Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 29 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

veintinueve

–Cath, cariño -me dice Simon mientras paseamos a Ratón por Primrose Hill.

Casi ha vuelto a ser la persona que era antes. Por supuesto, no del todo.

Dice que hay algo en él que ha cambiado; pero la tormenta ya ha pasado y las previsiones son buenas. Eva y él se dieron los teléfonos y ella le dijo que, cuando necesitara hablar, sólo tenía que llamarla. Desde entonces han vuelto a verse unas cuantas veces.

Le llevó a Body Positive, en la calle Greek Street, donde conocía a casi todo el mundo. Se lo presentó a la gente, hizo que se sintiera bien recibido y le convenció de que se apuntase al grupo de los nuevos.

La primera reunión fue el sábado. Me llamó desde Soho Square, al lado del lugar de encuentro.

–Deséame suerte, Cath. Voy a entrar.

Me reí y le dije que mantendría los dedos cruzados, que me llamase en cuanto acabara la reunión.

Me llamó a la mañana siguiente porque lo habían invitado a tomar una copa después. En vez de irse a un bar animado y lleno de gente, se fueron a uno tranquilo, al otro lado de Regent Street, y pasaron la noche intercambiando experiencias.

–Cath -repite, y su voz suena animada-, creo que veo la luz al final del túnel. Casi no sé cómo decirte lo bien que estoy, lo normal que me siento

ahora que sé que tengo este apoyo.

Me habló del grupo, de la tarjeta que cada uno lleva con su nombre y de la que todos se quejan, aunque sirve para romper el hielo. Se sientan en un círculo y presentan al compañero de al lado al resto del grupo; tienen que descubrir cuándo le dieron la noticia a cada uno y un par de cosas más que distienden el ambiente.

Allí les informan acerca de cómo funciona la organización Body Positive, del VIH, del sistema inmunitario y de los análisis que deben hacerse.

Conforme avanza la reunión, van compartiendo experiencias, sentimientos; por vez primera, Simon se ha dado cuenta de que no está solo.

Les han explicado lo que harán en el grupo: consultas con dentistas, expertos en dietética y terapeutas; aprendizaje de los mecanismos de transmisión y reinfección; información sobre los aspectos cotidianos de vivir con el VIH…

Ha decidido que irá a que le den un masaje todas las semanas y ya ha reservado hora para una primera sesión en el Centro de Medicina Natural de Brick Lane. Me asombra, porque hace poco se burlaba de la gente que creía en esas historias. También en eso ha cambiado.

Para ser sábado, Primrose Hill no está demasiado lleno de gente, quizá el cielo encapotado y la amenaza de lluvia hayan contribuido a ello. Ratón corretea feliz en busca de colegas de cuatro patas.

Subimos la colina jadeando (bueno, al menos yo, porque Simon está en forma) y, cuando llegamos a la cima, me desplomo como siempre en un banco y suplico clemencia. Simon me concede un descanso de cinco minutos.

–¿Te ha hablado Portia de Marcus? – me pregunta al cabo de un rato.

–¿Portia? ¿Tu nueva gran amiga? – respondo en tono sarcástico, ya que,

desde que le presentó a Eva, ha pasado de ser la bruja perversa del norte de Londres a santa Portia, el ángel celestial. No estoy celosa, pero sí un poco molesta.

–Venga, Cath, que no va a ocupar tu sitio… Un amigo suyo que se llama Marcus tiene un apartamento en Tenerife. Al parecer se lo deja a los amigos cuando él no está. Hace poco se lo ofreció a Portia, pero ella no puede ir por cuestiones de trabajo y pensó que a lo mejor podía ir yo.

–¡Qué bien! ¿Con quién irás?

–Había pensado ir solo…

Le miro con cara de preocupación y se echa a reír.

–No te preocupes, no me hundiré en una profunda depresión que me lleve a arrojarme por un acantilado ni nada parecido. Me apetece estar tranquilo, y el mar puede sentarme muy bien.

–Venga, Simon, te sentirás muy solo.

–Hace seis meses hubiera pensado como tú, pero ahora todo ha cambiado y, por extraño que pueda parecerte, a pesar de todo lo que ha pasado, me siento muy sereno. Quiero ir solo, leer algún libro de autoayuda, tomar el sol, sentarme en la terraza por la noche, respirar el olor a pino y oír el rumor del mar.

–¿Olor a pino? – resoplo riéndome-. Simon, el romántico…

–Sólo que esta vez no hay un hombre de por medio, ni creo que vaya a haberlo.

–Ser seropositivo no impide tener relaciones. Sólo tienes que practicar sexo seguro.

–No me digas que no impide tener relaciones. Cariño, estás delante de todo

un experto. He estado hablando largo y tendido sobre ello con el psicólogo y conozco el tema, lo que ocurre es que en este momento el sexo es lo último que me apetece. Necesito cuidarme y, hasta que no vuelva a ser yo mismo, no podré hacer frente a nada más.

–Simon Gray, ¿estás enfermo? – le pregunto poniéndole la mano en la frente.

–¡Muy graciosa! ¿Qué tal si mueves ese culo gordo que tienes y hacemos algo de ejercicio?

–Ya veo que algunas cosas, como tu forma de insultar, no han cambiado.

Continuamos nuestro paseo por el césped. Simon coge alguna rama y se la tira a Ratón, que está eufórico.

–Hay otra cosa de la que quería hablarte. Es acerca de decírselo a los demás. Creo que, ahora que estoy en el grupo y que he aceptado mi situación, debería contárselo. ¿Qué opinas?

–Creo que, si estás listo y te sientes seguro, es lo mejor que puedes hacer.

¿Cómo piensas hacerlo?

No le digo que Lucy y Josh saben que pasa algo, aunque no tienen ni idea de lo que es. Tienen sus sospechas porque, cuando Simon entró en la

«oscuridad», como él dice, cortó con todo el mundo excepto conmigo.

Incluso ahora que ha conocido a Eva y se ha unido al grupo de terapia, sigue reacio a verlos porque ha cambiado y no quiere enfrentarse a ellos hasta que esté preparado. Josh e Ingrid, los muy cabrones, están fuera este fin de semana y vamos a pasar la noche con Lucy.

–He pensado en hacer una cena -me informa-. Bueno, la verdad es que había pensado que estuviésemos sólo nosotros: tú, Lucy, Josh y yo. Cuando vuelva de Tenerife, antes de Navidades. Así desempolvaré mi libro de recetas francesas, que hace tiempo que no ve la luz del día. – Se detiene y me mira con cara de preocupación-. ¿Crees que es buena idea?

–¿Que se lo digas? ¡Por supuesto!

–Seguro que Lucy lo entiende, pero ¿cómo se lo tomará Josh? Ya sabes lo serio que es. Creo que se espantará y no sé si podré soportar que empiece a apartar a Max de mí por miedo al contagio.

–A mí me parece una idea estupenda -contesto, pero luego me fijo en que Simon está realmente preocupado-. En primer lugar, estoy segura de que Josh no reaccionará así, y, en segundo, si lo hiciera, ¿te preocupa mucho lo que pueda pensar ese cabrón infiel?

–Supongo que no. De todas formas, a lo mejor lo hago antes de irme. ¿De verdad piensas que es lo correcto?

–Creo que estás haciendo lo que debes.

Paseamos por Primrose Hill y después nos sentamos en la terraza de una cafetería para tomar algo rápido. Ratón se está portando fatal, intenta montar a todos los perros que pasan, sean machos o hembras. Una vez que lo dejamos en su casa, le pido a Simon que me acerque a Bookends porque, aunque sea mi día libre, me gusta ver lo lleno que está los sábados.

Al final del día llego a casa y me dispongo a oír los mensajes cuando suena el teléfono. Es James.

–¿Qué haces? – pregunta después de haberle contado todas las novedades para intentar quitarme la imagen de sus brazos de la cabeza-. Espero que algo muy especial.

–Pensaba quedarme en casa. Todo el mundo está ocupado y había pensado pasar una noche tranquila y relajada.

–No puedes. No te está permitido. Sin embargo, sí que puedes pasar una agradable velada en mi casa, porque estoy aburrido y necesito compañía.

¿A eso de las ocho?

¿Cómo iba a decir que no?

Antes de salir dejo un mensaje en el contestador de Simon. Le digo que es un pesado, pero que voy a hacer algo de lo que estaría orgulloso, y no se trata de ir de compras a Designer Heaven.

Me miro en el espejo y sonrío ante mi imagen. Gracias al estrés de las últimas semanas, estoy un poco más delgada. ¿Qué veo? ¿Se me notan los pómulos?…

Diez minutos más tarde estoy en la puerta de James. Cuando abre, me da un gran abrazo y después me ofrece una copa de champán.

–¡Mmm!… -exclamo mientras cruzo el estudio y el cuarto de estar.

Inspiro hondo, huelo algo que parece barniz para muebles de lavanda y, a diferencia de la última vez que estuve en su casa, lo encuentro todo de lo más ordenado. Los montones de papeles han desaparecido y los muebles relucen, en parte gracias a la ayuda de las velas que hay en unos enormes candelabros a cada lado de la chimenea.

–Esto está demasiado limpio para ti -digo pasando el dedo por la mesa de centro y fingiendo sorpresa al no descubrir polvo.

–Por Dios, sólo has estado una vez aquí, y, corrígeme si me equivoco, ¿no eres tú la mujer que no reconocería la limpieza aunque se le acercara por la calle y le escupiera en la cara?

–Muchas gracias, hombre. Recuerdo que comentaste que las faenas domésticas tampoco eran lo tuyo. No, no… Dijiste que eras muy desordenado y que eras incapaz de organizarte.

–Digamos que he querido demostrarte que tengo otras facetas -explica sentándose a mi lado en el sofá.

–Ya veo -confirmo levantando la copa de champán al mismo tiempo que arqueo las cejas-. ¿Qué celebramos?

–¿Que no hayas cancelado esta cita? – replica sonriendo.

–Bueno, la noche es joven. Dame media hora y volveré a salir corriendo.

–Preferiría que no lo hicieras -pide con seriedad.

Me disculpo y le aseguro que es la última cosa que haría esta noche.

–Así que… -empieza a decir mientras coge su copa de la mesa.

–Así que… -le imito mientras brindamos.

–Salud, felicidad y un futuro próspero como magnate del mundo de los libros o, si eso no funciona, como empleada de la limpieza.

–¿Magnate de los libros o señora de la limpieza? ¡Pues menuda elección!

–Míralo de esta forma -comenta tomando un sorbo-. Serás doña Casa del Libro o doña Fregona, aunque tu limpieza acabe conmigo. – Me río ante su ocurrencia-. ¿Qué tal está tu amigo? – pregunta dejando la copa-. ¿Lo lleva mejor?

–La verdad es que está muy bien. – Me sonrojo un poco al acordarme de cómo estaba yo la última vez que vi a James, pero no menciona el incidente y consigo borrar el pensamiento de mi cabeza-. Ha empezado a acudir a una terapia y ha conocido a una mujer estupenda. Hace trece años que es seropositiva y desde entonces su vida cambió para siempre, pero a mejor.

Así que mi amigo ha empezado a aceptarlo, y eso me parece estupendo dado el estado en el que se encontraba.

–¡Una situación terrible! – exclama con un escalofrío-. Aquí estamos, creyendo que eso no puede sucedemos a nosotros y, de repente, alguien que

conoces se contagia y cambias de inmediato de opinión.

–¡Y que lo digas! – exclamo, y me quedo en silencio con ganas de dejar ese tema para evitar ponerme triste. Afortunadamente, James se da cuenta y desvía la conversación.

–¡No te muevas! – exclama, y me quedo inmóvil esperando que me quite de encima algún insecto. Se agacha y saca un cuaderno de bocetos de debajo del sofá-. ¡No te muevas! – repite cogiendo un lápiz y empezando a dibujar-. Maravilloso, maravilloso… -murmura con un malísimo acento francés que me hace reír. Me mira atentamente, baja la vista hacia el papel mientras garabatea y vuelve a mirarme hasta que empiezo a estar incómoda-. Preciosa, preciosa…

Tomo un sorbo de champán e intento mantener la cabeza lo más inmóvil posible. Abro los labios un poco para beber de vez en cuando hasta que deja el lápiz, cierra el cuaderno y toma un trago de su copa.

–¿Qué tal todo por Bookends?

–¿Qué? – digo gritando mientras me agacho para ver el cuaderno y él se aparta para dejarme abrirlo. Hay un hermoso boceto en el que me ha dibujado a mí, sólo que mucho más guapa-. ¡Es precioso!, aunque salgo demasiado favorecida.

–Mentirosa. Eres exactamente así. Créeme, soy un artista.

Al poco rato, estamos relajados en el sofá charlando sobre las relaciones de pareja, el matrimonio… Y acabamos hablando de Josh y de Lucy.

Le cuento lo dolida que estoy por el comportamiento de Josh y cómo me encuentro ante una situación que no le deseo a nadie: conocer una aventura y no poder contarlo. Le digo que el fin de semana Josh se va con Ingrid y que Simon y yo iremos a pasar la noche del sábado con Lucy y no sé si sabremos disimular.

James vuelve a sorprenderme, porque por un lado pienso que es un agente inmobiliario con talento para la pintura que no se toma la vida demasiado en serio, pero por otro parece muy inteligente y sensible, capaz de encontrar las palabras adecuadas en cada momento.

Piensa que, por mucho que queramos a Lucy y valoremos su matrimonio con Josh, no podemos intervenir; aunque nos duela, lo que tenga que pasar, pasará, y nada de lo que podamos decir o hacer mejorará las cosas. Puede que sólo consigamos que empeoren.

Aunque ser infiel no es lo ideal, en ocasiones una aventura puede fortalecer un matrimonio. A veces uno de los dos se aleja y, cuando ha llegado demasiado lejos, se da cuenta de lo que tiene en casa y regresa con la ilusión de un recién casado.

¿Tendrá razón James?

Entonces me pregunta qué haría si, en última instancia, tuviera que elegir entre Lucy y Josh. Me quedo un poco sorprendida, porque la respuesta inmediata e inconsciente que me viene a la mente es que elegiría a Lucy. Si me lo hubiera preguntado seis meses antes, hubiese respondido que prefería a Josh, ya que es amigo mío desde hace más tiempo.

Tenemos toda una historia en común, compartimos un pasado, nos conocemos el uno a la otra desde que teníamos dieciocho años. Pero ahora todo ha cambiado y su infidelidad ha levantado un muro entre nosotros, al tiempo que Bookends ha cimentado mi amistad con su mujer.

Me acuerdo de que Josh y yo llevamos varias semanas sin hablar, de que he hecho todo lo posible por evitarlo; además, cuando le tengo cerca siento rabia.

Pero sé que James está en lo cierto y que nada de lo que diga o haga cambiará las cosas. Va a la cocina, saca otra botella de champán del frigorífico (cosa un poco preocupante, ya que no he comido nada y empiezo a estar algo mareada) y se vuelve a sentar, esta vez unos centímetros más

cerca.

Tengo que admitir que, en otro momento, algo así me sobresaltaría, pero la bebida está haciendo su efecto y nuestra proximidad física me divierte.

Entonces me pregunta algo que sí me sobresalta.

–¿Qué hay de ti y de tus relaciones? – dice de repente-. ¿Cómo es que todavía estás soltera?

–Eso es como preguntar por qué el mundo es redondo o por qué los árboles son verdes. Es así y punto, cosas de la vida. ¿No sabías que Cath es sinónimo de soltería?

–Bueno, pero estás bien siendo soltera, ¿no? Eres independiente, no necesitas a nadie… Joder, me ha costado semanas poder verte.

–No es eso. Siempre he sido muy feliz con mis amigos y supongo que no he necesitado a nadie de verdad.

–Es curioso -afirma moviendo la cabeza-. Cuando te conocí, pensé que eras muy dura, pero en el fondo eres tierna y vulnerable. Lo siento, he ido demasiado lejos. Eso ha sonado cursi.

Empiezo a sonrojarme, al igual que él, y los dos comenzamos a hablar al mismo tiempo. Me callo para dejarle continuar. Y lo hace, mirando su copa.

Sé que no está cómodo diciéndolo pero tiene que hacerlo.

–Mira, que no te suene a poema, pero deberías mostrar esa ternura más a menudo. Estás más guapa cuando lo haces.

Me río nerviosamente porque hace mucho que nadie me ha dicho que soy guapa; de hecho, cuando me lo decían me sonaba a guasa. De repente, casi sin darme cuenta, me está besando.

O yo le estoy besando a él. De cualquier forma, nos estamos besando y, una

vez recuperada de la impresión, ya que ni siquiera recuerdo la última vez que me besé apasionadamente con alguien (aunque este beso ha sido más delicado que apasionado), nos separamos y no puedo borrar la sonrisa de mi cara.

–¿Estás bien? – susurra, y asiento preguntándome si será el champán o el beso lo que mantiene mi sonrisa de lela. Por poco tiempo, porque vuelve a besarme.

–¡Mierda! – exclamo levantándome. De puro entusiasmo, me he derramado la copa encima de los pantalones, y James se echa a reír-. Déjame coger un trapo -le pido, pero niega con la cabeza, me toma de la mano y me lleva escaleras arriba.

Lo sigo en silencio, sintiéndome como en un sueño; esto no puede estar pasando, al menos no a mí. Yo ya no hago estas cosas. Ya no me acuesto con nadie. ¡Sexo! ¡Dios mío!, me está llevando al dormitorio…

Por fortuna todavía tengo la sonrisa adherida a la cara y eso disimula mi nerviosismo. Es como si mi cuerpo no me obedeciera, lo sigue a la habitación como si llevara puesto el piloto automático.

La sonrisa desaparece en cuanto empieza a desnudarme. «Dios mío -suplico mientras me desabrocha la chaqueta-, espero no llevar un sujetador muy viejo y sobado.» He de confesar que pierdo un poco la pasión del momento al intentar acordarme de qué sujetador me he puesto esta mañana y de cuándo fue la última vez que lo lavé.

Dos minutos más tarde, suspiro aliviada cuando veo que James apaga las luces. Hay una luz suave que viene de una lamparita de noche, situada en el lado derecho de la cama, y tomo nota de ello para refugiarme luego entre las sombras de la parte izquierda.

Después dejo de pensar, lo que me parecía una película empieza a hacerse realidad, cierro los ojos, me abrazo a James y… hermoso, tierno, cariñoso, cálido, agradable… ¿Hace falta que siga? ¿Cómo es posible que no

recordara estas sensaciones? ¿Cómo he podido vivir sin esto? ¿Cómo he podido huir tantos años de algo que no es en absoluto aterrador, sino maravilloso y delicioso?

Me gusta tanto que justo cuando James me penetra -con condón, por supuesto-, me pregunta con un susurro si estoy bien y empieza a moverse, me echo a llorar. No lloro como aquella vez en su oficina, sino de placer.

Colmada de sensaciones olvidadas. De pura y auténtica felicidad, y, a pesar de las lágrimas, sonrío. Y, a pesar de que James se preocupa, lo tranquilizo y pronto no hay nada más que decir.

Baste señalar que Simon tenía razón: hacer el amor es como montar en bicicleta, todo lo que creía olvidado vuelve a mí de repente, y es fantástico.

Mejor aún, es perfecto.

Me levanto tres veces durante la noche para ir al servicio, algo nada sorprendente teniendo en cuenta la cantidad de champán que he tomado, y cada vez que vuelvo y veo a James ahí, con el edredón apartado revelando su cuerpo desnudo, no puedo evitar sonreír de nuevo.

Cada vez que me meto en la cama y me pongo en mi lado, lejos para que no note mi mal aliento, me busca la mano para quedarse dormido apretándola.

Duerme como un tronco. Escucho su respiración y me doy la vuelta para contemplarlo dormido. Yo no puedo conciliar el sueño, no después de esto.

Finalmente cierro los ojos un rato y juro que, si es posible quedarse dormido sonriendo, eso es lo que hago. Mientras cedo al sueño, pienso que no es que me hubiese olvidado de lo maravilloso que es el sexo, sino que anteriormente no lo había sido tanto.

A la mañana siguiente me despierto antes que James. Salgo de la cama y me visto. Me dirijo al cuarto de baño, tomo prestado su cepillo y me lavo los

dientes con idea de irme antes de que se despierte.

Ahora no me siento como anoche. A la fría luz del día estoy asustada. No, mejor dicho, aterrorizada. Me he colocado en una posición en la que soy vulnerable y eso es algo que había conseguido evitar durante muchos años.

Cuando vuelvo del cuarto de baño lo miro por última vez antes de irme, intentando no ceder a la inevitable extrañeza del día después; pienso que podría hacerme mucho daño. Lo miro allí tendido, con el pelo más revuelto que de costumbre y los labios hinchados, tan vulnerable, tierno y hermoso que podría abrazarlo hasta matarlo.

Abre los ojos. Doy un respingo y me sonríe somnoliento, a la vez que estira la mano. No esperaba esto. Me acerco, me siento en el borde de la cama y tira de mí para besarme mientras doy gracias a Dios por tener los dientes recién lavados.

–¿Adonde vas? – pregunta.

–A casa -digo levantándome-. Tengo mucho que hacer.

Se incorpora sobre los cojines, se frota los ojos como un niño pequeño y me entran ganas de cogerlo en brazos, pero, por supuesto, no lo hago. Debo irme.

–Cath, no te vayas -dice con mi mano entre las suyas y mirándome fijamente a los ojos-. No levantes las barreras de nuevo, no es necesario, conmigo no, no después de lo de anoche.

Titubeo sin saber qué decir y él se da cuenta de que hay una leve esperanza.

–A ver qué te parece. Me levanto, salimos, compramos el periódico y desayunamos juntos. Y, antes de que digas que no, me apuesto lo que quieras a que no tenías planes para hoy.

–De acuerdo -refunfuño. Me levanto y salgo de la habitación para no verlo