Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 28 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

Me acurruco en el sofá apretando las rodillas contra el pecho y dejo correr las lágrimas porque sé que Simon no hubiera dicho esas cosas si no hubiese estado borracho, asustado y lleno de rabia por las injusticias de este mundo.

Aunque también sé que piensa de verdad todo lo que me ha soltado.

No me lo ha dicho antes porque no quería herirme; sólo se ha atrevido a decírmelo envalentonado por el alcohol.

Lo peor es que sé que tiene razón, que me cierro al mundo, que me alejo de todo lo que no es seguro y conocido, que huyo de James.

Después de un rato, me levanto, me echo agua fría en la cara, conecto el teléfono y llamo a James. Escucho el mensaje del contestador y, cuando oigo la señal, no sé qué decir y cuelgo.

Simon estaba en lo cierto, la verdad duele. Pero a veces oírla sirve para ver las cosas de otra manera. Voy a aclarar la situación con James, lo invitaré a cenar y lo seduciré.

Que lo deje para mañana porque me doy cuenta de que las emociones del día me han afectado mucho no quiere decir que no lo vaya a hacer.

Creedme.

¼

veintiocho

El lunes, a las cuatro y media, una mujer con un enorme ramo de flores entra en la librería, pregunta por mí y me las entrega. El detalle me alegra

un poco porque he tenido un día horrible.

Siento que todo va fatal, demasiadas cosas han cambiado a toda prisa. Ño puedo echarle la culpa a Portia, pero su regreso nos ha alterado más de lo que podíamos imaginar.

Parece ridículo, porque tanto si hubiera vuelto como si no, Simon habría conocido a Will y habría cogido el virus. Aun así, todo se me antoja frágil e inseguro y paso la mayor parte del tiempo esperando a que caiga la siguiente bomba.

No puede ser una simple coincidencia que todo haya cambiado desde que apareció en la fiesta de Bookends. Podría enfrentarme a una cosa detrás de otra. Por ejemplo, si Simon se hubiese enterado de su enfermedad y todo lo demás fuera bien, podría afrontarlo. Pero el contagio, el lío de Josh, que Simon la haya tomado conmigo… Todo esto es demasiado para mí.

Para variar he vuelto a dormir fatal este fin de semana. He estado sola los dos días. Era incapaz de ver a nadie y, por la noche, todo lo que me dijo Simon daba vueltas en mi mente. Pensaba que por la mañana me sentiría mejor, pero al despertar la negra nube seguía encima de mi cabeza.

No lo he llamado. Quizá tendría que haberlo hecho; después de todo, él es quien peor lo está pasando, mientras que a mí todo me llega como de segunda mano. Sin embargo, necesito tiempo para perdonarlo. Espero que unos días sean suficientes.

Esta noche no va a venir. No querrá hacerlo después de la conversación que mantuvimos por teléfono; bueno, si se acuerda de algo, porque sólo Dios sabe lo que habría bebido.

Ahora tengo que vérmelas yo sola con Portia. No me importa porque está muy claro que Josh no está interesado en ella. Estoy un poco sorprendida de lo rápido que le he perdonado a Portia su presunta aventurilla, aunque perdonarle que haya alterado mi vida, o nuestras vidas, más allá de todo lo

imaginable, es harina de otro costal.

Dejo las flores en casa y espero a estar dentro de un taxi camino del Soho para leer la tarjeta, pues sé que es de Simon. «Para Cath. Lo siento mucho y me da miedo llamarte. Eres mejor amiga de lo que hubiera podido esperar y te necesito. Perdóname, por favor. Ya te lo explicaré cuando llames. ¿Lo harás? ¿Pronto? Te quiero. Simon.»

Ni siquiera consigue arrancarme una sonrisa, todavía no, el daño es muy reciente. Meto la tarjeta en mi agenda, sé que la guardaré.

Entro en Groucho y enseguida veo a Portia; a estas horas, todavía no hay mucha gente en el bar. Está sentada en un rincón, tomando un gin-tonic, tan guapa como siempre.

Me acerco y se levanta para saludarme. Al verme la cara se le ilumina, pero su sonrisa se desvanece cuando nota que no se la devuelvo o, al menos, no con la misma intensidad.

–Cath, estás estupenda -dice dándome un beso en cada mejilla, con voz cálida pero seria-. Cuánto tiempo sin vernos, ¿qué quieres tomar?

Llega mi gin-tonic y lo tomo despacio; pienso en lo fácil que es caer en brazos del alcohol en un momento de estrés y, aunque no pueda perdonar a Simon por lo que dijo, entiendo que se dejase arrastrar por culpa de la borrachera.

Hablamos sobre cosas triviales durante un rato. Le cuento lo ocupadas que estamos en la librería y ella me dice que ha estado de viaje por motivos de trabajo: la semana pasada en Nueva York y ésta en Europa.

Hablamos de Nueva York, de dónde se aloja, de qué hace cuando va. Le comento que es un sitio al que siempre he querido ir. Si fuese, seguro que no volvía, me atraparía la ciudad.

–¿Cómo lo sabes?

–Por Woody Allen y la serie Policías de Nueva York -afirmo con seriedad, aunque ella se ríe; me pregunto si lo estará archivando para utilizarlo en algún capítulo de la serie.

La serie… ¿Cómo puedo estar aquí fingiendo que esto es una cita sin más, una inocente reunión de amigas? ¿Cómo es posible que estemos hablando de Nueva York, de las películas de Woody Allen y del trabajo, cuando está contando todos nuestros secretos en la serie, algunos de los cuales ni siquiera yo conocía?

–Portia -la interrumpo a mitad de una frase-, tengo que contarte algo.

–Ya -dice recostándose en la silla-, sabía que pasaba algo. Cuando me llamaste, pensé que a lo mejor me había vuelto loca y que en realidad no me habías estado evitando todas estas semanas. Porque sí lo has hecho,

¿verdad?

–Sí, pero no es de eso de lo que quiero hablarte. Te evitaba porque Simon y yo pensábamos que Josh y tú estabais liados. Os vi una noche en un restaurante de Barnes y me enfadé mucho, aunque, bueno, ahora que sabemos que no es verdad, la cosa no tiene mayor importancia.

–Para el carro. ¿Dices que me viste con Josh en un restaurante?

–Sí, pero eso es lo de menos.

Quiero continuar; sin embargo, observo que Portia se muestra afectada y me detengo para escuchar lo que tiene que decir.

–No lo sabía. No me extraña que Simon y tú estuvierais tan bordes conmigo; no tengo ningún lío con él, pero he intentado tenerlo.

–¿A qué te refieres? – pregunto sorprendida de que me dé tanta información.

–Durante todos estos años, siempre he pensado que Josh era la persona con la que yo me fugaría. Ya sabes eso que dicen de que siempre hay alguien con quien lo harías. Un amor perdido. Estaba convencida de que el mío era él y de que, si estuviéramos juntos, seríamos felices.

¡Aja! Así que ése es su final feliz. Muy a mi pesar, pienso que Simon estaba en lo cierto: Portia tenía intenciones ocultas.

–Intenté convencerle de que viniera esa noche y lo conseguí, porque estaba cansado, se sentía solo y las cosas con Lucy, como me imagino que ya sabrás, no le iban muy bien. Pensé que era mi oportunidad. Necesitaba a alguien con quien desahogarse y me aseguré de que creyera que yo le escucharía. Después, pensaba seducirlo.

Madre mía, qué zorra.

–Ya sé lo que estás pensando y estoy de acuerdo contigo: me comporté como una guarra. Pero entonces casi no conocía a Lucy y me había pasado diez años pensando en Josh, pensando que era el único hombre que podría nacerme feliz… Y allí estaba él, diciéndome que era desgraciado. Joder, Cath, yo también soy humana.

No digo nada y la dejo continuar.

–Me agradeció mucho que estuviera con él. Se mostró muy dulce, muy tierno, estaba segura de que conseguiría seducirlo.

–¿Y qué pasó? – pregunto cuando se queda en silencio, acordándose de aquella noche.

–Al poco rato me di cuenta de que Josh me veía como a una vieja amiga que se preocupaba por él, que había ido allí a escucharle y nada más. Habló toda la noche de su matrimonio: de Lucy, de cuánto la quería, de lo especial que era su relación y de que no podía entender por qué se habían distanciado tanto desde que empezó con Bookends.

–Así que no intentaste seducirlo.

–Al principio de la noche pensé que podría hacerlo, que era el momento adecuado. Pero, cuanto más hablaba, más me daba cuenta de cómo quería a Lucy y de que iba a arruinar un matrimonio feliz que sólo tenía un problemilla que se arreglaría sin más.

–Pero sabías que Josh siempre ha estado enamorado de ti.

–Sí, claro, por eso pensaba que podría seducirlo. ¿Sabes qué? Puede que lo hubiese conseguido, pero comprendí que aquello no era justo y que él y Lucy están hechos el uno para el otro. Él y yo, no. Me había estado nutriendo de fantasías durante diez años y esa noche entendí que la realidad nunca sería como la había imaginado.

Me quedo en silencio un buen rato, impresionada por su sinceridad y por el valor que se necesita para hacerse a un lado. También me avergüenzo de mi comportamiento y el de Simon; nos precipitamos a sacar conclusiones y nos portamos fatal con ella.

–Pero ¿sabes? – añade al cabo de un rato-, la vida te lleva por caminos misteriosos.

–¿Cómo?

–Necesitaba estar aquí, volver a veros a todos. Que Josh no sea la persona indicada no significa que las cosas no hayan funcionado; simplemente no han ido como yo las había planeado… -Está a punto de decir algo más, pero cambia de opinión. Coge su vaso sonriendo y encogiéndose de hombros.

Seguimos hablando y pasa otra hora. Hay tal ambiente de intimidad y de confianza que cuando me pregunta por Simon casi se lo digo; pero no lo hago. Todavía no.

Terminamos tocando el tema del sexo y nos reímos cuando nos acordamos

de antiguas conquistas. Hablamos de sexo seguro y de sida, uno de sus grandes miedos.

Le cuento que tengo un amigo al que le acaban de comunicar que es seropositivo. No le digo su nombre ni tampoco que se trata de alguien muy cercano, sólo que es un simple amigo. Se queda callada, muy callada; sospecho que lo sabe, pero no dice nada.

–¿Cómo se lo ha tomado?

–Todavía no lo sabe nadie excepto yo, y ahora tú. ¿Que cómo se lo está tomando? No muy bien. Hay ratos en los que pienso que está bien, que lo ha aceptado, que sabe que su muerte no es algo inminente. Pero luego me llama por la noche, borracho, asustado y furioso, y sé que cree que es el fin del mundo.

–¿Ha empezado alguna terapia?

–La verdad es que no. Aunque ha ido a un hospital y ha cogido todos los folletos, todavía no ha entrado en ningún grupo, y está claro que lo necesita.

–¿Crees que le gustaría hablar con una amiga mía? – me pregunta después de pensar un rato.

–¿Para qué?

–Se llama Eva. Es un poco mayor que nosotras y hace trece años que le dijeron que es seropositiva. Se contagió con veintipocos, en Nueva York, cuando entró en el mundo de la droga. Es la mujer más impresionante que he visto en mi vida.

Me acerco a ella visiblemente interesada.

–Creo que tu amigo debería conocerla porque puede animarle mucho. La vida de Eva cambió por completo y ahora tiene una actitud muy positiva frente al VIH.

–¿De qué forma cambió su vida?

–Es una larga historia, pero creo que es alguien que debe conocer. Podemos ponerles en contacto y ella se lo contará todo. No conozco a tu amigo, pero ella es buena consejera y puede ayudarle a ver las cosas desde otra perspectiva, a darles la vuelta.

–No sé qué decir… Me parece maravilloso.

–No seas tonta. Es lo menos que puedo hacer.

Al día siguiente caigo en la cuenta de que no hemos hablado de Josh e Ingrid, que era justo para lo que había quedado con ella. Nuestra recuperada amistad tomó el camino de las acusaciones y no tuve oportunidad de mencionar el tema. Simon ha dicho que hablará con ella, pero cree que si hace tan buenas migas con Ingrid, no nos confesará la verdad, porque somos muy amigos de Lucy. Así que seguimos sin saber nada, aunque lo cierto es que hay cosas más importantes de las que ocuparse en este momento.

No sé muy bien lo que esperaba yo de Portia, pero, desde luego, su actitud me sorprendió. Ni loca hubiera pensado que se implicaría de lleno tratando de rescatar a Simon a través de Eva; que nos ofrecería su ayuda y se presentaría enseguida con una fecha y una hora para que Simon conociera a su amiga.

Le comenté a Simon nuestra conversación y me dijo que podía contárselo si ella juraba guardar el secreto. Portia me dijo que se lo imaginaba y que no se le ocurriría decírselo a nadie, excepto a Eva.

No puedo dejar de pensar que nos hemos portado muy mal con ella, que la hemos juzgado erróneamente, porque cada vez que creímos que nos había traicionado, estábamos confundidos. Simon tenía razón al decir que iba a

por Josh, pero creo que ya ha enmendado su falta.

Simon me llamó el viernes por la tarde, el día de la cena con Portia, y me dijo que no le apetecía ir. Estaba a punto de telefonear para cancelar la cita, pero no sé cómo conseguí convencerle de que fuera. Luego esperé en ascuas a ver qué ocurría.

Cuando llegó a casa estaba entusiasmado. Me llamó de inmediato y me dijo que después de pasar la tarde con Eva, se sentía completamente diferente.

Me contó que era pequeña, de piel morena, muy guapa, la salud personificada. Se sentó con él, se tomó un agua mineral y le estuvo escuchando antes de contarle su vida.

En 1980, cuando tenía quince años, se juntó con la pandilla de porreros del colegio. Nada del otro mundo. Lo hizo un poco por inercia y porque, por primera vez, sentía que la aceptaban. Mucha gente consiguió salir de esa historia, pero Eva no; al contrario, en un par de años se pasó a las anfetas, igual que otra gente. Empezó con la heroína porque le gustaba uno de los chicos de la pandilla, que se pinchaba. Los recuerdos de su paso por el colegio, al igual que sus emociones, están distorsionados por el efecto de la heroína.

A los veinte años se fue a Nueva York con intención de empezar una nueva vida sin drogas. A los dos días de aterrizar en el JFK, ya estaba viviendo con un traficante de coca y volviendo a pincharse. Empezó a ir a los picaderos, sórdidas habitaciones en casas abandonadas de la parte antigua de la ciudad; refugios para yonquis que le pillaban droga al camello de la esquina e iban a esos sitios a picarse. A Eva, la menor de todos ellos, le daban lo que les sobraba y las agujas sucias que habían usado todos los de la habitación. Ella no sabía nada, nadie lo sabía.

Dos años más tarde, cuando volvió a casa, fue a la universidad. Era de clase media, inteligente. Se matriculó en Filosofía, Política y Economía e intentó, sin conseguirlo, dejar la heroína; cuando lograba no meterse, le daba al alcohol.

Entonces aparecieron los carteles lapidarios que advertían sobre el sida y el VIH, sobre el peligro del sexo sin protección; de no conocer el historial sexual de la pareja, de compartir agujas… «Yo no estoy contagiada -

pensaba-. Esas cosas no les pasan a las chicas de clase media como yo.»

Para descartar la posibilidad, fue al médico y se hizo un análisis. Dos semanas más tarde fue a recoger el resultado. Le dijeron, sin prestarle mucha atención, que era seropositiva y que fuera al servicio de enfermedades de transmisión sexual del hospital.

Veintiún años y seropositiva. Podía haber sentido que la vida se le acababa, pero no. No sintió nada, todavía estaba embotada por las drogas y el alcohol. Un año más tarde, tumbada en la cama y pensando en su vida -

tabaco, alcohol y mala alimentación-, decidió que tenía que hacer algo.

Comprendió que si se rendía al VIH y esperaba a que la matase, abandonaba cualquier esperanza, y eso, para ella, era insoportable. No eligió morir, sino vivir. Se negó a ceder ante el miedo porque, según ella, eso es lo peor de todo.

Un año después de hacerse el análisis, organizó un grupo de ayuda para enfermos. Se dedicó a trabajar con comités y organizaciones que concienciaban sobre los peligros de la enfermedad; enseñó, ayudó, aconsejó… Un día se despertó y, a pesar de todo lo que había hecho, de todo lo que había enseñado, sintió que el sida iba a atraparla.

Entonces decidió que no lo permitiría. Se hizo budista y empezó a valorar cada uno de sus días. Dejó de pensar que no merecía la pena estudiar nada debido a su enfermedad y aprendió terapia craneosacral. En ella encontró la espiritualidad de la que no había disfrutado jamás. Encontró un terapeuta que no consintió que se hiciese la víctima. Si tosía le decía: «Muy bien, toses, ¿y qué?» No le decía que era el principio de una neumonía ni un síntoma de la enfermedad. Le mostraba que era una simple tos y, ¿sabéis qué?, tenía razón. Aprendió que, incluso cuando te has contagiado, no todo lo que te pasa tiene relación con la enfermedad.

Ahora, después de trece años, es la salud personificada. Puede que eso no

funcione con todo el mundo, le dijo a Simon al terminar su relato, pero a ella lo que le ayuda es pensar que está bien.

–Y lo está -me dijo Simon sorprendido, respetuoso. Después colgó el teléfono porque quería pensar durante el resto de la noche en lo que le había contado.

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