libras.
Hemos despertado el factor curiosidad. Muchas personas han entrado para ver de qué iban los chismorreos que corrían por el barrio y han acabado quedándose más tiempo del que habían previsto en un principio. Los viejos sofás parecen haber sufrido los efectos de una tormenta y, la semana pasada, un grupito bastante grande levantó su campamento del café La Brioche y se pasó todo el domingo en Bookends, con unos cafés con leche desnatada y el Guardian.
Como dije, en una entrevista bastante embarazosa para el Ham High, no podemos competir con grandes tiendas como Books Etc., pero tampoco es nuestra intención. Esto siempre ha estado pensado como una librería de barrio, un sitio en el que la gente pueda quedar, hablar, tomarse un pastel y detenerse un momento si algún libro capta su atención.
Mi relación profesional con Lucy va de maravilla, a pesar de la reserva que mostró Simon.
Me encanta la sensación de levantarme todos los días sabiendo que vengo a trabajar aquí, que es el trabajo que siempre he deseado tener y que el negocio es mío. Todavía me faltan muchas cosas por aprender y sé que pasará algún tiempo antes de que controle totalmente la situación, pero
siento que lo conseguiré. Las dos lo sentimos.
Obviamente, Lucy se encarga de lo que mejor sabe hacer, cocinar y ser la cordial anfitriona. Está encantada. Está todo el día de pie, lo que me hace sentir un poco culpable porque yo suelo estar sentada detrás de la caja o en el almacén. En cualquier caso, estoy sentada.
Josh le ha comprado un baño para pies como regalo de inauguración. Simon lo considera un poco cutre porque, tal como dijo: «¿No hubiesen sido mejor unos pendientes de diamantes?» Con todo, a Lucy le encantó; por un lado, tiene los pies hechos polvo y, por el otro, le hizo reír mucho. Dice que es un dolor que merece la pena.
Es la hora de la fiesta de Lucy. Hablé con Portia la semana pasada, me llamó después de que ésta la invitara y me dijo que me pasase por su casa a tomar una copa, que estaría bien vernos a solas después de tantos años, que tenía muchas ganas de que tuviéramos una de nuestras charlas.
Al colgar el teléfono, me sentí exactamente igual que cuando estábamos en la universidad, honrada por su interés hacia mi persona.
Era como si un rayito de sol brillase sobre mí cada vez que me trataba así, como a alguien especial. Aunque me alegro de haberme librado de la sensación de dependencia a lo largo de estos diez años, volver a desempeñar ese papel me resulta muy familiar, muy cómodo. Me pregunto si después de todo me gusta que me hagan sombra.
–¿Qué hay del encantador James? – me preguntó Lucy el martes cuando cerrábamos la tienda y llamábamos a una distribuidora para pedirle unos libros que nos habían encargado-. Me gustaría invitarle. Parece que os lleváis muy bien. ¿Puedo llamarle, Cath, cariño?
–¡No! – prácticamente le grité, y casi se me cayó la pila de libros que estaba sacando del almacén.
–Ya sabes que entre él e Ingrid no hay nada, ¿no?
–¿Ah, no?
He de admitir que el comentario despertó mi curiosidad, aunque había intentado borrar a James de mi mente y, además, no había sabido nada de él desde que vino con las flores… Todavía me siento un poco culpable y, cada día que pasa, me resulta más difícil llamarlo.
–No, se lo he preguntado a ella.
–¿Sí? ¿Y qué te ha dicho?
–Bueno, fue un poco raro. Por un momento se quedó muy sorprendida. Me di cuenta de que no tenía la más remota idea de qué o, mejor dicho, de quién le estaba hablando.
–A lo mejor fue tan horrible que lo ha borrado de su mente.
–Venga, Cath, en serio. Vi que no se enteraba de nada, así que le recordé que se fue de la fiesta con él y le pregunté que si había pasado algo, y que si le gustaba.
–¿Y? – pregunté intentando mostrar poco interés.
–Me miró como si estuviese completamente loca y estuvo riéndose a carcajadas durante más de cinco minutos.
–¿De verdad? ¡Qué borde! No es que James sea Mister Universo, pero tendrá suerte si encuentra a alguien como él. ¿Quién se ha creído que es?
–Ya, no dije nada, pero para mí James es divino. Puede que no sea su tipo, pero tampoco hay necesidad de reírse así.
–¿Cuándo te vas a dar cuenta de que es mala?
–Mira, Cath, mientras Max esté bien con ella, a mí me importa un pito.
Además, las aupair no suelen durar mucho en ningún sitio. Ayer estuve hablando en la tienda con una mujer que ha tenido cinco en los últimos tres meses. Al parecer la primera se llevó a casa al novio el primer fin de semana que se fueron, la segunda era encantadora pero no se duchó en tres semanas, la tercera era maravillosa pero le dijo que su habitación era muy pequeña, y la cuarta se largó sin dar ningún tipo de explicación.
–¿Y la quinta?
–Parece perfecta, pero no tiene ni idea de cuánto le va a durar.
–¿Cuándo empezó a trabajar?
–El lunes. Bueno… Según esa mujer tengo mucha suerte de haber encontrado a alguien como Ingrid y dice que haga todo lo que esté en mi mano para que se sienta bien en casa, que en Londres es difícil encontrar buenas au pair.
–Supongo que ahora empezarás a hacerle regalos -repliqué, alegrándome de que se diese la vuelta para coger una revista y no pudiese ver la cara que puse.
–Pues mira, de hecho ayer le compré una de esas cestas con sales de baño y jabón que huelen tan bien. Me gustó tanto el olor que no pude pasar de largo, sobre todo después de lo que me había dicho esa mujer.
–Seguramente ahora se largará -mascullé malvadamente-. Pensará que estás intentando decirle que huele que apesta y se ofenderá tanto que, cuando llegues a casa, se habrá pirado, y no te extrañe que te haya vaciado el armario.
–¡No fastidies! ¿De verdad piensas eso?
–Eso, si tienes suerte.
–A lo que íbamos: es evidente que no hay nada entre ellos y me gustaría mucho invitar a James. Porfa…, dime que no te importa.
–Por Dios, Lucy, ¿por qué me chantajeas de esta manera?
–O sea, ¿que puedo llamarlo?
–Vale, pero que sepas que no me hace mucha gracia.
–¡Estupendo! – exclamó, y se le dibujó una enorme sonrisa en la cara mientras cogía las llaves y salimos las dos-. Le voy a llamar en cuanto llegue a casa.
Ahora ya me conocéis y sabéis que la ropa no me interesa mucho, pero creo que de alguna manera tengo una deuda con James y debo hacer un esfuerzo, sobre todo después de la última vez que me vio. De hecho, siento una enorme vergüenza cada vez que me acuerdo de cuando abrí la puerta y lo vi allí, y, sobre todo, de que él me vio a mí con el pelo estilo mujer salvaje de Borneo, el rímel corrido, cara de sueño y piel color gris.
Además, puede que se trate de lo que Simon ha bautizado como el efecto Portia, porque, hay que reconocerlo, la última vez que hice algo con el pelo, el maquillaje y la ropa fue hace diez años.
Esta noche quiero demostrarle que puedo ser resultona y, si me esfuerzo mucho, podré borrar la imagen que guarda de mí de la otra mañana y reemplazarla por otra infinitamente mejor.
Así que esta mañana he hecho algo que no hacía desde hace siglos… Me he tomado el día libre, gracias a que Simon se muere de envidia y estaba impaciente por ocupar mi puesto aunque fuera por un día. He salido de casa a las diez de la mañana, he cogido el autobús hasta Oxford Circus, he hecho la vista gorda ante la multitud de los sábados y me he ido directa a las tiendas, aunque no tenía ni idea de lo que estaba buscando.
En la primera que he visto he encontrado unos pantalones de franela gris que hubieran hecho que Simon se sintiese orgulloso de mí, y, dos puertas más allá, me he detenido frente a un escaparate tan seductor que me ha dado ganas de entrar en la tienda.
He pasado por delante, después he dudado, he vuelto y me he fijado en uno de los dependientes. Me ha sonreído como animándome a entrar.
–¿Puedo ayudarla? – me ha preguntado, y le he señalado el escaparate.
–¿Cuánto cuestan esos jerséis?
Como buen vendedor, no ha hecho caso de la pregunta y se ha dirigido al fondo de la tienda para traerme una colección de preciosos jerséis, tan suaves y femeninos que casi me ha molestado que deshiciera su perfección al desdoblarlos y dejarlos en la mesa para que los viera.
–¿Por qué no se prueba uno? – me ha sugerido sonriendo y cogiendo el que había estado tocando yo, uno suave como la mantequilla y de un delicado color rosa infantil. El jersey más bonito que había visto en mi vida, y eso que no soy del tipo de personas que enloquece con los jerséis o, en realidad, con la ropa en general.
Me he metido en el probador como si estuviese en un sueño y, cuando me lo he puesto, hasta yo tengo que confesar que era la cosa más bonita que había llevado nunca. Había algo en el color, en su suavidad, que me hacía sentir dulce, femenina, e incluso con las viejas mallas negras, que sin duda han conocido mejores tiempos, me veía guapa.
–¿Tiene pantalones que vayan a juego? – me ha preguntado el dependiente sin molestarse en saber si me iba a quedar el jersey, seguramente convencido de que, como me quedaba tan bien, no podría dejarlo.
Le he señalado la bolsa y le he dicho que acababa de comprar unos y ha insistido en que me los pusiera.
–¡Veamos el conjunto! – me ha pedido, y, por un momento, que me diese órdenes un chico tan guapo con bastante mejor gusto del que nunca tendré yo, ha hecho que me sintiese como si tuviese a Simon a mi lado. ¿Cómo iba a negarme?
Me quedaba muy bien, y, lo que es mejor, el dependiente ha dado su aprobación, algo que nunca hubiese esperado. No podía creerme lo que cuesta un simple jersey, pero he pensado que, después de todo, merecía la pena. Porque, para ser sincera, con mi viejo y dado de sí jersey negro (que he llevado a diario los últimos cinco años), de cambio de imagen nada…
Llegar, probar y pagar un ojo de la cara. Quería irme directa a casa, en serio, pero, cuando iba paseando por la calle, una joven muy modernita me ha entregado un folleto.
–Tenemos oferta especial en Snippers. Todo a mitad de precio, solamente hoy, y ofrecemos asesoramiento gratuito.
Cualquier otro día le hubiera sonreído y hubiera seguido caminando, arrugando el papel hasta hacer una bolita y tirarla en la primera papelera que viera, pero hoy me he detenido, la he escuchado y he echado un vistazo al folleto. «¿Cansada de llevar el mismo corte de pelo? ¿Busca una nueva imagen? En Snippers contamos con un equipo de estilistas dispuesto a mostrarle su nueva personalidad.»
¿Qué se supone que puede hacer una chica cuando le ponen algo así en la mano y cuando lleva pensando en domar los rizos al menos una semana?
Me he ido a Snippers y me he puesto en manos de Pezz, un experimentado -
esperemos- estilista.
–Mmm… -Me ha tocado el pelo mirándolo sin ningún interés-. Ya veo, difícil peinar, ¿verdad?
He asentido con la cabeza dócilmente.
–¿Gustaría ser suave de seda?
Me he encogido de hombros y he notado, por su impasibilidad, que no era la respuesta adecuada, así que he asentido enérgicamente.
–Te ponemos peinado Jennifer López -ha afirmado con voz triunfante y expresión nuevamente pensativa-. No gusta color, ¿verdad?
No me había parado a pensar en ello. Aparte de fijarme en que cada día tengo más canas, no me había preocupado mucho. Sin embargo, para Pezz parecía importante.
–Pienso en tinte vegetal. Un bonito marrón. Tonos cálidos con un poco rojo.
¿Son figuraciones mías o cada vez habla más raro? Creo que, cuanto más se entusiasma, peor habla. De todas formas, no soy del tipo de personas que hablan con los peluqueros de las vacaciones o de bricolaje, así que he pasado de darle palique.
Acepto un capuchino, me como las dos galletitas que me ofrecen y me recuesto en la silla con un buen montón de revistas del corazón que nadie me verá leer en ningún otro sitio.
Dos horas más tarde, a pesar de que he de admitir que esto es muy decadente, sigo en la silla de Snippers mirando cara a cara a alguien que se parece a mí, pero en versión mejorada.
Nunca hubiera creído que mi pelo pudiera parecer sedoso, suave y brillante.
¡Me brilla el pelo! Pezz ha hecho maravillas y, Dios mío, parece que tengo una bonita melena color castaño que cae un poco por debajo de mis hombros.
Estoy estupenda y no puedo dejar de sonreír. El único problema, en el que no me fijo hasta que me miro varias veces, es que el corte de pelo es idéntico al de Portia. ¡Mierda! ¿Cómo me las voy a arreglar para que parezca una coincidencia?
Para cuando cojo el metro, camino de casa, me permito una enorme sonrisa.
De hecho algunos hombres me están mirando. No muchos, no los suficientes como para ser el titular de un periódico, pero, y al principio pensaba que era sólo mi imaginación, dos, al pasar a mi lado, me han mirado a los ojos más tiempo del habitual.
Sentada en el metro, me inclino ligeramente hacia la derecha para poder ver mi reflejo en el cristal y, aunque nunca he sido vanidosa, nunca es tarde para cambiar… ¡Es increíble!
Me encanta mi peinado. No, no sólo eso, creo que estoy enamorada de él.
No puedo dejar de acariciarlo, de sorprenderme de su suavidad, de que parece pelo de verdad y no vello púbico fuera de su sitio.
Así que me dispongo a ir a casa de Portia. Voy a llegar tarde porque he estado mirándome en el espejo un buen rato. No me he dado cuenta de la hora que era. Además, ataviada con mi nuevo vestuario y después de menear la melena un par de veces, he pensado que el toque final más apropiado sería darme un poco de maquillaje… El problema es que no sabía si tenía, hacía tanto tiempo…
Por suerte, rebuscando en el fondo del armario del cuarto de baño, he encontrado un viejo lápiz de ojos de color marrón y un pintalabios que recuerdo que venía con una revista de moda que debí de comprar hace siglos.
Me he pintado el párpado superior y un poco el inferior, pero me he pasado un pelín y he observado cómo una descuidada Cleopatra me devolvía la mirada. He cogido un trozo de algodón, lo he difuminado y no me ha quedado nada mal. De hecho, me ha sorprendido mucho que los ojos parecieran de repente el doble de grandes.
Mmm…, ¿qué más puedo hacer con el lápiz? Al final he decidido utilizarlo para perfilarme los labios, utilizando de nuevo el truco del algodón; después