Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 17 de 33

Páginas del PDF

Lios, libros y mas lios

¼

–¿Es así qué?

–Que si les va bien.

–¿A Josh y a Lucy? De maravilla. Ya lo comprobarás tú misma luego, son la pareja perfecta. Ya sé a lo que te refieres cuando dices que Lucy no es lo que te esperabas, pero tendrías que haber visto a las petardas que solía ligarse cuando tenía veintipocos. Todas eran las típicas pijas, con nombres tipo Serena, y estaban ansiosas porque Josh entrase en el negocio de papá.

–Lucy no encaja en esa categoría. ¿Cómo es que acabó enamorándose de ella?

Recuerdo la historia de cómo se conocieron, cómo se enamoraron y, cuando pienso en ello, se me dibuja una enorme sonrisa en la cara porque, después de todos estos años, todavía me enternece. Josh y Lucy, tal como le cuento ahora, tienen claro que sin duda estaban hechos el uno para el otro, y ella siempre ha estado convencida de que el destino les echó una mano porque, si no hubiera sido por esa excursión a la nieve, no se habrían encontrado.

Evidentemente, no le cuento todos los detalles. Le digo que se conocieron en una excursión de esquí, que Lucy se encargaba del chalet, que Josh estaba con una chica espantosa llamada Ve-netia… Poco después, miro el reloj y dejo escapar un gritito. Pedimos un taxi y salimos pitando hacia casa de Josh y Lucy.

Durante todo el camino no deja de hacerme preguntas sobre ellos y sobre Max. No estoy segura de por qué no le he contado toda la historia, pero de repente me cierro un poco. No me siento del todo cómoda con este repentino interés. A lo mejor Simon tiene razón y Portia va detrás de algo.

¼

diecisiete

Como siempre, Simon abre la puerta y nos invita a pasar. Le da un gran abrazo a Portia y, después, se vuelve hacia mí para darme un beso. De repente, se para en seco.

–¡Dios mío!

Sonrío.

–¡Madre santísima del cielo!

Lucy viene corriendo de la cocina, Josh sale del comedor y, en un momento, los tres están en la entrada mirándome con la boca abierta.

–¿Puedo tocarte? – pregunta Simon respetuosamente, mientras me acaricia la cabeza como si fuese un gato. Portia contempla la escena divertida.

–¡Mira a nuestra Cath! – dice Lucy orgullosa-. ¡Si parece una top model!

Estás guapísima, Cath. Qué pelo, y qué jersey. ¡Santo cielo! A partir de ahora tienes que ir siempre de rosa.

–¡Estás estupenda! – exclama Josh cuando consigue recobrarse. Al cabo de un momento, nota la mirada de Portia y se vuelve hacia ella para saludarla.

Los observo detenidamente y me fijo en que Simon también está mirándolos por el rabillo del ojo. Josh se inclina para darle un beso a Portia y ésta, en vez de dar el beso al aire como ha hecho con el resto de nosotros, le pone los labios, con suavidad pero con firmeza, en la mejilla. Miro alarmada a Simon, que está arqueando una ceja.

–¡Mira qué pinta! – comenta Lucy con mi abrigo en la mano, y cuando llega

a donde está Josh, se ríe y le pasa la mano por la mejilla para borrarle la marca de lápiz de labios. Josh se pone de color rojo carmín.

Entramos en el cuarto de estar y, como hemos llegado tarde, estoy segura de que James estará allí. Imaginaos mi sorpresa cuando veo a Will hurgando entre los libros de las estanterías. Se vuelve y me regala una de sus lagartas sonrisas.

–Hola, Catherine -me saluda ofreciéndome una mano que acepto a disgusto, preguntándome cómo puede haber alguien con una mirada tan fría-.

Encantado de verte de nuevo.

–Igualmente -respondo retirando la mano y echándole una mirada asesina a Simon por no haberme dicho que venía-. Ésta es Portia.

Hago todo lo posible por parecer educada mientras les presento y, después, me dirijo hacia la puerta.

Veo que a Will le gusta Portia. Le lanza una cautivadora mirada que la deja totalmente desarmada; a eso se refería Alison Bailey cuando decía que podía ser el hombre más encantador del mundo.

Pero a mí no me la pega.

–A mí no me engaña -le susurro a Simon mientras me dirijo hacia la cocina para ver qué ha pasado con James.

–Sé buena… -me pide Simon-. Sólo será esta noche. Estoy seguro de que si te hubiera dicho que venía, ahora no estarías aquí.

–Sí que estaría.

–¿Seguro?

–No.

–Mira, cariño -empieza a decir muy serio-, ya sé que no te gusta, pero haz un esfuerzo. Aunque no tiene por qué caerte bien, me temo que estará entre nosotros una temporadita y me gustaría mucho que llegarais a una especie de acuerdo amistoso. No hace falta que seáis amigos, simplemente comportaos con educación.

–Vale -acepto mientras me abraza-. Lo intentaré. ¿Está James en la cocina?

–No, ¿por qué? – pregunta separándose un poco.

–Por nada -contesto dirigiéndome a la cocina sin hacer caso a sus ojos, que me taladran la nuca.

Lucy me entrega un bol con patatas fritas y me pide que lo lleve al cuarto de estar.

–¿No viene James esta noche? – pregunto inocentemente mientras salgo de la cocina.

–¡Mierda! – exclama dándose una palmada en la frente-. ¡Joder! Sabía que se me olvidaba algo. Lo siento, Cath, perdona.

Apoya la cabeza en la mano y me mira con ojos de culpabilidad, parece avergonzada. De repente me siento un poco enfadada por su tendencia a los despistes. A ese defecto se refería Simon cuando se mostraba receloso de que montara un negocio con ella. ¡Por favor! ¿Cómo ha podido olvidarse de invitarle?

–Mierda, hoy que has venido tan guapa, ¡no me lo puedo creer!

Está realmente disgustada y empiezo a perdonarla. No es el fin del mundo, sólo estoy un poco molesta.

–¿Qué ha pasado?

–Lo llamé y el contestador saltó justo cuando recibí otra llamada, así que lo

dejé y luego me olvidé por completo de volver a llamarlo. ¡No me lo puedo creer! – De repente se le iluminan los ojos-. ¡Vamos a llamarlo ahora!

–¡No! – digo poniéndole una mano en el brazo cuando ya ha descolgado el teléfono-. Si no te importa, preferiría que no lo hicieses.

–Cath, lo siento de verdad. ¿Me perdonas?

–No te preocupes -la tranquilizo, aunque tengo ganas de meter la cabeza entre las manos y echarme a llorar. No estoy enfadada, sólo cansada.

Cansada de toda esta historia. Cansada porque, a pesar de que sólo he hecho una ligera tentativa por volver a la guarida del león, esta vez no estoy preparada para vencerle.

Me gusta estar sola, siempre me ha gustado, pero ahora mismo el presente me tiene sin cuidado. Lo que me preocupa es tener que pasar los próximos cincuenta años sola. No quiero pensar en ello, pero… Por otra parte estoy acostumbrada a no tener compañía, y no me he planteado tenerla durante muchos meses, o más bien años.

Lo que pasa es que desde que conocí a James y todo el mundo empezó a hablar de mi admirador «no tan secreto», me he envalentonado un poco. Me he olvidado de que el dolor que causa tener pareja no merece la pena. Tanta adulación y tantas atenciones me han hecho olvidarme del dolor, que siempre está al acecho; y al final, como siempre, ha acabado por darme caza.

Llevo el bol al cuarto de estar, me siento tristemente en el sofá y Josh me mira preocupado antes de dirigirse a la cocina, seguramente a preguntar qué ocurre.

Portia y Will están enfrascados en una discusión y, por raro que parezca, da la impresión de que está coqueteando con ella. Raro porque sé que es un misógino; aunque, bueno, puede que sólo lo piense yo. A lo mejor sólo les presta atención a mujeres como ella.

Veo que Simon está intentando meter baza en la conversación, pero no le hacen ningún caso. Finalmente, se acerca a mí encogiéndose de hombros como para disculparse.

–Parece que están haciendo buenas migas -comento.

–Ya veo, gracias a Dios parece que alguien se lleva bien con él.

–¿Por qué lo dices? ¿Ha dicho algo Josh? ¿Y Lucy?

–Todavía no -contesta estremeciéndose-. Pero tengo la horrible sensación de que va a ser una noche agitada.

–¡Tú y tus malditas sensaciones! – exclamo riéndome al tiempo que Josh y Lucy entran en la habitación después de dejar la comida en el horno, los vasos en la mesa y al demonio en la cama.

–Will -se interesa Josh sirviéndole vino-, Simon nos ha dicho que vives en Clerkenwell. ¿Qué tal es?

–Estupendo. Tengo un loft increíble en el mejor edificio de la zona y en el barrio siempre hay cosas interesantes.

–Ha estado pensando en mudarse al Soho -interviene Simon con tono de marido.

–¿Sí? ¿Por qué?

–Bueno, en realidad no me lo he planteado; el único problema de Clerkenwell es que está en el culo del mundo y echo de menos estar en el centro. ¿No os pasa lo mismo a vosotros aquí?

–¿Aquí? ¿Por qué tendría que pasarnos lo mismo?

–Bueno, ya sabes, por estar en las afueras.

–Pero esto no son las afueras -afirma Lucy-. Esto es West Hampstead.

Estamos casi en el centro.

–¡Venga, vamos! – exclama Will con sorna-. Esto es la versión años noventa de los barrios residenciales. Una calle principal llena de cafeterías y restaurantes de todas las nacionalidades y todo lleno a reventar de matrimonios jóvenes como vosotros con dos coma cuatro hijos y un coche con tracción a las cuatro ruedas. Es la versión moderna de Abigail 's Party; Mike Leigh se lo pasaría en grande aquí.

Me muero por abrir la boca, pero si lo hago el daño será irreparable no sólo en mi relación con Will, sino en mi amistad con Simon.

–¿Estás de broma? – pregunta con suavidad Lucy. Will se encoge de hombros y dice que no-. En primer lugar, Will -su tono demuestra que está muy enfadada-, West Hampstead está a quince minutos en coche del West End y a diez en tren de la City; no creo que eso sean las afueras en ningún sitio del mundo. En segundo lugar, al margen de todo eso, ¿qué hay de malo en una zona que cubre las necesidades de los, según tus palabras,

«matrimonios jóvenes»?

–Bueno, lo que pasa es que…, miraos. Pensáis que estáis a la última y que sois muy modernos con vuestra cocina de acero inoxidable de marca y vuestros sacacorchos de Alessi, pero éste es el típico barrio residencial de nuestros días -dice Will encogiéndose de hombros con desdén y pronunciando sus últimas palabras con auténtico desprecio, lo que hace que casi me atragante de espanto.

–No sé muy bien adonde quieres ir a parar, pero está claro que no estoy de acuerdo contigo -afirma Lucy, fría como el hielo. Toma aire y se dispone a continuar. Portia interviene y cambia de conversación para calmar los ánimos.

–Hablando de automóviles con tracción a las cuatro ruedas -apunta con tranquilidad-. He estado pensando en cambiar mi coche por uno de esos todoterrenos. Me encanta la idea de ir tan alta por la carretera, y, además, le

daría una nueva perspectiva a mi complejo de superioridad.

Todo el mundo se echa a reír y la tensión se desvanece. Ya me había olvidado de su habilidad para hacer este tipo de cosas, para suavizar las situaciones, para calmar el ambiente, para hacerse con el control. Durante unos segundos me siento muy agradecida por su intervención porque estoy segura de que unos minutos más y le hubiera dado un puñetazo en la boca a Will.

Conseguimos tranquilizarnos un poco y empezamos una conversación sobre temas triviales. Simon se coloca al lado de Will como para protegerlo, y veo que lo contempla con ojos de adoración mientras Will apenas le hace caso.

Si quisiera concederle el beneficio de la duda, diría que se está esforzando tanto en causar buena impresión a todo el mundo que se ha olvidado de Simon, pero no creo que sea el caso. Creo que no le interesa en absoluto; ojalá me equivoque.

Finalmente nos levantamos y nos dirigimos hacia el comedor. De camino le doy un pellizco a Lucy en el brazo para indicarle que no lo hemos utilizado en un par de años; siempre comemos en la cocina. Al poco rato me encuentro sentada al lado de Josh, que se coloca en la cabecera de la mesa; y, gracias a Dios, a mi otro lado está Simon.

Will pasa por detrás de mi silla para ir a la suya, y al hacerlo me toca la manga y dice: «Muy bonito.» En el momento en que voy a abrir la boca para darle las gracias por un cumplido tan inesperado, añade: «Lástima que no sea auténtica cachemira», y se da la vuelta.

Portia está al otro lado de Josh, frente a mí y, por suerte, al lado de Will.

Aprovechando el momento en el que todos estamos sentándonos, Simon se me acerca y me dice: «Me apuesto cinco libras a que monopoliza a Josh toda la noche.» Levanto la vista y noto que Portia nos está mirando; estoy a punto de ponerme colorada, pero le lanzo una sonrisa forzada y no hago caso de Simon.

Simon no ha acertado con Portia respecto a Josh. Quizá no por falta de ganas, sino por falta de oportunidad. Está claro que Will ha decidido que es la única persona en la mesa que merece su atención y se centra en ella desde que nos sentamos.

El resto nos dedicamos a mantener conversaciones triviales. Hablamos de la librería y les hago reír a todos con historias de clientes locos. Por ahora ya han entrado tres personas a por algún libro que no teníamos y que, al decirles que lo tendríamos al día siguiente, han preguntado si lo podrían encontrar en Waterstone's.

Lucy se ríe porque, según ella, sonrío con los dientes apretados incluso cuando les digo amablemente que lo pregunten ellos mismos, o cuando insisten en que les diga en qué sección o en qué piso de Waterstone's estará el libro que buscan.

Lucy trae el pollo. La conversación se interrumpe de pronto, y todos lanzamos exclamaciones de aprobación al olerlo cuando quita la tapa para dejar escapar el vapor.

Todos, excepto Will. No dice nada hasta que le sirven y, mientras todos empezamos a comer placenteramente, Will mastica un poco y después pone el cuchillo y el tenedor encima del plato y lo empuja hacia delante. Los demás nos quedamos inmóviles y lo miramos.

–¿Pasa algo? – pregunta Lucy.

–La verdad es que sí. Se supone que es una receta del River Café, ¿no?

Además, creo que sé cuál es. No puedo poner la mano en el fuego, pero falla algo. Has utilizado otros condimentos, hay algo diferente. ¿Qué es? –

pregunta desdeñoso.

Lucy pone mala cara y miro a Simon hecha una furia, mientras él sólo parece alicaído.

–Bueno, la verdad es que no suelo seguir las recetas al pie de la letra. No sé

lo que he cambiado, sólo he usado la receta como base, como guía. ¿No te gusta?

–Digámoslo así -contesta cogiendo el cuchillo y apuntando con desprecio a la comida, mientras yo contengo la respiración-. Incomible sería el calificativo más suave que podría utilizar.

Simon y yo nos miramos nerviosos y nadie dice nada durante un instante que parece durar horas. Cuando Josh se levanta, el silencio que ya se había abatido sobre la mesa se hace más compacto.

–Se acabó -dice con calma, y todos nos volvemos para mirarle-. Haz el favor de irte.

Me gustaría decir que sonrío, pero me quedo tan sorprendida de que diga algo así, de que actúe contra este espantoso elemento, que me quedo con la boca abierta y no tardo en comprobar que todo el mundo hace lo mismo.

–No lo dirás en serio -amenaza Will cogiendo el tenedor y pinchando el pollo.

–¡Deja el tenedor! – le advierte Josh.

Abro los ojos de par en par porque no lo había visto nunca tan enfadado. No sabía que pudiera ponerse así. Portia se muestra tan sorprendida como yo, y Lucy y Simon tienen la mirada fija en sus platos.

–Te he abierto mi casa y te has pasado toda la tarde haciendo que me arrepintiese hasta de haberte permitido cruzar el umbral. Has insultado a mi mujer, a mis amigos y a mí. No eres bien recibido y quiero que te vayas ahora mismo.

Finalmente parece que Will se percata de que no está bromeando. Retira la silla para levantarse y Simon hace lo mismo, pálido como la nieve, sin poder mirarnos a los ojos.

–Muy bien -acepta mientras sale de la habitación; Simon va detrás de él y recoge los abrigos-. De todas formas, lo estaba pasando fatal.

Mantengo la vista pegada al mantel por miedo a que mi mirada se cruce con la suya y la tome conmigo. No podría controlarme. Este tipo es una víbora.

Sale dando un portazo y todos nos estremecemos, conscientes de que hay un niño durmiendo en el piso de arriba. Simon aparece en el pasillo y se disculpa ante Josh. Por lo que puedo escuchar, éste le está diciendo que no es culpa suya y que puede quedarse si quiere, pero que si prefiere irse todos lo entenderemos.

Por supuesto, el encantador, cariñoso, necesitado e inseguro Simon se va.

Cuando la puerta se cierra suavemente tras él y estamos a punto de respirar tranquilos, oímos el sonido de pasos en la escalera.

–¿Lucy? – pregunta Ingrid desde la puerta-. ¿Por qué pegáis portazos cuando Max está dormido?

–Lo siento. Ha sido uno de los invitados, que ha tenido que irse a toda prisa

-se disculpa, y percibo un tono conciliador en su voz-. ¿Quieres cenar con nosotros? Hay un montón de pollo.

–¡Y está delicioso! – añado por si había alguna duda.

–No -contesta examinando el comedor-. Ya he cenado.

–Ya conoces a Cath -afirma mientras Ingrid inclina levemente la cabeza en mi dirección-. Y ella es una vieja amiga de Josh, Portia. – Seguramente Lucy quiere que Ingrid se sienta como una más entre nosotros y estoy segura de que va a insistir para que se nos una, pero, por Dios, con un

«invitado pesadilla» es suficiente-. Portia, ésta es Ingrid, nuestra maravillosa aupair.

Portia le sonríe. ¡Santo cielo! ¿Es que el encanto de esta mujer no descansa nunca? Ingrid también le sonríe. Creo que hasta la fecha nunca la había

visto sonreír. Si no la conociese mejor, por la beatífica sonrisa que le ha regalado a Portia pensaría que es tan dulce como la miel.

–¿Podemos hacer algo por ti? – pregunta Josh. Tengo la impresión de que los dos tienen mucho cuidado con ella, y eso que están en su casa.

–Me gustaría tener un poco de paz y tranquilidad para poder leerle algo a Max y que se quedase dormido del todo -pide, se da la vuelta y luego se vuelve otra vez-. Encantada de conocerte, Portia. Espero que lo paséis bien.

Y desaparece escaleras arriba.

–Eres increíble -le comento a Portia en cuanto se ha ido.

–¿Por qué?

–Eres como uno de esos encantadores de serpientes indios. Consigues seducir a todo el mundo.

–¿A qué te refieres? – pregunta riéndose.

–¡Venga! – interviene Josh riéndose también-. Tiene razón. En primer lugar, eres la única que ha conseguido interesar a ese horrible tipejo y después… -

baja la voz hasta convertirla en un susurro-, a la terrorífica Ingrid.

–¿Es terrorífica? – pregunta susurrando.

–¡Ya lo creo! Pregunta a quien quieras. A Cath, por ejemplo.

Lucy nos contempla con una enorme sonrisa, le dice que sí a Portia con la cabeza y ésta me mira.

–No -declaro en un murmullo-. Para ser sincera he de decir que es espantosamente terrorífica.

–Hablando de terror -comienza Lucy después de que nos hayamos reído

como niños porque, con treinta y tantos años, estamos susurrando por miedo a la aupair-, ¿qué opináis de que Simon parezca tan enamorado de ese… cerdo?

–¡Os lo dije! Nadie me hizo caso cuando os aseguré que era horrible. Es asqueroso.

–No creo que sea tan malo -asegura Portia apenada, y se me cae la cara al suelo.

–¡No jodas! – empieza a decir Josh riéndose-. ¿Estás de cachondeo?

–No -continúa con seriedad-. Conozco a mucha gente como él y detrás de toda esa arrogancia se esconde una tremenda inseguridad. No esperó ni un segundo para decirme que se había pasado toda la tarde buscando concesionarios de coches porque estaba pensando en comprarse un Porsche Boxster; no le he creído, pero eso le hace pensar que es mejor que nadie.

–Es un gilipollas -afirma Josh, y todos asentimos con la cabeza.

–¿Sabéis? – dice Lucy ofreciéndonos más comida; Josh y yo aceptamos de buena gana y Portia susurra que estaba delicioso, pero que está llena-, no creo que esa inseguridad sea suficiente excusa para un comportamiento así.

Todos somos inseguros, y ya es mayorcito para haber solucionado sus problemas de inseguridad.

–Cariño -comenta Josh con dulzura-, no todo el mundo es un psicoterapeuta en potencia. Seguramente a él no le preocupa lo más mínimo autoanalizarse.

–Creo que sé cuáles son los motivos de su inseguridad -interviene Portia de repente-. Al menos uno de ellos.

–¡Habla! – le suplico fascinada.

–Me paso la vida observando a la gente, y siempre encuentro algún detalle

que confirma mis sospechas. Primero, tiene un tono de voz refinado.

Demasiado refinado. Si os habéis fijado, se le nota un ligero acento del norte. Cuando le he preguntado, me ha confesado, muy a su pesar, que es de Yorkshire.

Estamos impresionados y permanecemos en silencio para que continúe.

–Antes de eso me ha dicho que su padre era un pez gordo de un banco de la City y ha cambiado de tema cuando le he preguntado de cuál. Un poco más tarde me ha contado que, desde hace diez años, los que lleva en Londres, va todos los fines de semana a casa de sus padres a ayudarles con la contabilidad. Así que, evidentemente, su padre no trabaja en la City. Seguro que es dentista o algo así en algún remoto pueblo del norte, a las afueras de Leeds, y Will piensa que para codearse con la gente guapa de Londres, que es lo que quiere hacer, tiene que impresionar, y por eso se inventa un montón de mentiras.

–Ése es el problema de las mentiras -interviene Lucy-. Nunca se acuerda uno de lo que ha dicho.

–Eres impresionante -observa Josh, y Portia sonríe satisfecha.

–No, lo que es impresionante es lo transparente que es la gente cuando se la observa de cerca.

–Pero, al fin y al cabo, incluso si su familia no tiene un penique, eso no le da derecho a ser arrogante, ni a creerse superior al resto de la humanidad, ni, como ha dicho Josh, a ser un gilipollas -aclaro pensando en usar la palabra que utilizó Alison Bailey, pero ni siquiera en compañía de buenos amigos soy capaz de hacerlo.

–Es verdad. Pero creo que le da miedo que la gente descubra quién es en realidad y de dónde viene -explica Portia.

–De acuerdo, chica lista -exclamo sonriéndole desafiante-. Ya que eres un poco bruja… ¿Acabará Simon liado con él para siempre?