Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 5 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

cinco

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Me rindo. No es que no lo haya intentado. Durante las dos últimas semanas he cogido el teléfono al menos dos veces al día, mientras el trozo de papel en el que apunté el número de Portia se ríe de mí encima de la mesita. He llegado a marcar los siete dígitos, pero, en cuanto el teléfono empieza a dar los tonos de llamada, cuelgo sin saber qué voy a decirle, con el corazón latiéndome a toda velocidad y la respiración entrecortada.

No paro de decirme que se trata de Portia. No es que esté llamando a alguien con quien estoy enfadada, lo que siempre me altera el ritmo cardíaco y provoca en mí un enorme pánico. La llamo solamente para ponernos al día, no tengo nada que temer.

–¿Y bien? – pregunta Simon como todos estos últimos días-. ¿La has llamado ya?

–Sí -respondo seria-. Pero he decidido no decirte que la vi la semana pasada porque pensaba que no te interesaría.

–Qué cobarde eres. Yo, hace días que habría cogido el teléfono y la habría llamado.

–Hazlo -le pido acercándole el teléfono-. Ahí tienes el número, venga.

Es jueves por la noche, el día en que ponen la serie de Portia, y aunque Simon ha estado viniendo los últimos meses a mi casa para verla, desde el gran descubrimiento estas veladas han adquirido otro significado.

Durante estas dos últimas semanas, hemos seguido quitándonos los zapatos, acurrucándonos en el sofá y poniéndonos morados de comida china una hora antes de que empiece el programa, pero, ahora, en vez de reírnos todo el rato, estamos pegados a la pantalla buscando desesperadamente las claves de nuestros propios personajes.

Esta noche nos hemos sentado a ver la serie en silencio, y el parpadeo de la pantalla ilumina nuestras caras.

–Yo nunca diría una cosa así -exclama Simon indignado después de que Steen haya soltado una frase particularmente incisiva.

–Nadie dice que tú lo harías -le tranquilizo acariciándole suavemente la espalda, con los ojos fijos en el televisor, esperando que vuelva a aparecer Katy.

–¡Por Dios! – profiero al cabo de un rato-. Ya sé que es para hacer reír, pero

¡es tan egoísta! Yo no soy así, ¿verdad?

–¡Shhh! – me apremia Simon-. Que sale otra vez Steen.

Cuando acaba el capítulo, Simon coge el teléfono y marca el número como si nada, igual que si estuviera llamando a Josh para charlar un rato.

Lo miro atentamente, esperando que diga algo, pero al cabo de unos segundos cuelga.

–Contestador automático.

–¿Qué? ¿Has oído el mensaje? ¿Qué voz tiene? ¿Qué dice?

Le quito el teléfono y aprieto la tecla de «rellamada»; a pesar de no pillarme por sorpresa, el sonido de su voz me impresiona mucho. La reconocería entre un millón.

«Hola. En este momento no podemos atenderte, deja un mensaje y nos pondremos en contacto contigo. Gracias por llamar.»

–¿«Podemos»? – exclamo mirando a Simon-. ¿Por qué no me has dicho que el mensaje era en plural? Eso quiere decir que está casada.

–¡En qué mundo vives! – protesta Simon horrorizado-. ¿En la Edad de Piedra?

–Bueno, no necesariamente casada, pero viviendo con alguien.

–A lo mejor comparte piso.

–Ya -asiento levantando la ceja-. Porque normalmente a los treinta y tantos y ganando un montón de pasta se comparte piso…

–Si se está solo… -empieza a decir Simon, y me sorprende que Portia pueda sentirse sola, me gustaría intervenir y hacer algo por ella-. Podría ser por seguridad. Leí un artículo en el Cosmo-politan acerca de la seguridad en el que se decía que, si se vive solo, conviene referirse a uno mismo como

«nosotros» en el contestador automático para disuadir a potenciales ladrones.

–¡El Cosmopolitan! -digo riéndome-. ¿No eres un poco mayor para esa revista?

–No la compro, resulta que la leí en casa de un amigo.

–Ya, ya, ¡cuéntame otra!

–Mira -dice indicándome el teléfono-, ésta es tu oportunidad. Quieres hablar con ella, pero te da miedo hacerlo, sé que temes su reacción. Yo también la temo. Puedes dejarle un mensaje y así le pasas la pelota. Puede que no llame, pero, si lo hace, sabrás que realmente quiere hacerlo.

Cojo el teléfono, aprieto el botón de «rellamada» y escucho de nuevo el mensaje tratando de sonreír para resultar alegre, feliz y triunfadora, y con una mano en el pecho para calmarme.

Piiiip.

–Hola, Portia. Esto… es… muy extraño oír tu voz en un contestador automático. – Simon me mira poniendo los ojos en blanco-. Quiero decir, no es extraño porque es tu contestador, pero hace mucho tiempo que no hablamos; años. El otro día te mencionamos en una cena en la que

conocimos a Dan, el chico que te vendió el piso, y nos estuvimos preguntando cómo te iría… Pensamos que sería muy agradable que nos viéramos y habláramos. Bueno, esto…, llámame si puedes. Por cierto, soy Cath… Piiip.

–¡Mierda!

Vuelvo a marcar sintiéndome una idiota.

–Lo siento, el contestador me ha cortado. Llámame, me encantará saber de ti. – Cuelgo de nuevo el teléfono y me siento increíblemente contenta conmigo misma.

–Ya está -afirma Simon-. Ya está hecho.

–¿Crees que llamará?

–Si no ha cambiado, lo hará.

–Tienes razón -asiento pensativa-. Si no ha cambiado, no me fallará.

Hasta donde alcanzan mis recuerdos siempre me han gustado los libros; es más, siento verdadera pasión por ellos. Normalmente me paso horas y horas hojeándolos en las librerías, perdiendo la noción del tiempo, sumergiéndome por completo en otro mundo.

Hay una cerca de la oficina a la que voy un par de veces por semana, a la hora de la comida. Paso el tiempo dando vueltas con la sonrisa en los labios, unas veces acariciando con los dedos las tapas de los libros que hay en las mesas del centro, y otras absorta entre las páginas de una nueva publicación.

Siempre he soñado con tener una librería. En realidad siempre he soñado con tener una en la que hubiera un café. Me la imagino como un sitio al que acudirían clientes habituales, excéntricos adorables que me ayudarían a

hacer capuchinos cuando lo necesitase.

Un sitio tranquilo y relajado en el que hubiera sofás de cuero desgastado, mullidos sillones y, quizá, una chimenea en invierno. En verano -mi estación favorita- me la imagino totalmente diferente. En mis sueños veraniegos aparece como un lugar luminoso, brillante, aireado, con relucientes suelos de madera de pino, elegantes sillas de cromo, grandes ventanales y azul mediterráneo en las paredes.

Conforme voy haciéndome mayor, más me sumerjo en este sueño. Cuando tenía veintitantos años pensaba que trabajaría hasta tener suficiente dinero en el banco para abrir mi propia librería y, tan pronto como lo tuviera, dejaría el trabajo para establecerme por mi cuenta.

El problema es que nunca estoy segura de tener suficiente dinero y, en la actualidad, aunque tengo una buena suma en el Abbey National (en su mayor parte gracias a mi encantadora abuela, que me dejó en herencia su piso en Wembley hace un par de años), no me atrevería a abandonar mi trabajo; ya no se trata sólo de una cuestión de dinero.

Simon dice que tengo miedo, y está en lo cierto. Hasta hace un año me encantaba mi trabajo, de verdad. Me gustaban los clientes, lo pasaba bien organizando las campañas, me divertía, pero este último año todo me supone un gran esfuerzo. Cada vez me siento menos motivada y, cuando pienso en dejarlo, me entra pánico. Sé que no tengo valor para hacerlo.

¿Qué pasaría si no funcionara? ¿Y si perdiese todo mi dinero? ¿Y si no pudiera pagar la hipoteca? ¿Podría prescindir de un seguro privado? ¿Y el plan de pensiones?

Suelo decirme a mí misma que un día lo haré. Realizaré ese sueño, sólo que no sé cuándo.

–Cath, cariño. Tenemos que vernos. ¿Cuándo tienes tiempo?

La voz de Lucy suena atropellada por el nerviosismo y me hace sonreír.

–¿Por qué? ¿Qué ha pasado? No estarás embarazada otra vez…

–¡No, por Dios! Todavía no -grita Lucy, y después se produce un silencio-.

¡Mierda! A lo mejor sí. ¿Cuándo tenía que venirme la regla? Bueno, es igual. Se trata de algo más importante. Tengo que hacerte una proposición.

–No puedo casarme contigo. Te quiero, pero ya estás casada.

–Si fuera un tipo grande y fornido me casaría contigo, no te quepa la menor duda, pero esto es algo completamente diferente.

–Venga, dame una pista.

–No puedo, por teléfono no. ¿Cuándo nos vemos?

–¿Qué te parece el sábado por la mañana?

–¿El sábado? No puedo esperar tanto. ¿Qué te parece esta tarde o por la noche temprano? Esta tarde sería mejor.

Abro la agenda y compruebo lo que tengo que hacer hoy. Por suerte no hay más reuniones y, aunque no suelo hacerlo, decido salir pitando para ir a ver a Lucy. Teniendo en cuenta la cantidad de horas que he trabajado últimamente, no debería sentirme culpable, pero lo hago; de no haberme insistido tanto, no habría aceptado.

–¡Bien! – exclama cuando se lo digo-. Ven a verme y tomamos un café. Nos vemos. Hasta luego. Espera, ¿has hablado con Portia? ¿Estaba en casa?

–Le dejé un mensaje, así que ahora es cuestión suya.

–Bien hecho, tienes razón. Nos vemos luego.

Estar en casa a las tres de la tarde, en este barrio, es un lujo. A esta hora es como estar en otro mundo, y las personas que veo son tan diferentes de las que me encuentro por la noche o los fines de semana que me entran ganas de olvidarme de Lucy y sentarme en una mesa de una cafetería, cerca de la ventana, para ver pasar a la gente el resto del día.

¿De dónde salen todas esas madres jóvenes con sus hijos? Me imagino que esos jóvenes con pinta de estresados, vestidos con trajes oscuros y pegados a sus teléfonos móviles, deben de ser agentes inmobiliarios.

Pero lo que más me sorprende es la gran cantidad de personas que hay en la calle. ¿Por qué no están trabajando? ¿Qué hacen a estas horas de la tarde en West End Lane?

La casa está extrañamente silenciosa. No es como durante los fines de semana, cuando el teléfono no para de sonar, o hay música, o Simon está por aquí ordenándolo todo como siempre. La calma es completa, tanto que empiezo a sentirme culpable, como si por el hecho de estar aquí estuviera haciendo algo que no debo, como si hubiese turbado la paz de la casa.

Dejo caer el maletín lleno de estudios que tengo que revisar durante el fin de semana, me quito el zapato derecho empujándolo con la punta del izquierdo y después el otro con el pie descalzo y me alegro de que Simon no me vea hacerlo, pues le pone enfermo.

«¡No hagas eso! – me dice siempre con el rostro crispado-. Vas a estropear los zapatos, no puedes dejarlos por ahí sin más, ¿no tienes una horma?»

Los zapatos están en el suelo invitándome a que me fije en las marcas que acabo de hacerles, así que los meto debajo de la cama de un empujón y saco unos botines planos, suspirando de alivio al poder caminar de nuevo con seguridad, y salgo de la habitación.

Me detengo un momento en la entrada de la cocina, pensando en tomar algo del frigorífico, un tentempié, pero me doy cuenta de que voy a casa de Lucy y no hay mejor cocinera que ella en todo Londres, así que para qué arruinar

un delicioso aperitivo con un trozo de pan de pita seco.

–Hola, Max. Parece que has comido algo buenísimo.

Está en medio de la puerta, impidiéndome el paso y mirándome como si fuera a venderle pañuelos de papel o trapos de cocina, con una mezcla de desdén y compasión, algo que no deja de ser extraordinario si se cae en la cuenta de que sólo tiene tres años y medio y la cara llena de chocolate.

Como ya habréis notado, no tengo mucha mano con los niños. Incluso diría que, al crearme, Dios se olvidó de dotarme de instinto maternal.

El día que Max nació, cuando Simon y yo aparecimos en el hospital, Lucy estaba sentada en la cama con aspecto cansado pero radiante, y nos mostró a un niño pequeño, minúsculo, con los ojos cerrados y completamente dormido en sus brazos.

–¡Es divino! – susurró Simon entusiasmado-. Mira qué manitas, ¡y qué piececitos! ¿Habías visto alguna vez unos dedos tan pequeñitos?

Simon le cogía las manos y los pies, mientras yo miraba desde detrás sonriendo incómodamente.

–No tengas miedo, Cath -dijo Lucy haciéndome un gesto con la cabeza para que me acercara y ofreciéndome al niño-. Toma, cógelo en brazos.

¿Qué podía hacer? No podía rechazarlo, así que lo cogí con la esperanza de sentirme de repente afectiva y sensiblera, pero sólo me sentí violenta.

Cuando estaba a punto de empezar a rezar para que se estuviera quieto, abrió los ojos.

Me miró y gritó. Auténticos berridos. Tenía la cara roja, los ojos apretados y gritaba como si hubiese visto al diablo. Prácticamente lo arrojé en los brazos de Lucy y, claro, entonces se calló. No he vuelto a tocar a un niño desde entonces.

Simon me llamó histérica. Durante unas cuantas semanas estuvo llamándome «la terrorífica Cathy», y cada vez que lo tocaba, lo agarraba del brazo o lo abrazaba, apretaba los ojos, empezaba a gemir y acababa riéndose a carcajadas.

Al principio me hacía gracia, pero a la cuadragésimo séptima, empezó a mosquearme un poco. Incluso Lucy acabó riñéndole medio en guasa.

–¡Simon, déjala en paz! – lo reprendió en broma-. Pobre Cathy. No fue culpa suya. Lo que pasa es que Max se pone nervioso con los extraños,

¿verdad, Maxy?

Entonces Simon tuvo que demostrarle que estaba equivocada. Cogió a Max con aire de suficiencia y se puso a hacerle monerías subiéndolo y bajándolo mientras el crío gorjeaba encantado.

Ahora, a los tres años de edad, sigue haciéndome sentir igual de violenta que cuando era un recién nacido. Pero, en vez de gritar, se limita a mirarme; yo trato de hacerme amiga suya mostrándome supersimpática para que cambie de opinión.

–Si te portas bien, Cath te dará un regalo, ¿vale? – Me siento ridicula diciendo estas cosas, pero no sé tratar de otra forma a un niño pequeño.

Le tengo envidia a Simon porque él no lo trata como si fuera un niño, sino como si fuera un adulto. Se sienta y mantiene conversaciones profundas con él sobre el trabajo. Ya sé, parece absurdo, pero es verdad. Lo he visto entrar, sentarse a su lado y decir: «Vaya día que he tenido. ¿Quieres que te lo cuente?», y Max asiente con la cabeza mientras Simon empieza a hablarle de lo deprisa que tienen que montar las películas y de los trozos que se quedan en el suelo de la sala de montaje.

Pero lo que es más alucinante es que a Max le encanta. Durante esas conversaciones no le quita el ojo de encima.

Un día, Simon estaba sentado junto a Max. Josh se acercó y rodeó a Lucy con los brazos y empezó a besarla en el cuello mientras ella se reía e intentaba zafarse.

–¡Ojalá encontrase a alguien que me quisiese así! – exclamó Simon.

¿Sabéis lo que hizo Max? Cogió la mano de Simon, se la apretó y le dio un beso en la mejilla con todas sus fuerzas. Simon casi se echó a llorar.

No importa lo que yo le diga a Max o lo grandes que sean mis sobornos, no parece cambiar de actitud conmigo.

Saco un chupa-chups del bolsillo y se lo ofrezco, lo mira un momento sin tocarlo, me lo quita, se da la vuelta y desaparece por el pasillo.

–¡Max! – grita Lucy corriendo detrás de él y cogiéndolo en brazos-. Te he visto. No seas maleducado. Hay que dar las gracias cuando alguien te regala algo.

El niño entorna los ojos mientras murmura «Lo siento» y Lucy lo deja en el suelo, frente a mí.

–Gacias -dice mirando al suelo con el caramelo en la boca.

–De nada -le contesto mientras desaparece corriendo otra vez, y sigo a Lucy a la cocina con la boca hecha agua por el olor a galletas recién horneadas-.

Me odia -le comento quitándome el abrigo y sentándome en una silla.

–Bueno, tiene muy mal gusto para las mujeres… Y no te odia, simplemente está en una edad muy mala.

–Ha estado en esa mala edad desde que nació.

–Malditos hombres. Todos son iguales. ¿Te apetecen unas galletas caseras de manzana y canela recién sacadas del horno?

Me froto el estómago en señal de aceptación y cojo una del plato que ha puesto encima de la mesa, sin esperar al té que debe acompañarlas.

–Lucy -farfullo tratando de coger los trocitos que se me caen mientras hablo-, perdona que hable con la boca llena, ¡están buenísimas!

–¡Qué amable eres! – exclama ofreciéndome una de sus resplandecientes sonrisas-. Por eso me gusta que vengas. Me encanta ver cómo comes. No soporto a las chicas que están como un espárrago y sólo piden lechuga o se ponen ese horroroso edulcorante en el té. Cómete otra.

La obedezco de buena gana, sintiéndome un poco culpable por no ser una de esas chicas delgadas que apartarían las galletas y pedirían una zanahoria o un trocito de queso fresco. Creo que incluso ese tipo de mujeres tendría problemas de fuerza de voluntad con una amiga que cocinase como Lucy.

–¿Eres feliz? – me pregunta mientras acerca la tetera y se sienta a mi lado.

–¿Qué quieres decir?

–Me refiero al trabajo. ¿Te gusta lo que haces?

–Me encanta -contesto, y caigo en la cuenta de que sólo lo digo porque hasta hace poco era así, pero ya no lo digo con convencimiento y mis palabras suenan huecas y vacías-. Bueno, me encantaba. Supongo que últimamente no he pensado mucho en ello. A veces me lo paso muy bien, pero no es como antes. Vaya pregunta, ¿qué estás tramando?

–He pensado mucho en mis ocupaciones y en lo que me gustaría hacer con mi tiempo. Creía que quería ayudar a la gente y por eso me apunté al maldito curso de asesoramiento, aunque, gracias a Dios, ya se está acabando. – Hace una pausa para tomar un poco de té-. No he hecho nada de ilustración en tres años, desde que nació Max, y no creo que vuelva a trabajar en eso…

–Pero… -intervengo.

–Pero… -Se ríe-. Puede que lo que voy a decir suene fatal, pero me he pasado estos últimos años ayudando a los demás, cuidando a los demás, siendo la mujer de Josh y la madre de Max y, aunque me encanta cuidar de mis chicos, creo que ahora necesito hacer algo para mí misma. ¿Qué opinas?

–Pues que, si eso es lo que quieres hacer, tienes que hacerlo -contesto sabiendo que debería aplicarme el cuento, aunque yo no tenga un marido que vaya a estar al quite si todo sale mal y que pueda pagar la hipoteca si se me acaba el dinero. En pocas palabras, alguien que me apoye.

–¿Qué vas a hacer? – le pregunto, sintiendo que la curiosidad es más fuerte que yo.

–¡Ah! – contesta sonriendo-. Ahí es donde espero que entres tú. Coge el abrigo, vamos a dar un paseo. ¡Ingriiid! Salimos un momento, volveremos enseguida -grita Lucy a la aupair cuando llegamos al final de las escaleras.

–De acuerdo, hasta luego -contesta Ingrid impávidamente desde lo alto de las escaleras, a pesar de que Max parece estar poniéndole un lazo alrededor de la pierna.

–Es un tesoro -apunta Lucy cerrando la puerta de la calle. Su opinión acerca de la chica me sorprende porque a mí me parece una completa estúpida-.

No sé qué haría sin ella.

–¿Adonde vamos? – Camino a su lado hacia West End Lane, sonriendo, ya que es imposible no sentirse bien cuando brilla el sol y mesas y sillas invaden las aceras llenas de gente que se entretiene con sus cafés para disfrutar un poco más del bonito día.

–Es una sorpresa. Ya lo verás cuando lleguemos.