Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 20 de 33

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Lios, libros y mas lios

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hablado con Portia de esto y ella opina que, en vez de maquillarme, alisarme el pelo y demás, debería ir tal como soy porque así es como me conoce y así es como le gusto. De modo que ¿para qué intentar ser quien no soy?

–¡Y un huevo! – exclama apartándome para pasar y desenchufar la lamparita de noche para enchufar la plancha-. Está celosa porque no es feliz y no quiere que nadie lo sea. Siempre ha sido igual. La otra noche estabas guapísima y voy a conseguir que vuelvas a estarlo.

–¿Estás seguro? – pregunto dubitativa.

–No he estado más seguro de nada en toda mi vida. Pásame la bolsa verde, la que lleva el maquillaje.

–¿Maquillaje? ¿De dónde demonios lo has sacado?

–¿Te acuerdas de Ángel, la drag queen? Me quedé con sus potingues como recuerdo. Sabía que algún día me resultarían útiles.

Y, con una sonrisa diabólica, me envía al cuarto de baño para que me lave la cara.

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veinte

–¡Venga ya, James! Tampoco estoy tan cambiada.

Está en la puerta, mirándome con la boca abierta.

–¿James?

–Perdona -se disculpa mirándome más de cerca-. Eres Cath, ¿verdad?

–La nueva Cath, y espero que me encuentres algo mejorada.

–La verdad es que no pareces tú -afirma vacilante, y se me congela la expresión cuando caigo en la cuenta de que seguramente Portia tenía razón; debería haber seguido su consejo.

Reprimo el impulso de correr al cuarto de baño para quitarme toda la porquería de la cara y permanecemos unos segundos en el umbral sin saber qué hacer.

–¿Sabes?, creo que te queda muy bien -comenta finalmente-. Sólo que cuesta un poco acostumbrarse.

Me relajo y le pregunto si quiere pasar, rezando para que diga que no porque, tal y como había prometido, Simon está espiando desde el cuarto de baño.

–Bueno, un momento nada más, todavía es un poco pronto para ir al restaurante.

–¿Adonde vamos?

–Es una sorpresa -responde, y se sobresalta al oír el ruido de la cisterna.

¡Mierda! Sabía que Simon no sería capaz de estar calladito hasta que nos fuésemos. Como me imaginaba, la puerta se abre y sale fingiendo estar muy sorprendido de vernos.

–Hola -saluda James con suficiente elegancia para no mostrar ningún desconcierto.

–Lo siento, creía que os habíais ido. – La mirada inocente de Simon no consigue engañarme en absoluto-. Me alegro de verte, ¿quieres tomar algo?

–La verdad es que ya nos íbamos -contesta James; le sonrío agradecida y me dirijo a mi cuarto para coger el abrigo.

–¿Qué coño estás haciendo? – le susurro a Simon, que me ha seguido para decirme que me comporte-. Prometiste que no harías ruido. Es la última vez que te dejo venir a casa cuando estoy esperando a alguien.

–¿Así me agradeces que haya ayudado a Cenicienta a ir al baile? – pregunta intentando parecer dolido.

–Venga ya, ahora mismo te largas.

Le pido que no se lleve las bolsas porque no quiero tener que inventar una explicación sobre su contenido. Las deja en el dormitorio para pasar a buscarlas al día siguiente y salimos los tres.

–Que lo paséis bien, niños -nos desea cuando entra en su escarabajo-. ¡Ah!

Y no hagáis nada que yo no hiciera.

Arranca el motor y sale zumbando.

Conducimos por la ciudad mientras charlamos, aunque resulta un poco difícil oírse por encima del ruido del limpiaparabrisas, que retira la lluvia de octubre. Me siento de lado para ver mejor el perfil de James y me sorprendo de lo familiar que me resulta esta escena, de lo poco que ha cambiado el protocolo de las citas desde que yo era adolescente, cuando hace tantos años que no lo practico.

Recuerdo haber hecho este mismo movimiento para hablar con los chicos en otras citas anteriores; y también recuerdo esa sensación de estar sentada en la oscuridad de un coche con una mezcla de nervios, temor e inquietud porque ninguno de los dos sabe todavía lo que nos deparará la noche.

Parece que llevamos horas conduciendo por la Westway, primero hacia Putney, luego hacia Hammersmith, y finalmente hacia Barnes, donde James se desvía, aparca el coche y caminamos hacia un elegante restaurante francés.

–Espero que te guste -dice nervioso-. Había pensado en algo más grande y moderno, pero en esos sitios es difícil oírse. Además, solía venir aquí cuando vivía en este barrio. Me ha parecido que sería el sitio ideal. La comida es excelente.

Noto que está muy nervioso, lo cual me consuela porque yo estoy hecha un flan. Sonrío en señal de aprobación y entramos.

Nos acompañan hasta la mesa, en un rincón apartado y discreto. Aunque estamos en Barnes, lejos del centro de Londres, los clientes parecen de lo más moderno y siento un repentino ataque de agradecimiento hacia Simon por haber obrado el milagro. Estoy segura de que si no hubiera llevado el pelo arreglado y los labios pintados me habría sentido intimidada.

–¿Te parece bien?

–Más que bien, me parece perfecto. Para ser sincera, huyo de los locales que has mencionado antes como de la peste. Simon me lleva a alguno de vez en cuando, pero me gusta más este tipo de sitios. Para empezar, puedo oír lo que me dices.

–Estupendo, te ofrecería champán, aunque tengo la impresión de que no te va mucho. ¿Qué te apetece beber?

–¿Cómo que no me va mucho? ¿Qué crees que me gusta? ¿La cerveza? –

digo entre risas.

–¡No, qué va! Al menos no la tradicional; si acaso, la lager.

A partir de este momento, me relajo por completo.

A mitad de mi segunda copa de vino empiezo a pasármelo bien. No es que antes no lo haya hecho, pero el alcohol me desinhibe y, cuanto más hablamos, más me sonríe y más atractiva me siento. No, es algo más que eso: sentada a la luz de unas velas que parpadean sobre la mesa, con James a mi lado riéndose de todos mis chistes, empiezo a sentirme guapa de verdad.

De repente me acuerdo de las opiniones de Lucy y de Portia al respecto. No me había sentido así en mucho tiempo… De hecho, creo que nunca me había sentido así. Me siento más divertida que nunca y creo que entre nosotros hay verdadera chispa. Hasta ahora sólo lo había notado vagamente, pero esta noche se está convirtiendo en una auténtica llama.

Además, parece que tenemos mucho que decirnos. Ninguno de los dos conseguimos quitarnos la sonrisa de la boca y no paramos de charlar animadamente, interrumpiéndonos el uno al otro; casi no puedo contener las ganas de subirme encima de la mesa para bailar la danza de la felicidad.

Así que era esto; esto es lo que he estado perdiéndome… Y, por mucho que me gusten Simon, Lucy y Josh, esto no tiene ni punto de comparación.

Estoy a punto de explicarle por qué no se debe confiar en los géminis mientras él se ríe y confiesa que no cree en los signos zodiacales, cuando veo que la puerta se abre, aunque casi no distingo a través del cristal esmerilado a la persona que está dejando su abrigo en el guardarropa. Sigo hablando y la persona en cuestión entra en el restaurante: es Portia.

Me detengo a mitad de una frase y James se vuelve para ver qué es lo que estoy mirando.

–¡Qué casualidad! – exclamo a punto de levantarme de la silla y llamarla-.

¡Es mi amiga Portia!

Cuando estoy casi de pie, la puerta vuelve a abrirse y veo cómo su

misterioso acompañante sacude el agua de su paraguas. Sonrío porque pienso que voy a averiguar algo más de su vida privada, algo que ella ha ocultado celosamente.

El maitre les da la bienvenida y los acompaña a la mesa. El hombre que la acompaña le pone la mano en el hombro para guiarla, ella hace un chiste, se miran con ternura y se echan a reír.

Cuando él la mira, vuelvo a sentarme de golpe porque ese misterioso hombre que le agarra del hombro y la mira con tantísima dulzura y -no sé si decirlo- amor, ¡es Josh!

–¡Joder! – susurro incapaz de quitarles los ojos de encima incluso cuando desaparecen en otro de los salones-. ¡Simon tenía razón!

Resulta increíble cómo en cuestión de segundos puede desaparecer toda la magia. Estaba, estábamos, pasándolo realmente bien, pero ver juntos a Josh y a Portia nos ha arruinado la noche.

Pobre James, no tiene ninguna culpa. Empiezo a intentar explicárselo, pero me resulta difícil y, además, estoy muy dolida. Sólo me apetece hablar de ello con Simon porque, al fin y al cabo, ha sido el único que, desde un principio, predijo que esto pasaría.

Así que a esto se refería cuando hablaba de disfrutar de un final feliz… Por eso no paraba de hacer preguntas sobre Josh y Lucy. Pero ¿qué le pasa a mi amigo? No puedo creer que sea capaz de hacer una cosa así, de tratar a Lucy de esta manera. Si su matrimonio, que parecía perfecto, acaba en este desastre, ¿qué demonios nos espera a los demás?

–Lo entiendo, no te preocupes -me contesta James cuando le digo que tenemos que irnos. A pesar de que no le doy explicaciones, estoy segura de que ha notado que me he puesto pálida como la cera.

Pide la cuenta y me alegro tanto de poder salir de allí para no cruzarme con

ellos que me olvido de si debo intentar pagar mi parte o no. Dejo que lo haga James, ya que tengo la cabeza demasiado ocupada en otras cosas.

En el momento de salir, James se da la vuelta para mirar a Josh y a Portia y me doy cuenta de que comprende la situación, no se trata de una simple reunión de amigos. Me mira comprensivo y trato de mantener la calma ante el sentimiento de terror que se me viene encima.

¡Qué diferente es este trayecto del que hemos hecho hace un par de horas!

James intenta mantener viva la conversación, pero apenas le presto atención y, después de un rato, se rinde y enciende la radio.

Paramos frente a mi casa y sé que debería invitarle a un café y tratar de arreglar un poco la velada; sin embargo, la noche se ha echado a perder de mala manera y sólo me apetece coger el teléfono y hablar con Simon, la única persona que sabrá decirme qué podemos hacer.

–¿Te encuentras bien? – me pregunta, y asiento con la cabeza-. No harás nada imprudente como llamar a Lucy, ¿verdad?

–¡No, por Dios! Antes de nada tengo que aclararme las ideas.

–A lo mejor te equivocas y sólo se trata de una cena de amigos.

–James, estaban cenando en Barnes y los dos viven en el norte de Londres; seguro que han ido allí para no ver a nadie conocido. Además, me he fijado en cómo se miraban. Ahora todo tiene sentido.

Mi voz empieza a teñirse de rabia y me detengo para respirar hondo. Me obligo a calmarme e incluso consigo sonreírle.

–Sé que puede sonarte falso después de lo que acaba de ocurrir, pero me lo he pasado muy bien.

–Seguro que eso se lo dices a todos -afirma sonriendo-. La próxima vez lo pasaremos mejor…

Mis pensamientos han vuelto hacia Josh y Portia y salgo del coche dejando a James con la palabra en la boca. No le estoy escuchando, le hago un vago gesto de despedida con la mano y entro en casa en dirección al teléfono.

–Soy yo, Simon.

–¿Qué narices haces tan pronto en casa? A no ser que… -baja la voz, sabe Dios por qué, ya que está solo- el guapo de James esté en tu habitación quitándose los calzoncillos en este preciso momento.

–Hemos visto a Josh y a Portia. Tenías razón.

Oigo un grito ahogado al otro lado del teléfono y se hace un silencio que me parece eterno.

–¿Qué?

–Me han entrado ganas de vomitar. ¡Es alucinante!

–¿Qué quieres decir exactamente con eso de que los has visto? ¿Dónde?

¿Qué estaban haciendo?

–Estábamos en un restaurante francés, en Barnes…

–¿Por qué cruzasteis toda la ciudad para ir hasta allí?

–Lo mismo hubiera podido preguntarles yo a Josh y a Portia, ¿no? Aunque dudo mucho que la respuesta hubiera sido la misma. Supongo que James lo eligió porque era un sitio encantador y no porque fuera discreto. Es igual, estábamos allí, se abrió la puerta y apareció Portia…

Le cuento el resto de la historia y, cuando acabo, me doy cuenta por su silencio de que está tan impresionado como yo.

–Joder, Simon, di algo. Eres el único que sabía desde el principio que iba detrás de Josh.

–Ya lo sé, pero no creía que pudiera pasar de verdad. Josh está enamorado de Lucy… ¿En qué cojones está pensando?

–Ya, es lo mismo que me pregunto yo. ¿Y qué vamos a hacer nosotros?

–Bueno, lo único que sé es que no podemos decirle nada a Lucy.

–Pero no podemos quedarnos sentados contemplando cómo se destruye su matrimonio. Es horrible. ¡No me lo puedo creer!

–¿Qué te parece si hablamos con Josh? ¿Por qué no hablamos con él?

–Yo no creo que pueda, no sé tú.

–No, odio ese tipo de situaciones. Lo mejor será que lo dejemos hasta mañana. Ya pensaremos en algo.

Por supuesto, a la mañana siguiente seguimos sin saber qué hacer, a pesar de que casi no he pegado ojo de tanto dar vueltas en la cama pensando en Josh y en Portia.

Lo peor de todo -y es terrible porque me suena a traición- es que cuando los vi juntos pensé que hacían muy buena pareja. Mucho mejor que Josh y Lucy; aunque me duela admitirlo, parecen estar hechos el uno para el otro.

No le diré a nadie que lo he pensado. Ni siquiera se lo he comentado a Simon durante las numerosísimas conversaciones telefónicas que hemos mantenido a lo largo del día, desde las ocho de la mañana hasta media tarde.

Al final he tenido que decirle que dejáramos de hablar, no fuera que empezáramos a levantar sospechas. Todo este asunto me ha despertado un instinto protector hacia Lucy. Siento que debo estar junto a ella, defenderla de alguna manera, seguirla de cerca toda la semana y asegurarme de que

está bien, aunque hay tanto trabajo en la librería que casi no tengo tiempo para hablar con nadie y mucho menos para tener una conversación de las de verdad.

–Perdone.

Levanto la vista de los libros que estoy ordenando y veo delante de mí a una señora de mediana edad que parece bastante antipática. Le sonrío y, sin devolverme la sonrisa, me hace una pregunta.

–¿Puede decirme dónde tienen el último libro de Dava Sobel?

–Sí, claro, debería estar en la mesa de… -Me detengo porque la mujer se va sin decir ni gracias, dejándome a mitad de frase. Bill, que está en la caja, me mira y pone los ojos en blanco.

–¡Me revienta esta gente! – exclama mientras yo suspiro.

–Dime que te ocuparás de ella cuando vuelva a preguntar -le pido apretando los dientes al ver que la mujer, como ocurre siempre, se ha ido hacia la mesa equivocada y está buscando entre las biografías-. No creo que hoy tenga paciencia para aguantar a alguien así.

–No te preocupes -me tranquiliza, y se acerca a la mujer cuando ésta vuelve hacia el mostrador diciendo, en voz alta y contrariada, que no está.

–Ya se lo busco yo -le dice con una sonrisa, y la acompaña. Hago un esfuerzo por mostrarme más animada; normalmente llevo bien estas situaciones, pero es obvio que hoy tengo un humor de perros.

–Cath, cielo -oigo la voz entrecortada de Lucy, que se acerca corriendo hacia mí, y por unos segundos pienso que la pasada noche podría haber sido terrible para ella. Que tenga la misma voz que siempre me parece irreal-.

No hemos tenido oportunidad de hablar en todo el día. Ayúdame con estas tazas y cuéntame qué tal te fue anoche con el maravilloso James.

–¡Vale! – Intento que mi voz suene lo más normal posible-. Luego te lo cuento.

–Tengo una idea mejor -añade-. Josh tiene otra reunión esta noche, estoy sola y no me quedan fuerzas para cocinar, así que, si no se lo dices a nadie, podemos pedir una pizza y me lo cuentas todo. ¿Qué opinas?

Me parece terrorífico porque sé que el recuerdo de Portia y Josh juntos me perseguirá toda la tarde, pero las ganas de ver a Lucy fuera del trabajo y de que su presencia me tranquilice pueden más que el miedo.

–Estupendo, yo pongo el vino.

–De acuerdo. Nos iremos juntas a casa. Me parece que te llama Bill, debe de ser el pedido que hiciste ayer; u otro maldito cliente.

Al final, acabo pasando primero por casa porque hace mucho frío y me he olvidado de encender la calefacción. Si hay algo que no puedo soportar es irme a la cama en una casa helada: me resulta imposible dormir. Así que salgo corriendo y le digo a Lucy que llegaré en media hora.

Me siento más nerviosa que anoche con James; puede parecer ridículo, pero es verdad. Aunque sé que he pasado todo el día con ella, no es lo mismo.

No estoy segura de cómo lo hemos conseguido, pero en el trabajo, en la tienda, no llegamos a darnos cuenta de lo cerca que estamos la una de la otra.

Dicen que no se debe mezclar la amistad con los negocios y nosotras hemos encontrado una fórmula mágica. No es que no hablemos durante el día, simplemente lo hacemos de la forma más profesional posible, sobre todo porque Bill y Rachel están delante. Además, transcurridas seis semanas, nos hemos acostumbrado a una rutina que parece funcionar de maravilla.

Solemos llegar las primeras, a eso de las nueve, una hora antes de abrir la

tienda, para empezar el día con tranquilidad. Lucy enchufa la cafetera y yo miro el libro de ventas para ver lo que ha salido el día anterior, refunfuñando porque no soy capaz de entender mi letra y pensando que debería ser yo la que estuviese en la caja todo el tiempo.

Después, Lucy trae el café mientras llamo a los distribuidores para reponer los libros que hemos vendido y pedir los que los clientes nos han encargado.

Ayer vino un hombre que me preguntó por la Guía de la flora de Mongolia.

Miré en todos los ficheros porque sabía que era el tipo de persona que no aceptaría un no sin haberme visto mirar primero en todas partes, y cuando le dije que podía encargarlo, se fue enfadadísimo. Quería saber por qué si somos una librería no lo teníamos. Intenté explicarle que no podemos tener todo lo que sale al mercado y que, cuando se trata de libros raros, normalmente los encargamos.

Eso sí que le molestó. «¿Raro? – dijo-. ¿Raro?» Después se puso a despotricar y nos contó con todo detalle que lo había leído hacía veinte años y que había cambiado su vida. Rachel empezó a reírse, cosa que me puso enferma, y yo envié a aquel tipo a Books Etc., a mala idea, sabiendo que tampoco lo tendrían, pero pensando que al menos podría dar rienda suelta a su furia con ellos. Le indiqué que estaba a cinco minutos. ¡Ja!

Con todo, a pesar de las contadas ocasiones en las que la gente se comporta de manera un tanto peculiar, estoy encantada. Todos lo estamos. Y eso a pesar de que todavía no tenemos beneficios, aunque según Josh no tardaremos en hacerlo. Después de todo, parece que tomé la decisión acertada.

Me detengo ante la puerta de casa de Lucy, me pongo una mano en el corazón para calmarme un poco y toco el timbre. Oigo pasos y aparece Ingrid seguida de Max.

–Hola, Cath -me saluda Ingrid con una sonrisa que, si no me equivoco, es un poco sospechosa.

¿Se ha vuelto loca? La miro fijamente, no me atrevo a preguntarle si se encuentra bien y le devuelvo una ligera sonrisa.

–Lucy ha ido a comprar verdura. Ha dicho que volverá en media hora. ¿Qué tal estás? – pregunta mientras la sigo por el pasillo intentando no tropezar con Max, que se ha puesto a dar saltitos delante de mí.

–Bien, gracias. ¿Y tú?

–Muy bien -afirma con jovialidad-. ¿Quieres una copa de vino? Estamos tomando una.

¿Estamos? La sigo hasta la cocina y juro por Dios que no estoy exagerando, pero se me sube el corazón a la garganta y casi me ahogo al ver que en la mesa, tan fresca como una lechuga, está Portia.

Me detengo en la puerta, petrificada, sin saber si debería darme la vuelta y echar a correr o entrar como si no pasara nada, aunque, dado que en este momento tengo cara de estar alucinando en colores, creo que me va a resultar difícil.

¿Qué cojones está haciendo aquí? ¡Dios mío! ¡Espero que no haya venido a hablar con Lucy para decirle que ella y Josh están enamorados y que sería mejor que desapareciese! ¡Por favor, que se vaya! ¡O que me trague la tierra!

Portia mantiene la misma expresión de siempre, no tiene ningún reparo en estar sentada a la mesa de la cocina de su amante. Posiblemente no haya venido para hablar con Lucy, seguro que quiere ver a Josh antes de irse juntos a su apartamento para pasar una noche apasionada.

Podría matarla.

¿Cómo puede ser tan descarada? Mírala, con la blusa desabrochada dejando ver el escote. ¿A qué se cree que está jugando?

–Hola, Cath -me saluda cariñosamente, la muy cerda, poniéndose de pie y acercándose para darme un beso mientras me quedo inmóvil como una estatua-. Estaba a punto de irme.

–Has venido a ver a Josh, ¿verdad?

Las palabras salen de mi boca antes de que tenga la oportunidad de pensar lo que voy a decir, sin poder ocultar un tono sarcástico y amargo. Me mira sorprendida, pero me importa un bledo si sabe que lo sé. Quiero que se entere porque no le voy a seguir el juego y no la voy a proteger.

–¿Qué? – pregunta confundida, y me doy cuenta de que no sabe que lo sé.

Durante un segundo parece ponerse nerviosa, pero no, es demasiado fría para eso-. Pasaba por aquí y he pensado en entrar y ver si estaba Lucy. Le he traído este libro de recetas de Italia -aclara mostrándome un libro de cocina que hay sobre la mesa.

¡Ja! Una historia muy convincente. Y un tanto extraña, porque se dice que son los maridos infieles quienes les compran regalos a sus mujeres cuando tienen un lío, pero no sabía que también lo hicieran las queridas. Es una buena prueba, ¿no? El marido que no presta nunca atención a su mujer, de repente empieza a presentarse con rosas y joyas, diciendo que es una forma de excusarse por trabajar hasta tan tarde todos los días, cuando en realidad lo que está haciendo es intentar encontrar la manera de mitigar su culpa y de poder vivir en paz consigo mismo.

Supongo que la querida no suele ser amiga de la esposa. Puede que, si lo fuera, hiciera lo mismo que Portia: aparecer con libros de cocina.

O puede que se presentase con cualquier excusa barata para ver más tiempo al marido. Al menos, Josh no está y ha tenido que aguantar a Ingrid, un castigo que no le desearía a mi peor enemigo; aunque, en este momento, creo que ni siquiera toda una vida con Ingrid le causaría el dolor que considero que se merece.

–Ya… -digo despacio, asintiendo con la cabeza para hacerle ver que sé que

está mintiendo.

–¡Bueno! – exclama sonriéndole abiertamente a Ingrid y con algo menos de efusividad a mí-. Tengo que irme, me espera una larga noche.

–¡Apuesto a que sí! – aseguro.

Se detiene, me mira y sacude la cabeza como si pensara que estoy loca mientras Ingrid la acompaña a la puerta. Oigo sus susurros y, ¡joder!, no puedo creer que Portia esté haciendo comentarios sobre mí a una puñetera au pair, pero no me importa, al menos me he comportado con dignidad.

–¿Estás segura de que te encuentras bien? – me pregunta Ingrid cuando vuelve a la cocina y le pone un vaso de zumo de naranja a Max.

–No es a mí a quien deberías preguntarle eso -contesto, y ella se encoge de hombros con indiferencia y se va a llamar al niño justo cuando, gracias a Dios, oigo la llave en la puerta de entrada. Cuando aparece Lucy, Max salta a sus brazos y casi la tira al suelo.

–¿No era Portia la que salía? – pregunta abrazando a su hijo mientras entra en la cocina.

–Sí, ha venido a traerte un libro de cocina.

Se lo muestro, da un grito y se pone a hojearlo de inmediato.

–¡Es tan maja! Se ha acordado, qué detalle. Tengo que llamarla y darle las gracias. La verdad, Cath, no te puedes imaginar lo contenta que estoy de que vuelva a formar parte de vuestras vidas y, de paso, de la mía. Tenemos mucha suerte -dice mirándome con una sonrisa, y después cubre de besos la cara de Max y éste se ríe, la rodea con los brazos y se los devuelve.

«¡Mierda! – pienso, utilizando su expresión favorita-. ¡Si tú supieras!…»