Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 19 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

Cualquier otro día le hubiera dicho que se fuera a la porra, porque salir tan tarde con semejante frío es lo último que me apetece, sobre todo después de haberme comido el pastel entero, pero ahora tengo que demostrar de qué pasta están hechos los amigos, así que me pongo las botas y me dirijo hacia la puerta.

Media hora después estamos sentados junto a una ventana en un Häagen Dazs. La lluvia golpea los cristales y mis maravillosos y sedosos rizos, gracias al agua, han vuelto a su habitual maraña.

Simon está tomando la última cucharada de helado de tarta de queso con fresas y yo lo contemplo con la mejilla apoyada en la mano, bebiendo un gran vaso de agua y tratando de no vomitar.

–¿Seguro que no quieres el último trozo? – pregunta acercándome la cuchara.

–En absoluto -niego con la cabeza mientras el pastel amenaza con salir de donde está-. Pero me encanta que me quieras lo suficiente como para ofrecérmelo.

¼

diecinueve

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–Cath, cariño, ¿crees que alguien entenderá algún día por qué nos encanta no tener que trabajar los domingos? No sé tú, pero yo estoy agotada -

confiesa Lucy quitándose los zapatos, estirando los brazos hacia el techo y moviendo los hombros mientras suspira.

–Y creíamos que llevar Bookends iba a ser un juego de niños.

–No tanto, pero me hubiera gustado que al menos alguien me dijera cuántas horas íbamos a tener que dedicarle.

–Piensa en los beneficios -la animo en tono comprensivo, justo en el momento en que se abre la puerta y entran Ingrid y Max, que vienen del parque.

–¡Mamááá! – grita éste corriendo a toda velocidad por el vestíbulo y colgándose de los brazos de su madre mientras ella le acaricia el pelo y le cubre de besos.

Aunque en el pasado haya sentido cierta animadversión hacia él, al ver cómo quiere a su madre me enternezco.

–¿Qué es eso, cariño? – pregunta Lucy soltándose lo justo para coger el trozo de papel que lleva su hijo en la mano-. ¡Es precioso! ¿Somos papá y mamá? ¿Por qué me has pintado el pelo rubio?

–Somos Ingrid, papá y yo. Iba a pintarte a ti, pero ella juega más conmigo.

Dicho esto, baja de los brazos de su madre. Es demasiado inocente para comprender el daño que acaba de hacerle, aunque yo sí veo el dolor en sus ojos. Espera hasta que su hijo se va escaleras arriba y empieza a frotarse las sienes con los dedos.

–No tiene la culpa, no lo veo nunca. Dios mío, Cath, no digo que para ti sea más fácil, pero es muy doloroso saber que estás perdiendo la oportunidad de estar con tu familia. Creía que llegaría a casa temprano para acostar a Max

y preparar la cena para Josh y para mí; en vez de eso tengo que quedarme en la tienda hasta las ocho o las nueve todos los días, y eso si no hay ninguna actividad especial. Casi no veo a mi hijo, y Josh y yo somos como extraños. Por la mañana paso junto a él cuando preparo el café y le veo cogiendo su maletín para salir corriendo; si tengo suerte, por la noche hablamos un par de minutos antes de que me quede frita.

–Lucy, haces que parezca terrible. No sé qué decir, yo no tengo a nadie de quien preocuparme aparte de mí misma y, la verdad, me encanta estar tan liada. Así que no me angustio por la falta de vida social.

Es verdad, nunca he sido tan feliz como en este último mes, en el que hemos abierto la librería. Me encanta conocer a la gente del barrio porque, a pesar de que he vivido aquí muchos años, nunca he conocido realmente a nadie fuera de mi círculo de amigos. Me gusta conocer a los clientes habituales, hablar de libros con ellos, recomendarles algunos que creo que les gustarán y verlos volver a la semana siguiente para decirme que tenía razón, que les ha gustado mucho mi recomendación. No me importa en absoluto tener que trabajar hasta las tantas todos los días y que toda mi vida social se haya esfumado de un plumazo.

–¿Dices que no tenemos vida social? ¡Si no hacemos otra cosa! El problema es que eso me encanta -dice riéndose-. Adoro Bookends, ser de nuevo una persona autónoma y no solamente la esposa de Josh o la madre de Max. Me gusta trabajar contigo y conocer a gente todos los días. Vengo, hago cosas y olvido por completo lo que significa ser ama de casa.

–¿Crees que lo podrás arreglar?

No estoy muy preocupada porque sé que a Lucy le encanta lo que hace, y aunque ahora le resulte difícil, sé que seguirá adelante; ya encontraremos la manera de resolver el problema. Puede que nos cueste un poco, eso es todo.

–Las pocas veces que he conseguido hablar con Josh me ha dicho que es normal estar muy ocupado al principio, que seguramente pronto podremos contratar a más empleados y que pasaremos en la tienda sólo las horas

necesarias. Espero que tenga razón, porque seguro que a él también se le hace cuesta arriba no verme. – De repente la luz vuelve a sus ojos y me obsequia con una luminosa sonrisa-. Bueno, ya vale de hablar de mi aburrida vida. He estado tan pendiente de mí que ni siquiera te he preguntado. ¿Qué hay de esa cita con James para la semana que viene?

Llamé a James. Decidí que, en vez de disculparme por cerrarle la puerta en la cara y devolverle las flores, era preferible actuar como si todo fuera bien, como si no hubiese pasado nada fuera de lo normal. Obviamente, tal como me dijo Lucy, corría el riesgo de que pensara que estoy majara, pero lo preferí a tener que decirle que estaba enfadada porque creía que se había ido con Ingrid.

Al principio de la conversación se mostró cauteloso, no puedo reprochárselo, pero al cabo de un par de minutos ya le había hecho reír al contarle lo de la cena a la que se suponía que iba a venir. A partir de ahí, todo fue bien.

Le sorprendió que Lucy se hubiera olvidado de llamarle, lo que nos condujo a otras historias de despistes de la propia Lucy, como cuando se olvidó de llevar el pasaporte al aeropuerto en su luna de miel, o de comprarle el regalo de cumpleaños a Josh durante dos años consecutivos, o de coger un camisón para el hospital cuando dio a luz a Max.

James intentó igualar mis anécdotas hablándome de su madre, que tenía un bloqueo mental para las recetas: siempre se le olvidaba algún ingrediente.

Se sentaban a cenar pollo al vino sin que hubiera pollo, pato a la naranja sin naranja o estofado de Lancashire sin patatas.

Estábamos riéndonos los dos al teléfono cuando me di cuenta de que había pasado media hora. De repente, James me invitó a salir a cenar y, bueno, le dije que sí, lo que más o menos quiere decir que tengo una cita.

¡Una cita! ¿Por qué me siento como una adolescente con sólo mencionar la palabra? ¡Pero es una cita! Tengo que contárselo a alguien, compartirlo.

Normalmente, Simon habría sido mi primera opción a la hora de pedir consejo, pero en este momento está haciendo lo que hace siempre que alguien le deja: tras venir corriendo para llorar y desahogarse, se dedica a hibernar durante una temporada hasta recuperar fuerzas. Hubo un tiempo en el que sentía que me dejaba de lado, pero ahora ya estoy acostumbrada y sé que la única forma de que vuelva el bueno de Simon cuando está dolido de verdad es dejarlo solo para que pase las tardes en su piso, escuchando viejas canciones de amor y compadeciéndose de sí mismo hasta que, de repente, reaccione y me pida que le acompañe a algún bar, discoteca o cabaré.

Sigue devolviéndome las llamadas, pero, en el periodo de hibernación, la mayoría de las veces responde el contestador automático. En alguna ocasión, si le apetece, contesta personalmente, pero casi siempre hay que hablar con él a través de la máquina, a sabiendas de que está escuchando.

Yo suelo decirle que sé que está ahí y le pido que se ponga y, por supuesto, no lo hace.

Aún así, como buena amiga que soy, le he comprado los vídeos de Harold y Maude y Breve encuentro y se los he enviado por mensajería junto con una caja de chocolatinas de las que siempre nos reímos aunque, en el fondo, nos encantan.

Estos periodos de enclaustramiento pueden durar entre una semana y un mes, pero, dada su corta relación con Will, y a pesar de lo que le dijo, como estoy segura de que Simon sabía que no era el hombre de su vida, espero oír su alegre voz al teléfono cualquier día de éstos.

¿Con quién voy a compartir lo que siento ahora? Esta extraña sensación en el estómago que, o mucho me equivoco, o es ese hormigueo tan sintomático de… Hace tanto tiempo que no me entusiasmaba así con alguien que a lo mejor no es eso.

Sea lo que sea, me muero por contárselo a alguien. Simon está incomunicado, Lucy está demasiado ocupada con la tienda como para prestarme la debida atención… ¿Y Josh? No, últimamente anda bastante

liado. Al parecer -y gracias a ello Lucy no se siente tan culpable por su horario laboral- tiene algún asunto gordo en la oficina y trabaja todas las horas que puede.

Así que supongo que la única persona que me queda, aparte de Bill y Rachel, a quienes prefiero mantener al margen de mi vida privada, es Portia.

–¿Por qué no hacemos una comida de mujeres? – me pide cuando la llamo un par de días más tarde con el pretexto de preguntarle cómo está, aunque realmente de lo que quiero hablar es de James. He intentado guardármelo, pero no puedo más, tengo que contárselo a alguien-. Invito yo.

Bueno, ¿cómo iba a resistirme?

Aparezco en Kensington Place exactamente a la una del mediodía y me colocan en una mesa cerca de la ventana; me siento y miro el reloj, preguntándome cuándo llegará.

A la una y diez pido una copa de vino blanco y, a y cuarto, empiezo a mirar el menú para ver qué me apetece comer.

A la una y veinte, cuando ya me he dado por vencida, veo a Portia sonriéndome desde el otro lado del cristal. Le devuelvo la sonrisa y me relajo; por fin ha llegado, aunque es un poco pronto para vender la piel del oso. Cruzar el restaurante le cuesta sus buenos cinco minutos, ya que, por lo visto, conoce a todo el mundo.

A cada paso se detiene para saludar, estrechar una mano o tener una breve conversación; mi sonrisa de bienvenida se vuelve cada vez más tensa, pero tomo un trago de vino e intento que parezca que no me importa que me hagan esperar media hora.

Por fin alcanza la mesa y me envuelve en un cálido abrazo disculpándose profusamente por haber llegado tarde.

–Estaba tan absorta en un guión para la nueva serie que no me he fijado en la hora que era.

–No te preocupes -la tranquilizo, sin informarle de que dispongo de muy poco tiempo para comer y de que casi lo he agotado ya viniendo hasta Kensington.

Pide agua con gas, saca del bolso un paquete de Silk Cut y enciende un cigarrillo con un diminuto encendedor de platino, tan elegante que sólo podía ser de ella.

–Estás guapísima.

–¡Mentirosa! – contesto riéndome, porque vuelvo a tener el pelo como una salvaje de Borneo y llevo la misma ropa negra de siempre. El jersey rosa y los pantalones grises los reservo para la cita.

–No, en serio. La otra noche, en casa de Josh y Lucy, estabas fabulosa pero no eras tú. – Se me cae la cara al suelo-. No, no te ofendas. Sentada aquí, con tu pelo rizado y sin maquillaje, eres la Cath que todos conocemos y queremos.

–¿Qué crees que debería hacer para mi cita con James?

–Sé tú misma. El maquillaje y la peluquería están bien para las grandes ocasiones, pero ésta eres tú, ésta es la Cath que le gustó la primera vez. ¿Por qué cambiar nada?

–Todo eso está muy bien, pero mírate. Tú vas de punta en blanco.

–Eso es diferente. ¿No te he contado nunca que mi madre dice que vine al mundo con zapatos de tacón y maquillaje? Al parecer, las monjas del St.

Mary's no salían de su asombro.

Aunque me río con ella, en cuanto me mira a los ojos detecta que algo no va

bien. Estoy muy nerviosa, todavía no puedo superar la sensación de que me veo al borde del precipicio, y no estoy segura de querer saltar.

–¿Qué te pasa?

Suspiro e intento explicarle lo que siento. Cómo he conseguido protegerme rodeándome de gente a la que conozco, en quien confío y a la que quiero, y cómo cualquier cosa fuera de ese grupo me parece peligrosa y aterradora.

No estoy acostumbrada a este tipo de sentimientos.

–Lo entiendo mejor de lo que crees -asegura sonriendo cuando he acabado mi entrecortada explicación-. Sé lo que es querer algo con desesperación y estar demasiado asustada para intentar conseguirlo. Pero supongo que no es necesario que te diga todas las cosas buenas que podrías perderte si no te atreves a hacerlo. Estoy segura de que Lucy te habrá contado lo maravillosa que es la vida en pareja.

Sonrío porque, por supuesto, tiene razón.

–Bueno, por si te sirve de algo, yo siempre he pensado que una de las cosas que más sentiría en esta vida sería llegar a los, pongamos, ochenta años, volver la vista atrás y decir: «¿Y si…? ¿Y si hubiera hecho algo diferente y hubiera seguido lo que me dictaba el corazón? ¿Qué hubiera pasado si no hubiese puesto fin a esta o aquella historia de amor?» Ya sabes que, aunque sólo tengo treinta y un años, me arrepiento de algunas cosas. Cosas que me hubiese gustado hacer cuando tenía veinte, que me hubiera gustado decir a la gente o -sus ojos se ponen cada vez más nostálgicos- que desearía no haber dicho o hecho.

–Todavía estás a tiempo, ¡sólo tienes treinta y un años! – le digo sonriente, tratando de animarla, y pensando que ésas fueron, calcadas, las palabras de James.

–¡No sé! – suspira y fuerza una sonrisa-. No puedo dar marcha atrás al reloj, pero espero poder enmendar algunos errores y, quién sabe, disfrutar de finales más felices…

Se produce un silencio momentáneo hasta que reúno suficiente valor.

–Cuando hablas de enmendar errores no te referirás a aquellos tiempos,

¿verdad? – pregunto con timidez.

–¿Aquellos tiempos?

–Cuando estábamos en la universidad, ya sabes, después de aquella noche con Josh perdimos contacto…

–¿Aquello? ¡No tiene importancia! – afirma riéndose-. Sólo era una niña estúpida pidiendo un poco de atención, nada de qué preocuparse.

–¿Sabes? – declaro con una sensación de alivio que me recorre el cuerpo-.

He pensado en aquello durante todos estos años y siempre me he sentido culpable por habernos separado después.

–Eso fue hace mucho tiempo, casi ni me acuerdo. En serio, no es necesario que te disculpes. Ya pasó. Está olvidado.

–Pero luego cenamos con ese chico que te conocía…

Me callo, sabiendo que no voy a conseguir nada; siempre ha tenido la habilidad de cerrarse cuando el tema de conversación le resulta incómodo, y eso es lo que está haciendo ahora.

Sonríe, se encoge de hombros y sé que la conversación se ha acabado, que no hablará más. ¡Cómo me gustaría saber a qué se refería cuando ha dicho lo de disfrutar de finales más felices y enmendar errores! La única persona con la que no se portó bien en aquel entonces fue Matt, y eso queda muy lejos de nuestras vidas.

–¿Qué tal va la librería? – pregunta.

–De maravilla. Es increíble. Disfruto de todos y cada uno de los momentos

que paso en ella, pero la pobre Lucy trabaja como una loca en la cafetería y está agotada. Además, para acabar de arreglar las cosas, el otro día se encontró con que el diablillo de Max había hecho un dibujo de su familia, en la guardería o vete tú a saber dónde, y, en vez de pintarla a ella, había dibujado a Ingrid.

Se echa a reír.

–Lo siento -se disculpa al ver que estoy seria-. Debe de haber sido horrible para ella, sobre todo porque Ingrid es guapísima. No entiendo a ese tipo de mujeres. ¿No se está complicando la vida contratando a una rubia sueca como aupair? Además, trabajando hasta tan tarde… Siempre he pensado que, en las noches solitarias, lo más fácil del mundo es buscar un poco de consuelo en la au pair de turno. Sobre todo si es como Ingrid.

–No creo que haya ninguna posibilidad. En primer lugar, Ingrid es una bruja de aupa. – Portia arquea las cejas sorprendida-. Venga, ya la viste la otra noche, es una pesadilla de mujer y lo único que la salva es que a Max le gusta. Y, de todas formas, a pesar de lo que puedas pensar, Josh adora a Lucy.

–¿Ah, sí? – pregunta interesada.

Me entran ganas de cotillear un poco sobre Josh y Lucy, como si fueran sólo unos conocidos míos, pero, aunque me resulta tentador, no sería justa con Lucy, así que cierro el pico y decido que, diga lo que diga Portia, no me llevará a su terreno.

–Por supuesto. Josh no puede estar sin ella. A veces hasta es un poco embarazoso. No sé, uno piensa que con los años la pasión se desvanece, pero en este caso es justo lo contrario.

No estoy muy segura de por qué exagero tanto, pero algo en las tripas me dice que es lo que debo hacer, así que continúo y añado alguna cosa más, por si acaso.

–No me dieron la impresión de ser muy cariñosos el uno con el otro -

comenta después de reflexionar sobre lo que he dicho-. Evidentemente, tienen una buena relación, pero a mí sí me parece que la pasión ha desaparecido. Bueno, a lo mejor me equivoco.

–Pues sí. De hecho, Lucy me decía la otra noche que está agotada porque trabaja mucho y, en cuanto llega a casa, Josh salta encima de ella.

No había planeado hacer este último comentario. ¡Demasiado tarde!, ya lo he soltado.

Portia parece impresionada.

–Me gusta Lucy, ya lo sabes. Aunque no es lo que esperaba, me ha sorprendido lo mucho que me gusta.

–Todo el mundo la adora, es maravillosa.

–¡Mmm…! – exclama reclinándose al tiempo que llegan las ensaladas-.

Realmente es muy buena cocinera, la comida estaba estupenda. Perdona, ni siquiera te he preguntado por Simon. Me dijiste por teléfono que había roto con su novio, ¿qué tal está?

–Ya está casi bien. Espero que a punto de dejar su periodo de aislamiento y de volver al mundo real.

–Bueno, cuando lo haga, espero que vengáis todos a cenar a mi casa. ¿Qué te parece?

–¿Cocinarás tú? – pregunto incrédula, acordándome de su incapacidad para hacer siquiera un sandwich de queso cuando estaba en la universidad-. ¿O

encargarás comida preparada?

–No te preocupes, lo traerán todo hecho.

–En ese caso, de acuerdo -acepto sonriendo.

Ella se ríe y siento que, aunque nunca podría reemplazar del todo a Simon, lo estoy pasando muy bien, mucho mejor de lo que esperaba. Y cuando dice que deberíamos vernos más a menudo, le doy la razón.

–¡Ya he vuelto!

–¿De dónde? ¿De Ibiza, de Mallorca, de South Beach?…

–Ja, ja, ja, muy graciosa. Del país de las lamentaciones y el pesar; ya he dejado de sentir pena de mí mismo. Por cierto, muchas gracias por los vídeos. Tópicos pero ideales para sacar las últimas lágrimas que me quedaban.

–Te he echado de menos.

–Ya lo sé, cariño, yo también. ¿Qué ha pasado desde que me fui? ¿Se ha fugado Portia con Josh?

–Lo que acabas de decir es un poco fuerte.

–Es broma, es broma… Pero ¿lo ha hecho?

–Eres incorregible. Por supuesto que no, aunque…

–¿Aunque qué? – pregunta rápidamente por si acaso le estoy ocultando algún cotilleo.

–Estuve comiendo con ella la semana pasada y me dijo que no le sorprendería que Josh se enrollara con…, ¡alucina!, ¡Ingrid! ¿Te imaginas?

–Ya -responde con seriedad-. Seguro que estaba tanteándote para saber si Josh es capaz de ser infiel, si tiene o ha tenido alguna aventurilla con la au pair o con quien sea.

–¡Pero Josh no es de esa clase de gente!

–Con Ingrid no, claro.

–¿Qué quieres decir?

–Si Portia va detrás de él, y sigo pensando que es muy posible, le facilitaría mucho las cosas saber que ha tenido algún lío estando casado.

–No lo creo. Cuando estuvimos comiendo dijo que se arrepentía de algunas cosas, que le gustaría enmendar sus errores y darles un final feliz, o algo así.

–¡Aja! Eso no me gusta nada… ¿A qué se refiere con enmendar errores?

–Eso es lo que he estado intentando averiguar. La única persona con la que realmente se equivocó en aquellos tiempos fue con Josh, pero de eso hace mucho, ya es agua pasada.

–Yo no lo tendría tan claro, ¿y qué pasa con Matt? Eso sí que sería raro…

¿Te imaginas que también apareciese?

–Bueno, puede que todavía estén en contacto, es algo que siempre olvido preguntarle.

–No creo, lo hubiese comentado. Bueno, cariño, ¿te apetece ir al cine esta noche?

–Me encantaría, pero no puedo.

–¿Que no puedes? ¿Y por qué narices? No me digas que en estas tres semanas que he estado fuera has descubierto lo que es la vida social.

–Muy gracioso, ya veo que tu periodo de hibernación no ha afectado a tu lengua viperina. La verdad es que tengo algo parecido a una cita…

–¿Qué?

–Bueno, Lucy dice que es una cita, pero para mí no lo es. Voy a cenar con James.

–¡Dios mío! – Oigo una especie de danza de guerra al otro lado del teléfono-. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?

–Me llamó, le devolví la llamada, hablamos y quedamos en cenar juntos.

–¿Adonde vais? ¿A qué hora pasará a recogerte? Porque lo hará, ¿no? ¿Qué te vas a poner? ¡Santo cielo!, ¿qué te vas a poner?

Me echo a reír.

–¡Ya sé!, ¿por qué no me paso en un momento y te ayudo a arreglarte?

Prometo que no te haré pasar vergüenza y, si sigo en tu casa cuando él llegue, me esconderé en el cuarto de baño.

–Tendría que decirte que no, pero…

–¡Llegaré en diez minutos! – grita, y cuelga el teléfono.

–¡Jesús! – exclamo cuando abro la puerta y veo a Simon cargado con mil bolsas.

–No lo soy, pero puede que haga algún milagro -afirma con una sonrisa que demuestra que ha olvidado por completo a Will. Lo deja todo en el suelo, se lleva la mano a la barbilla y me estudia como lo haría el profesor chiflado-.

Creo recordar que tenías un pelo maravillosamente liso y brillante no hace mucho tiempo… Sabía que no te duraría, así que… ¡ta-ta-ta-chán! –

exclama sacando algo del fondo de una bolsa-. He traído una plancha de pelo y lo último en desrizadores.

–¡Ni hablar! Te adoro y sé que lo haces con buena intención, pero ya he