Lios, libros y mas lios
¼
Cuando acompaño a Portia en busca de Lucy y de Josh, me acuerdo de Elizabeth. Recuerdo cómo Portia se enroscó alrededor de Josh como si fuera una serpiente antes de abandonarlo, y pienso en la resplandeciente cara y en los brillantes ojos de Lucy.
Mientras camino doy gracias a Dios por que hayan pasado estos diez años, por que Portia ya no sea, o al menos eso supongo, la chica insegura que era cuando tenía dieciocho, y por que Josh y Lucy sean la pareja más unida del mundo.
Digo que doy gracias a Dios, y ahora recuerdo que esa noche, cuando estaba en la cama, lo que realmente hacía era rezar.
¼
trece
Para cuando llegamos al otro lado de la tienda, la fiesta está bastante menos animada. Todo el mundo ha venido para prestarnos su apoyo, tal como dijeron, pero muchos ya se han ido a dar de comer a sus familias, o a algún restaurante; otros se han ido a coger un taxi para salir zumbando hacia el West End y seguir bebiendo en algún local de moda del Soho.
Y sin embargo, a pesar de que haya menos gente, se nota que Portia es conocida. Veo que uno de los periodistas del barrio se da la vuelta para susurrarle algo al oído a un colega, señalándola, y cómo otras personas se dan un codazo cuando la ven pasar.
¿Cómo es posible que no nos hayamos enterado? Dentro de lo que cabe, es
normal que Lucy, Josh o yo no hayamos estado al tanto, ¡pero Simon! Es increíble que no supiera lo famosa que se ha vuelto.
Lucy está sentada en una de las banquetas del bar hablando animadamente con Keith, un periodista del Kilburn Herald, y cuando paso por su lado, me agarra y tira de mí.
–Ésta es Cath. Cath, te presento a Keith. Ha prometido que escribirá algo bonito sobre nosotras, ¿verdad?
Keith sonríe y se va a buscar otra copa.
–Lucy… -empiezo a decir mientras Portia se queda detrás de mí, esperando a que la presente-, hay alguien que quiero que conozcas.
–¿Otra persona más? – pregunta riéndose y mirando a Simon, que está a mis espaldas-. ¡Creía que ya conocía a todo el mundo en esta fiesta!
–No a todos -declara Portia adelantándose y extendiendo la mano. Lucy le sonríe y se la estrecha-. Me llamo Portia. Tú debes de ser Lucy, ¿verdad?
–¡Qué sorpresa! – exclama, y su dulce cara dibuja una amplia sonrisa.
Da una palmada en la banqueta que tiene al lado, Portia se sienta obedientemente en ella y su postura, su desenvoltura y sus piernas cruzadas con elegancia hacen que Lucy dé la impresión de estar más rellenita y rechoncha que nunca.
–¿Te gusta la librería? ¿Crees que tendrá éxito?
–Sí, ¡claro que sí! Me parece estupenda. La verdad es que no llevo mucho rato aquí, lo suficiente para ver a Cath, a Simon, y ahora a ti. No eres como me imaginaba.
Lucy, dicho sea en su honor, no le pregunta cómo se la había imaginado y se limita a sonreír.
–Y tú, ahora que te veo en persona, me pareces aún más guapa de lo que imaginaba. ¿Te ha visto ya mi Josh? Se va a quedar…, bueno, no sé.
¿Contento?, sin duda. ¿Desconcertado?, seguramente… ¿Vamos a buscarlo?
Lucy se levanta, la coge del brazo y se la lleva mientras Simon y yo nos quedamos inmóviles, contemplándolas con la boca abierta.
–¿Qué opinas?
–¿Qué quieres decir? – pregunto mirando sorprendida a Simon.
–¿Es sincera o está tramando algo?
–¡Por Dios, Simon! ¿Por qué tienes que ser siempre tan negativo y pesimista cuando se trata de Portia?
Y es que quizá no sea justo pensar mal después de diez años, pero también es verdad que, desde lo de Elizabeth, ninguno de nosotros ha vuelto a confiar en ella.
Me mira como si estuviera a punto de decir algo y menea la cabeza como para deshacerse de ese pensamiento.
–Venga, vamos a presenciar el reencuentro.
Atravesamos la librería y encontramos a Lucy sonriendo a Josh, que, como nos imaginábamos, parece muy impresionado. De hecho, se diría que ha perdido el don de la palabra y que Lucy habla por ambos.
–¿Sabes lo que estaría bien? – dice mirando a su alrededor-. Una reunión de verdad. Nos morimos de ganas de saber todo lo que has estado haciendo y me encantaría conocerte mejor. ¿Vendrás una noche a cenar a casa?
Portia asiente con la cabeza y me doy cuenta de que no sabe qué pensar de Lucy, que es alguien a quien no sabe cómo tratar porque, en el poco rato
que ha transcurrido desde que las he presentado, ha demostrado que no permite que la intimide nadie, ni siquiera ella.
Ésa es, o era, la única cosa de la que siempre estaba segura, la que le hacía adoptar una actitud distante. Podía ser tan tonta e inmadura como el resto de nosotros, pero, al ver cómo intimidaba a los demás, en un instante podía cambiar y adoptar un aire frío, tranquilo y sofisticado, mucho más acorde con su forma de ser.
Pero ¿por qué no reacciona ante Lucy? Es tan cálida y acogedora que se ha dejado llevar por su encanto; dice que lo de la cena suena estupendo, que no puede creerse que hayan pasado diez años y que tienen mucho de qué hablar.
Josh no dice nada, no hace falta; cuando Lucy le da su número de teléfono a Portia y ésta le ofrece una tarjeta de visita color crema, Josh le da la mano con torpeza y murmura que espera verla esta semana. Después se disculpa diciendo que tiene que ayudar a recoger.
Portia se vuelve hacia Simon, que ha estado observando desde lejos, como si estuviese viendo una obra de teatro.
–¡Venga! ¿Qué has hecho todo este tiempo? ¡Cuéntamelo todo!
Los tres nos dirigimos a uno de los sofás de cuero que ha quedado libre y nos dejamos caer en él con gusto. Simon empieza a hablar de su trabajo, Portia lo escucha fascinada, y no pasa mucho rato antes de que encuentren conocidos comunes, dada la gran relación que existe entre el mundo del cine y el de la televisión. Simon se disculpa repetidas veces por no saber lo que estaba haciendo ella, por no estar al corriente de sus triunfos profesionales.
A pesar de lo cuidadoso que ha sido hasta el momento, Simon empieza a soltarse, entusiasmado por la conversación. Cuanto más habla, más atención le presta Portia, como si jamás hubiese conocido a alguien tan interesante como Simon.
–¿Qué tal tu vida amorosa? – acaba preguntando, y Simon comienza a relatar con pelos y señales su relación con Will e insiste en que esta vez, a pesar de lo que le he dicho, puede ser la definitiva.
–¿Y tú?, no pareces estar casada… -le levanta la mano izquierda y la deja caer con suavidad en su regazo-, no llevas anillo. ¿Hay algún potencial señor Fairley a la vista?
–¡No, por Dios! Los únicos hombres que veo estos días son ejecutivos de televisión maduritos, casados y desesperados por tener un rollo. Ya he perdido la cuenta de las veces que me han invitado a tomar una copa rápida después del trabajo.
–¿Vas alguna vez con ellos?
–Al principio sí. Antes de que empezara la serie, cuando era ingenua y estaba ansiosa por conseguir mi gran oportunidad. Antes de comprender que una copa rápida significaba un polvo rápido en algún destartalado hotel a la vuelta de la esquina.
–¡Pues vaya! – No consigo decir nada más, tratando de imaginármela, sin lograrlo, en algún sitio destartalado.
–Al menos podían haberte llevado al Claridge's -dice Simon con desdén, lo que provoca nuestras risas.
–Ya, eso es justo lo que les decía cuando me volvía y me iba.
–Así que no…
Sólo Simon podía hacer una pregunta tan directa.
–No, no lo hice.
–Bueno, ¿y qué se siente al tener tanto éxito? – pregunto-. ¿Te gusta? ¿Ha
cambiado tu vida?
–Completamente. Es maravilloso, aunque también un poco extraño.
Siempre había pensado que una de las cosas que más me apetecían en este mundo era ser famosa. Toda mi vida había soñado con ser una estrella de cine, o cualquier otra cosa con tal de que me reconocieran y de que todo el mundo me quisiese.
Atrapo la mirada de Simon y sé lo que está pensando. Por supuesto que quería ser famosa, la única cosa que podía hacerla sentir segura era la adulación de los desconocidos y, en todo caso, resultaba increíble que todavía no fuera la protagonista de alguna película de Hollywood.
–No es que ahora sea superfamosa, pero al menos soy conocida. He pasado de ser la periodista que hace las entrevistas, pregunta y puede destrozar a alguien si quiere, a ser una persona vulnerable, y no sé si eso me gusta mucho.
–Pues yo pensaba que estarías en la gloria -confiesa Simon haciendo suyos mis pensamientos-. Debes de haber cambiado más de lo que pensábamos.
–No creo. La verdad es que no lo he hecho, pero no imaginaba que pudiera ser tan frágil. Nunca se sabe del todo las intenciones de los demás. Cuando se presentó la serie, todos los periódicos y revistas querían entrevistarme, pensé que tenía que atenderlos a todos, y así lo hice. Dejé entrar a gente en mi casa, en mi territorio más personal, me abrí y fui tan sincera como pude.
Cuando una semana más tarde abrí los periódicos aluciné al ver que se habían ensañado conmigo.
–¡Joder! – exclama Simon-. Suena horrible, yo me hubiera cortado las venas.
–Es curioso lo rápido que se activa la válvula de cierre, aunque no se repare el daño. Se intenta evitar la parte negativa, que sólo sirve para enfadarte.
Sobre todo porque no hacen críticas constructivas, simplemente te ponen por los suelos porque no les gustas y porque pueden hacerlo.
–¿Y qué pasa con la parte positiva? ¿No vas a fiestas sofisticadas y te codeas con las estrellas en los estrenos y cosas así?
–A veces, pero no me hace demasiada gracia. Si estás dispuesto a participar en el juego está bien, vas a tres o cuatro sitios cada noche, besas en la mejilla a la misma gente, te metes unas rayas de coca para ir tirando y tienes las mismas conversaciones vacías que has tenido la noche anterior.
–Si algún día necesitas un acompañante, estoy libre la mayor parte del tiempo -suelta Simon -. ¡Es broma, es broma! – aclara levantando las manos cuando se percata de mi mirada.
–Supongo que el truco está en rodearte de la gente en quien confías -
sugiero-. Puedes seguir el juego, pero sabiendo que es todo pura superficialidad, y compartir tu tiempo con tus verdaderos amigos, no con esa panda de hipócritas.
–En teoría tienes razón, Cath. Es lo que debería hacer. Lo que pasa es que he estado tan ocupada con mi carrera que no he tenido oportunidad de encontrar a la gente de la que me gustaría rodearme -aclara después de pensar un momento. Se produce un silencio-. No he encontrado a ese tipo de personas desde que salí de la universidad.
Me mira, después mira a Simon y rezo para no ponerme todavía más colorada, ya que, al fin y al cabo, fuimos nosotros los que elegimos perder el contacto con ella cuando nos licenciamos, los que no devolvimos sus llamadas.
¿Nos está diciendo que nos echa de menos, que valora la amistad que tuvimos, que no es demasiado tarde para volver a tenerla? Si no, ¿qué sentido tendría que hubiese aparecido esta noche?
–Os estoy aburriendo -dice de repente, volviéndose hacia mí y poniéndome la mano en el brazo- No te puedes imaginar lo que me alegro de veros después de tanto tiempo. Ahora te toca a ti, cuéntamelo todo.
Media hora después, o quizá una hora entera, o puede que tres, Lucy se acerca con una bandeja de humeantes cafés con leche para nosotros y rehusa sentarse porque todavía queda un puñado de gente de la que tiene que ocuparse.
–¡Mierda! – exclama justo cuando se disponía a irse-. Me había olvidado, el guapo de James te estaba buscando.
–¿Ah, sí? – me intereso, un poco más animada. Portia arquea una ceja.
–¿El guapo de James? Pensaba que no había ningún hombre en tu vida…
–Y no lo hay -aclaro con rapidez, y Lucy se echa a reír.
–Todavía no, pero es su admirador «no tan secreto» -asegura.
–Yo no opino lo mismo -preciso sin olvidar lo que ha pasado antes, pero halagada de que haya preguntado por mí.
–¿Cómo es? – inquiere Portia.
–Guapísimo -responde Simon-. Tipo joven granjero sexy. Con hoyitos en las mejillas, pelo lacio, amplia sonrisa y dientes perfectos.
–¿Como ése? – pregunta señalando hacia la puerta mientras me tumbo en el sofá, desilusionada por haber imaginado que la noche podría haber acabado de otra forma.
–Sí -asiento mirando afligida cómo James acompaña a Ingrid a la puerta y el extraño brillo de su cara cuando se vuelve para reírse de algo-, exactamente como él.
Anoche no quería emborracharme, de hecho creo que lo estaba haciendo muy bien. Lucy no me dejó revolotear por la fiesta, luego me quedé de
piedra cuando apareció Portia, que fue lo que me despejó del todo, y después estuve con un admirador que no me admiraba lo más mínimo.
Pero, cuando se fueron los invitados y Portia se marchó con instrucciones muy estrictas (dadas por Lucy, no hace falta decirlo, ya que Josh se fue a pagar a la canguro) de ir a casa de Lucy y Josh el sábado 18, cuando nos quedamos ella, Simon y yo, me solté el pelo de verdad.
Bill y Rachel intentaron recoger, pero los detuvimos y los enviamos a casa con una botella de champán para cada uno. Más tarde, al ver el estado en el que había quedado la tienda, lamentamos haberlo hecho.
El suelo de roble recién barnizado estaba lleno de colillas y charcos, y las relucientes mesitas, situadas estratégicamente cerca de los viejos y desgastados sofás de cuero, parecían de segunda mano. Los libros, sacados de las estanterías, estaban puestos donde no correspondía y olía a humo y humanidad, como suele suceder cuando mucha gente se ha apelotonado en un sitio pequeño. Pero he de confesar que mereció la pena.
Echamos un vistazo y decidimos dejar la limpieza para el día siguiente, dando gracias a Dios de haber tenido la precaución de posponer la inauguración cara al público hasta el lunes.
Estaba a punto de caer rendida, sólo que Simon y Lucy estaban tan contentos con el éxito de la fiesta que subieron el volumen de la música, se pusieron a bailar y me fue imposible no unirme a ellos. Lucy había escondido prudentemente (o imprudentemente, según como se mire) varias botellas de champán en el almacén.
Las descorchamos, bailamos y empezamos a beber de nuevo. Antes de que abriéramos las botellas, yo estaba deseosa de cotillear con Simon sobre Portia, pero comprendí que tendría que esperar hasta el día siguiente, así que me guardé todas las preguntas y empecé a brindar una y otra vez, sin parar.
Recuerdo más o menos bien que Simon estuvo intentando enseñarnos a
bailar salsa y que nos reímos mucho de la falta de coordinación de Lucy. A la cuarta vez que pisó a Simon, empezamos a carcajearnos como cuando estás borracho perdido, ciego del todo, y nos caímos del sofá, llorando de risa.
Simon decidió que era el momento de cambiar de onda y puso a Abba; entre él y yo hicimos una pésima imitación de Frida y Agnetha, las chicas de La boda de Muriel. Por si tenéis curiosidad, os diré que Simon era la rubia. ¡Como si no lo supierais!
Josh apareció, no recuerdo bien cuándo. Creo que se quedó de piedra al encontrarnos a Lucy y a mí con la cabeza apoyada en la barra del bar mientras Simon intentaba meternos sirope de avellana por la boca. Dijo que había que hacerlo con tequila, pero como no teníamos, nos tuvimos que conformar con eso.
No pareció alegrarse mucho de encontrar a su mujer con la cara y el pelo embadurnados de almíbar.
–Es lo más asqueroso que he visto en mi vida. Miraos bien, estáis pringosas.
Lucy se incorporó, bajó de la barra y se fue dando tumbos hacia el cuarto de baño para lavarse un poco mientras yo me sentaba con Simon en el sofá y le gritábamos a Josh:
–¡Eres un maldito aguafiestas!
–Sí, ¡y un incordio, y un pedorro! – gritó Lucy desde las profundidades del baño.
–¿Por qué no pasas de todo y te diviertes un rato? – le preguntó Simon bebiendo de la botella y ofreciéndole el resto para que lo acabara.
Josh cogió la botella y tiró lo que quedaba por el fregadero.
–No es que me guste que me llamen aguafiestas, pero alguien ha de comportarse y, además, mañana vais a tener que trabajar de lo lindo para limpiar todo esto. Os sugiero que, a menos que queráis pasaros todo el día de mañana en la cama con la peor resaca de vuestras vidas, nos vayamos ahora mismo.
–Creo, compañeros, que aunque me cueste admitir que mi aburrido marido tiene razón, deberíamos acabar la fiesta -balbuceó Lucy.
A pesar de las quejas y protestas, hoy le daría un beso a Josh por habernos puesto firmes. Ya me siento lo bastante mal por tener que levantarme al alba para estar en la tienda a las siete, pero, en caso de que Simon nos hubiera convencido para seguir bebiendo toda la noche, creo que esta mañana me habría reventado el hígado.
Simon me acompañó a casa, cosa un poco ridicula ya que casi no se tenía en pie. Después entró con intención de que bebiéramos tres botellas de agua cada uno. Me contó que había leído que si se toma la misma cantidad de agua que de alcohol consumido, se despierta uno sin resaca.
Por desgracia sólo conseguimos tomar un vaso y medio y, cuando llegó su taxi, me quité como pude la ropa, la dejé tirada en el suelo de la habitación y me tumbé en la cama.
Me despierto con el sonido del timbre, o en mis sueños eso es lo que pienso.
Luego creo que es el teléfono. No, es la puerta. ¿Qué demonios puede querer nadie a estas horas de la mañana, y un domingo? ¿Por qué no deja de sonar el maldito timbre?
Salgo de la cama como puedo, maldiciendo porque tengo la cabeza como un bombo, y me dirijo hacia el pasillo.
–¡Un momento, ya voy! – grito, y el cuerpo me da una sacudida por el volumen de mi voz.
Gracias a Dios, el timbre deja de sonar. Vuelvo a la habitación, cojo el albornoz de detrás de la puerta y me fijo en que tengo que lavarlo porque, como no tenía una toalla limpia, he estado usándolo desde hace no sé cuantos días y, aunque en su día fue blanco, ahora muestra una interesante gama de grises.
–¿Quién es? – pregunto con una voz casi normal, deseando que el resto del cuerpo estuviese igual. Me cuesta abrir los ojos, tengo la garganta seca y estropajosa y, por si no fuera suficiente con el dolor de cabeza, me entran náuseas, tengo ganas de vomitar a cada momento y no sé si abrir la puerta o irme directa al baño.
–Le envían unas flores -dice una voz. Miro a través de la mirilla y sólo consigo distinguir un enorme ramo.
«¡Qué extraño! ¿Quién me mandará flores? – pienso-. Nadie envía flores en domingo, nunca.»
–Gracias -farfullo. Al coger las flores distingo la cara del mensajero y me quedo petrificada.
–¡Hola! – saluda James, y su sonrisa desaparece cuando consigue verme bien-. ¿Te he despertado?
–¿Qué? ¿Qué quieres?
No tengo intención de ser maleducada, pero ¿de qué va? Anoche se fue con Ingrid, seguramente se la llevó a su fantástico estudio y se la folló hasta la saciedad, y a mí me dejó haciendo imitaciones de Abba. ¿Se cree que me hace gracia verlo o qué?
–¡Déjame en paz! – le espeto sin hacer caso de la expresión de sorpresa de su cara. Le devuelvo las flores y doy un portazo que resuena en mi pobre y dolorida cabeza-. ¡Joder! – exclamo.
Me dirijo al cuarto de baño, me arrodillo y, ¡a la mierda!, me meto los