Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 21 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

veintiuno

Ha pasado una semana y estoy convencida de que Lucy piensa que estoy como una cabra. Ayer me pilló mirándola a todas horas con, según ella, cara de preocupación; pero cada vez que me preguntaba qué ocurría, yo me limitaba a suspirar y a contestarle que nada.

Un poco antes de las seis empiezo a decirles a los clientes que vamos a cerrar, pero, como siempre, parece que todos se hubieran vuelto sordos de repente. Supongo que eso es buena señal, ya que hay cinco sordos en la tienda, lo cual es preferible a que no haya nadie…

–Lo siento, pero vamos a cerrar.

–Lo siento, pero debo pedirle que se vaya.

–Lo siento, si quiere venir y terminar el libro, mañana volvemos a abrir.

Todo ello dicho con una educada sonrisa. Por fin se va todo el mundo y Bill, Rachel y yo damos una vuelta por la tienda para colocar los libros, que al final del día acaban bastante desordenados.

Bill y Rachel se van y, media hora más tarde, me acerco a la cafetería para ver qué tal se encuentra Lucy. Está acabando de limpiar una de las mesas, me guiña un ojo y, cinco minutos después, se acerca con dos cafés con leche, un enorme trozo de pastel de zanahoria y dos tenedores.

Se quita el delantal, se desploma en una silla y me lanza una cansada sonrisa.

–¿Qué tal estás, Cath? Y, lo que es más importante, ¿qué haces esta noche?

¿Vas a ver otra vez a James o todavía es demasiado pronto?

–Es demasiado pronto. Ni siquiera le he dado las gracias por lo de la semana pasada. Mierda, pensaba telefonearle hoy.

–¿Por qué no lo llamas ahora?

–Da igual, ya lo llamaré cuando llegue a casa.

La sonrisa de Lucy desaparece por un momento y su mirada perdida indica que tiene la mente en otro sitio. Pobre Lucy. ¡Dios mío!, ¿se habrá enterado?

–Lucy, ¿estás bien?

Me mira sonriendo y asiente con la cabeza, pero tiene una triste expresión en los ojos.

–¿Estás segura?

–No del todo -confiesa, y me preparo mentalmente por si me pregunta si sé algo. No sabría qué decirle. Tendría que mentirle, pero lo hago muy mal.

Como dice Simon, mi cara es como un libro abierto.

Me pongo colorada, tartamudeo y me resulta imposible mirar a los ojos de la otra persona. Son las típicas reacciones que delatan las mentiras, así que, por favor, Dios mío, no dejes que Lucy me pregunte o me pida opinión.

–¿Qué te pasa? – pregunto como si no lo supiera.

–Se trata de nosotros, de Josh y de mí.

Su sonrisa ha desaparecido por completo, y en ese momento me doy cuenta de que nunca tiene una cara neutra. Siempre está tan contenta y tan animada que verla así es síntoma de que está para el arrastre. Y es normal, si es que

se ha enterado.

–Las cosas no van bien -continúa después de una larga pausa, mirándome para ver si sigo escuchándola-. Desde que trabajo aquí y desde que Josh tiene ese asunto tan importante entre manos, todo parece haber cambiado; ya no pasamos tanto tiempo juntos como antes; tengo la impresión de que Josh se lo ha tomado como algo personal, y no sólo pasa poquísimo tiempo conmigo, sino que parece como si no quisiera estar nunca en casa.

–¿Has intentado hablar con él? – le aconsejo. Siempre digo lo mismo cuando no sé qué decir; además, lo aprendí de ella.

–Parece ridículo, ¿verdad? Aquí me tienes, acabo de terminar ese maldito curso de orientación familiar y estoy casada con un hombre que se cierra en banda cuando le hago la menor insinuación sobre nuestros problemas. Lo peor de todo es que normalmente solía sacarle las cosas, pero me siento culpable por no estar con él, por no estar en casa. Da la impresión de que he perdido la habilidad para comunicarme.

–Lucy… -digo con tristeza, acariciándole el brazo para reconfortarla.

–Sé que suena absurdo, pero si no le conociera pensaría que tiene un lío. –

Inspiro hondo y, por suerte, Lucy no levanta la mirada, así que ni me ve ni me oye-. Vuelve tarde a casa casi todas las noches y no puedo llamarle porque está reunido. ¡Dios! – suspira compungida-. Son los clásicos indicios de una aventura, ¿no?

–¿Crees que tiene una amante? – pregunto en un tono que intenta ser inocente.

–¿Josh?, imposible -dice riéndose-. Pero no creas que no lo he pensado, lo que pasa es que no le pega nada, aunque Dios sabe que no podría culparle, teniendo en cuenta el estado de nuestra vida sexual. Casi no me acuerdo de la última vez que hicimos el amor. Es terrible, pero siempre estoy demasiado cansada. Ya sabes, a menudo, durante el día, me siento bastante sexy. Leo algo o pienso en algo y me digo, qué suerte tengo de poder volver

a casa y encontrarme a un hombre que todavía me gusta y con el que puede que esta noche haga el amor. Luego me paso el tiempo esperando que suceda.

–¿Y?

–Que cuando llego a casa, paso un rato con Max, como algo y me doy un baño caliente, estoy tan cansada que casi no puedo ni moverme y prácticamente lo único que hago es ir del cuarto de baño al dormitorio, apartar el edredón y meterme en la cama. Supongo que eso consume el resto de la energía que me queda; y se acabó, en cuanto pongo la cabeza en la almohada, me quedo frita.

–Lucy, si te sirve de consuelo, a mí me pasa lo mismo. Tener un negocio propio es agotador y no me vendrían mal unas vacaciones, pero ¿no crees que la parte buena supera a la mala?

–En tu caso sí porque, y no te lo tomes a mal, tú no tienes una familia. Pero en el mío ya no sé qué hacer. No quería decir eso. Por supuesto que la parte positiva compensa la negativa, supongo que es cuestión de encontrar el equilibrio.

Se produce un silencio e intento suavizar el tono.

–Bueno, siempre se ha dicho que se deja de hacer el amor cuando uno se casa, y esto sólo confirma la regla.

–Pero Josh y yo siempre hemos tenido una vida sexual maravillosa. No te estoy poniendo en una situación embarazosa, ¿verdad? ¿Te importa que hable de estas cosas? Es que tengo que contárselo a alguien o acabaré explotando hacia fuera o hacia dentro, que es mucho peor -dice con tristeza.

–Tranquila. Claro que no me importa. Lo que pasa es que no sé qué decir.

–Josh y yo solíamos comentar la suerte que teníamos de seguir teniendo una vida sexual tan activa, pero ahora…

–Entonces, ¿decías en serio lo de no echarle la culpa si tuviera un lío?

–No, por supuesto que no. Me moriría si estuviese con alguien. Sería terrible. Créeme, Cath, ya sé que parece que me estoy volviendo loca, pero no creo que sea capaz de hacer una cosa así. Creo, espero, que esto sólo sea una fase pasajera.

–Todos los matrimonios tienen sus altibajos -le garantizo, rezando para que se trate sólo de una fase, para que todo acabe pronto y Portia se largue.

–Ya lo sé -acepta con tristeza-, lo que pasa es que nunca habíamos estado tan mal como ahora y, aunque sé que saldremos de ésta, se pasa fatal cuando sucede algo así.

–¿Qué te parece un numerito de seducción? – suelto de repente, y Lucy me mira sorprendida-. Ya sabes, ropa interior sexy, unas medias, el equipo completo. He leído muchos artículos de mujeres que reavivan así la llama,

¿por qué no pruebas?

–No lo dices en serio, ¿verdad? Parecería una morcilla con esas cosas.

–¡Claro que no! – digo tajante, y cada vez me gusta más la idea-. Estarás guapísima. ¿Qué te parece si nos vamos de compras con Simon? Al menos nos reiremos un rato, creo que a todos nos vendrá bien…

–¡Me sentiré ridicula! – dice riéndose y haciendo como que le da vergüenza, pero noto que cada vez opone menos resistencia-. De todas formas, ¿qué se supone que debo comprarme?

–No sé, a lo mejor un uniforme de esos de camarera o ¿qué tal uno de enfermera?, eso siempre funciona.

–No, por favor. Eso es superhortera.

–Pero sexy -puntualizo guiñándole un ojo, y las dos nos echamos a reír.

–¡Ni lo pienses! – exclama Simon cuando le informo del plan.

–¿Por qué? ¿No te parece buena idea? – Me quedo helada ante su negativa-.

A mí me parece estupenda. Creo que, como mínimo, Lucy se lo pasará bien y al menos intentaremos hacer algo. Así que, ¿adonde crees que no debemos ir?

–A Ann Summers no os dejaré ni acercaros. Si lo hacemos, lo haremos en serio; al único sitio que se puede ir es a Agent Provocateur.

–¡Guau! – grito sintiéndome de repente como una niña-. ¿No es ése el sitio donde venden esas suaves babuchas de marabú, las zapatillas que debería tener toda buena ama de casa?

–Eso y todo tipo de preciosos accesorios sexys.

–¡Vamos! – le animo-. ¿Cuándo? Hoy, mañana… ¡Quiero unas zapatillas como ésas ya mismo!

–Vaya, vaya… Quién iba a pensar que nuestra Cath es una Brigitte Bardot en potencia…

–Ni hablar. He soñado con tener unas zapatillas como ésas desde que tenía cinco años. ¿Iremos pronto? ¡Por favooor, por favooor!…

–Sólo si prometes comprarme un tanga de leopardo.

–Hecho.

–Hablando en serio, Cath -dice suspirando-. ¿Crees que funcionará?

–No lo sé, pero no voy a dejar que ese matrimonio se rompa sin luchar.

–Ya, a mí me pasa lo mismo. Bueno, volviendo al mundo real, ¿has llamado

al guapo de James para disculparte por estar tan cortante al final de la otra noche?

–¡Hostia! Me siento fatal, mierda, tengo una llamada en espera, ¿cuelgas?

–No te preocupes, te llamo luego.

Me lanza un beso, pulso el botón adecuado y contesto.

–¿Cath? – Bueno, hablando del rey de Roma-. Estaba un poco preocupado y he pensado en llamarte para ver qué tal te encuentras. ¿Estás mejor?

–James, haces que me sienta culpable. Llevo toda la semana queriendo llamarte para darte las gracias por aquella noche tan maravillosa, pero he estado tan ocupada que no he tenido la menor oportunidad.

–No fue tan maravillosa, al menos al final.

–Bueno, fue un poco traumática, pero el principio fue perfecto y, si no hubiésemos visto, ya sabes, a… Si aquello no hubiese ocurrido, la noche habría sido perfecta.

–Eres muy amable -agradece, y los dos nos quedamos en ese punto durante un momento, mientras me pregunto si me pedirá que salgamos otro día; de hecho estoy esperando que lo haga porque quiero darle otra oportunidad.

Quiero que los dos pasemos una noche perfecta de principio a fin.

Pero Cath, la idiota sin experiencia, no puede decir esas cosas, así que me quedo en silencio aguardando, rezando para que me lo pida y, después de un rato, lo único que dice es que se alegra de que esté bien y que me cuide.

Cuelgo el teléfono y, de repente, siento un profundo vacío.

La verdad es que es ridículo. Apenas lo conozco. Fue una sola noche. No es algo físico, no me atrae, pero he de confesar que deseaba conocerlo mejor.

Hay que ver lo rápido que he conseguido cagarla esta vez. Bueno, existe un