Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 11 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

–Supongo que calzoncillos largos.

–Supongo, supongo… ¡Así que no se los has visto!

–Perdona, te prometo que la próxima vez que vaya a su casa revolveré en los cajones de la ropa interior.

–Espero que la próxima vez que vayas a su casa lo desnudes personalmente.

Por cierto, ¿qué tal es su casa?

–¡No había visto nada igual en mi vida! Te encantaría -exclamo acurrucándome debajo del edredón, preparada para un largo cotilleo.

Y me duermo.

¼

once

–¡Eres imposible! – exclamo mirando al techo mientras Simon baja la ventanilla del coche y me mete prisa.

–¡Venga, venga! – me apremia tocando la bocina para fastidiarme aún más.

Voy corriendo y abro la puerta del escarabajo.

–¡Me encanta! – dice inclinándose para darme un beso-. No puedo creer que estemos en septiembre, ¡mira qué sol! En días como éste me encantaría tener un descapotable. Bueno, cariño, me sorprende que quieras que vaya de compras contigo. No lo hemos hecho desde…

–Desde que estaba delgada -acabo la frase por él y nos echamos a reír.

–Tú lo puedes decir -acepta poniendo en marcha el coche-, pero Dios me libre de hacer ningún comentario.

–¿Adonde vamos? ¿No iremos a Bond Street otra vez, no?

–Pues sí, pero no te preocupes, no te llevaré a las mejores tiendas. Ya sé lo mal que te sientes en ellas.

–Y nada de faldas, Simon. Por favor, nada de faldas.

–¿Qué te parece un vestido de verano vaporoso? – pregunta mirándome con el rabillo del ojo e intentando disimular la sonrisa que casi no puede reprimir mientras hago como si vomitara-. De acuerdo, de acuerdo, pantalones. Pero Cath, cariño, esta vez tienes que hacerme caso. Es la inauguración de la tienda y mi Cenicienta irá al baile.

Tengo que confesar que aunque nunca entraría en Emporio Armani, la ropa es muy bonita; si te va ese estilo, claro. Simon me ha elegido unos cuantos trajes de chaqueta. Modestia aparte, con el que me estoy probando, de terciopelo negro, chaqueta larga y entallada y unos pantalones muy bien cortados, estoy impresionante.

Simon da un silbido de admiración cuando salgo del probador.

–¡Dios mío, Cath! – exclama frotándose las manos de alegría-. ¡Estás guapísima! Si no te conociera, diría que usas la talla treinta y ocho.

La dependienta, delgadita, muy chic y muy francesita, está a punto de dar su aprobación, pero se para de repente dudando qué decir.

–Sí -afirma con poca seguridad-, es muy favorecedor.

–¡Vete al cuerno! – exclamo volviéndome hacia Simon mientras la dependienta simula estar muy interesada en algo que hay al otro lado de la

tienda, a pesar de que lo digo sonriendo al ver mi imagen en el espejo-. Es bonito, ¿verdad? – sigo diciendo, dándome la vuelta y sorprendiéndome de lo bien que la chaqueta consigue disimular mis curvas rubensianas.

–No hay más que hablar. Está hecho para ti. Ahora tienes que arreglarte el pelo…

–Simon, sabes que eso es ir demasiado lejos.

–Vale, vale… Pero no podrás decir que no lo he intentado.

–Son cuatrocientas cincuenta y cinco libras -me informa la chica de la caja cuando vamos a pagar.

Me pongo pálida y Simon me coge del brazo para que no me desmaye.

–¿Cuánto? – pregunto susurrando, pero, antes de que tenga tiempo de volver a decir la cantidad, Simon me aparta hacia un lado.

–¡Cath! – protesta en tono severo-. Lo siento, pero es lo que hay que pagar por un traje que te queda divinamente.

–¡Ni hablar! No voy a pagar más de cuatrocientas libras por un trozo de terciopelo negro cuando puedo encontrar lo mismo en Top Shop por ciento cincuenta. Olvídalo.

–Vale -acepta Simon dejándome atónita-. Vamos a ver qué tienen.

–Vamos.

Simon se acerca a la dependienta para disculparse y yo me dirijo a la puerta para esperarle fuera.

Vamos a Top Shop, a Miss Selfridge (que ahora se llama Spirit), a Hennes, a Frenen Connection y nos abrimos paso entre la típica multitud de los sábados hasta llegar a Oasis.

Tres horas más tarde volvemos a la primera tienda y esbozamos una sonrisa avergonzada a la dependienta, que sonríe sin decir palabra, desaparece detrás del mostrador y vuelve con el traje de terciopelo.

–Como decía mi abuela, si no se unta la rueda, no anda el carro.

–Lo que hemos estado viendo no estaba mal -digo rompiendo una lanza en favor de las franquicias.

–No es eso -puntualiza Simon observando que dar la Visa me produce un dolor casi físico-. Sólo quería hacerte ver que no ibas a encontrar otro tan bonito como éste.

–Me jode tener que darte la razón.

–¿Pero?

–Pero la tienes, ¿vale?

–¿Cuánto? – dice la voz de Lucy a través del móvil de Simon, y casi puedo sentir su alarido.

–Cuatrocientas-cincuenta-y-cinco -pronuncia Simon muy despacio-.

¡Solamente!

–Déjame que hable con ella. – Simon me pasa el teléfono-. ¡No me lo puedo creer! No me imaginaba que fueras capaz de gastar tanto dinero en un traje. ¿Es bonito?

–Bueno, es bastante especial.

–Seguro que parecerás una princesa. Todo el mundo tiene derecho a un capricho de vez en cuando.

–¿Qué vas a llevar tú? – pregunto dándole un codazo a Simon, que pone los ojos en blanco.

–Ni idea. Seguro que tengo algo perfecto para la ocasión en el armario, sólo tengo que encontrar tiempo para buscarlo.

–¿Estás tan nerviosa como yo o ya estás lista para la gran inauguración?

–No lo sé. Sólo sé que ha ido todo tan rápido que no he tenido ocasión ni de plantearme si estoy lista o no. De todas formas, ¡valor y al toro! Pasad primero por casa porque Josh y yo no podremos llevar todas las cosas.

Hemos pensado hacer una pequeña degustación preliminar con champán, pero no hay que olvidarse de que tenemos que estar allí una hora antes de que empiece la fiesta. Nos vemos luego, ¿vale?

Nos despedimos y le cuento a Simon todo lo que me ha dicho, pero, a mitad de conversación, se detiene bruscamente delante de una tienda italiana de ropa de hombre.

–¿Por qué paramos aquí?

–¿Quién ha dicho que sólo Cenicienta puede comprarse cosas para la fiesta?

–Hola, me llamo Laura, soy la canguro. – Simon se echa hacia atrás para dejarla entrar y me murmura al oído: «¿La canguro?» Después sonríe porque ella lo ha oído perfectamente.

–Lucy está en la cocina -le informa indicándole el camino antes de volverse hacia mí.

–¿Para qué coño quieren una canguro? ¿Qué pasa con Ingrid?

–Puede que tenga la noche libre.

Simon se dirige hacia el cuarto de estar; Josh está allí arreglándose la

corbata frente al espejo que hay encima de la chimenea.

–¿Qué hace vuestra au pair esta noche? – pregunta Simon tirándose en el sofá y cogiendo al mismo tiempo un rollito de primavera recién hecho.

–Viene a la fiesta. ¿Quieres más champán? – me pregunta Josh distraídamente.

Niego con la cabeza y me voy a la cocina a echarle una mano a Lucy.

–Anda, Cath, ayúdame y pon un poco de film transparente aquí, ¿quieres? –

Me pasa un bol con tartaletas de queso y espinacas-. ¿Puedes poner estas cajas en el coche, por favor? ¡Max, ven a decirle hola a Laura!

Lo siguiente que oigo es el correteo del niño, que baja las escaleras y me da un golpe con un tenedor de madera antes de acercarse a Laura y pegarle en la cintura.

–¡Hola, Max! – lo saluda Laura con los dientes apretados-. ¿Te acuerdas de mí? Vine un día a cuidarte, vimos juntos El rey león.

El niño la observa sin entender, le vuelve a pegar y sale de la habitación: me consuela no ser su única víctima.

–Está imposible, lo siento -se disculpa Lucy.

–No se preocupe, ya me voy con él -dice Laura.

Lucy, agradecida, asiente con la cabeza y Laura sale detrás de Max.

Intentamos no hacer mucho caso a los gritos que da el niño al enterarse de que nos vamos a ir todos.

Le digo a Simon que me ayude y, entre los cuatro, cargamos los dos coches, que parece que fueran a hundirse por el peso. Volvemos a la cocina y nos sentamos alrededor de la mesa para brindar con champán.

–Bueno, ¿y qué va a hacer la encantadora Ingrid esta noche? – insiste Simon.

–Viene a la fiesta, por supuesto -contesta Lucy-. Tenía que invitarla, ha estado al tanto de todos los preparativos durante los últimos meses.

–Todo un detalle -aplaudo en el momento en que la aludida entra en la cocina y me deja con la boca abierta de par en par.

Ingrid, a pesar de ser una de esas despampanantes rubias naturales escandinavas, siempre lleva vaqueros desgastados, camiseta y zapatillas de deporte. Pero esta noche incluso Lucy la mira asombrada; todos miramos de arriba abajo su modelito: una minúscula minifalda negra, chaqueta larga y sandalias de cordones con plataformas hiperaltas que, a decir verdad, no desentonarían en un burdel especializado en sadomasoquismo.

Por su parte, Ingrid parece sentirse muy a gusto, y avanza tambaleándose para ponerse un vaso de agua. Lucy traga saliva y me mira.

–Ingrid, estás maravillosa -dice por fin alegremente-. ¿Cómo consigues andar con esos preciosos zapatos?

–Estoy acostumbrada -contesta, mientras Max se acerca a ella corriendo y se tira a sus pies para agarrarle las pantorrillas. Ingrid levanta un pie y durante un delicioso segundo pienso que le va a dar una patada con sus zapatos asesinos, pero no, sólo Le echa una mirada desdeñosa y lo aparta como si fuera algo desagradable; y en cierto modo lo es.

–¡Ingriiiiid! – gime agarrándola otra vez-. No te vayas, quédate conmigo.

–No, Max -responde ésta cruzando la cocina y arrastrando al niño por el suelo. Lucy decide hacer caso omiso y Laura aparece en la puerta con cara de preferir estar en cualquier sitio menos allí-. No, Max, esta noche voy a una fiesta.

–¡Ni que lo diga! – susurra Simon cuando Ingrid desaparece escaleras

arriba.

–¡Joder! – exclama Josh con una gran sonrisa dibujada en la cara-. Esta Ingrid… ¿Quién iba a decir que podría ponerse tan sexy?

–¿Sexy? – resopla Simon-. Parece una puta barata.

–¿QUÉ ES UNA PUTA? – retumba la voz de Max por toda la casa, y lo miramos todos aterrorizados. Al parecer, Ingrid lo ha soltado de su pierna en la puerta de la cocina.

–¡Dios mío! – se lamenta Lucy tapándose la cara con las manos-. Sabía que algún día pasaría. ¡Max! ¡Shhh! ¡No grites!

–¿PERO QUÉ ES UNA PUTA?

Max se da cuenta de que no tendría que chillar y, por supuesto, empieza a gritar más alto que antes. Después se acerca a Simon diciéndole «¡ERES

UNA PUTA!», «¡ERES UNA PUTA!», momento en el que hacemos lo peor que se puede hacer en una situación semejante: echarnos a reír.

–Maximilian, me han dicho de todo en esta vida, pero he de confesar que es la primera vez que me llaman eso -asegura Simon sonriendo y poniendo al niño en sus rodillas, pero bajándolo rápidamente cuando éste abre la boca para lanzar otro grito y seguir llamando la atención.

–¡Basta! – dice Josh, que consigue calmarlo con un trozo de chocolate-. ¿Lo habrá oído?

–¿Y qué pasa si lo ha hecho? – pregunta Simon con desdén-. Hay que reconocer que tiene pinta de trabajar en una esquina de Westbourne Park Road.

–Lo que pasa es que es joven -concede Lucy-. Y claro, va a la moda.

–Será la moda de las películas porno escandinavas -objeta Simon.

Josh le pone más chocolate en la boca a Max y después se lo lleva al salón para que se distraiga con el vídeo de Mulan. Por suerte, lo hace antes de que pueda gritar: «¿QUÉ ES UNA PELÍCULA PORNO?»

–¡Gracias a Dios! Haya paz y tranquilidad, Simon -pide Lucy volviéndose hacia éste-. ¿Por qué has venido solo? ¿Tu amigo viene más tarde o qué?

–Cath lo odia, así que le he dicho que no viniera -contesta Simon haciéndome una mueca.

–¿En serio? – se extraña Lucy mientras me mira horrorizada.

–No es cierto, simplemente no me cae bien.

–No te fíes de las apariencias -argumenta Josh rodeando a Lucy con los brazos y besándola en la mejilla.

–¿Qué quieres decir con eso? – pregunta dándole con una servilleta.

–Nada, sólo que hay que juzgar a las personas por lo que son y no por lo que se ha oído de ellas.

–Habla cuando tengas conocimiento de causa -dice Simon mirándome con enfado a los ojos.

–¡No es culpa mía! – digo con una voz que refleja la indignación que siento-. No tenías que dejar de invitarlo por mí. Es ridículo que queráis que me sienta culpable. No me hubiera importado que viniera.

–Vaya, hombre, ahora el que se siente culpable soy yo -admite Simon-. Te estaba tomando el pelo. Le dije que viniera, pero tenía otros planes.

–¿Qué planes?

–No me lo dijo.

–¿Y no le preguntaste?

–No. Pero estaremos mejor sólo los de la panda. Para ser sincero, no sé si me sentiría cómodo con él aquí. No es que piense que no os cae bien -

explica lanzándome una mirada asesina-, bueno, aparte de a Cath, claro…

Es que estaría pendiente de lo que pensaseis de él y de lo que pensara él de vosotros, y, la verdad, esta noche prefiero pasármelo bien, soltarme la melena y, por supuesto -se acerca a Lucy y la rodea con los brazos-, daros a las dos mi eterno cariño y apoyo.

–¡Dios mío! – exclamo, incapaz de asimilar lo que está sucediendo: esta noche es «la noche»-. No me hago a la idea de que hoy es la inauguración.

Lucy, ¿crees que todo saldrá bien?

–Tú sabrás, cielo -declara Lucy con una sonrisa-. Eres tú la que ha estado todo el tiempo diciéndome que iba a ser todo un éxito.

–Lo sé. Esperaba que funcionara lo del espíritu positivo, pero ahora que ha llegado el momento estoy muy nerviosa.

–Toma -dice Lucy metiéndome en la boca una gamba para que me calle-.

La comida es excelente, la tienda está deslumbrante y el apoyo de la gente de la zona ha sido excepcional. Espera y verás: Bookends va a dar el golpe.

Dicho esto, se quita el delantal y sube al piso de arriba para refrescarse.

–¡Mierda! – murmuro bajito cuando estoy segura de que no me oye, y escupo la gamba-. Soy alérgica al marisco.

Nos disponemos a salir y, al cruzar la puerta, tengo que pellizcarme para comprobar que no estoy soñando. No puedo creer que en abril esto no fuera nada más que un sueño, que en agosto, hace sólo un mes, estuviéramos pintando todavía, y que ahora… ¡vayamos a abrir!

Lo cierto es que no ha sido fácil. Hemos trabajado duro, aunque ha sido

muy agradable porque lo hemos hecho por y para nosotras. Hemos contratado a dos chicos del barrio, Bill y Rachel, para que nos echen una mano. Bill se encargará de la caja y Rachel del almacén y de ayudar a Lucy en la cocina. Yo me ocuparé, claro está, de las cuentas.

Los cuatro nos hemos esforzado para que todo esté listo a tiempo. Bill y Rachel se han encargado de dividir la librería en secciones, ya que ni Lucy ni yo nos sentíamos capaces de ocuparnos también de eso. Entre los dos han establecido los siguientes apartados: ficción, biografías, cocina, viajes, salud/familia, historia, infantil, especializados, poesía, teatro y Shakespeare, jardinería, humor y un poco de mente/cuerpo/espíritu, por si acaso.

Hemos pasado la última semana desembalando cajas y Lucy y yo no hemos parado de mirarnos y de reírnos como tontas, sin dar crédito a que todo estaba sucediendo de verdad.

Todos los pedidos a los mayoristas han llegado a tiempo, gracias a Dios, porque si no habría tenido que encargarme de innumerables facturas y entregas de las distintas editoriales; y, para ser sincera, eso habría sido demasiado para mi cabeza.

Aunque todavía nos queda mucho que aprender, lo hacemos rápido y, por suerte, Bill estuvo trabajando un verano en Waterstone's cuando iba a la universidad, así que nos ha venido como caído del cielo, y me quedo corta.

Cuando estaba en la oficina solía ir a muchas fiestas, aunque la mayoría no eran demasiado divertidas. Incluso las más in, que a veces contaban incluso con la presencia de los medios de comunicación y demás, eran en general superficiales y aburridas. Hace un par de años decidí que me había vuelto inmune a las fiestas y que ya no me interesaban.

Pero ¡mirad este sitio! La gente se apretuja por toda la tienda y el murmullo de las conversaciones aumenta de volumen a medida que el champán va soltando las lenguas.

Los invitados gimen de placer al probar los canapés de Lucy, esos deliciosos bocaditos que se funden en la boca; y ella, abriéndose paso entre la multitud, desprende entusiasmo, orgullo y felicidad.

Los de Ham High están entrevistando al grupo de autores del barrio que han venido; todos están encantados con Bookends, aprueban la idea y se preguntan cómo no se le había ocurrido a nadie algo así mucho antes.

Simon parece estar representando el papel de cafetero mayor de la serie Ellen, porque va de acá para allá ofreciendo tazas de capuchinos con vainilla francesa. Lucy ha intentado detenerlo, pero se la ha quitado de encima.

–¿Cómo voy a conocer si no a hombres guapos? – se queja, y va directamente hacia un chico rubio que hay en uno de los rincones.

–¿Cath?

Me doy la vuelta y veo a James sonriéndome algo aturdido. Lleva su traje azul marino y una corbata salpicada de libritos de colores.

–¡James! – exclamo dándole un fuerte beso sin ninguna timidez; la gran cantidad de champán que he consumido me ha liberado de rnis habituales inhibiciones-. ¡Me encanta tu corbata!

–Gracias. – Sus labios me acarician la oreja cuando se acerca para que lo oiga, y siento un escalofrío-. La he pintado yo. Muy apropiada, ¿verdad?

Me echo a reír, lo cojo del brazo y lo conduzco un poco tambaleante hacia Lucy.

–¡Mira, es James!

Se le ilumina la cara y también le da un fuerte beso en la mejilla, al tiempo que Simon aparece detrás de ella.

–Ho-la -saluda imitando a Leslie Phillips, examinándole de arriba abajo y poniendo la mirada en el techo cuando se da cuenta de que lo tengo sujeto por el brazo. Lo suelto y los presento-. Me han hablado mucho de ti -se apresura a informar.

James parece sorprendido y Lucy intenta llevarse a Simon.

–¡Mentira podrida! – le grita a James por encima del hombro-. No sabe nada de ti. ¡Sólo está borracho!

–Lo siento… -me disculpo un poco violenta y sin saber de qué hablar, pero me acuerdo de los cuadros-. ¡Mira! ¿A que quedan fenomenal? Creo que hemos vendido uno o dos.

–¿Lo dices en serio? – pregunta James con cara radiante-. ¡Qué bien! ¿Me dices cuáles?

Asiento y, de repente, veo que James me examina con detenimiento; balancea la cabeza y la sonrisa desaparece de su boca.

–Cath, estás guapísima.

–¿A que sí? Bueno, en fin, no es para tanto…, pero gracias. Hace tanto tiempo que no me decían un piropo que no sé muy bien cómo reaccionar.

¡Vamos!

Me agarro a él otra vez para no desmayarme de alegría. ¡Qué piropo! ¡Qué hombre! Nos abrimos paso entre la gente para ver sus cuadros.

Me lo estoy pasando en grande. No recuerdo la última vez que me lo pasé tan bien. Estoy borracha de champán y de vida. Mi sueño de abrir una librería se ha hecho realidad y podría… Estoy…, ¡Dios mío!, estoy coqueteando con James y para colmo estoy disfrutando. Santo cielo, esto es una pasada.

–Cath, ¿has visto a Josh?

Me doy la vuelta y veo la cara de Ingrid.

–No -contesto buscando con la mirada-, pero seguro que está en algún sitio.

–Hola -dice extendiendo la mano hacia James-. Me llamo Ingrid.

–Hola -responde éste fijándose en sus largas piernas, sus contorneadas caderas y sus voluptuosas tetas-. Yo soy James.

–Encantada de conocerte -suspira con una entonación con la que juraría que pretende imitar a Marilyn Monroe.

–Esto, sí… Lo mismo digo.

–¿Qué te trae por aquí? – pregunta Ingrid, y me doy por vencida.

La burbuja en la que estaba explota, y cuando me alejo de ellos ni siquiera se dan cuenta de lo entusiasmados que están el uno con el otro.

¿Cómo es posible sentirse en la cima del mundo y, un solo instante después, estar hecha una mierda? Si no fuera la fiesta de Lucy y el principio de mi gran sueño, me iría ahora mismo y me metería en la cama. Pero no puedo hacerlo, así que elijo la única opción de que dispongo: beber.

Bebo y bebo, y estoy a punto de volver a beber cuando se me acerca Lucy, me mira con mala cara y me quita la copa de champán con disimulo mientras me presenta a un potencial cliente. Le doy las gracias con la mirada porque esta noche, en plena inauguración de nuestra tienda, no es el mejor momento para ponerme en evidencia y, aunque estoy bastante achispada, ha conseguido que no haga un espantoso ridículo.

En un momento de la fiesta, me doy cuenta de que Simon está intentando llevarme hacia el almacén; miro por encima de su hombro y tardo en reaccionar ante lo que veo. O más bien me quedo petrificada: hacia nosotros se acerca alguien que se parece mucho a Portia.