Lios, libros y mas lios

Jane Green · Capítulo 26 de 33

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Lios, libros y mas lios

¼

debes cuidarte más. Tienes amigos que te quieren y, toco madera -me quito el guante para tocar el banco-, se preocupan por tu salud. Sólo es un virus.

No es el fin del mundo.

Seguimos sentados, cogidos de la mano, contemplando el parque, durante un buen rato.

¼

veintiséis

Llamo a Lucy a la librería. Por fortuna, mi voz suena fatal y cree que estoy enferma antes de que tenga ocasión de darle una excusa. Me dice que me meta en la cama y que no me preocupe por nada; eso es justo lo que quiero oír. Necesito pasar el resto del día con Simon. Aunque parezca irónico, soy la única que está bien; sobresaltada pero bien.

Pero Simon también lo está. ¿O debería decir demasiado bien? Cuando nos vamos de la rosaleda me dice que lo entiende; que por extraño que resulte, ya forma parte de él, como si fuera su destino; que no es lo peor que le podía pasar en este mundo y que sabrá cómo llevarlo.

No sé qué hacer con él. Está demasiado calmado, demasiado silencioso. Le sugiero ir a comer, incluso le digo que lo invito al Ivy, un sitio que para él es como el paraíso (aunque sabe Dios cómo vamos a encontrar sitio sin haber reservado), pero dice que no, que está bien.

Lo arrastro hacia Marylebone High Street y encontramos un pequeño café.

Entramos y nos sentamos en un rincón. Pedimos capuchinos y bocadillos, y en cuanto llegan me doy cuenta de que no tengo apetito, de que no podría

comer nada aunque me obligaran. Por supuesto, Simon aparta su plato en cuanto se lo sirven.

Nos tomamos el café, quito la lechuga del bocadillo y empiezo a cortarla en tiras encima de la mesa, muy despacio. Simon vuelve a sacar los folletos y esta vez los abrimos de verdad, los leemos, nos enteramos de que hay grupos para personas a las que les acaban de detectar el virus, de la importancia de las revisiones, de que la esperanza de vida es cada vez mayor.

Cuando acabamos de leerlos, saco mi agenda del bolso, arranco una hoja y apuntamos las direcciones de los sitios a los que Simon va a ir esta tarde, los centros de apoyo donde buscará ayuda.

–Sin duda, el médico me hablará de todo esto la semana que viene -dice suspirando al cabo de un rato, pero no le hago caso porque noto que esto le está ayudando, que hacer una lista es muy práctico y que, si a él no le ayuda, a mí sí.

Luego nos vamos y me acompaña a casa. Le suplico que me deje quedarme con él esta noche, pero dice que no me preocupe.

–No harás ninguna…, bueno…, ya sabes… -No puedo reprimir la pregunta.

–¿Tontería? – pregunta sonriendo-. No, Cath, estoy bien. Bueno, no lo estoy, pero no estoy tan mal como para tomarme un bote entero de paracetamol, si es eso lo que estás pensando.

–¿Me llamarás luego?

Asiente con la cabeza.

–No sé cómo decírselo a Josh y a Lucy. Sé que he de hacerlo, pero necesito encontrar el momento, hacerlo a mi manera. ¿Te parece bien?

–Por supuesto. – Me horroriza la idea de que piense que se lo diré yo, como

si fuera un cotilleo más.

–Lo siento, no quería ofenderte, cariño. Mira, me voy a casa a darme un baño caliente, te prometo que luego te llamaré.

Lo hace y me cuenta que, después de dejarme, ha vuelto a casa por el camino largo, pasando por una librería, evidentemente no por Bookends, ya que no podría soportar tropezarse con Lucy, para comprar algunos libros sobre la enfermedad, y que tiene intención de pasarse la tarde leyéndolos.

Yo también necesito hacer algo. Me tumbo en el sofá y abro una novela que hace semanas que quiero leer. Empiezo a leer deseando evadirme de alguna forma, encontrar algo que me haga salir de mí misma, pero cada vez que llego al final de una página me doy cuenta de que no me he enterado de nada y tengo que volver al principio.

Dejo el libro y me preparo un baño pensando en qué voy a hacer hasta que me acueste; deseando que el día de hoy no hubiera existido, que sucediera como en la película Atrapado en el tiempo, para poder repetir este día, cambiarlo y que todo volviera a la normalidad.

Consigo ocupar parte del tiempo antes de irme a la cama. Parte, pero no todo. Hablo un par de veces más con Simon y parece que está bien. Dice que se va a acostar pronto, a tranquilizarse y a darse tiempo para digerirlo todo.

No puedo dormir y, cuando a la una y veinte suena el teléfono, no me sorprendo en absoluto. Descuelgo y oigo sollozos entrecortados al otro lado de la línea.

–¡Shh, shh!… -Trato de calmarle, sintiendo el dolor de Simon como propio.

–No quiero estar así -solloza con la voz distorsionada por el alcohol-. ¿Por qué me ha tenido que pasar esto a mí? ¿Qué he hecho? ¿Por qué yo?

–Voy a tu casa -afirmo, y sin darle tiempo a que diga que no, me pongo un abrigo encima del pijama, me calzo unas botas, cojo las llaves del coche y salgo por la puerta.

Seis minutos más tarde, ya estoy allí. Abre la puerta con la camiseta mojada por las lágrimas y la cara hinchada y enrojecida. Cuando intenta dejar de llorar le entra el hipo, le abrazo y me echo a llorar yo también.

Me quedo a pasar la noche, aunque casi no dormimos. Nos sentamos y hablamos. Tratamos de darle sentido a la situación y, a eso de las siete, nos quedamos dormidos en el sofá.

Por supuesto, al día siguiente no puedo ir a trabajar. Lucy se ofrece a pasar por casa con una sopa casera de tomate y algún antigripal, pero le digo que mi gripe es contagiosa y que no se preocupe.

Paso la mañana con Simon. Llama al hospital y pide hora con el psicólogo por la tarde. Dice que prefiere ir solo.

Consigo avanzar algo con la novela. A primera hora de la tarde me siento tan culpable por dejar a Lucy en la estacada que se me ocurre acercarme a Bookends.

Pero ¿cómo decirles que me he recuperado de pronto, milagrosamente?

Decido que es más inteligente llamar por teléfono y, cuando se pone Lucy, me quedo sorprendida de la euforia que noto en su voz.

–¡Hola, Cath! Estábamos preocupados por ti. Me ha dicho Rachel que tomes mucha echinacea. ¿Estás mejor? ¿Te has tomado una buena dosis de jarabes asquerosos?

–Sí, ya me siento mucho mejor, aunque anoche no dormí mucho. ¿Qué tal la librería? Parece que estás en éxtasis.

Baja la voz y me la imagino acercándose mucho el auricular y comprobando que no la oiga nadie.

–Yo tampoco dormí mucho… -Su voz recuerda el ronroneo de un gato.

–¡Lucy! No me digas que Josh y tú hicisteis el amor.

Se echa a reír.

–¡Es fantástico! No me extraña que hables así. Supongo que no hace falta que pregunte cómo fue.

–Fue estupendo, inesperado y estupendo -dice entre suspiros al acordarse.

Me cuenta que ayer Josh volvió a ser el de siempre. Que, de alguna manera, el reunimos otra vez todo el grupo para desayunar juntos el domingo les había unido y les había recordado cómo era su relación antes de abrir la librería.

Se fueron a casa y, como siempre en estos últimos tiempos, Ingrid tenía una cita. Max se fue a la cama, raro en él, y Josh, en vez de rodearse de una montaña de papeles en su estudio, abrió una botella de vino y se sentó en la cocina para hablar con ella.

Allí estaban los dos, riéndose de las historias que contaba Lucy. Después de cenar, Josh puso los platos en el lavavajillas y se quedó de pie detrás de ella mientras acababa de limpiar la mesa. La abrazó y le dio un tierno beso en el cuello, algo que, según ella, «hace que me derrita».

Y, como se suele decir, ¡eso es toooodo, amigos! Lo mejor es que vuelve a reírse. Saber que Portia y Josh ya lo han dejado me produce una agradable sensación de alivio.

–Noto que todo ha vuelto a la normalidad. Las cosas han estado un poco revueltas últimamente, pero ahora todo vuelve por el buen camino. Bueno, Cath, cambiando de tema, o mejor dicho, hablando de lo mismo, ¿qué tal con el encantador James?

–¿Sabes esas cosas que parecen estar escritas en las estrellas? – digo, ignorando por dónde empezar.

–¿Y? – pregunta ansiosa y expectante.

–Por desgracia, lo nuestro no parece estarlo.

–No puede ser verdad. ¿Qué ha pasado?

–Siempre que intentamos salir juntos ocurre algo que nos separa… No puedo dejar de pensar que lo nuestro es imposible. Bueno, soy feliz estando sola, a lo mejor debería seguir así.

–¡No! – exclama con determinación-. Me niego a aceptar esa contestación.

Si las cosas no funcionan cuando James te invita a cenar, ¿por qué no intentas darle la vuelta a la situación y le invitas tú a él?

–¿Qué?

–Prepárale una cena. La comida casera les encanta a todos los hombres.

–¿Incluso los huevos revueltos quemados? – pregunto aterrorizada ante la mera idea de tener que cocinar.

–No, cariño, cocinaré yo; él no tiene por qué enterarse. Prepararé algo estupendo y te lo llevaré a casa. Puedes decirle que lo has hecho tú. Quién sabe, con un poco de suerte, a lo mejor no tendré que preocuparme de los postres… -Esta última palabra suena entre risas y seguro que la ha pronunciado con una mirada lasciva.

–¿Una cena en mi casa? Por lo menos hace cinco años que no he organizado ninguna.

–A mí me parece una buena idea. Yo que tú, en cuanto estuviera mejor, iría a verlo y lo invitaría. Se pondrá loco de contento.

El viernes me imagino que Simon se encuentra más o menos bien, o al menos que no necesita que esté de guardia a todas horas. Sin embargo, yo sigo sintiéndome muy frágil. Sé que debería volver a la librería, pero si Lucy continúa en plan cariñoso y maternal conmigo, acabaré viniéndome abajo.

El viernes por la tarde el sentimiento de culpa se apodera de mí, me acerco a Bookends y compruebo que todo va bien. Bill y Rachel han trabajado de lo lindo y Lucy está contenta, y tan ocupada hablando con los clientes habituales que no le queda tiempo para mimarme, como hubiera hecho en otras circunstancias. Es un alivio.

Cuando la tienda se vacía, Lucy deja una tetera, me abraza y me muerdo el labio para intentar detener la emoción que me invade.

–¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras hasta el lunes. – Me observa con detenimiento-. Cath, cariño, tienes mala cara, deberías estar en la cama.

Estás pálida y demacrada.

¿Pálida y demacrada? ¿Por qué es la única persona que puede decírmelo sin que me enfade? Sus palabras logran que sonría.

–Eso está mucho mejor. ¿Por qué no te sientas? Te sirvo un té y luego te vas a la cama, jovencita.

Media hora después, abro la puerta de la oficina de James y, como si se tratase de una película del oeste, se hace el silencio y cinco pares de ojos se vuelven para mirarme de pies a cabeza. Seguramente para calcular cuánto estoy dispuesta a gastar.

El silencio sólo dura un segundo. El tiempo justo que necesitan para darse cuenta de que no voy a comprar una casa de ocho habitaciones en Aberdare ni un piso reformado de tres dormitorios en Greencroft. No, no soy una compradora con la que emocionarse.

Nunca había visto la oficina con tanto jaleo. Hay cinco hombres detrás de cinco largas y modernas mesas de haya, colgados del teléfono. Algunos incluso consiguen hablar por sus móviles al mismo tiempo. Todos tienen el mismo aspecto: jóvenes, vestidos con trajes elegantes y oscuros, con una mirada que no se queda quieta ni un momento y una seguridad en la voz que no pega con su edad.

Por fin veo a James al fondo; parece fuera de lugar con esa actitud tan relajada, esa sonrisa tranquila y el pelo alborotado.

–¿Puedo ayudarla en algo? – me pregunta una Barbie recepcionista.

Sonrío y niego con la cabeza. James borra la sonrisa de su boca y me contempla con severidad mientras cruzo la oficina para acercarme a él, intentando no hacer caso a los ojos que parecen estar observando todos mis movimientos.

–Hola -me saluda con voz cautelosa-. ¿Qué puedo hacer por ti, Cath?

Dios mío… ¿Tanto la he cagado? He sido tan tonta que lo he fastidiado todo. Miro sus brazos; la camisa remangada deja ver unos fuertes músculos cubiertos de vello rubio. El estómago me da una sacudida y comprendo que lo deseo.

Hacía mucho tiempo que no deseaba a nadie y no quiero echarlo todo a perder. Me muerdo el labio y empiezo a hablar.

–Verás…

Estoy muy nerviosa y no quiero invitarle a cenar delante de la recepcionista, que se ha levantado de su mesa y revolotea a nuestro alrededor haciendo como que busca algo.

Por suerte, James nota que estoy incómoda y me lleva a una sala del final de la oficina. Dentro hay un gran sofá y me siento en él mientras James se

queda de pie frente a mí, enarcando las cejas, tan frío como antes.

–James… -empiezo a decir-, me gustaría pedirte perdón. No sé por qué cada vez que nos vemos sucede alguna cosa. Lo siento mucho, pasaba por aquí y… y he entrado para decirte que lo lamento.

–¿Sí? – James mira con seriedad a la recepcionista, que acaba de entrar y se ha acercado al sofá sin ningún disimulo.

–¿Queréis café? – pregunta.

Contesto que no, me acaba de cortar el rollo. Se retira de mala gana y, antes de continuar, James espera hasta que la chica se vuelve a su mesa, donde no puede oírnos.

–Joder, Cath, esto es agotador. Lo único que pretendía era llevarte a cenar, pero me lo estás poniendo muy difícil.

–Esto…

Me quedo sin habla. No sé qué decir y la emoción que estoy intentando contener está a punto de desbordarse en este bonito sofá blanco. Intento esconder unas lágrimas que han salido de la nada, pero no lo consigo.

–Cath… -James parece preocupado y se sienta a mi lado intentando mirarme a los ojos. Las lágrimas me corren por las mejillas-. No estás bien,

¿verdad?

Su voz es tan amable y cariñosa que me entra el hipo, después sollozo y, de repente, me deshago en un llanto desconsolado.

Seguramente esto es lo más raro que ha visto la gente de esta oficina en sus horas de trabajo. James se levanta y cierra la puerta. Cuando vuelve, se sienta a mi lado y me acaricia la espalda, igual que hice yo con Simon.

Funciona, me tranquiliza y me calma, y después de un rato, respiro hondo.

–¿Quieres hablar?

Niego con la cabeza, pero las lágrimas vuelven a correr por mis mejillas y sé que ya no puedo guardármelo para mí sola. Sé que soy una egoísta, que yo no soy la víctima, pero no tengo a quien contárselo y necesito que alguien me ayude.

No se lo diría ni a Lucy ni a Josh. Son nuestros mejores amigos y le corresponde a Simon decírselo, pero confío en James, no sé por qué. Puede que sea porque nunca me ha preguntado nada sobre la noche que vimos juntos a Josh y a Portia; no le interesan los cotilleos. Estoy segura de que lo que le diga no saldrá de él y ya no aguanto más.

Le cuento todo, despacio, sin mencionar a Simon. Hablo de «un amigo»

porque creo que así lo protejo, aunque está claro que, por la proximidad que demuestro, sólo puede ser él.

Le hablo de la impotencia que siento; de que uno nunca espera que esto le pueda pasar a uno de sus mejores amigos. Le digo lo mismo que a Simon, que es un virus, que hay gente que vive con él durante años, pero también le digo que he visto películas, fotografías y que, por mucho que se aguante, el resultado final es la enfermedad.

Y mientras hablo de todo esto me imagino a Simon, débil, delgado, con las mejillas hundidas, y empiezo a llorar de nuevo.

–¿Puedo hacerte una sugerencia? – me pregunta con suavidad, acariciándome la espalda hasta que me calmo-. Creo que lo primero que tendrías que hacer es ver a alguien. No sé lo que se organiza para amigos y familiares de personas con VIH, pero seguro que hay grupos de apoyo, gente que puede hablar contigo. Tu amigo no es la única persona que sufre y tú también tienes que aprender a vivir con ello.

Asiento sin decir palabra.